Los Roqueros infernales
Los Rokeros Infernales
Me llamó
mi papá para que lo fuera a ayudar, me dijo que tenían un problema con los
vecinos, que no los dejaban dormir por tanto ruido que hacían, estaban oyendo
música con el volumen muy alto; ya había salido a pedirles que por favor le
bajaran y que ya no hicieran escándalo pero no le hicieron caso. Eran las diez cuarenta
y cinco de la noche, para mis papas, eso
ya era muy noche, acostumbrados a dormir a más tardar a las nueve y media.
—Ya
voy papá —le dije—. Espérame, en un rato y estoy con ustedes.
—Era
abuelito ¿verdad papá? —me preguntó una de mis hijas.
—Sí.
Al parecer los vecinos tienen fiesta y están haciendo ruido de más, y no los
dejan descansar —le contesté.
—¿Vas
a ir?
—Claro,
no los puedo dejar solos.
—Yo
también voy.
—Y
yo —agregó mi otra hija.
Aunque
no me gustó la idea, no me opuse, conociéndolas como son y lo que quieren a sus
abuelos.
La
casa de mis papás es de esas pequeñas, que el gobierno vende en abonos a los
Trabajadores al Servicio del Estado. Tres recamaritas, baño, cocina, sala-comedor,
un espacio pequeño al frente y otro atrás, una cochera para un vehículo
compacto. Por la inseguridad, todos los habitantes de esa colonia ponen su
barda delantera y un barandal de fierro. Se aíslan, porque no les queda de
otra.
Cuando
llegamos, entre hombres y mujeres había como veinte jóvenes de entre quince y
veinticinco años. La mayoría vestía de negro, con adornos y accesorios
metálicos, pelo peinado fuera de lo normal. Pantalones ajustados ellos, ellas
con faldas cortas y medias negras. Sus ojos pintados de verde o violeta obscuro.
Tatuajes en brazos, hombros, cuellos, otros más con su cara pintada de negro y
cuadros color verde obscuro. Miembros de una banda, casi todos drogadictos. A
ellos pertenecían los dos hijos de la Lic. Ethelvina Talavera, quien trabajaba como
Jueza en el Palacio de Justicia del Estado.
Ella
no hacía mucho caso del comportamiento de sus descendientes. Lo que deseaba era
espacio para estar con sus amistades y sus conquistas ocasionales. Hacía años
se había divorciado y ya sola se ligaba al que le caía bien y listo. No le
interesaba relacionarse formalmente con nadie. Yo la conocía desde que estaba
soltera, desde aquél entonces se veía que era partidaria de las situaciones
ilegales y sobre todo de la corrupción; no tenía principios ni valores. De
manera que asombraba que hubiese llegado a ocupar un cargo tan importante
dentro de la impartición de justicia, o a lo mejor, por eso, precisamente llegó
en este país tan corrupto.
La
casa donde vive, era de sus padres y ya muertos, a pesar de tener tres
hermanos, escrituró la casa para ella falsificando testamento y firmas. Sus
hermanos ya no le reclamaron porque cuando lo hicieron los mandó golpear y los
amenazó de muerte.
Al
llegar, entré a la casa de mis padres y en la cochera vi una camioneta gris, de
reciente modelo dejando apenas espacio para entrar. Atrás el pirul que daba
sombra a la casa, estaba cortado con una sierra eléctrica y ese instrumento aún
conectado, estaba ahí en el suelo. En ese instante, se acercó el sacerdote de la Iglesia cercana y me
preguntó porque había cortado el árbol, le dije que no había sido yo. Le
expliqué la situación y me sugirió que llamara la policía, que él serviría de
testigo si hacía falta, en eso quedamos, pero le sugerí que se fuera, para que
no lo lastimaran.
Dos
de los jóvenes estaban tratando de hacer una extensión eléctrica, uniendo
varios tramos de cable para tomar energía y conectar unas bocinas como de
ochenta cm. de altura por cincuenta de ancho. Al de nombre Gerardo, le pregunté
que porque hacía eso, me contestó que necesitaban las bocinas para la fiesta de
la licenciada Talavera.
—¿De
qué fiesta hablas? —pregunté y agregué—: No puedes hacer eso si no tienes
permiso. Esta casa es mía, o bueno... de mi papá pero para el caso es lo mismo —y me contestó:
—Ya
ves ruco, ni siquiera sabes si es
tuya o no. Es más, esta casa va a pasar a ser propiedad de la licenciada. Dentro
de unos quince días vienen con una orden judicial a desalojar a los viejillos que viven aquí justo un día
antes del festejo.
—¡¿Cómo
te atreves a decir eso?¡ —le reprendí.
—Como
lo oyes “ruquito” —me contestó con sorna, burlándose.
—Pues
esa Licenciada, tendría que matarme primero para hacerse de la casa, sé
perfectamente que esta casa la compró hace años mi papá. Es de él, y que yo
sepa no la ha vendido ni la tiene en venta. Así que si eres su amigo y la
apoyas, ¡Mátame ahorita, porque si no, la van a pasar mal!
Luego
reflexioné si habría hablado de más, pero es que el coraje que me sacó fue
mucho. Me convencí que no lo dije así nomás, sino plenamente convencido y
decidido a luchar. Primero muerto que dejar que se aprovecharan de mis pobres
viejos, porque ellos no les habían hecho
daño alguno a nadie. Gerardo se vio con su ayudante, un tipo que yo no había
visto antes y que traía una trenza en su cabeza y rapado de atrás de sus orejas.
Se rieron y siguieron haciendo su toma-corriente. Opté por ir con Ethelvina,
así la llamaba yo, porque para mi eso de su titulo y su puesto no me impresionaba,
para mi era una vecina más, de años, que venía a mi casa a que le invitáramos
un refresco en tiempo de calor.
—¡Ethelvina¡
—la llamé.
Cuando
la vi, estaba abriendo el portón de la casa para sacar su camioneta, le pedí
que les dijera a sus hijos y a sus amigos que se fueran con su ruido a otra
parte porque no dejaban dormir a mis papas. Y sin dar tiempo que me contestara
agregué:
—Y
¿Por qué metes tu camioneta en la cochera? ¿Te dio permiso mi papá?, ¿O te lo
tomaste?
—Mira:
¿Crees que yo necesite permiso para guardar mi camioneta donde me dé la gana? —así
de forma grosera y burlona me respondió.
Eso
me dio a entender que efectivamente tenía la intensión de quitarles la casa a
mis papás, seguro para dárselas luego a sus hijos y que ahí hicieran sus tocadas,
fiestas y orgías.
—Ethelvina,
escúchame: Ya le dije a tu esbirro, ese que anda adentro de la casa conectando unas
bocinas para tu fiesta, que me mate ahorita. Ahorita que puede, porque si no… la
vas a pasar muy mal, tú, tus hijos y todos estos mozalbetes desorientados que te
acompañan. Y te lo repito a ti, si algo tramas contra mis papas, te advierto:
No lo voy a permitir.
Su
respuesta fue nuevamente una risa burlona e ignorándome, subió a su camioneta
aporreo la puerta al cerrarla. Arrancó el motor de su camioneta, pisó fuerte el
acelerador haciéndolo rugir la máquina y lanzándome polvo y humo en la cara.
Regresé
al interior de la casa. Mis hijas me informaron que habían dos muchachas y un
muchacho en una de las recamaras, que estaban acostados en la cama. De
inmediato fui, jalé de sus pies a todos y los empujé hacia fuera, no hubo
resistencia, andaban drogados, se les notaba en lo lerdo de sus movimientos y lo
vidrioso de sus ojos.
Llamé
a la policía pidiendo auxilio. Cuando dije el domicilio y el nombre de Ethelvina,
sus hijos, agregando que también otros estaban perturbando la tranquilidad del
hogar de mis papas, quién me atendía al teléfono tartamudeó. Me dio la
impresión de que solo hizo como que tomó la queja. Me dijo que dentro de un
rato mandarían unas patrullas. Mentiras. Puras mentiras. No se presentaron,
insistí en pedir el auxilio. Llamé a otra Estación de Policías y terminé
llamando a Protección Civil y a las autoridades Estatales. Grabé mis llamados y
sus respuestas por si se ofrecía. Al ver que nadie de ellos llegaba, decidí
cerrar los cuartos con llave, guardé lo más que pude. Desconecté la energía, y
solo pudieron disponer de la cochera y del patio de enfrente. Me llevé a mis padres a mi casa.
No
sé cómo se imaginarían que iba a defender y a cumplir mi amenaza por las ofensas
que habían hecho. De momento ni yo tenía idea de cómo hacerlo. Yo me suponía
que ellos acostumbraban a atacar en montón y a traición con la idea es dañar lo
máximo para pronto amedrentar y asustar a sus víctimas porque se sienten
protegidos por Ethelvina “La
Jueza ”.
Me
puse a reflexionar: Mis padres sufren y ellos hacen circo, se burlan,
ridiculizan sus protestas y las mías; los humillan, los roban, abusan porque
los consideran viejos, obsoletos, improductivos,. no quieren oírlos, ni verlos.
En cambio yo los amo. Porque me enseñaron a amar la justicia, la libertad. Soy
tolerante con ellos porque me dieron la vida. Sembraron en mi cuerpo y alma
sentimientos de respeto, honradez y agradecimiento.
Pero
ahora, las actitudes contrastantes de esos delincuentes sin futuro, hicieron que naciera en mí un
sentimiento de rebeldía, y ansias de hacer justicia, de agredirlos, de darles
su merecido. Según yo, son una amenaza
para la sociedad. Deduzco que Ethelvina les ha enseñado que “El que agandalla
no batalla”, “El que tranza avanza” y a ensañarse con los débiles, los
indefensos, sin importar si ofenden.
Ahora
sí. Mi mente comienza a generar un plan a partir de recordar que van a celebrarle
una fiesta a su guía de inspiración. Insisto en convencerme de que no puedo
dejar que continúen estos agravios a mis padres; no puedo pasar la vida
transportando de un lado a otro esta mi masa de carne y huesos sin provecho
alguno. Creo que mi vida se debe elevar, ser brazo y mente justiciera, sin
inclinar la cabeza.
Antes
de saberlo, se los dije a ese pelafustán de Gerardo y a Ethelvina, y no me
hicieron caso, no me creyeron, me menospreciaron. ¡Pobrecitos! Ahora no voy a renunciar a la venganza, hasta
deshacerme de ellos, con todo mi corazón y valentía, les haré la guerra. Ya se
los dije. Sólo la muerte me podrá parar.
Las autoridades no me hicieron caso, me dejaron solo, pues ahora… ¡Voy a
tomar la justicia en mis manos! Creo que me he convertido en un peligro para
ellos y no lo saben.
Un
trabajador de la caseta de vigilancia de la colonia donde vivo, es mi amigo.
Entre las pláticas que hemos tenido, me contó que fue soldado del ejército, que
por su bajo nivel académico solo llego a ser nombrado Sargento. Que su
especialidad eran los explosivos; desactivarlos era lo que se le facilitaba,
pero que no ignoraba como hacerlos. Cuando le conté lo que me pasaba, los
insultos y ofensas, el ataque a las buenas costumbres de mis padres a quienes
yo consideraba unas personas normales y el ambiente que generaban esos rufianes
con sus fiestas, el olor que quedaba a alcohol y drogas por todos lados, los
ruidos, actitudes y palabras vulgares que proferían; me dijo con mucha disposición
de ayudarme:
—Consígame
unos tres litros de Nitro metano, ese es un potenciador de explosivo muy efectivo para hacer bombas caseras;
aunque también podríamos utilizar polvo de aluminio o amonal. Se necesitan
además, algunos rollos de cinta adhesiva y cables, inclusive se pueden utilizar
hasta unas simples botellas de cerveza. Los detonadores los podemos hacer con
capsulas metálicas —me explicó.
—Pero…
y eso… ¿donde lo consigo? —le pregunté.
—Tiene
razón con sus dudas —me contestó—. Pero no se preocupe. Deme unos tres mil pesos, yo tengo conocidos que me
pueden vender eso que se necesita.
Al
día siguiente cuando le entregué el dinero, coincidimos en que debíamos de
tener mucho cuidado, porque si no… a la cárcel iríamos a parar.
—Con
lo que me ha platicado, de que son jóvenes desastrosos, que se emborrachan y se
drogan, que no tienen respeto ni por ellos mismos, seguro tienen antecedentes
penales; deduzco que podemos hacerlo sin que se sospeche de nosotros —me dijo.
Quedé
impresionado por la forma tan fría y segura como lo decía. Luego a manera de
desahogarme y agradecer su apoyo le
comenté:
—Desde
el día de la discusión con Ethelvina y sus pelafustanes tengo en mi casa a mis
padres. Están sumidos en estado de depresión, poquito se alegran porque ha
bajado por fin el precio del frijol, las cebollas y los jitomates en el mercado,
tres días llevaban sin hacerse una salcita picosa por lo caro que está todo.
Doña Chita, vecina de ellos, les habló por teléfono y los hizo sonreír, cuando
les contó que el loro que había comprado ya había dicho su primera majadería.
El
hecho de que estuviera sola la casa, favoreció nuestros planes. Faltaban tres
días para el festejo del cumpleaños de Ethelvina. Una vez que Félix mi amigo el
vigilante obtuvo lo necesario, hizo los explosivos, utilizando botellas de
cerveza que los vándalos habían dejado en la casa de mis padres y que nosotros habíamos
recogido utilizando guantes de látex,
para que no aparecieran nuestras huellas dactilares, por si se investigaba. Fuimos
de madrugada a casa de mis padres y en horas en que estábamos seguros que no
nos veía nadie, colocamos las bombas. Felix, llevaba anotado en un cuaderno la
distancia que debía de haber entre una y otra. Con mucha cautela colocó tres
cargas explosivas, una de las bombas quedó en un bote de basura que se
encontraba por la lavandería, otra abajo de una escalera y la tercera casi a la
entrada de la cochera. La madrugada del viernes estaba todo instalado y bien
disimulado. Ahora solo era cuestión de esperar.
A
la hora de la fiesta, disfrazado de limosnero caminé para acercarme a la casa sin
ser reconocido y observar los detalles. No hubo novedades, es decir la fiesta
estaba desarrollándose con el desorden habitual y según lo calculado.
Ethelvina
los tenía manipulados de algún modo. La mayoría de ellos, provienen de la
pobreza y hasta de la indigencia, pero luego se van haciendo delincuentes. Consumidores
de crack, mariguana, alcohol, cocaína y quien sabe de cuantos estupefacientes más,
los menos aspiran solventes. Esos estimulantes los convierten en agitadores de
momento. Se hacían llamar “Los Rokeros Infernales”. Esa leyenda con letras
doradas traían en sus camisetas negras. Los observé detenidamente quería saber cómo
eran. ¿Cuáles aspiraciones tenían? ¿Qué hacían? ¿Porqué lo hacían? en fin,
detalles.
Concluí
por principio, que ellos están conscientes de que no tienen futuro, porque no
tienen posibilidades de estudiar, por eso se reúnen en pandillas para asaltar, extorsionar,
pelear y ejercer la violencia. Viven en una etapa gris y en gran crisis. Sus
desequilibrios como adolescentes son hasta cierto punto típicos. La sociedad los
margina, luego ellos delinean sus propias reglas y buscan como salir adelante,
aunque normalmente por la vía ilegal. No
obstante, con confianza, siendo optimista y positivo, para cuando sean
mayores de edad, espero de ellos una conducta de buenos ciudadanos, que
reconozcan sus deberes y derechos. Aunque ellos también tendrán que salir
adelante de las dificultades que la sociedad les impone de marginación,
desprecio y hasta de atropello.
Aunque
ese positivismo por ellos me tiene sin cuidado. A mi lo que me importa es que ahorita
están jodiendo a mis padres y eso no lo tolero.
Les
agrada molestar a la gente durante las fiestas a las que asisten, son rasgos de
esta pandilla. Es también común verlos pelear por gusto, porque se sienten muy
“machos”, gustan de correr riesgos y demostrar coraje públicamente y ante
cualquiera, privilegiando la violencia como expresión para impresionar a sus novias
o parejas. Casi no pelean entre si, al contrario, se juntan cuando alguno de ellos
está en peligro, o es atacado por la pandilla de otro barrio, actúan
organizados y observando detalles, hasta parece que hubiesen estudiando en
alguna escuela militar. Mandan compañías por delante, enseguida otra y al final
va la reserva. Hay instrucciones para los repliegues en caso de no ser los
triunfadores, para no salir muy dañados. Desde luego que se marcan objetivos. El
principal, es dañar al Jefe de la pandilla enemiga. Si hubiese una baja entre la pandilla, los demás harán
pacto para vengar la muerte de su amigo
de lucha. Principalmente se pelea por espacios y por droga, así que no es de
dudarse que Ethelvina utilice precisamente ese hilo para manipular al grupo,
para imponer terror entre los vecinos así como
entre sus enemigos. Aquí en la colonia
han tomado calles, estacionamientos y andenes para transformarlos en campos de
batallas y esconderse cuando son perseguidos por otros bandos.
La
fiesta estaba en su cúspide. La música a todo volumen. Se conversaba a gritos y eso completaba el ambiente.
La puerta principal de la casa había sido violada, era de esperarse. Necesitaban
el sanitario, y los cuartos para drogarse y hacer el amor. El desenfreno y
consumo desesperado de estupefacientes estaban al máximo. Ethelvina hacía lo
propio con su pareja y otro señor de su edad, digamos de unos cuarenta y ocho
años.
Félix
mi amigo, estaba con los detonadores en sus manos en un viejo carro Datsun color
rojo. Le había pedido que hiciera explotar primero dos de las tres bombas; que
yo me llevaría el detonador de la tercera por si acaso fuera necesario. Me
acerqué lo más posible para apreciar mejor los detalles y comunicarle el
momento preciso de ejecutar la explosión.
Eran
como veinticinco los que festejaban, algunos en chalecos, otros sin camisa,
casi todos con pantalones ajustados, lentes negros, pelo largo, levantado con
vaselina, o rapados, algunos cubriéndose un ojo con su propia cabellera. Las
muchachas por el mismo estilo. Se escuchaba música de Pink Floyd, Janice
Jopplin, Led Zapellin. Lo que más me extrañaba era que siendo tan jóvenes
escucharan Heavy Metal de los años ochentas, época de los grupos Judas Priest,
Black Sabbath y sobre todo Iron Maiden con su vocalista el loco de Ozzi Ousborne. Se oía la canción que lo lanzó
a la fama Run To The Hills, y otras canciones en las que hacían honor a la
cocaína e incitaba a la juventud a hundirse en las drogas, que incitaban al
incesto, la violación el sadomasoquismo. También pude reconocer otro grupo que
escuchaban cantando Look at The Kill, llamado Mötel Crüe sus miembros usaban
tacones altos, peinados extraños, ropa sucia harapientos, no se bañaban más que
una vez cada quince días. De éstos, identifiqué las canciones Enter Sandman y
Exit Ligth in The Dark, éxitos de finales de los ochentas. Su estilo era pues
muy caricaturesco y actuaban con infamia y libertinaje. También escuché Massive
Attack de otro grupo no menos loco
llamado “Metállica”.
Viendo
eso e imaginándome el abuso que hacían al uso de la casa, únicamente esperé que
Ethelvina estuviera más cerca de las escaleras que era donde estaba una de las
bombas, cuando eso sucedió tomé la determinación de pedirle a mi amigo que las
detonara. Luego del estallido, lo vi arrancar
el carro, encender las luces y ponerlo en lenta marcha, ya luego se alejó en
carrera normal.
Las
explosiones casi simultáneas hicieron que los vidrios de las puertas y ventanas
de las casas de la cuadra estallaran en pedazos, el ruido se escuchó en toda la
colonia y en la colonia vecina. Se escucharon gritos de espanto y ayes de dolor.
Cuando quité las manos de mis orejas y abrí los ojos, vi un cuadro dantesco,
sangre por todas partes. Una mano arrancada de su lugar cayó a mis pies, las
paredes fueron salpicadas de grasa, sangre y cabellos. Una joven se tallaba los
ojos y gritaba diciendo que no escuchaba nada, que había quedado sorda. Se observaba
droga esparcida por varios lugares. Los bafles, (bocinas) estallaron y sus
pedazos se extendieron por todo el lugar, de la ventana que daba a la
sala-comedor, solo quedó un gran hueco, la
pared que limitaba la casa vecina tenía una cuarteadura que antes no tenía.
Vi
a Ethelvina muerta. De su cuerpo solo se encontraba a la vista de la cintura
para arriba, sus piernas y un brazo no estaban en su lugar, su abdomen explotó.
Uno de sus amigos estaba boca abajo entre escombros con la camisa y el pantalón
roto, sin zapatos. El otro estaba allá como embarrado en un rincón y lleno de
sangre, los ojos abiertos completamente, como no dando crédito a lo vivido. Dos
jóvenes que habían salido a inhalar cocaína solo estaban atontados a media
calle sin saber que hacer por lo ocurrido.
Gerardo
el que se burló de mí, estaba volviendo en sí. Aturdido, me alcanzó a reconocer
porque me acerque mucho a su cara; aproveché para recordarle mi advertencia. Intentó
levantarse para agredirme con un puñal que había sacado de su cintura. En ese
momento juzgué que tenía que tomar otra determinación. Ya había hecho justicia
por las maldades que les hicieron a mis padres. A punto estuve de detonar la
tercera bomba, pero vi que se acobardó cuando se dio cuenta que le
faltaba una pierna y la otra estaba sostenida solamente por unos de sus
nervios. Se zarandeó intentando avanzar
y al ver que no lo lograba, levantó su puñal y se lo hundió tres veces en su
estomago. Yo ya me había hecho a un lado para evitar la salpicadura de su
sangre.
Comenzaron
a aparecer en la calle las siluetas de los vecinos que salían cautelosos de sus
casas para enterarse de lo sucedido. Yo calculé que era suficiente. No quise
ver más. Me alejé caminando despacio como hacen los limosneros, por lo oscuro,
agachado, mi cabeza cubierta con una peluca y un sombrero viejo, cuando pasé
por un bote de basura, puse ahí el último detonador sin utilizar. Al
siguiente día. Dijo mi hija extendiéndome el periódico:
—¡Papá!
¿Ya viste esta noticia?
—¿Cuál
hijita? —respondí fingiendo ignorancia—. Tráeme los lentes, háblale a tu abuelo
y prepárame un cafecito, deja veo que
pasó.
“Dieciocho
muertos. Entre ellos siete mujeres, cuatro heridos, tres ilesos que habían
salido a inhalar coca y a orinar en la calle”, ese fue el reporte policiaco. Las
causas: “Venganza entre pandillas y entre los mismos integrantes”. Los motivos:
“Desavenencias por las ganancias de la venta de drogas”. Cuando revisaron las
huellas dactilares en los pedazos de los envases de cerveza utilizados en la
fabricación de las bombas, se dieron
cuenta que solo existían de los mismos miembros de esa escandalosa banda. De
entre los heridos, a uno identificaron como “El Huesos”, y a otro que le decían
“El Patita”. Tenían antecedentes penales, por haber quemado un autobús
lanzándole dos cocteles molotov y otro artefacto incendiario. Otro más de
sobrenombre “El Chilín”, había sido detenido por violencia callejera, había
destrozado una cabina telefónica y quemado una puerta del mercado municipal.
De
la Lic. Talavera ,
nada se dijo. Sería desprestigiar al Tribunal Superior de Justicia del Estado. El
caso fue cerrado, no se investigó. Probablemente deliberaron que era como una
ayuda para la policía y que no habría reclamaciones de nadie y así fue. Lo demás: SIN NOVEDAD.
Yo
quedé marcado y pendiente con el Juicio Divino.
Pasaron
dos días y no se presentó mi amigo Félix a su trabajo. Lo fui a buscar a su
casa. Vive en una Colonia algo alejada del centro. Me extrañó, pero no tanto
porque intuí que había sido afectado emocionalmente por el resultado de
“nuestra acción”.
Toqué y
salió.
—Buenos
días —lo saludé
— ¿Cómo
está? —me preguntó.
—Bien,
estoy bien, pero... a usted es al que no veo muy bien —le dije.
Se le
empezaron a llenar los ojos de lágrimas que se negaban a salir.
—Vamos
allá —me pidió con aire misterioso, indicándome un lugar solo, distante como a
diez metros de su casa.
Al
llegar, en voz baja me explico que en esa colonia las casas son muy chicas y
que difícilmente podía haber privacidad. Una vez que se sintió seguro me
platicó que su hermana y su sobrino habían sido víctimas de otros malosos, como
los de la colonia donde vivían mis papas.
—Los
sometieron violentamente se ensañaron con ellos, les provocaron contusiones,
heridas graves. Tienen huellas de estrangulamiento, lesiones con armas
punzocortantes, los golpearon en el cráneo. A mi hermana la violaron, casi le
arrancaron los senos a mordidas. Afortunadamente sobrevivieron al ataque, pero
tienen daño psíquico y requieren de tratamiento urgente. Están en la Cruz Roja. Ya les
fueron a tomar declaración; de hecho, ya
está la demanda pero, estoy seguro que va a pasar lo mismo que “allá”. La policía no va ha hacer nada. Y lo más
humillante es que dejaron huellas, marcas y hasta leyendas con el nombre de la
pandilla “Los loqueros” así se hacen llamar. Y… ¿Sabe
qué? Estoy seguro que son individuos inestables, inmaduros, vagos drogadictos,
muy proclives a la agresividad, de baja autoestima, igual o peor que aquellos
que vivían por donde su papá. Y ya sabe, solitos son timoratos, inseguros y
temerosos. Tengo mucho coraje, me tiemblan las manos de impotencia, ¡pero no me
verán arrodillado!
¿Me
prestará tres mil pesos? Y… ¿Será
posible que me acompañe?...
Ansberto
Rangel Pérez.