La señora de la Fonda La señora de la fonda que está frente a la fundidora, me da la impresión que es generosa, sencilla, adaptable a todo, disfruta lo disfrutable, jamás presume, no alardea de nada porque tiene muy claro lo que son cosas importantes en su vida. No cede a las trampas y presiones de la falsa sociedad y no cae porque tiene en lo social bien centrada su escala de valores. Ahora que la vida le ha generado vacíos no los llena con placeres ilusorios, amores aparentes, ni con autos costosos o joyas exclusivas. No tiene satisfacción por cosas materiales, ni pretende presumir a los demás. Siempre me ha parecido que es una persona con sentimientos nobles; no se mete con nadie, intenta evitar a quienes le llevan “chismes” la he oído decir a una muchacha pizpireta que en ocasiones le ayuda: “Vete, llévate tus cascabeles a sonar a otra parte” Cuando los clientes llegan a su negocio los saluda con atención, respeto y agregando una afable sonrisa. ...
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Juan del Rancho.
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Juan del rancho —A Juan lo conocí una larga tarde de verano — dijo mi tío Cornelio. Fue en un día de verano, el calor adentro de la casa era insoportable, pero afuera una leve brisa mecía perezosamente las hojas adormecidas de los árboles. Descansaba recostado en una hamaca en el portal delantero, mi vista se perdía en el infinito mientras intentaba sin esfuerzo descifrar las formas irregulares de unas nubes blancas, que lentas vagaban como errantes viajeras en lo azul del cielo. En esa tarde remota sentía vivamente la eternidad. Sabía que el mundo era eterno, me lo enseñaron las catequistas del templo de La Soledad, decían que había tiempo para todo, que viviría para siempre. No sé cuánto rato había estado escudriñando nubes intentando encontrarle formas cuando me sacudió el grito de un vendedor callejero en el portón. —¡Cuajada y queso, cuajada y queso! Anda joven ve y pregunta si tu mama va a querer cuajada o queso —me pidió. —Ella no está, pero ¿a cóm...
Mis detalles finales
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Mis detalles finales Dos empleados de la funeraria con negros trajes viejos, usados y corbatas mal anudadas, pujando suben el féretro donde voy yo ya difunto. Después acarrean tres arreglos florales y ponen el vehículo en marcha lenta; mis familiares, conocidos y vecinos atrás conforman el cortejo fúnebre. Atravesamos un puente a desnivel. Llegamos al cementerio de bardas blancas con ribetes color gris un arco de puerta y un Cristo arriba de todo. Adentro todo verde, un verde vivo, muy bonito, es un día de primavera con viento calmo, hay botones y flores abiertas mariposas y avispas se nutren en ellas. Unos eucaliptos altos muy altos que bondadosos dan sombra, el pasto bien recortado luce hermoso como niño recién peinado; parece de un castillo real, hay calles y callejones entre tanto sepulcro. Los enterradores abren la fosa, cortando un rectángulo y levantando el pasto de una sola vez para luego ponerlo encima uniendo sus orillas con el otro, para que termine dando la apariencia...
Amparo
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Amparo ya tiene rato ahí Sentada en esa fuente de agua, está triste; cuando el viento sopla fuerte y hace que el agua que brota como erupción de volcán le moje la espalda, pareciera que ni cuenta se da. Hoy terminé temprano mi trabajo y me vine a dar un paseo a esta plazuela, allá debajo de los portales hay mucha gente que entra y sale de los diferentes comercios. Afuera de dos negocios, un señor sentado en una silla de ruedas, con sus chamorros recargados en una caja de cartón, uno con una venda sucia que alguna vez fue blanca y el otro inflamado amoratado, repleto de llagas, las moscas volaban alrededor, a mi me parecía que también ahí gusanos hacían sus nidos y que esa fauna abominable se alimentaban de su carne, todo al aire libre, con sus heridas expuestas, por eso le noté la falta el dedo gordo, su pelo en desorden y su barba crecida y así chantajea con su estampa el sentimiento de la gente. En su pecho un letrero en un pedazo de cartón de caja de zapatos con una letra fea...
Dialogos persuasivos
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Personas mayores Ya estoy viejo y divorciado, pero aún me dan ganas de estar con alguien, así que agarro camión y me voy al centro a caminar sin rumbo. Más bien, por lugares donde calculo que circulan mujeres en busca de lo mismo. Ahí por la iglesia principal, me senté en la ventana de una casa con fachada de cantera, cuando viré a mi izquierda, vi a una señora, traía una falda blanca que le llegaba a las rodillas; una blusa negra; el pelo negro corto pintado; peinada como señora joven, unos lentes para el sol arriba de su cabeza nomás de adorno, ya no le hacían falta el sol se acababa de meter; una bolsa de dama color café brillante de charol colgaba de su hombro izquierdo, ojos y boca pintados. Pensé que era una dama joven, pero ya de cerca me di cuenta que no. Sus patas flacas venidas a menos, también sus caderas ya chupadas, esmirriadas, decían otra cosa. Ya está vieja la señora, se le nota en lo arrugado de su cara; seguro ya le anda pisando los setenta y pico, pe...
Habíamos ido a nadar
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Habíamos ido a nadar Salimos a las cinco de la escuela, nos pusimos de acuerdo para ir a nadar al Estanque de Don Quirino que estaba antes de llegar al panteón municipal, Pepe, Pablo, Beto hijo de doña Juanita y don Pedro el del Telégrafo, Inés, Margarito, Chive, el cabrón de Filomeno y otros del barrio y de la camada como de entre ocho y diez años de edad. Yo me había quedado solo, mis amigos ya se habían ido a sus casas, el sol ya no estaba pero había luna llena, al principio a eso me atuve, pero llegaron las nubes y la noche obscureció, mi mente se llenó de miedo y comencé a imaginarme cosas. Sentí más miedo porque no encontraba mis pantalones ni mi camisa y ya quería regresar. Al parecer mi ropa no estaba, sentí terror, seguí buscando a tientas pero fue inútil, escuché sonidos raros, que suponía salían de seres de la noche. Tembloroso intentaba gritar pero no me salía nada, mi garganta estaba bloqueada, el terror me impedía emitir sonido alguno, permanecí agarra...
El Telegrafista
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El Telegrafista Primera comisión Hacía tanto frio en ese pueblo tan alejado de otros que los huesos del telegrafista Eliseo Salazar Ríos crujían, le dolían y pareciera que de sus médulas salían alaridos. Le sonaban, sin confundirlo claro. Caminaba por caminar, se había quedado solo y desorientado; sentía que la soledad era muy grande y le pesaba, no tenía ni a quien preguntarle nada. En las casas con sus puertas y ventanas cerradas solo había silencio, excepto que a lo lejos vio una lumbre inextinguible, le pareció, que salía de una de ellas y como autómata se dirigió allí. El cielo estaba en armonía con su fuerza y su dulzura, con el aire quieto, como si estuviera durmiendo, le parecía vivir un sueño jamás soñado. En la puerta de esa casa de donde salía la luminosidad estaba una anciana de encorvado cuerpo y arrugado rostro, pero con protector hogar. Al acercarse, se identificó, luego realizó su demanda de necesidades, y después de haberlas detallado, ella sin interrogarlo, ...