Los Roqueros infernales

Los Rokeros Infernales

Me llamó mi papá para que lo fuera a ayudar, me dijo que tenían un problema con los vecinos, que no los dejaban dormir por tanto ruido que hacían, estaban oyendo música con el volumen muy alto; ya había salido a pedirles que por favor le bajaran y que ya no hicieran escándalo pero no le hicieron caso. Eran las diez cuarenta y cinco de la noche, para  mis papas, eso ya era muy noche, acostumbrados a dormir a más tardar a las nueve y media.

—Ya voy papá —le dije—. Espérame, en un rato y estoy con ustedes.  
—Era abuelito ¿verdad papá? —me preguntó una de mis hijas.
—Sí. Al parecer los vecinos tienen fiesta y están haciendo ruido de más, y no los dejan descansar —le contesté.
—¿Vas a ir?  
—Claro, no los puedo dejar solos.
—Yo también voy.
—Y yo —agregó mi otra hija.

Aunque no me gustó la idea, no me opuse, conociéndolas como son y lo que quieren a sus abuelos.
La casa de mis papás es de esas pequeñas, que el gobierno vende en abonos a los Trabajadores al Servicio del Estado. Tres recamaritas, baño, cocina, sala-comedor, un espacio pequeño al frente y otro atrás, una cochera para un vehículo compacto. Por la inseguridad, todos los habitantes de esa colonia ponen su barda delantera y un barandal de fierro. Se aíslan, porque no les queda de otra.
Cuando llegamos, entre hombres y mujeres había como veinte jóvenes de entre quince y veinticinco años. La mayoría vestía de negro, con adornos y accesorios metálicos, pelo peinado fuera de lo normal. Pantalones ajustados ellos, ellas con faldas cortas y medias negras. Sus ojos pintados de verde o violeta obscuro. Tatuajes en brazos, hombros, cuellos, otros más con su cara pintada de negro y cuadros color verde obscuro. Miembros de una banda, casi todos drogadictos. A ellos pertenecían los dos hijos de la Lic. Ethelvina Talavera, quien trabajaba como Jueza en el Palacio de Justicia del Estado.
Ella no hacía mucho caso del comportamiento de sus descendientes. Lo que deseaba era espacio para estar con sus amistades y sus conquistas ocasionales. Hacía años se había divorciado y ya sola se ligaba al que le caía bien y listo. No le interesaba relacionarse formalmente con nadie. Yo la conocía desde que estaba soltera, desde aquél entonces se veía que era partidaria de las situaciones ilegales y sobre todo de la corrupción; no tenía principios ni valores. De manera que asombraba que hubiese llegado a ocupar un cargo tan importante dentro de la impartición de justicia, o a lo mejor, por eso, precisamente llegó en este país tan corrupto.
La casa donde vive, era de sus padres y ya muertos, a pesar de tener tres hermanos, escrituró la casa para ella falsificando testamento y firmas. Sus hermanos ya no le reclamaron porque cuando lo hicieron los mandó golpear y los amenazó de muerte.
Al llegar, entré a la casa de mis padres y en la cochera vi una camioneta gris, de reciente modelo dejando apenas espacio para entrar. Atrás el pirul que daba sombra a la casa, estaba cortado con una sierra eléctrica y ese instrumento aún conectado, estaba ahí en el suelo. En ese instante, se acercó el sacerdote de la Iglesia cercana y me preguntó porque había cortado el árbol, le dije que no había sido yo. Le expliqué la situación y me sugirió que llamara la policía, que él serviría de testigo si hacía falta, en eso quedamos, pero le sugerí que se fuera, para que no lo lastimaran.
Dos de los jóvenes estaban tratando de hacer una extensión eléctrica, uniendo varios tramos de cable para tomar energía y conectar unas bocinas como de ochenta cm. de altura por cincuenta de ancho. Al de nombre Gerardo, le pregunté que porque hacía eso, me contestó que necesitaban las bocinas para la fiesta de la licenciada Talavera.

—¿De qué fiesta hablas? —pregunté y agregué—: No puedes hacer eso si no tienes permiso. Esta casa es mía, o bueno... de mi papá pero para el caso es lo mismo  —y me contestó:
—Ya ves ruco, ni siquiera sabes si es tuya o no. Es más, esta casa va a pasar a ser propiedad de la licenciada. Dentro de unos quince días vienen con una orden judicial a desalojar a los viejillos que viven aquí justo un día antes del festejo.
—¡¿Cómo te atreves a decir eso?¡ —le reprendí.
—Como lo oyes “ruquito” —me contestó con sorna, burlándose.
—Pues esa Licenciada, tendría que matarme primero para hacerse de la casa, sé perfectamente que esta casa la compró hace años mi papá. Es de él, y que yo sepa no la ha vendido ni la tiene en venta. Así que si eres su amigo y la apoyas, ¡Mátame ahorita, porque si no, la van a pasar mal!

Luego reflexioné si habría hablado de más, pero es que el coraje que me sacó fue mucho. Me convencí que no lo dije así nomás, sino plenamente convencido y decidido a luchar. Primero muerto que dejar que se aprovecharan de mis pobres viejos,  porque ellos no les habían hecho daño alguno a nadie. Gerardo se vio con su ayudante, un tipo que yo no había visto antes y que traía una trenza en su cabeza y rapado de atrás de sus orejas. Se rieron y siguieron haciendo su toma-corriente. Opté por ir con Ethelvina, así la llamaba yo, porque para mi eso de su titulo y su puesto no me impresionaba, para mi era una vecina más, de años, que venía a mi casa a que le invitáramos un refresco en tiempo de calor.

—¡Ethelvina¡ —la llamé.

Cuando la vi, estaba abriendo el portón de la casa para sacar su camioneta, le pedí que les dijera a sus hijos y a sus amigos que se fueran con su ruido a otra parte porque no dejaban dormir a mis papas. Y sin dar tiempo que me contestara agregué:

—Y ¿Por qué metes tu camioneta en la cochera? ¿Te dio permiso mi papá?, ¿O te lo tomaste?
—Mira: ¿Crees que yo necesite permiso para guardar mi camioneta donde me dé la gana? —así de forma grosera y burlona me respondió.

Eso me dio a entender que efectivamente tenía la intensión de quitarles la casa a mis papás, seguro para dárselas luego a sus hijos y que ahí hicieran sus tocadas, fiestas y orgías.
—Ethelvina, escúchame: Ya le dije a tu esbirro, ese que anda adentro de la casa conectando unas bocinas para tu fiesta, que me mate ahorita. Ahorita que puede, porque si no… la vas a pasar muy mal, tú, tus hijos y todos estos mozalbetes desorientados que te acompañan. Y te lo repito a ti, si algo tramas contra mis papas, te advierto: No lo voy a permitir.

Su respuesta fue nuevamente una risa burlona e ignorándome, subió a su camioneta aporreo la puerta al cerrarla. Arrancó el motor de su camioneta, pisó fuerte el acelerador haciéndolo rugir la máquina y lanzándome polvo y humo en la cara.
Regresé al interior de la casa. Mis hijas me informaron que habían dos muchachas y un muchacho en una de las recamaras, que estaban acostados en la cama. De inmediato fui, jalé de sus pies a todos y los empujé hacia fuera, no hubo resistencia, andaban drogados, se les notaba en lo lerdo de sus movimientos y lo vidrioso de sus ojos.
Llamé a la policía pidiendo auxilio. Cuando dije el domicilio y el nombre de Ethelvina, sus hijos, agregando que también otros estaban perturbando la tranquilidad del hogar de mis papas, quién me atendía al teléfono tartamudeó. Me dio la impresión de que solo hizo como que tomó la queja. Me dijo que dentro de un rato mandarían unas patrullas. Mentiras. Puras mentiras. No se presentaron, insistí en pedir el auxilio. Llamé a otra Estación de Policías y terminé llamando a Protección Civil y a las autoridades Estatales. Grabé mis llamados y sus respuestas por si se ofrecía. Al ver que nadie de ellos llegaba, decidí cerrar los cuartos con llave, guardé lo más que pude. Desconecté la energía, y solo pudieron disponer de la cochera y del patio de enfrente.  Me llevé a mis padres a mi casa.
No sé cómo se imaginarían que iba a defender y a cumplir mi amenaza por las ofensas que habían hecho. De momento ni yo tenía idea de cómo hacerlo. Yo me suponía que ellos acostumbraban a atacar en montón y a traición con la idea es dañar lo máximo para pronto amedrentar y asustar a sus víctimas porque se sienten protegidos por Ethelvina “La Jueza”.
Me puse a reflexionar: Mis padres sufren y ellos hacen circo, se burlan, ridiculizan sus protestas y las mías; los humillan, los roban, abusan porque los consideran viejos, obsoletos, improductivos,. no quieren oírlos, ni verlos. En cambio yo los amo. Porque me enseñaron a amar la justicia, la libertad. Soy tolerante con ellos porque me dieron la vida. Sembraron en mi cuerpo y alma sentimientos de respeto, honradez y agradecimiento.
Pero ahora, las actitudes contrastantes de esos delincuentes sin futuro, hicieron que naciera en mí un sentimiento de rebeldía, y ansias de hacer justicia, de agredirlos, de darles su merecido. Según yo,  son una amenaza para la sociedad. Deduzco que Ethelvina les ha enseñado que “El que agandalla no batalla”, “El que tranza avanza” y a ensañarse con los débiles, los indefensos, sin importar si ofenden.
Ahora sí. Mi mente comienza a generar un plan a partir de recordar que van a celebrarle una fiesta a su guía de inspiración. Insisto en convencerme de que no puedo dejar que continúen estos agravios a mis padres; no puedo pasar la vida transportando de un lado a otro esta mi masa de carne y huesos sin provecho alguno. Creo que mi vida se debe elevar, ser brazo y mente justiciera, sin inclinar la cabeza.
Antes de saberlo, se los dije a ese pelafustán de Gerardo y a Ethelvina, y no me hicieron caso, no me creyeron, me menospreciaron. ¡Pobrecitos!  Ahora no voy a renunciar a la venganza, hasta deshacerme de ellos, con todo mi corazón y valentía, les haré la guerra. Ya se los dije. Sólo la muerte me podrá parar.  Las autoridades no me hicieron caso, me dejaron solo, pues ahora… ¡Voy a tomar la justicia en mis manos! Creo que me he convertido en un peligro para ellos y no lo saben.
Un trabajador de la caseta de vigilancia de la colonia donde vivo, es mi amigo. Entre las pláticas que hemos tenido, me contó que fue soldado del ejército, que por su bajo nivel académico solo llego a ser nombrado Sargento. Que su especialidad eran los explosivos; desactivarlos era lo que se le facilitaba, pero que no ignoraba como hacerlos. Cuando le conté lo que me pasaba, los insultos y ofensas, el ataque a las buenas costumbres de mis padres a quienes yo consideraba unas personas normales y el ambiente que generaban esos rufianes con sus fiestas, el olor que quedaba a alcohol y drogas por todos lados, los ruidos, actitudes y palabras vulgares que proferían; me dijo con mucha disposición de ayudarme:

—Consígame unos tres litros de Nitro metano, ese es un potenciador de explosivo  muy efectivo para hacer bombas caseras; aunque también podríamos utilizar polvo de aluminio o amonal. Se necesitan además, algunos rollos de cinta adhesiva y cables, inclusive se pueden utilizar hasta unas simples botellas de cerveza. Los detonadores los podemos hacer con capsulas metálicas  —me explicó.
—Pero… y eso… ¿donde lo consigo? —le pregunté.
—Tiene razón con sus dudas —me contestó—. Pero no se preocupe. Deme  unos tres mil pesos, yo tengo conocidos que me pueden vender eso que se necesita.

Al día siguiente cuando le entregué el dinero, coincidimos en que debíamos de tener mucho cuidado, porque si no… a la cárcel iríamos a parar.

—Con lo que me ha platicado, de que son jóvenes desastrosos, que se emborrachan y se drogan, que no tienen respeto ni por ellos mismos, seguro tienen antecedentes penales; deduzco que podemos hacerlo sin que se sospeche de nosotros —me dijo.

Quedé impresionado por la forma tan fría y segura como lo decía. Luego a manera de desahogarme y agradecer su apoyo  le comenté:

—Desde el día de la discusión con Ethelvina y sus pelafustanes tengo en mi casa a mis padres. Están sumidos en estado de depresión, poquito se alegran porque ha bajado por fin el precio del frijol, las cebollas y los jitomates en el mercado, tres días llevaban sin hacerse una salcita picosa por lo caro que está todo. Doña Chita, vecina de ellos, les habló por teléfono y los hizo sonreír, cuando les contó que el loro que había comprado ya había dicho su primera majadería.

El hecho de que estuviera sola la casa, favoreció nuestros planes. Faltaban tres días para el festejo del cumpleaños de Ethelvina. Una vez que Félix mi amigo el vigilante obtuvo lo necesario, hizo los explosivos, utilizando botellas de cerveza que los vándalos habían dejado en la casa de mis padres y que nosotros habíamos recogido utilizando guantes  de látex, para que no aparecieran nuestras huellas dactilares, por si se investigaba. Fuimos de madrugada a casa de mis padres y en horas en que estábamos seguros que no nos veía nadie, colocamos las bombas. Felix, llevaba anotado en un cuaderno la distancia que debía de haber entre una y otra. Con mucha cautela colocó tres cargas explosivas, una de las bombas quedó en un bote de basura que se encontraba por la lavandería, otra abajo de una escalera y la tercera casi a la entrada de la cochera. La madrugada del viernes estaba todo instalado y bien disimulado. Ahora solo era cuestión de esperar. 
A la hora de la fiesta, disfrazado de limosnero caminé para acercarme a la casa sin ser reconocido y observar los detalles. No hubo novedades, es decir la fiesta estaba desarrollándose con el desorden habitual y según lo calculado.
Ethelvina los tenía manipulados de algún modo. La mayoría de ellos, provienen de la pobreza y hasta de la indigencia, pero luego se van haciendo delincuentes. Consumidores de crack, mariguana, alcohol, cocaína y quien sabe de cuantos estupefacientes más, los menos aspiran solventes. Esos estimulantes los convierten en agitadores de momento. Se hacían llamar “Los Rokeros Infernales”. Esa leyenda con letras doradas traían en sus camisetas negras. Los observé detenidamente quería saber cómo eran. ¿Cuáles aspiraciones tenían? ¿Qué hacían? ¿Porqué lo hacían? en fin, detalles.
Concluí por principio, que ellos están conscientes de que no tienen futuro, porque no tienen posibilidades de estudiar, por eso se reúnen en pandillas para asaltar, extorsionar, pelear y ejercer la violencia. Viven en una etapa gris y en gran crisis. Sus desequilibrios como adolescentes son hasta cierto punto típicos. La sociedad los margina, luego ellos delinean sus propias reglas y buscan como salir adelante, aunque normalmente por la vía ilegal.  No obstante,  con confianza,  siendo optimista y positivo, para cuando sean mayores de edad, espero de ellos una conducta de buenos ciudadanos, que reconozcan sus deberes y derechos. Aunque ellos también tendrán que salir adelante de las dificultades que la sociedad les impone de marginación, desprecio y hasta de atropello.
Aunque ese positivismo por ellos me tiene sin cuidado. A mi lo que me importa es que ahorita están jodiendo a mis padres y eso no lo tolero.
Les agrada molestar a la gente durante las fiestas a las que asisten, son rasgos de esta pandilla. Es también común verlos pelear por gusto, porque se sienten muy “machos”, gustan de correr riesgos y demostrar coraje públicamente y ante cualquiera, privilegiando la violencia como expresión para impresionar a sus novias o parejas. Casi no pelean entre si, al contrario, se juntan cuando alguno de ellos está en peligro, o es atacado por la pandilla de otro barrio, actúan organizados y observando detalles, hasta parece que hubiesen estudiando en alguna escuela militar. Mandan compañías por delante, enseguida otra y al final va la reserva. Hay instrucciones para los repliegues en caso de no ser los triunfadores, para no salir muy dañados. Desde luego que se marcan objetivos. El principal, es dañar al Jefe de la pandilla enemiga. Si hubiese una baja entre la pandilla, los demás harán pacto para vengar la muerte de  su amigo de lucha. Principalmente se pelea por espacios y por droga, así que no es de dudarse que Ethelvina utilice precisamente ese hilo para manipular al grupo, para imponer terror entre los vecinos así como  entre sus  enemigos. Aquí en la colonia han tomado calles, estacionamientos y andenes para transformarlos en campos de batallas y esconderse cuando son perseguidos por otros bandos.
La fiesta estaba en su cúspide. La música a todo volumen. Se  conversaba a gritos y eso completaba el ambiente. La puerta principal de la casa había sido violada, era de esperarse. Necesitaban el sanitario, y los cuartos para drogarse y hacer el amor. El desenfreno y consumo desesperado de estupefacientes estaban al máximo. Ethelvina hacía lo propio con su pareja y otro señor de su edad, digamos de unos cuarenta y ocho años.
Félix mi amigo, estaba con los detonadores en sus manos en un viejo carro Datsun color rojo. Le había pedido que hiciera explotar primero dos de las tres bombas; que yo me llevaría el detonador de la tercera por si acaso fuera necesario. Me acerqué lo más posible para apreciar mejor los detalles y comunicarle el momento preciso de ejecutar la explosión.
Eran como veinticinco los que festejaban, algunos en chalecos, otros sin camisa, casi todos con pantalones ajustados, lentes negros, pelo largo, levantado con vaselina, o rapados, algunos cubriéndose un ojo con su propia cabellera. Las muchachas por el mismo estilo. Se escuchaba música de Pink Floyd, Janice Jopplin, Led Zapellin. Lo que más me extrañaba era que siendo tan jóvenes escucharan Heavy Metal de los años ochentas, época de los grupos Judas Priest, Black Sabbath y sobre todo Iron Maiden con su vocalista el loco de  Ozzi Ousborne. Se oía la canción que lo lanzó a la fama Run To The Hills, y otras canciones en las que hacían honor a la cocaína e incitaba a la juventud a hundirse en las drogas, que incitaban al incesto, la violación el sadomasoquismo. También pude reconocer otro grupo que escuchaban cantando Look at The Kill, llamado Mötel Crüe sus miembros usaban tacones altos, peinados extraños, ropa sucia harapientos, no se bañaban más que una vez cada quince días. De éstos, identifiqué las canciones Enter Sandman y Exit Ligth in The Dark, éxitos de finales de los ochentas. Su estilo era pues muy caricaturesco y actuaban con infamia y libertinaje. También escuché Massive Attack  de otro grupo no menos loco llamado “Metállica”.
Viendo eso e imaginándome el abuso que hacían al uso de la casa, únicamente esperé que Ethelvina estuviera más cerca de las escaleras que era donde estaba una de las bombas, cuando eso sucedió tomé la determinación de pedirle a mi amigo que las detonara.  Luego del estallido, lo vi arrancar el carro, encender las luces y ponerlo en lenta marcha, ya luego se alejó en carrera normal.
Las explosiones casi simultáneas hicieron que los vidrios de las puertas y ventanas de las casas de la cuadra estallaran en pedazos, el ruido se escuchó en toda la colonia y en la colonia vecina. Se escucharon gritos de espanto y ayes de dolor. Cuando quité las manos de mis orejas y abrí los ojos, vi un cuadro dantesco, sangre por todas partes. Una mano arrancada de su lugar cayó a mis pies, las paredes fueron salpicadas de grasa, sangre y cabellos. Una joven se tallaba los ojos y gritaba diciendo que no escuchaba nada, que había quedado sorda. Se observaba droga esparcida por varios lugares. Los bafles, (bocinas) estallaron y sus pedazos se extendieron por todo el lugar, de la ventana que daba a la sala-comedor, solo quedó un gran hueco,  la pared que limitaba la casa vecina tenía una cuarteadura que antes no tenía.
Vi a Ethelvina muerta. De su cuerpo solo se encontraba a la vista de la cintura para arriba, sus piernas y un brazo no estaban en su lugar, su abdomen explotó. Uno de sus amigos estaba boca abajo entre escombros con la camisa y el pantalón roto, sin zapatos. El otro estaba allá como embarrado en un rincón y lleno de sangre, los ojos abiertos completamente, como no dando crédito a lo vivido. Dos jóvenes que habían salido a inhalar cocaína solo estaban atontados a media calle sin saber que hacer por lo ocurrido.
Gerardo el que se burló de mí, estaba volviendo en sí. Aturdido, me alcanzó a reconocer porque me acerque mucho a su cara; aproveché para recordarle mi advertencia. Intentó levantarse para agredirme con un puñal que había sacado de su cintura. En ese momento juzgué que tenía que tomar otra determinación. Ya había hecho justicia por las maldades que les hicieron a mis padres. A punto estuve de detonar la tercera bomba, pero vi que se acobardó cuando se dio cuenta que le faltaba una pierna y la otra estaba sostenida solamente por unos de sus nervios. Se zarandeó  intentando avanzar y al ver que no lo lograba, levantó su puñal y se lo hundió tres veces en su estomago. Yo ya me había hecho a un lado para evitar la salpicadura de su sangre.
Comenzaron a aparecer en la calle las siluetas de los vecinos que salían cautelosos de sus casas para enterarse de lo sucedido. Yo calculé que era suficiente. No quise ver más. Me alejé caminando despacio como hacen los limosneros, por lo oscuro, agachado, mi cabeza cubierta con una peluca y un sombrero viejo, cuando pasé por un bote de basura, puse ahí el último detonador sin utilizar. Al siguiente día. Dijo mi hija extendiéndome el periódico:

—¡Papá! ¿Ya viste esta noticia?
—¿Cuál hijita? —respondí fingiendo ignorancia—. Tráeme los lentes, háblale a tu abuelo y prepárame un cafecito, deja  veo que pasó.

“Dieciocho muertos. Entre ellos siete mujeres, cuatro heridos, tres ilesos que habían salido a inhalar coca y a orinar en la calle”, ese fue el reporte policiaco. Las causas: “Venganza entre pandillas y entre los mismos integrantes”. Los motivos: “Desavenencias por las ganancias de la venta de drogas”. Cuando revisaron las huellas dactilares en los pedazos de los envases de cerveza utilizados en la fabricación de las  bombas, se dieron cuenta que solo existían de los mismos miembros de esa escandalosa banda. De entre los heridos, a uno identificaron como “El Huesos”, y a otro que le decían “El Patita”. Tenían antecedentes penales, por haber quemado un autobús lanzándole dos cocteles molotov y otro artefacto incendiario. Otro más de sobrenombre “El Chilín”, había sido detenido por violencia callejera, había destrozado una cabina telefónica y quemado una puerta del mercado municipal.
De la Lic. Talavera, nada se dijo. Sería desprestigiar al Tribunal Superior de Justicia del Estado. El caso fue cerrado, no se investigó. Probablemente deliberaron que era como una ayuda para la policía y que no habría reclamaciones de nadie y así fue.  Lo demás: SIN NOVEDAD.
Yo quedé marcado y pendiente con el Juicio Divino.                 
Pasaron dos días y no se presentó mi amigo Félix a su trabajo. Lo fui a buscar a su casa. Vive en una Colonia algo alejada del centro. Me extrañó, pero no tanto porque intuí que había sido afectado emocionalmente por el resultado de “nuestra acción”.
Toqué y salió.

—Buenos días —lo saludé 
— ¿Cómo está? —me preguntó.
—Bien, estoy bien, pero... a usted es al que no veo muy bien —le dije.

Se le empezaron a llenar los ojos de lágrimas que se negaban a salir.

—Vamos allá —me pidió con aire misterioso, indicándome un lugar solo, distante como a diez metros de su casa.

Al llegar, en voz baja me explico que en esa colonia las casas son muy chicas y que difícilmente podía haber privacidad. Una vez que se sintió seguro me platicó que su hermana y su sobrino habían sido víctimas de otros malosos, como los de la colonia donde vivían mis papas.

—Los sometieron violentamente se ensañaron con ellos, les provocaron contusiones, heridas graves. Tienen huellas de estrangulamiento, lesiones con armas punzocortantes, los golpearon en el cráneo. A mi hermana la violaron, casi le arrancaron los senos a mordidas. Afortunadamente sobrevivieron al ataque, pero tienen daño psíquico y requieren de tratamiento urgente. Están en la Cruz Roja. Ya les fueron a tomar declaración; de hecho,  ya está la demanda pero, estoy seguro que va a pasar lo mismo que “allá”.  La policía no va ha hacer nada. Y lo más humillante es que dejaron huellas, marcas y hasta leyendas con el nombre de la pandilla “Los loqueros” así se hacen llamar. Y… ¿Sabe qué? Estoy seguro que son individuos inestables, inmaduros, vagos drogadictos, muy proclives a la agresividad, de baja autoestima, igual o peor que aquellos que vivían por donde su papá. Y ya sabe, solitos son timoratos, inseguros y temerosos. Tengo mucho coraje, me tiemblan las manos de impotencia, ¡pero no me verán arrodillado!

¿Me prestará  tres mil pesos? Y… ¿Será posible que me acompañe?...


Ansberto Rangel Pérez.



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