El Telegrafista
El Telegrafista Primera comisión Hacía tanto frio en ese pueblo tan alejado de otros que los huesos del telegrafista Eliseo Salazar Ríos crujían, le dolían y pareciera que de sus médulas salían alaridos. Le sonaban, sin confundirlo claro. Caminaba por caminar, se había quedado solo y desorientado; sentía que la soledad era muy grande y le pesaba, no tenía ni a quien preguntarle nada. En las casas con sus puertas y ventanas cerradas solo había silencio, excepto que a lo lejos vio una lumbre inextinguible, le pareció, que salía de una de ellas y como autómata se dirigió allí. El cielo estaba en armonía con su fuerza y su dulzura, con el aire quieto, como si estuviera durmiendo, le parecía vivir un sueño jamás soñado. En la puerta de esa casa de donde salía la luminosidad estaba una anciana de encorvado cuerpo y arrugado rostro, pero con protector hogar. Al acercarse, se identificó, luego realizó su demanda de necesidades, y después de haberlas detallado, ella sin interrogarlo, ...