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Mostrando las entradas de 2016

Chiqueadores

Chiqueadores Doña Leonor sufría de migraña y a pesar de eso, siempre andaba de buen humor, se colocaba unos “chiqueadores” en sus sienes, que eran un frijol negro separado a la mitad. Según ella, eso le reducía el torturante dolor de cabeza; cuando llegaba su esposo Rufino del trabajo y luego de cenar, iba a escoger un frijol negro, grande, sano, brilloso, bien maduro, sin imperfecciones para cambiarle los chiqueadores a su esposa. Lo hacía con todo cuidado separándolo por mitad, utilizando su afilada e inseparable navaja.             —A ver vieja, deja que te cambie los chiqueadores, me parece que esos que traes desde la mañana ya perdieron su efecto curativo, ya dieron lo que tenían que dar, ya los traes muy chupados, y han perdido su negror. Mira estos son del mejor frijol que encontré, te aseguro que se te va a quitar de plano ese dolor de cabeza —le comentaba al tiempo que la empujaba sutilmente para que se recostara e...

Cuento de mi barrio

Cuento de mi barrio Cristina, era nuestra vecina en el callejón, jugaba como cualquier niño al trompo, a las canicas, al balero y hasta nos acompañaba al campo a matar pajaritos con resorteras, le apodamos La Ruca, era muy morena, con los dientes de arriba saltados para adelante, sus ojos eran como dos grandes lágrimas congeladas, todo veía y muy rápido como si los tuviera de águila que todo escudriñan y encuentran pronto las cosas interesantes; no obstante su color, era pálida como la cera de las velas, peleonera y nada dejada, se ponía triste cuando le decíamos jorobada, luego sacaba coraje y nos correteaba con piedras en sus manos, unas manos que acostumbraba a juntar como la virgen del santuario; su boca, como no se había hecho para el beso, no tenía labios, o los tenía tan disimulados que casi no se le notaban, su boca era para llorar; sobre los hombros rebosaba una gran joroba que no podía ocultar con ningún sweater. Su mamá se la llevó a don Alfredo, que era un sobandero ...

La esposa y otras mujeres

La esposa y otras mujeres Don Miguel vivía en el callejón “De los Martires” del barrio El Pueblito y eso le parecía poco, sentía que se asfixiaba, sobre todo cuando vanidoso con sus pantalones nuevos regresaba de los Estados Unidos, allá por los años cincuentas, sesentas. En ese tiempo, hombres adultos que deseaban y cumplían con unos cuantos requisitos se contrataban en la Presidencia Municipal para irse al norte como trabajadores agrícolas a ganar dólares. En el barrio, se comportaba orgulloso, engreído, y de forma insolente trataba a su familia. Sus vecinos recibían trato presuntuoso y soberbio pero como gente buena y noble lo toleraban. Sus actitudes eran como las de un arrogante rey. Por las mañanas luego de desayunar, se dirigía a su esposa a gritos como para que todos nos enteráramos. — ¡Voy a visitar a mi mamá; regreso a como las tres; a esa hora ya me tienes preparada la comida para luego ver televisión!  En aquél entonces,  había gente que aún no sab...

DE SACERDOTES Y PASTORES

DE  SACERDOTES Y PASTORES Alfonso era acólito cuando niño, hasta que se decepcionó. Cipriano Ramírez, señor maduro, presbítero del pueblo lo enviaba los lunes a los ranchos a los que él no podía ir a predicar y a oficiar misas; ahí Alfonso dirigía el rosario, les comentaba los pasajes bíblicos que previamente su mentor el párroco le había explicado y encargado que les expusiera a las personas que asistieran; normalmente señoras y señores de edad, algunos niños y jóvenes; se ponía sotana roja y su cota blanca. En la capilla, sacudía el altar, acomodaba flores frescas, de diferentes colores, recién cortadas de macetas que habían traído de los patios de las casas de la misma comunidad y encendía lo cirios; previamente acomedidas señoras que lo ayudaban, habían barrido, y adornado la parroquia con flores de papel. Llamaba a los feligreses tocando la campana que estaba en la torre; y cuando se congregaban, iniciaba el  rezo con respeto y mucha devoción tal como se lo encomenda...

PLÁTICAS DEL CAPITÁN OLMOS

Pláticas del Capitán Olmos El cielo umbrío de la medianoche vuelca tinieblas por la ventana. Tieso en el sillón de cuero, apoyados los codos en su escritorio, los puños prietos en las mejillas, el ceño fruncido, con esa tensa actitud, el capitán Pablo Olmos reflexiona en la habitación de paredes encaladas y alto techumbre. Convoca recuerdos. Cercado en su despacho por planos y fotografías de la guerra que pasó, Pablo Olmos pretende escapar a su idea fija. Sabe que el infierno quedó atrás y sin embargo, aun retumba en su cabeza el silbido de las balas. El humo azul de las explosiones permanece clavado en sus ojos. El vaho de la pólvora se pegó a su nariz y ahora las tortillas y hasta el pan casero le huele a cartuchos de artillería; en concreto no puede recuperar la normalidad. Aunque luego de años de combate, de lidiar al frente de sus tropas defendiendo al gobierno, el territorio, los ideales y a la patria así le habían dicho, se le hace imposible soslayar los infortunios de la gu...

El Napo

EL NAPO Lo conocí desde hace más de cincuenta años, fuimos juntos a la escuela,  en el segundo grado se sentaba delante de mí y yo veía en su cabeza el subir y bajar de los piojos. A mí me los veía el de atrás y así sucesivamente. Era plaga... Nosotros éramos muy limpios, nos bañábamos cada sábado, si acaso se nos pasaba un fin de semana pero nada más. Su nombre Jesús Mata. Después de aquella etapa, coincidimos en otras actividades. Aprendimos lento cosas de la vida porque no estudiamos más que la primaria. Pero a esta edad... ya casi estamos del otro lado. Él y yo seguimos viviendo cada quién con su cada cual. Su familia lo quiere, la mía a mí también. El amor, la honradez, el respeto, la responsabilidad, inteligencia y el sentido común aplicado a la vida es lo que nos ha sacado adelante.   Ahora me encuentro platicando con él debajo de los portales por donde estaba un cine. —Napo, platícame de lo que recuerdes del tiempo de antes, pero de una vez te advierto, lo v...