Juan del Rancho.
Juan del rancho
—A Juan lo conocí una larga tarde de verano —dijo mi tío Cornelio.
Fue en un día de verano, el calor adentro de la casa era insoportable, pero afuera
una leve brisa mecía perezosamente las hojas adormecidas de los árboles. Descansaba
recostado en una hamaca en el portal delantero, mi vista se perdía en el
infinito mientras intentaba sin esfuerzo descifrar las formas irregulares de
unas nubes blancas, que lentas vagaban como errantes viajeras en lo azul del
cielo.
En esa tarde remota sentía vivamente la
eternidad. Sabía que el mundo era eterno, me lo enseñaron las catequistas del
templo de La Soledad, decían que había tiempo para todo, que viviría para
siempre. No sé cuánto rato había estado escudriñando nubes intentando
encontrarle formas cuando me sacudió el grito de un vendedor callejero en el
portón.
—¡Cuajada y queso, cuajada y queso! Anda joven
ve y pregunta si tu mama va a querer cuajada o queso —me pidió.
—Ella no está, pero ¿a cómo la da?
—A quince el queso y a diez la cuajada.
—Pues entonces deme uno de cada uno.
Me levanté buscándome las monedas que sumaban treinta centavos que me
había dejado mi mamá junto con el encargo de comprar al vendedor cuando viniera
y este era el momento. Al acercarme al hombre, noté los surcos profundos que
parecían heridas, cicatrices que recorrían su cara gastada. Antes de irse, sus
oscuros y profundos ojos me miraron con un cansancio infinito, y me dijo:
—Bueno, le dices a tu mama que voy pasar el viernes a ver si quiere.
La cuajada estaba fría y despedía un olor dulce y fresco. Presurosamente
desenvolví las hojas de maíz. La cuajada era tan blanca como las nubes, como la
nieve de los altos cerros que tiene dibujado el calendario que nos regaló don
Chón el tendero del pueblo. Luego de calentar unas tortillas en la cocina, me di
un festín codicioso en la hamaca comiendo y deseando haber comprado más, pero
mamá solo me encargó que comprara una. El viernes me enteré que el señor de la
cuajada se llamaba Juan. Esta vez mi mamá me había dejado para comprar dos
quesos y dos cuajadas. Me imaginé su amplia sonrisa desdentada cuando le
hiciera el pago, pero su rostro permaneció inmutable como si lo supiera de
antemano, como si nada pudiera sorprender su vida escrita.
Pasaron los años y Juan siguió llegando, cada vez más viejo y desgastado
que cuando lo conocí. Su espalda se doblaba bajo el peso de la caja repleta de
quesos y cuajadas. De tanto sol, su piel se había vuelto metálica y oscura como
oro sucio. Aprendí a saludarlo en su idioma enigmático con palabras que sonaban
a canto del campo, como alabanzas al Creador. Creo que le caía bien porque a
veces me regalaba una bolita de cuajada la cual yo aceptaba con cierta
renuencia porque sabía que me daba de lo poco que tenía y eso valía más, así
que como pagar algo tan costoso. Aunque si intentaba pagársela me decía:
—entonces no sería un regalo.
Como ya ganaba algo de dinero
torciendo ixtle haciendo toscos mecates de diferentes grosores y tamaños, un
día quise pagarle sus tantos regalos con un regalo mío. Conocía sus tristes
huaraches remendados, que ya no le cubrían su desgastado, pero endurecido y
agrietado talón, y decidí comprarle un buen par de los nuevos en el mercado. El
día que se los di, al tomarlos en sus manos, los pulsó, los acarició, les vio
la suela completa y fue una de las raras veces que lo vi sonreír.
—Con estos huaraches nuevos voy a poder hacer el recorrido volando —me
dijo con sus ojos brillando de gusto.
El siguiente viernes Juan no llegó. Mi familia se quedó con las ganas de
comer queso y cuajada fresca y yo recordé la vez que me contó que había soñado
que él era un cóndor y que volaba por los cerros altos que a lo lejos se
divisan. El próximo viernes, cuando oí gritos lejanos anunciando la cuajada,
salí detrás de mamá para saludarlo, pero, en vez de él, venía un muchacho alto,
pecoso y flaco con la caja de quesos a cuestas. Traía puestos los huaraches
nuevos del viejo Juan.
—¿Y eso es cierto? —le
pregunté a mi tío Cornelio y contesto:
—La misma pregunta
le hice a mi abuelo cuando me lo contó y me dijo que así se lo habían platicado
a él.
Ansberto Rangel Pérez.