Mis detalles finales


Mis detalles finales

Dos empleados de la funeraria con negros trajes viejos, usados y corbatas mal anudadas, pujando suben el féretro donde voy yo ya difunto. Después acarrean tres arreglos florales y ponen el vehículo en marcha lenta; mis familiares, conocidos y vecinos atrás conforman el cortejo fúnebre. Atravesamos un puente a desnivel. Llegamos al cementerio de bardas blancas con ribetes color gris un arco de puerta y un Cristo arriba de todo. Adentro todo verde, un verde vivo, muy bonito, es un día de primavera con viento calmo, hay botones y flores abiertas mariposas y avispas se nutren en ellas. Unos eucaliptos altos muy altos que bondadosos dan sombra, el pasto bien recortado luce hermoso como niño recién peinado; parece de un castillo real, hay calles y callejones entre tanto sepulcro. Los enterradores abren la fosa, cortando un rectángulo y levantando el pasto de una sola vez para luego ponerlo encima uniendo sus orillas con el otro, para que termine dando la apariencia de que todo sigue igual para que no se pierda la belleza. Solo una cruz diferencia al lugar de otros que no están ocupados. Mis hijas para darme el último adiós hipeando ya cansadas de llorar, disimulando su pesar atrás de lentes oscuros, acongojadas, avanzan apoyadas en los hombros de mis nietos.

En mi rostro ya no hay brillo, por el contrario, está opaco, deslucido, mi cuerpo ya no va a oler a sudor ni a heces fecales ni a orines, eso quedó atrás, se murieron conmigo, mis canas ahora parecen nieve sucia en mi cabeza, sólo mis cejas conservan el negror como carbón, me cerraron los ojos cuando sintieron que ya no respiraba e hicieron bien; para que los quería abiertos si ya no iban a ver nada. Ahora me ven rígido y frío con mi cara al cielo, con una leve sonrisa detrás de mi piel. Yo no advierto llantos, ni huelo flores, ni miro los groseros y tristes cirios encendidos, mi nueva cara tiene un semblante eterno.

Ya no podré contarles nada y de eso todos se darán cuenta porque verán que estoy callado. Cuando alguien se atreve y me toca pienso que sus manos están tibias, pero sólo eso. Veo que lloran y yo me siento raro con una exquisita sensación ridícula aquí adentro, inanimado en este cajón, para ustedes un ataúd, para mí una cuna. Aunque me vean muerto espero que algunos en otro espacio, en otro planeta me vean nacer, y que me caliente el calor de un nuevo sol.

Esta caja donde estoy, será en adelante mi última cama y la ropa que me pusieron se descompondrá igual que todo junto conmigo. Aunque no acostumbro experimentar este morir les comparto que: ¡Es algo tan dichoso! Me siento como en un juego de feria, como privilegiado con la caricia de un rayo de sol después de una noche helada.

¡Egoístas, no me lloren, no me atajen, déjenme ir!

Ahora los muertos serán mis amigos, los demás que dejé son los vivos con los que quedaron mis sonrisas y vivencias, aunque luego con llanto de ellos me alejé. De aquí en adelante no me lloren, no me perturben, déjenme seguir durmiendo y que las estrellas iluminen mi futuro, que me enseñen el camino… si lo hay.

Hoy me sepultan y los hombres necios no sonríen porque no se dan cuenta de la dicha que me embarga, me cobija la tierra que avientan a palazos lentamente, la humedad me envuelve y comienza a producirme desvaríos.

Al paso de los tiempos los gusanos se alegran, mi mano lentamente escurriéndose por dentro acaricia una flor, ella sonríe y abre sus pétalos, está contenta por mí y porque sin querer le hago cosquillas. Siento que alguien me da una palmada como si me dieran la bienvenida. A la distancia se escucha el caminar arrastrado de los que se alejan. Por allá veo un pedazo de labio y lo beso, no me importa de quién sea. Una mano se extiende y la saludo, ahora todos somos amigos, alguien resuella en mi pecho, o ¿es el mundo que duerme?

Ahora puedo disfrutar de este premio. Puedo tenderme en la llanura, escalar montañas, nadar en arroyos y hasta en los mares. Con lo que quedó de mi sangre alguien puede calmar su sed, con los restos de mi cuerpo se puede hacer pan. Mi cuerpo tendido ha formado parte del paisaje, los niños pueden correr sobre mí.

Tengo mucho tiempo sepultado, meses, años. Ya no sé ni donde estoy y de preciso tampoco sé lo que miro ni lo que escucho. Todo se me confunde. Ayer mi cráneo encontró un fósil escondido y me ha llamado con familiaridad, le pregunté quién era y se enojó. En esta etapa y lugar es preferible callar. Algunas veces uno se encuentra con partes de su mismo cuerpo y no se reconoce. Eso lo estoy aprendiendo. Estas manos cercanas son amigas, esas sonrisas son amigables así lo dicen sus dientes pelones. Yo también les sonrío a los cuerpos nuevos que van llegando, luego los palpo y al fin me enredo con ellos, eso me hace feliz. Todos vamos comprendiendo que somos el mismo mundo y eso choca con nuestras antiguas creencias de que cada hombre era independiente.

Me he encontrado con seres amados que quien sabe cuándo habrán llegado. Me da risa cuando veo que mi amada, aturdida se besa con otros labios y la he perdonado, porque yo también me he desconcertado con otras miradas, con otras manos y sonrisas. Ha sido tanta mi confusión que el otro día, me encontré con una monja y nos enamoramos y… dimos hijos en flor. Complaciente tuve en mi boca el ojo de mi enemigo y maloso no lo mordí, ni me subyugó el sentimiento áspero de la venganza. Aquí todo se perdona.

Mis manos se metieron en un rosa, alguien la cortó y la llevó a su amada, anduve en el amor y ella… me dio un beso. Cuán feliz me sentí, luego me pusieron en el florero y otras gentes me admiraron hasta que me sequé. Fui a dar a la basura y con el tiempo topé con una pestaña que, a pesar de haber sido de un fiero, cruel e inhumano combatiente de la revolución, la encontré tan quieta, tan mansa, como si la amnesia le hubiera hecho olvidar su pasado.

No he visto a Dios. Y eso que he andado por muchos lugares, por mucho tiempo y creo que ni lo encontraré. En fin… ¿para qué encontrar a Dios si ya no llevo pecados, ni odios, ni maldades? Ni aspiro a venganza alguna contra los que me dañaron o fueron mis enemigos. Además, me he vuelto inmune a la vanidad y a la soberbia. En esta quietud, con tanta soledad reunida donde todo el mundo ama, perdona, donde se teje amabilidad, donde se sonríe y no se castiga, donde ya no se visualizan aberraciones ¿para qué me vuelvo a preguntar?

Ya sé… Es que Dios se salió de su sepultura

Ansberto Rangel Pérez.



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