Relato de mi tío Cornelio
Relato de mi tío Cornelio
Allá en San Diego de la Unión, Guanajuato, vivía un
hombre que se granjeó su propio mal. Se llamaba Apolinar Jiménez y le decíamos
Polo. Era ganadero, tenía un rancho muy grande, había nacido pobre pero a punta
de trabajar con coraje, decisión y esfuerzo se hizo rico. Habría sido feliz si
no se hubiera atiborrado de arrogancia y soberbia porque eso y la vanidad
pierden al hombre. Tan cierto es eso, como que me llamo Cornelio Torres.
En la tienda de Isidro bebíamos
cerveza. Su negocio estaba en una bodega grande que antes sirvió para almacenar
maíz. Solo lo abría cuando le daba la gana de averiguar vida de gentes. Los
clientes éramos campesinos y ganaderos venidos a menos, sobrevivíamos con una o
dos reses negociadas a la semana. Para destronar el aburrimiento de la
tranquilidad del pueblo, nos reuníamos a intercambiar experiencias del negocio
o del agro y a contarnos a veces hasta las
mismas historias, había ocasiones en que terminábamos yéndonos a los puños. Por
eso ahora digo: No sirve sentarse ahí a tomar cerveza mezclada con mezcal de la
sierra.
Polo regresaba de León, había
ido a vender ganado, llegó luciendo su último par de botas que se había
comprado, nuevecitas y relucientes que deslumbraban. Eran botas vaqueras,
iguales a las que se usaban en películas de vaqueros. Yo le había contado algo
así como una docena de esas botas texanas, hechas a mano y a su medida en las
talabarterías de San Francisco del Rincón o en el mismo León. Los que conocían
bien a Polo, decían que fue un niño descalzo y que su ropa era una calamidad,
que aprendió a odiar la pobreza y por eso se obsesionó en hacerse rico para
calzar y vestir de lo bueno. Tanto dinero ganaba que se volvió pedante,
aborrecía a quienes no podían hacerse ricos como él. Esa noche, mientras
tomábamos escuchando sus consejos para el éxito, entró Olegario Herrera. Isidro
lo descubrió entre la gente y fue a recibirlo personalmente diciéndole:
—Señor Herrera, será un gusto
presentarlo con don Apolinar venga usted conmigo.
Isidro lo había conocido en
Guanajuato, por eso sabía que Olegario alguna vez fue líder sindical de los
mineros, después se había trasladado a Zacatecas tratando de hacer lo mismo
pero sin éxito. Polo, en especial odiaba a los sindicalistas, porque creía que
además de no trabajar como sus representados, eran comunistas, ociosos y
envidiosos. El pueblo era chico, así que forastero que llegara, de inmediato
tenía que ser identificado por todos. Polo, haciendo a un lado la antipatía que
le nació al saber que era sindicalista, lo invitó a tomar. Olegario se resistió
a aceptar, pero tanto insistió Apolinar que hasta lo hizo creer que sus
intensiones eran buenas. ¿Por qué no
confraternizar? pensó Olegario, los humanos podemos cambiar, terminó especulando
antes de decidirse aceptar. Al poco rato, las pesadas bromas e insidias de Polo
fueron subiendo de tono hasta convertirse en ofensas directas y mal intencionadas
para Olegario.
—¿Sabes qué Olegario? Me das lástima
porque ahora nada vales, ¿dónde está la bola de aduladores y mentirosos
huevones que tenías? Están iguales de jodidos que tú. Nadie les cree por eso
todos han terminado pobres incluyéndote a ti, sin poderles dar a sus hijos lo
que yo les doy a los míos.
—No hablemos de política don Polo,
menos ya con algo de alcohol en el cuerpo, acuérdese que eso es mal consejero.
—¡Claro hombre! Que vas a querer
politiquear ahora. Después que te has pasado años prometiendo lo mismo a la
gente, diciéndoles que todos seríamos iguales. Pero ¿sabes que Olegario? a los
comunistas como tú, ya se los llevó el carajo. Ahora valen menos que una
cagada.
—Mire don Polo, le repito, la
gente que mezcla trago y política se apasiona fuerte. Luego haga de cuenta que
es como un chofer que se emborracha y…
—¡No me vengas con sermones! Lo
que pasa es que los comunistas como tú son unos cobardes.
—No todos
don Polo —intervino Isidro—. Hay unos que defienden sus ideas… con armas.
—¿Los revolucionarios? ¿Te refieres a
esos muertos de hambre, ladrones que no trabajan?
A esos ya los acabó el gobierno. Ahora que si
Olegario fuera valiente ya se habría reunido con los que quedan por ahí, pero
aquí está en este pueblucho siendo de los más pobres, cobarde y fracasado.
—Mejor
me despido don Polo —y se levantó el aludido—. Ya empezamos a faltarnos al
respeto —terminó diciendo.
Creímos que ahí terminaría el
asunto, que Olegario se iría llevándose su sombra a otra parte, pero don Polo,
lo alcanzó y se le fue encima a trompadas, cuando lo vio caído se le fue a
patadas y así lo sacó a la calle. Tuvimos que intervenir para que no lo matara
a golpes, Olegario tenía los pulmones contaminados por el aire viciado de los
socavones de las minas, las piernas débiles por los años y la mala suerte, así
que coincidimos que era un abuso pegarle a ese hombre.
—Sírveme otra copa Isidro. Qué bueno
que ya no está aquí el Olegario ese. A mí me gusta tomar con gente trabajadora
no con ociosos —decía bufando, orgulloso de su hombría.
—Usted se sobrepasa, don Polo...
Ese hombre a nadie le ha hecho daño —le dijo Isidro al tiempo que le servía la
bebida.
—¡¿Y quién
carajos lo va a defender?! Aquí están mis puntas de acero con que lo he pateado
¿alguien más las quiere probar?
Y
señalaba sus botas que habían perdido brillo con la tierra y sangre de
Olegario, luego que no hubo nadie más que se interpusiera se las limpio con un
pañuelo tan bonito que no merecía ese oficio.
—Tengo
amistades militares, políticos y hasta al gobernador tranquilizo con una
ternera en barbacoa. ¡Ese es el verdadero orden, carajo! La Ley del país está
escrita con plata —gritaba muy ufano y contoneaba su cuerpo como si estuviera dando
un discurso en el kiosco.
Polo
no era viejo, más bien era un joven fuerte, capaz de tumbar a las reses más
ariscas, nadie había que le hiciera frente.
Un poco más tarde pasaron dos
paisanos diciendo que una partida de soldados andaba cerca. Isidro, se dirigió
a la puerta para cerrar el negocio.
—¡No
tengas miedo Isidro!
—No
don Polo, yo con la milicia no juego. A veces los soldados cometen abusos.
—¿Cuáles abusos? Ya te dije que
tengo amistades en la capital del estado, los soldados cometen abusos con los
revolucionarios, con los que se dejan o con los que tienen culpas que pagar.
—De acuerdo don Polo, con los que
tienen culpas que purgar es justicia, pero con los inocentes es abuso —sutil le
resbaló el reproche por lo que había hecho con Olegario.
—Si llegan, yo les hablaré, no
temas —dijo—.
Ignorando la indirecta.
Don Polo seguía invitando bebidas
y cigarros. Unos perros endebles de tan flacos salieron a ladrarles a los
soldados. En la oscuridad de la noche se escuchaban los pasos de botas, el
rozar de uniformes y el piafar de caballos. A Isidro se le heló hasta el
espinazo.
—¡Adelante, siervos de la patria! —gritó
Polo acalorado, entusiasmado cuando vio al líder asomarse en la puerta.
El sargento Jacinto, sin entrar,
saludó respetuoso a los concurrentes. Era bajo de estatura como Olegario,
parecía de la sierra y aparentaba tener poco en el servicio. Sus botas llenas
de tierra contrastaban con el recuperado brillo de las vaqueras de don Polo.
—¡Viva el ejército nacional!... —exclamó
Polo.
—Gracias caballero. No queremos
interrumpir; solo les pedimos un poco de agua para nuestros caballos y
cantimploras.
—¡¿Agua?! ¡¿Cómo que agua?!... ¡Agua
beben mis reses capitán!... Isidro, sírveles cerveza a estos héroes que recorren
y resguardan nuestra patria. ¡Yo pago!
Los demás parroquianos
intercambiaban miradas. Nadie tenía la oportunidad de retirarse adentro estaba
Polo y ahí en la puerta estaban los soldados del ejército.
—¿Cuántos son, mi capitán? —preguntó
Isidro ofreciéndoles vasos con cerveza.
Pero se la rechazaron cortésmente.
Después, Jacinto dirigiéndose a Polo, le dijo que él, estaba al frente del contingente
y que no era capitán.
—Apenas soy sargento y, porque
estamos de servicio no podemos beber caballero, aún así le agradezco la
invitación.
Don Polo, le exigió a Isidro que
les entregara una caja de cerveza, y salió queriendo cerciorarse de cuantos
eran. Afuera una docena de sombras quietas le dieron las buenas noches, los
flacuchentos perros que habían dejado de ladrarles se acercaron desconfiados a
oler sus pantalones.
—Dice su jefe que en servicio
no pueden tomar... ¡¿Es cierto?! —seguía hablando fuerte Polo.
—Bueno amigo —rectificó
el sargento—. Por esta vez... consentiré a la tropa.
—¡Así se habla oficial!... dígame
el nombre de su superior, yo pediré que lo asciendan. Soy Apolinar Jiménez —se le
acercó, le palmeo el hombro y sonriendo le extendió su mano. Después,
dirigiéndose a Isidro le dijo:
—Mira, estos jóvenes dan su
vida para que tú sigas haciendo plata. Ellos combaten a los rebeldes. ¿No es un
orgullo brindarles una bebida? —preguntó haciéndose el agradable
—¿Hay todavía sublevados por
aquí, mi estimado? —preguntó el que decía ser sargento.
—Hacen
días que no se han visto. Pero te puedo decir, que hoy acabo de chingarme a uno
que aparte ha sido sindicalista de mineros. ¡Me caen mal esos cabrones! ¡Son
unas mierdas!
Al
escuchar eso, los soldados intercambiaron miradas de sorpresa. Isidro con
disimulo, se acercó al eufórico de Polo para advertirle que no era justo,
porque lo que estaba diciendo iba a perjudicar a Olegario.
—¿Y
dónde puedo encontrar a esa persona amigo? —preguntó el sargento.
—No
estoy de acuerdo con lo que está haciendo Polo, por más que usted invite… —insistió
por lo bajo Isidro.
El
sargento se dio cuenta de lo que desesperadamente hacía Isidro y por eso le
dijo:
—Oiga
amigo, no lo ataje, déjelo que cante —y
miró a don Polo que se llenó de arrogancia.
Las botellas seguían circulando
entre el piquete de soldados. Polo volvió a enlodar sus botas nuevas cuando
salió para en medio de la calle a señalarles con detalle cómo se llegaba a la
casa de Olegario. Cuatro soldados fueron comisionados para traerlo. Todavía
había luz en esa casa. Los parroquianos intuían que aún se estaba curando las
heridas de los golpes de don Polo y… que mala su suerte; porque de seguro le
acomodarían otros porrazos más y quizá hasta le quitaran la vida.
—¿Viste? Así es como se hace Isidro
—dijo
con altivez—. Si todos colaboraran con el ejército, nunca prosperarían los
andrajosos insurrectos. Y hay que asegurarnos de que esos hijos de puta no
regresen… ¡Salud chingao!
Al poco rato, los soldados
comisionados traían atado de pies y manos a Olegario.
—¡Ora pues, sindicalista de mierda,
habla de tus pendejadas, rebuzna! Déjenoslo mi sargento no sea malo, nosotros atormentamos
a este peligroso insolente —pidió Polo.
Los soldados se pusieron inquietos
y Olegario angustiado.
—¿Cierto que eres alborotador
amigo? —los
demás soldados rieron de la socarrona pregunta
del sargento.
— Señor soldado... nadie puede
decirme eso... Yo fui sindicalista, luché por el bienestar de los mineros en
Guanajuato, sí señor. Pero, rebelde o sublevado jamás. Si me mata lo hará
injustamente.
—¿Y por qué este caballero te
ha dado de trompadas?... ¿Ah?... ¿Por gusto?
—Por abuso nomás ha sido,
señor... Nada le he hecho para que me ponga la cara así.
Y pensando con fría humildad de
desesperado omitió lo de los puntapiés.
—Y si me lo sueltan un ratito, ¡vuelvo
a chingarle la puta madre! ¡Basura humana! —bramó don Polo.
—Tranquilo, amigo —dijo
el sargento—.
Aquí está la fuerza armada para eso. Más bien, invítenos otra ronda de bebidas,
si no es mucha molestia y perdone el abuso de confianza.
—Plata tengo... Y pago por ver.
¡Isidro, dales otra cerveza a todos!
El personal de la tropa se iba embriagando.
Al poco rato, simulando compañerismo, las preguntas se las hacía a don Polo
—¿Y usted porque le pegó a este
hombre? —investigó
el sargento.
—Esa pregunta está de más oficial.
Usted mismo ha escuchado que Olegario confesó ser un revoltoso que lucha contra
los dueños de las minas con ideas subversivas.
—Entonces ¿Le pegó por sus
ideas subversivas? ¿O es que acaso también agita a la gente?
Don Polo rió a quijada batiente
y sarcástico dijo:
—Ese huevón ya no agita ¡ni a
su mujer en la cama!
Estaba claro. No había más que
indagar. El sargento aunque era de poco nivel en la milicia alcanzaba a
comprender que lo que había pasado, era que don Polo, abusando de su poder y sin
mediar motivo, había humillado y golpeado a Olegario y que éste era gente de
pueblo, que estaba a favor del proletariado, jornaleros, peones y asalariados.
Así que, ordenó a sus subalternos que se llevaran aparte al prisionero.
Enfrente del negocio había un álamo grande abajo estacionada había una carreta
y ahí lo recargaron. Los soldados lo rodearon y enseguida llegó el Sargento.
Isidro y los demás parroquianos
supusieron que torturarían a Olegario. Las botellas de cerveza seguían
vaciándose con rapidez.
<<¿De
qué le estarán hablando?>> <<¿lo estarán atormentando?>> La
curiosidad carcomía a Polo.
—Lo que ha hecho usted, don Polo,
no tiene nombre. ¡Tanto rencor! ¿Por qué no dejó dormir su pateadura a Olegario?
Es un buen vecino —osadamente le reclamaban los parroquianos León y Porfirio.
—¡Como una ching…! Si parece
que estuvieran confabulados con él. ¿No será que ustedes son también
agitadores?
Ambos callaron; de pronto les
pesaba haber hablado. El sargento regresó de en medio de la oscuridad trayendo al
prisionero del brazo.
—He interrogado al detenido.
Tomaremos medidas...
—Al menos ya le habrá dado un
buen susto —terció
Porfirio y manso clamó—: Déjelo ir...
Para debilitar la petición, grito don
Polo levantando su cerveza e instando a los demás que lo hicieran:
—¡Tómenle las medidas que
quieran! ¡Salud! ¡Y que viva la fuerza armada!
—Antes de retirarnos, quiero
brindar con usted, señor Polo. Pero como acostumbramos a brindar nosotros. ¿Me
permite? —dijo
el sargento.
—Por supuesto mis valientes.
Brindemos al modo militar.
Los soldados se pusieron de pie
empuñando sus fusiles mientras el sargento recibía de Isidro la botella y un
vaso recién lavado y tomó la palabra.
—Quiero brindar con todos por el padre
de nuestros ideales, fundador de la revolución... ¡Mi general Francisco Villa! También,
¡Que viva Pascual Orozco y Emiliano Zapata.
—¡Ay, ay, ay, ajúa! que Viva Pancho
Villa, Orozco, Zapata y la revolución! —gritaron los soldados al tiempo que
brincaban y se desabotonaban las camisolas del uniforme, para desconcierto de
don Polo.
El rostro de don Polo palideció.
Quiso sonreír para celebrar la broma, pero no era tal. Mientras los soldados lo
inmovilizaban de brazos y piernas, maldijo hasta a la madre que tuvo la
cortesía de parirlo.
—Cuelguen a este soplón en lo
alto del árbol que está afuera —ordenó el sargento Jacinto.
—¡Hijos de...! ¿Acaso no son
soldados? —preguntó
asustado don Polo.
—¿Lo dices por los
uniformes?... Se los quitamos a unos cadáveres que se están mosqueando y
pudriendo como a dos kilómetros de aquí —Polo enmudeció.
Esos hombres estaban acostumbrados
a deliberar y sentenciar a lo acelerado y disponer así de la vida ajena. Por
eso, en pocos segundos Polo pataleaba de
asfixia con la garganta quebrada por una soga parecida a la que él usaba para enlazar
reses. Cuando estuvo con la lengua fuera de lugar, amoratada y los ojos en
blanco, uno de los alzados pidió papel y lápiz a Isidro. Con pésima letra y
faltas de ortografía escribió el epitafio de don Polo. “Muerte a los zoplones y agusivos” y rubricó: “La revolución bencerá”
Le habían quitado tres mil pesos
al difunto, y se los dividieron entre los presentes, dándole doble parte al
pobre de Olegario en compensación por lo de sus heridas.
A Polo, la noche se lo tragó
entre el viento calmo y el aullido fúnebre de perros. Sólo, se quedó Olegario
contemplando al muerto a la luz de la luna amanecida.
—Y yo —dijo mi tío Cornelio—. Puedo
decir que nunca antes había visto, fuera del cine, balancearse un ahorcado con
botas vaqueras aunque… le faltaron las espuelas tintineando.
Ansberto Rangel Pérez.