Amparo
Amparo ya tiene rato ahí
Sentada en
esa fuente de agua, está triste; cuando el viento sopla fuerte y hace que el
agua que brota como erupción de volcán le moje la espalda, pareciera que ni
cuenta se da. Hoy terminé temprano mi trabajo y me vine a dar un paseo a esta plazuela,
allá debajo de los portales hay mucha gente que entra y sale de los diferentes
comercios. Afuera de dos negocios, un señor sentado en una silla de ruedas, con
sus chamorros recargados en una caja de cartón, uno con una venda sucia que alguna
vez fue blanca y el otro inflamado amoratado, repleto
de llagas, las moscas volaban alrededor, a mi me parecía que también ahí
gusanos hacían sus nidos y que esa fauna abominable se alimentaban de su carne,
todo al aire libre, con sus heridas expuestas, por eso le noté la
falta el dedo gordo, su pelo en desorden y su barba crecida y así chantajea con
su estampa el sentimiento de la gente. En su pecho un letrero en un pedazo de
cartón de caja de zapatos con una letra fea una inscripción que dice “Ayúdame
Hermano”, una cachucha en la mano derecha, cara compungida y con voz lastimosa
ratifica su petición diciendo: “Una
limosnita por Amor de Dios”, es su técnica para que le den dinero. Yo
también le daba, pero un día, me di cuenta que lo vienen a recoger ya muy tarde
en un buen carro que seguro es de él. Cuando se va, apenas puede con la bolsa
de piel que pesa mucho por el dinero que ha reunido durante el día, estoy
seguro de que gana más que yo con su técnica de limosnear. El personal de las
instituciones que ayuda a gentes desprotegidas lo han querido recoger para
llevarlo a sus alberges, pero sistemáticamente se niega a que se lo lleven. A
unos metros de su negocio que consiste en la pedidera de dinero, hay un cajero
automático de un banco, fui a consultar mi saldo y nada; no me habían
depositado la quincena. Sin que eso supiera el hombre me dijo mirándome a los
ojos:
—“Una
monedita para comprar comida”.
—Ni
para mí traigo —le contesté mintiendo— Ya fui a revisar al cajero y no me han
depositado, no tengo saldo ni para el camión.
—No
te preocupes hermano, si quieres te presto. Nomás, me firmas papelito.
Viejo
cabrón. Pensé. Seguro quiere cobrarme altos intereses como un montón de usureros
que los hay por doquier, hasta en donde trabajo existen. Al diez por ciento
mensual cobran lo menos explotadores.
—¿A
poco tiene? —le pregunté siguiéndole la corriente, y me contestó el muy cínico:
—Nomás
que no pase de mil pesos. Si quieres cien en quince días me devuelves ciento
veinte, si necesitas doscientos entonces serán doscientos cuarenta al mismo plazo,
pero con papelito firmado.
En
su cara vi esa mirada de chingador y
me dio coraje, pero me contuve.
—Si
a la tarde no veo saldo en mi cuenta del banco, entonces lo busco. ¿A qué hora
se va de aquí? —le pregunté con interés fingido.
—Le
tengo dicho a mi familia que vengan por mí a las cinco. A esa hora me traen
algo de comer, luego que termino de ingerir mis
sagrados alimentos me llevan.
—Bueno
—le dije y en eso quedamos.
Pero
esa muchacha me sigue llamando la atención, además, de ella es quien quiero
hablar. Trae una playera gris con unas palabras en inglés al frente; en su
espalda: el mar, la playa, unas palmeras dibujadas con el sol al fondo, pantalón
de mezclilla, zapatos de suela gorda, negros, con agujetas, como para que le
duren mucho. Su pelo recogido y sostenido atrás con una liga, distraída mete la
mano al agua de la fuente, y con su dedo mojado hace círculos o escribe
palabras, no alcanzo a ver bien. Cálculo que tiene como diecisiete o dieciocho
años. Unos niños juegan a patear la contaminación (botellas de plástico) su
mamá los cuida de cerca. Arriba se ve todo gris, pero, aquí en México no se
sabe si es tierra, contaminación o nubes con agua. Aún así, este lugar es como
un remanso en esta selva citadina. Se callaron los músicos callejeros, que
estaban tocando danzones, guarachas y cumbias, recogen sus instrumentos y la
cantante cuenta el dinero que les dio la gente.
Debajo
de los portales, unos señores, algunos jóvenes y señoritas, se acercan a la
gente que pasa para ofrecerles trabajos de imprenta. Aquí en la plazuela de Santo
Domingo se puede conseguir hasta un Titulo Profesional, acta de nacimiento,
boletos de avión o de camión, todo tipo de facturas, de hotel o de consumo en
restaurantes de cualquier parte del país, u otros documentos; todo es cuestión de
ponerse de acuerdo en el precio, desde luego todo es FALSO, simples COPIAS casi
exactas a los originales. Es un delito; la gente lo sabe y las
autoridades también, pero se hacen de la “vista gorda” yo vivo aquí cerca en un
hotel, por eso vengo, además enfrente hacen unas tortas grandes, sabrosas,
llenadoras, con una de las llamadas “cubana” carne de res, de pollo de puerco, quizá
hasta de perro, mayonesa, jamón, aguacate y crema, con una y un refresco con
eso tengo y luego ¡Que me joda el colesterol ¡
¡Hey¡…
Ahora se acaba de levantar la joven que disimuladamente he estado observando y
se encamina por rumbo a donde estoy sentado, me doy cuenta que está embarazada.
Ahí viene con su barriga crecida, caminando con dificultad, su mano derecha se
apoya atrás en su cintura arriba de su nalga, su rostro triste, con amargura y
preocupación. Se nota que falta poco para que nazca el producto de “sus gustos pasados” como decía mi tío Cornelio. Cuando pasa por donde estoy parece
que se cae, de inmediato me acomido a detenerla, le pido que se siente, la veo
muy demacrada, palidece, trae sus los labios blancos, por eso pienso que tiene
hambre y sed, la ayudo a sentarse, la acompaño un rato cuando la veo que
empieza a restablecerse le pido que me espere, que voy a comprarle algo de
comida; y voy precisamente donde hace un rato compré para mí. Le traigo una
torta grande y un jugo de naranja, no quise traerle refresco de cola ni de
otros que solo dañan.
Cuando
empieza a comer la observo, no la interrumpo, me doy cuenta que no me equivoque
al pensar que tenía hambre y sed, a grandes mordidas y con algo de
desesperación engulle la torta, el jugo se lo terminó de dos tragos y voy por
otro a la tienda, cuando se lo entrego me ofrece una apenada sonrisa y le
escucho apenas un gracias señor y
continúa alimentándose. Cuando está por terminar le hago plática, sutilmente
hago que me cuente de ella. A mí me parece que tiene algo interesante que
relatarme de su vida.
De
lo que me contó, pude sacar en conclusión que no escuchó cuando le decían que
parara esa vida tan desenfrenada que llevaba. Más bien, se reía y contestaba ¡La
vida es una sola y hay que gozarla¡ Claro, su juventud, belleza y la falta
de orientación la hicieron errar en sus acciones, le pareció poco lo que le
ofrecieron de sueldo en trabajos honrados y los despreció, porque se creyó de
alguien que le dijo que aprovechara el momento, que no fuera tonta, que tenía
el mundo en sus manos y aunque eso era cierto no la asesoraron correctamente
para que lo moldeara con buen modo y a su conveniencia.
Para
ganar buenos sueldos se requiere de preparación, buena educación académica,
principios, valores, tenacidad y sobre todo realizar de la mejor manera posible
lo aprendido, los salarios atractivos vienen como una consecuencia lógica de
aplicar lo descrito; pero nada de eso puso en práctica.
Ahora…
no sabe quién es el papá de su hijo, ¿a quién pedirle apoyo? Anduvo con éste, con
ése y con aquél. Con tal de que trajeran carro, dinero, que le pagaran comida,
bebida, buenos hoteles y más… Ahora, ya
no es aquella joven voluptuosa y aguerrida de sonrisa a flor de labios, con
vestidos glamorosos, excitantes que el viento le ayudaba a lucir, ahora su
blusa y pantalón son simples telas inanimadas; su pelo sedoso al viento es ahora
una simple mancha de color plano, sin volumen sobre su cabeza.
Están
sonando las campanas de la iglesia, la vida sigue, las palomas que bajan por
docenas al suelo en busca de alimento y agua, levantan su vuelo al paso de la
gente. Los gritos de ofertas de servicio bajo de los portales culminan en
ventas ilegales de documentos y transacciones censurables que los gobiernos no
han podido parar.
Esta
muchacha que dijo llamarse Amparo, seguro va a tener una negra noche, ya no
tendrá ganas de ver las estrellas, ni soñará con las olas del mar, ahora estará
sola, no escuchará palabras de amor, ni tendrá humor para peinar sus cabellos,
ni para contemplar embelesada su faz en el espejo. A esos compañeros que tuvo,
les dijo adiós o a lo mejor ya desde antes se habían despedido de ella. Ya no
le hablaron ni la han vuelto a ver, se han escapado muy a lo humano. La
frecuentaron cuando tenía formas atractivas, un cuerpo estilizado, con senos
firmes apuntando al cielo y unas caderas que invitaban al pecado, cuando su piel
parecía de seda, entonces le dijeron palabras dulces que ofrecieron ilusiones
soñadas y que ahora se han resbalado en el oído enfermo del tiempo; los besos
de amor del ayer por ahí están, se quebraron y el sonido sordo que produjeron
se lo llevó el viento.
Y
ahora… Con su rostro transparente tendrá que pensar en el camino de regreso a
su pueblo. Ya no le va a ser posible vivir invitada por su hermana en esta gran
ciudad, batallar con el acoso sexual de su cuñado sobre todo cuando se droga;
escuchar el lloriqueo de sus malcriados sobrinos que además se portan groseros
con ella, que le dan de puñetazos en su barriga cuando la ven descuidada.
Regresará
a su pueblo sin mirada, sin sonrisa y sin ayer. Pero, un día despertará con un
niño de azúcar y de miel en sus brazos, que con su ternura e inocencia la
motivará a no ver para atrás. Al puerto del pasado no volverá jamás. No tiene
caso sufrir.
Con
otras palabras, me dio a entender que en adelante:
No
intentará más arar en el mar.
Ansberto
Rangel Pérez.