La señora de la Fonda
La señora de
la fonda que está frente a la fundidora, me da la impresión que es generosa, sencilla, adaptable a todo,
disfruta lo disfrutable, jamás presume, no alardea de nada porque tiene muy
claro lo que son cosas importantes en su vida. No cede a las trampas y
presiones de la falsa sociedad y no cae porque tiene en lo social bien centrada
su escala de valores. Ahora que la vida le ha generado vacíos no los llena con
placeres ilusorios, amores aparentes, ni con autos costosos o joyas exclusivas.
No tiene satisfacción por cosas materiales, ni pretende presumir a los demás. Siempre
me ha parecido que es una persona con sentimientos nobles; no se mete con
nadie, intenta evitar a quienes le llevan “chismes” la he oído decir a una
muchacha pizpireta que en ocasiones le ayuda: “Vete, llévate tus cascabeles a sonar a otra parte” Cuando los
clientes llegan a su negocio los saluda con atención, respeto y agregando una
afable sonrisa.
Casi termino de comer y llega una
señora conocida de ella y se ponen a platicar de sus maridos ausentes de por
vida, porque han muerto.
—Y
¿Ya cuánto hace que se murió Pedro? —le pregunta la recién llegada como para
que luego ella le pregunte por el suyo y
así hilan conversación.
—Hace
como diez años —comienza platicándole y agrega—: Lo vi hasta el final, le
batallé mucho, porque se me fue en partes, primero una pierna, luego le
mocharon la otra, y después para acabarla de amolar quedó ciego. Yo le batallaba mucho porque cuando le
llegaban sus crisis del “azúcar” lo tenía que sacar sola de la casa para
llevarlo al hospital. Bajar las escaleras me daba mucha dificultad ¿te acuerdas
de las escaleras que tengo en la casa verdad?
Le responde que sí, pero moviendo
la cabeza, para no interrumpirla, y la señora de la fonda continúa con su
charla.
—Un día se desmayó por completo,
y tuve que hablarle a mi vecino para que me ayudara. Cuando lo vio me dijo: No seño, su esposo no está desmayado para mí que le dio un paro. Y
como si tuviera el don de la adivinación porque en efecto, en el hospital le diagnosticaron
paro cardiaco.
—¿Siquiera
te dejó pensión? —pregunta su amiga.
—Sí,
una pensión de muy poquito, pero algo es algo, ya nomás me apuro por otro poco.
Si hasta eso, tuve suerte... Y tú ¿cómo sigues?
—Batallándole
con mis enfermedades, cada día me siento peor.
—Con
razón ya hace rato que no te veo pasar a trabajar con la señora.
—No
y, ya tengo como siete meses que no trabajo. Precisamente vengo de su casa, la
fui a buscar para ver si me ayudaba con algo; mira traigo la receta que me dio
el doctor, dice que tengo esa enfermedad de que el corazón se llena de grasa.
—¿De
cuál será?
—Pues no sé, no me acuerdo como me dijo;
mira aquí está la receta, pero me cuesta mucho dinero surtirla. Ya pregunté, y
me dijeron que más de cuatrocientos pesos. ¿Pos de´onde?
Cuando eso dice, sus ojos se ponen
acuosos y no logra a contener una lágrima que huye por la comisura de su ojo
izquierdo, con la manga de su sweater la borra de su ajada mejilla. De lo que
capté a lo lejos, deduje que a ella un hombre un día la abordó en la calle y
luego sin más, se echaron a andar por la vida como si se hubieran conocido de
años. Ella lo dejó hurgar en su cuerpo como no queriendo echar a perder el
instante. Y ese amante casual formó parte de su vida, se cuidaron uno al otro
con amor, pero ya se le murió, por eso vaga sola y visita personas con corazón
de oro como el de la señora de la fonda.
—¿Ya
comiste?
—No
madre, no he comido nada —respondió con ese enunciado cariñoso.
—¿Quieres
un taco?
El
ayuno continuo que la ha acompañado en los últimos meses, la hace valorar en toda su dimensión el
ofrecimiento porque “un taco” aunque sólo sea una palabra de cuatro letras
significa: Un montón de delicias para el paladar. Contiene vitamina “T” que apoya
la supervivencia de los humanos. Es también una de las pruebas de que existe
Dios. Por eso, ocultando su emoción contestó:
—Si
me haces favor...
Y se fue a lavar sus manos al patio del fondo,
donde hay muchos cachivaches, trastos, cacharros y donde se oye el maullido de
un gato. En la televisión transmiten basura. Le sirven un plato con tres tacos
de nopalitos con huevo y un tazoncito
con salsa. Van a dar las tres de la tarde. Y continúan platicando.
—¿Sabes?
El que también se fue en partes fue El
Ganso, ¿te acuerdas de él? —comenta a su regreso.
—Sí
me acuerdo. ¿El esposo de doña Catalina?
—¡Ándale
ése! Si, ya te digo… se fue El Beto.
—¿El Ganso se llamaba Beto?
—Se llamaba Cutberto pero le decían don Beto, luego se le murió su mamá
y detrás de ellos, ella. La pobre se
puso muy mala cuando quedó sola. Aunque ella tenía muchas cosas que vender. Yo
le decía: Pues vende la casa que tienes
allí enfrente para que te atiendas. Pero no, no me hizo caso; se fue
enfermando más y en pocos meses quedó ahí sentada; le vino un vomitó, orinó
sangre, luego que no pudo más se murió. ¿A poco no sabías?
—No fíjate que no sabía. Con
razón cada que pasaba por su casa la veía
muy cambiada. Ya no salía a regar sus macetas, sus plantas agarraron un
semblante triste y sombrío.
—Pues ya te digo. El hijo de ella, enseguida vendió unas varillas que
tenía en el patio de la casa, seguro que Catalina quería seguir fincando y no
se le hizo. ¡Que ocurrencias! ¿Cómo es que a una nunca se le quitan las ganas
de seguir haciendo cosas en este mundanal mundo? El muchacho siguió vendiendo
cosas, un juego de comedor, la casa que yo le decía que vendiera la vendió él y…
“Nadie sabe para quién trabaja”
La señora de la fonda, le arrima tortillas calientitas para que se le extinga
su hambre. Ella había empezado a
cucharear el caldito. Por un momento quedan en silencio. Yo aprovecho, pago y
me retiro haciendo una vaga señal de despedida.
Ansberto
Rangel Pérez