Cuento de mi barrio


Cuento de mi barrio

Cristina, era nuestra vecina en el callejón, jugaba como cualquier niño al trompo, a las canicas, al balero y hasta nos acompañaba al campo a matar pajaritos con resorteras, le apodamos La Ruca, era muy morena, con los dientes de arriba saltados para adelante, sus ojos eran como dos grandes lágrimas congeladas, todo veía y muy rápido como si los tuviera de águila que todo escudriñan y encuentran pronto las cosas interesantes; no obstante su color, era pálida como la cera de las velas, peleonera y nada dejada, se ponía triste cuando le decíamos jorobada, luego sacaba coraje y nos correteaba con piedras en sus manos, unas manos que acostumbraba a juntar como la virgen del santuario; su boca, como no se había hecho para el beso, no tenía labios, o los tenía tan disimulados que casi no se le notaban, su boca era para llorar; sobre los hombros rebosaba una gran joroba que no podía ocultar con ningún sweater. Su mamá se la llevó a don Alfredo, que era un sobandero que vivía por la calle Jiménez. Que si se la podía curar, preguntó. Y don Alfredo contestó que le haría la lucha, y agregó: no hay peor lucha que la que no se le hace. Le voy a dar una buena sobada con algo de sebo y agua tibia. Aquí déjemela doña Juana Regrese a las tres. Y apenas era la una de la tarde.

Don Alfredo, se arrimó a Cristina que tendría como doce años y le dijo que se desnudara, que le iba a dar la primera sobadita. Ella no quiso y lloró porque le daba vergüenza su joroba; primero lloró quedito después de forma estridente pero nadie la escuchó. Entonces don Alfredo la cogió  a la fuerza, tapándole la boca con la mano la dobló, se tiró un escupitajo en… y pujaba, la colcha y la sabana se arrugaron sobre la cama y… ¡ay dolor¡ ¡cuánto dolor… ay…¡ se quejaba Cristina vencida por la fuerza del sobandero.

Juana su mamá, llegó a recoger a su hija, que al paso de las semanas continuaba igual con su joroba. Ya después se le comenzó a notar que le aumentaba de tamaño el estómago, pero la joroba no bajaba gran cosa.

Y La Ruca murió de una fiebre ilógica antes del parto. En la cama de don Alfredo con un trapo en la boca, sin amor, se le habían disipado las ganas de vivir. Le pusieron una corona de margaritas blancas. Ahí en su caja, arriba de la mesa, en el cuarto que daba al callejón la velaron. Estaba como en un sueño profundo; y es que ella siempre estuvo un grado debajo de los suyos y de nosotros los del barrio; porque cuando todos reíamos, ella sonreía; cuando todos sonreíamos, ella estaba seria; cuando todos estábamos serios, ella lloraba; y ahora, que todos lloramos, ella no tuvo más remedio que estar muerta.


Ansberto Rangel Pérez.



Entradas más populares de este blog

Mis detalles finales