Dialogos persuasivos
Personas mayores
Ya estoy viejo y divorciado, pero aún me dan
ganas de estar con alguien, así que agarro camión y me voy al centro a caminar
sin rumbo. Más bien, por lugares donde calculo que circulan mujeres en busca de
lo mismo. Ahí por la iglesia principal, me senté en la ventana de una casa con
fachada de cantera, cuando viré a mi izquierda, vi a una señora, traía una
falda blanca que le llegaba a las rodillas; una blusa negra; el pelo negro corto
pintado; peinada como señora joven, unos lentes para el sol arriba de su cabeza
nomás de adorno, ya no le hacían falta el sol se acababa de meter; una bolsa de
dama color café brillante de charol colgaba de su hombro izquierdo, ojos y boca
pintados. Pensé que era una dama joven, pero ya de cerca me di cuenta que no.
Sus patas flacas venidas a menos, también sus caderas ya chupadas, esmirriadas,
decían otra cosa. Ya está vieja la señora, se le nota en lo arrugado de su
cara; seguro ya le anda pisando los setenta y pico, pero ahí viene cual joven
guerrillera, como buscando pleito, muy oronda, presumida, caminando derechito.
Pero para acabarme de admirar, descubrí que traía unos zapatos de tacón alto
¡Válgame Dios! Me hizo exclamar. Entre más viejo más cosas ve uno.
Pero,
pa´ un roto un descocido. Yo también
a mis setenta y dos años no me siento viejo. Al que me dice así, le digo: viejos los cerros y aún reverdecen. La
alcanzo porque ella me dejó alcanzarla, cuando sintió que la seguí se fue
caminando con pasos cortos, en cambio yo extendí la zancada y con algo de
nervios apresuré el paso. Comenzamos una plática precedida por sonrisas y
miradas maliciosas. Le dije:
—¿Pa´onde
va mi alma? y luego tan sola… —dijo una frase que se aprendió en una película
de Pedro Infante.
—A
la iglesia a persignarme y a decirle gracias a Dios, porque todavía ando aquí
dando lata —me contestó riendo.
—Bueno,
pues no se tarde mucho, a la salida la espero y nos vamos a dar un paseo.
—¿A
dónde?
—A
donde nadie nos mire, pa´no dar explicaciones, ¿qué le parece?
—¡Ah
caray! pos que aventado. Tan siquiera acompáñeme allá adentro, pa´que usted
también se encomiende a Dios.
—´Ta
gueno, aunque yo ya lo visité, siempre lo hago. Apenas llego aquí al centro y
me meto a la iglesia, pa´ pedirle a Dios que ponga palabras en mi boca que no
ofendan y que me traiga suerte. Y al parecer hoy me cumplió; lo he de haber
agarrado de buenas.
Entraron
ambos uno al lado del otro, él sin atreverse a más. Pero eran: tal para cual, como el cabo pa´l hacha, o la
pedrada pa´l sapo. Vivían solos, sus hijos crecidos habían agarrado rumbo.
Creyentes rezaron unos padres nuestros y a la salida, le preguntó ella:
—¿Y
a dónde me quiere llevar a dar la vuelta?
—Me
llamo Porfirio y como usted se dará cuenta… ya no nos queda mucho tiempo en
este mundo, así que aprovechemos. Quiero que me acompañe a donde podamos echarnos
un brinquito ¿Qué me contesta?
—¡Caramba
hombre! ¿A poco le pidió a Dios que yo le contestara que sí?
—No
señora.
—Me
llamo Josefina, me dicen Chepina.
—No
Chepina. No le pedí eso a Dios, eso lo propongo yo y, sólo tú sabes que
contestas. Dios ya nos juntó, ya cumplió. Lo demás es cuestión de nosotros. Y
pienso que si eres tan inteligente como se te nota, me debes a contestar que
sí.
—Puede
que tengas razón Porfirio. ¿Tienes, carro? ¿Casa? ¿O qué?
—Tengo
casa, pero la respeto. No tengo carro, pero traigo dinero. Pago un taxi, nos
vamos a un lugar de esos que alquilan a personas que quieren pasar bien el rato,
otros les dicen lugares de pago por evento.
—¿Tienes
señora?
—Tenía.
¿Y tú, tienes esposo?
—Igual.
Tenía.
—Todo
a nuestro favor. Tú decide… nos vamos en tu carro o en taxi.
—¿Me
vas a pagar? O ¿por qué la premura?
—No
Chepina, no te voy a pagar. Se nota que
tú no te dedicas a “eso” Y como vamos
a disfrutar los dos, pero yo soy un caballero, yo pago el lugar, tú nada. Además,
si nos gusta, si nos acomodamos, y si de la plática nos hacemos otra cita,
quien quita y con el tiempo… anulemos nuestra soledad. ¿No te parece?
—Pero…
—Sin
peros Chepina. Mira piensa que ésta es una gran oportunidad, si la
aprovechamos, hasta Dios se va a poner contento; de lo contrario, nos va a pendejear. Míralo de ese modo. Después,
cuando ya estemos de regreso cada quien, en nuestras casas, nos vamos a acordar
y nos vamos a dormir contentos, placidos, satisfechos. Vamos a tener que platicar
a quien quiera escuchar, desde luego sin decir nombres. Ahora que si dices que
no. Pues ni modo… Que le vamos a hacer. Cuando te vayas a tu casa vas a pensar:
¡Chin… le hubiera dicho que sí! Pero
los hubiera no existen. Luego
entonces es: ahora o nunca.
—Mira
nomas… que convincente me saliste. Pero bueno… tienes razón, si no es ahora ¿cuándo?
Total, que tal, si como dices: Nos gusta, nos hallamos, le atinamos y hasta nos
juntamos. Pero… vamos en taxi. Me han platicado que luego a la salida de esos
lugares los policías nos siguen, nos paran y nos extorsionan, son muy…
—Cabrones
Josefina, así dilo sin miedo, al fin que los muy cínicos ni se ofenden.
—Taxi,
taxi, taxi —gritaba Porfirio moviendo su mano con ánimo a uno que venía calle
arriba.
Abordaron el taxi.
—A
¿dónde los llevo?
—A
la gloria amigo, ¿sabe dónde queda? —preguntó guiñándole un ojo y sonriéndole
con gesto indecoroso al chofer —mientras Chepina hacía como que la Virgen le
hablaba.
—Claro
amigo, conozco una gloria que está por la carretera a Ramos Arizpe, Coahuila. Les
va a gustar.
—Ande
pues, hasta se me hace que lleva comisión y por eso nos la recomienda, pero
está bien, arránquese pues.
Y…
cada quien póngale el final que le parezca.
No
me gusta terminar mis historias en que: luego se casaron, todo fue muy bonito y
felices para siempre. Mejor piénsenle,
luego me dicen.
Ansberto Rangel Pérez.