DE SACERDOTES Y PASTORES
DE SACERDOTES Y PASTORES
Alfonso era acólito cuando niño, hasta
que se decepcionó. Cipriano Ramírez, señor maduro, presbítero del pueblo lo
enviaba los lunes a los ranchos a los que él no podía ir a predicar y a oficiar
misas; ahí Alfonso dirigía el rosario, les comentaba los pasajes bíblicos que
previamente su mentor el párroco le había explicado y encargado que les expusiera
a las personas que asistieran; normalmente señoras y señores de edad, algunos
niños y jóvenes; se ponía sotana roja y su cota blanca. En la capilla, sacudía
el altar, acomodaba flores frescas, de diferentes colores, recién cortadas de
macetas que habían traído de los patios de las casas de la misma comunidad y
encendía lo cirios; previamente acomedidas señoras que lo ayudaban, habían
barrido, y adornado la parroquia con flores de papel. Llamaba a los feligreses
tocando la campana que estaba en la torre; y cuando se congregaban, iniciaba el rezo con respeto y mucha devoción tal como se
lo encomendaban sus tías; continuaba con el rezo de las lecturas y del
evangelio del domingo anterior, a sus escasos años sabía explicar los pasajes
bíblicos como si los hubiera vivido, terminando el oficio dirigía la santiguada
de los creyentes, recogía las limosnas y primicias de lo que se sembraba en los
alrededores de la comunidad para llevarlos al padre Cipriano. Esas, sus dos
tías Estéfana y Josefa eran en el pueblo las más serviciales para que el sacerdote
desempeñara mejor su labor pastoral, lo acompañaban a casi en todas las celebraciones solemnes: Las que se dan en momentos clave de la vida de una
persona: Los relacionados con la muerte y el
paso a la otra vida. Los que se adjudicaban a fenómenos naturales: la
primavera, la siembra, la cosecha, las tempestades. De acción de gracias: por las cosechas, por salir de
una enfermedad grave, por haber sido salvado de un peligro. De expiación: para pedir el perdón divino y
merecer el cielo.
Se les veía en el coro, ayudaban en los bautizos y hasta a dar los santos oleos
a personas a punto de morir, de esa heredada espiritualidad era Alfonso. El día
de su cumpleaños, fue más temprano de lo acostumbrado a la misa de siete, quiso
decirle al sacerdote que había cumplido once años. Entró de súbito a la
sacristía y ahí vio al padre Cipriano arriba de su desnuda tía Josefa, con la
sotana arremangada, sus nalgas al aire y haciendo cosas de gente adulta. Por
eso ahora, luego de años de abstinencia espiritual, se había cambiado con los
cristianos, otra rama de creyentes y seguidores de Cristo.
En su nueva comunidad
religiosa, un día llegó tarde a una cita. Eleuterio el pastor había convocado a
los doce pastores auxiliares para el jueves a las seis de la tarde. Todos
varones, como los doce apóstoles. Les había advertido que era muy importante
que acudieran, y que además no comentaran con nadie del asunto que ahí se iba a
tratar. Después de disculparse y recibir la mirada de amonestación del pastor
se integró al grupo. Habría un evento especial el domingo. El pastor explicó
que los ingresos de la iglesia habían disminuido y que era necesario hacer algo
especial, diferente a lo que normalmente hacían, esto con el fin de llamar la
atención de los hermanos y hermanas y hacer que aportaran más ofrenda de lo
acostumbrado, el plan de edificar un nuevo templo lo requería. Cuando Alfonso
se enteró del motivo, pensó que lo que no tenía limite era la ambición del
pastor, que no había necesidad de forzar a los devotos ya que continuando de la
forma que lo hacían en el lapso de un año se lograría recabar lo necesario para
el nuevo edificio, por eso no pudo evitar una socarrona pero nerviosa sonrisa,
aunque después de percatarse de la mirada seria y punzante del pastor, sintió
una mezcla de temor y pánico.
Para ese tiempo Alfonso
era un hombre en sus años cuarentas y había asistido a ese templo durante los
últimos cinco años. El pastor era un tipo misterioso pero agradable y
carismático, y había hecho que gente rica donara mucho dinero. Lo que había
atraído a muchos seguidores, eran las jornadas de sanación, en la cual algunos
que llegaban en silla de ruedas de repente se levantaban y echaban a correr. Había
cánceres y tumores desaparecidos, ciegos que volvían a ver. La mayoría de los sanados
eran gente que venía de otros pueblos. Se les instruía y pagaba para que fingiendo
explicaran una historia deplorable pero atractiva, algunas veces debían llorar,
otras desmayarse, temblar para aparentar temor, implorar fervorosamente ayuda y
sobre todo con los ojos cerrados dar gracias a Dios y al pastor. Nunca hubo un
inválido, canceroso, poseído o, ciego real.
De inicio por sus
principios, conocimientos espirituales y su fe en Dios, a Alfonso le chocó la
idea de las sanaciones. Pero recordó que al llegar a la iglesia ya tenía dos
años desempleado, esposa y tres hijos que mantener y pensó que el dinero que le
ofrecía el pastor por prestarse a colaborar con él en las supuestas tragedias y
sanaciones no era despreciable. Le pagaban bien por aprenderse de memoria
textos de la biblia, cosa que se le facilitaba porque los conocía desde niño; contratar,
instruir y adiestrar a los que serían
sanados, organizar algunos servicios a
la semana. A veces era comisionado a otros poblados a predicar, para ganar adeptos,
y las ofrendas que recaudara serían de él, eso estaba acordado, y las sumas de
efectivo obtenidas no eran nada despreciables porque sabía expresar palabras precisas
y persuasivas para conmover la mezquindad de los feligreses. Las cosas no
parecían muy honradas dentro de la iglesia, sin embargo recapacitaba, que al
fin y al cabo la gente necesita de la religión para creer en algo. El milagro
era hacer que la gente se sintiera bien y que tuviera un motivo para ocuparse
los fines de semana.
El pastor había citado
a Alfonso y a los pastores auxiliares para un ensayo. Debían hablar y pulir
detalles de los melodramas trágicos que se le habían ocurrido para producir mayores
ingresos y así poder construir el nuevo templo. Cuando Alfonso llegó al ensayo
ya habían hecho la oración del inicio y el pastor se disponía a detallarles el
plan. Después de escuchar la explicación del pastor, algunos se miraron
asombrados. No iba a ser como las otras veces, gente temblorosa que camina con
dificultad, ciegos que ven; señores en sillas de ruedas que se levantan sin
problemas, ahora Iba a ser diferente y muy extraño. En la primera parte del
servicio el pastor pondría una biblia al centro del altar principal. La biblia
iba a ser como una muralla invisible: nadie podría pasar por donde estaba a
menos que Dios quisiera. Luego de explicar a los asistentes de ese fenómeno que se generaría. El pastor
invitaría a cada uno de los pastores auxiliares y a otros miembros de la
iglesia previamente puestos de acuerdo a intentar cruzar la línea de la biblia.
Desde luego, nadie lo lograría. Aunque simularan que lo intentaban con todos
sus impulsos. Luego, unos antes y otros después, iban a caer agotados,
asustados, llenos de sorpresa. Al desplomarse, debían fingir algo parecido a un
ataque epiléptico, algunos llevarían un alkaseltzer escondido en sus ropas y
sin que nadie lo notara se lo llevarían a la boca, para suponer que les brotaba
espuma. Debían gritar, desfigurar su rostro y vociferar como si estuvieran
endemoniados. Otros sin recato habían de desnudarse totalmente. El pastor se
había encargado de contratar a una mujer para que se desnudara, escandalizara,
provocara la pasión de los pastores y se dejaría tocar lujuriosamente por ellos.
Luego, cuando el pastor gritara blasfemando y provocando al bien y al mal al
mismo tiempo, sin tener preparación ni
permiso para hacerlo, el encargado del sonido haría retumbar el templo
con truenos y otros estridentes ruidos a través del aparato de sonido y sus bocinas
a todo volumen.
¡Yo te rechazo Satanás,
aléjate de este templo, te rechazamos, te maldecimos, vete a tu fuego eterno, a
tus tinieblas profundas o a donde esté tu infierno, recuerda que tienes
condenación eterna, sal y aléjate de estos hijos de Dios! Esas y otras
convocaciones que se le ocurrieran utilizaría.
Los pastores luego de
una andanada de estos exhortos debían reaccionar y hacerse los pasmados,
horrorizados, avergonzados y, sobrecogidos recogerían su ropa e irían hacia
atrás del altar, para vestirse. Acto seguido, regresarían a dar testimonio. En
ese punto del detalle de la representación planeada, Los pastores cuando el
pastor no los veía comentaban su inconformidad moviendo su cabeza negativamente
pero sin decir nada. El impacto que se imaginó Alfonso que ésto tendría en la
feligresía, sobre todo en los menores de edad, fue lo que le hizo pensar que el
Predicador se había vuelto loco. Los
pastores auxiliares no podían creerlo. Era demasiado, consideraban la
ocurrencia exageradamente descabellada. Hubo murmullos. Uno de ellos dijo que
no lo haría, y que se iba en ese momento. Lo siguieron la mayoría. Se quedaron cinco auxiliares incluido Alfonso.
Afuera del templo compartieron indignación, discutieron, razonaron y al deducir
que no era razonable la propuesta del pastor quisieron desertar como lo habían
hecho los otros, pero al llegar al tema de lo económico, de que no continuarían
disfrutando de los dividendos, se quedaron. Alfonso pensó en lo que les dijo el
pastor: si no estaban con él estaban en contra. ¿A dónde iba ir Alfonso si
dejaba su única fuente de ingresos? ¿Cómo iba a sacar adelante a su familia? Y decidió regresar junto con los otros cuatro.
El pastor los recibió con un abrazo. Les explicó que quería ponerlos a prueba,
a ver si hacían todo por él, si dejaban todo, incluso su pudor. Les agradeció
el retorno. El ensayo se llevó a cabo y fue de las cosas más extrañas y
anormales en las que Alfonso había tomado parte en su vida.
Cuando llegó el
domingo esperado, Alfonso estaba muy nervioso, desde el viernes había decidido
que su familia no estuviera presente, él personalmente se encargó de irlos a
dejar a un pueblo vecino. Hacía calor y como siempre el templo estaba lleno de
devotos, previendo lo peor, la misma noche del jueves le había pedido
adelantado su sueldo al pastor. Se reprochaba el haber aceptado aquella
aberración pero no había marcha atrás. Oculto en el baño, oró llorando y pidió
perdón al creador. Además, rogó para que sucediera un milagro y no se realizara
el servicio fraguado por el Pastor.
Cuando se acercaba la
hora asomaron temerosos los otros pastores que habían aceptado participar, llegó
casi al mismo tiempo la mujer contratada para desnudarse. Sin embargo, el
pastor Eleuterio no aparecía. Quizá Dios lo había escuchado, pensó Alfonso. Sin
él, no podía llevarse a cabo tan denigrante y falso episodio pastoral. Por fin
llegó la hora de iniciar y como Eleuterio continuaba sin presentarse se decidió
que Alfonso comenzara el servicio. Actuaría como lo hacían de manera normal en
espera de que llegara su superior. El resultado ocurrió como siempre, algunas
sanaciones, curándose los auténticos enfermos por la Fe de ellos mismos, alabando y recurriendo a la prédica correspondiente
a la fecha, sin utilizar nada de lo ensayado en los días previos. Alfonso, con
palabras sencillas y empleando un convincente tono tranquilo de voz, hablando
sin trampas, sin rodeos, sin la intensión de torcer la voluntad de las almas
congregadas, sin prometer un cielo azul infinito sino como un buen amigo, sin
perder la compostura comunicó a la feligresía que existía la necesidad de una
ofrenda extraordinaria para la construcción del nuevo templo; dio detalles de
los planes, del costo aproximado, del tiempo que se llevaría la edificación y
les sintetizó los beneficios que traería para todos ya que incluía áreas para
actividades de sano esparcimiento afines a la conversión y adoctrinamiento de todos
y de nuevos miembros. Se recaudó mucho más de lo esperado. El pastor Eleuterio
nunca hizo acto de presencia.
Al día siguiente se
supo por el noticiero de la radio que el pastor había muerto en un allanamiento
de casa por parte de la policía en un pueblo cercano. El sábado al mediodía hubo
una fiesta en casa de un contrabandista muy buscado, el pastor había sido
invitado. El altanero delincuente se había propuesto mostrar a su banda cuán
frágil era la humanidad y la moral de ese supuesto manso siervo de Dios, así
que le había insinuado que si asistía le llevaría una jovencita virgen para él
y además le daría una buena cantidad en efectivo para el templo y que le
alcanzaría para comprar para él un automóvil último modelo, que le daría a
beber, inhalar, o fumar de lo que quisiera. A ese bandido se le acusaba de
lavar dinero, de extorsiones y de contrabando de mercadería robada. Y por
supuesto, como a casi todo el mundo que hace dinero de la noche a la mañana, se
le acusaba de narcotráfico. El pastor había sido la única persona muerta. Al
escuchar a la policía entrar a la casa, se puso nervioso y así alterado salió
corriendo desaforada y directamente hacia los policías, y éstos, con la bilirrubina
hasta el tope, interpretando que los iba a agredir, le dispararon. Su
nerviosismo no le dio oportunidad de saber que la policía eran mandaderos de su
comandante y habían acudido a recoger la
paga mensual por la complicidad lograda del delincuente.
La noticia consternó a
toda la comunidad y en especial a los del grupo religioso, porque quien hizo el
reportaje, dándose cuenta que tenía todos los matices para lograr una estupenda
historia de vil corrupción, sexo, dinero, ingesta de drogas y alcohol, y además
como aliciente la participación de un pastor como principal protagonista, exageró
los hechos, con la esperanza de cosechar como ganancia el premio del mejor
reportaje periodístico del año en el Estado. Y esmerándose, logró que la reseña
apareciera muy entretenida por lo escandalosa sobretodo para los morbosos
lectores. Eso motivó que los funerales no fueran muy concurridos. Dos semanas
después, la asamblea de templo decidió que en lo sucesivo el pastor Alfonso
debía quedarse a cargo.
Ansberto Rangel Pérez.