Juan del Rancho.
Juan del rancho —A Juan lo conocí una larga tarde de verano — dijo mi tío Cornelio. Fue en un día de verano, el calor adentro de la casa era insoportable, pero afuera una leve brisa mecía perezosamente las hojas adormecidas de los árboles. Descansaba recostado en una hamaca en el portal delantero, mi vista se perdía en el infinito mientras intentaba sin esfuerzo descifrar las formas irregulares de unas nubes blancas, que lentas vagaban como errantes viajeras en lo azul del cielo. En esa tarde remota sentía vivamente la eternidad. Sabía que el mundo era eterno, me lo enseñaron las catequistas del templo de La Soledad, decían que había tiempo para todo, que viviría para siempre. No sé cuánto rato había estado escudriñando nubes intentando encontrarle formas cuando me sacudió el grito de un vendedor callejero en el portón. —¡Cuajada y queso, cuajada y queso! Anda joven ve y pregunta si tu mama va a querer cuajada o queso —me pidió. —Ella no está, pero ¿a cóm...