El Telegrafista
El Telegrafista
Primera
comisión
Hacía tanto frio en ese
pueblo tan alejado de otros que los huesos del telegrafista Eliseo Salazar Ríos
crujían, le dolían y pareciera que de sus médulas salían alaridos. Le sonaban,
sin confundirlo claro. Caminaba por caminar, se había quedado solo y
desorientado; sentía que la soledad era muy grande y le pesaba, no tenía ni a
quien preguntarle nada. En las casas con sus puertas y ventanas cerradas solo
había silencio, excepto que a lo lejos vio una lumbre inextinguible, le pareció,
que salía de una de ellas y como autómata se dirigió allí. El cielo estaba en
armonía con su fuerza y su dulzura, con el aire quieto, como si estuviera
durmiendo, le parecía vivir un sueño jamás soñado.
En
la puerta de esa casa de donde salía la luminosidad estaba una anciana de
encorvado cuerpo y arrugado rostro, pero con protector hogar. Al acercarse, se
identificó, luego realizó su demanda de necesidades, y después de haberlas
detallado, ella sin interrogarlo, como una hermana buena, le brindó morada y un
modesto lecho, pero nada tuvo para darle de comer; Eliseo se conformó porque de
momento su hambre no era una necesidad absoluta, tiró su cuerpo en un camastro lo
cubrió con dos pesadas cobijas de lana, y quedó dormido iluminado con la
vacilante luz de un cabo de la vela que dentro de un pequeño plato de barro le
dejó la anciana. A la mañana siguiente, luego de descansar, se sintió obligado
a informarle de él a su anfitriona.
—Soy
telegrafista y me llamo Eliseo Salazar Ríos —le ratificó.
Aún
no se evaporaba la humedad de la noche, el cielo era gris tirándole a un
plomizo, que no permitía que acabara de clarear el día.
—Y
¿Qué es eso? —preguntó la dueña.
—Me
encargo de lanzar con cifrados ruidos letras que luego forman palabras y mensajes,
recados, encargos, noticias —respondió y agregó—: He nacido muy lejos de aquí y
de allá vengo, llegué en tren, pero no tuve a nadie que acudiera a recibirme. Mi
pueblo es de gran renombre y para popularizarlo más, la gente le dice “Torres
Mochas” San Felipe Torres Mochas., así se le conoce aquél lugar. Allá gocé mi
juventud, me sublevé a los buenos modales, casi perdí mi fe, por poco caigo en
todos los pecados capitales, incluyendo los que se han ido agregando por la
modernidad de la vida. Me especialicé en la pereza, soberbia, y seducción.
Encendí pasiones. No
intenté subsanar mis pecados con el cuento de que no podía dominar el ímpetu de
mis deseos, de verdad no. A esa edad yo estaba acostumbrado a la relación sin
futuro con mujeres de vida ligera, puesto que por no tener trabajo fijo, no
tenía posibilidad con otras; he comido sin hambre y excediéndome; por
envidia golpeé a mi hermana cuando veía que le daban diez centavos y a mí
solamente cinco para gastar en la escuela, afortunadamente no llegué al crimen.
Ahora quiero redimirme para no condenarme, así se lo prometí a mi madre antes
de venir a este lugar y pienso cumplirle.
Su
enigmático léxico para la anciana no pareció del todo claro, por eso, al
observar su curiosidad, Eliseo aprovechó para desahogar su aguda pena y prosiguió
de este modo:
—Durante
mi viaje recapacité que muchas de mis actitudes fueron de mala calidad, mejor
dicho: pecado. Entonces, al darme
cuenta de mis desatinos, me dio por llorar y lloré volteando despistadamente para
la ventana en el vagón del tren y así
mismo limpié mis lágrimas. En el fondo de mi alma sentí la culpa de los
absurdos cometidos y me nacieron ganas de redimirme. Pero hasta ahora no he
encontrado el lenguaje para expresar dignamente mi remordimiento y sigo
buscando. Estoy convencido que debo revelar a Dios lo que siente mi corazón, lo
que oigo confusamente en mi cabeza y, con optimismo, seguro estoy que voy a
tener un arrepentimiento tan maravilloso como no haya tenido otro semejante
mío. Porque será tal y tan desgarradora mi declaración de pecados, que al
escuchar mi plegaria que se asemejará a un descomunal grito de contrición
verdadera, los ángeles y arcángeles ,dirigiéndose al Señor proclamarán conmigo
con sus ojos cubiertos de lágrimas: ¡misericordia, misericordia! Y el Señor la
tendrá de mí, su pobre criatura.
Luego
de haberla hecho su confidente, la envejecida señora calló por un instante y
después, exhalando un suspiro volteo a coger la cuchara para menear la olla que
tenía en el fogón donde calentaba algo.
—Nunca
había oído algo semejante a lo que usted me platica en toda Sierra Mojada, en
sus montañas, ni aún en La Esmeralda ¿Dónde
aprendió eso? —preguntó.
Y
sin esperar respuesta, encogiendo sus pequeños ojos y en un dialecto de lejano
mundo, con voz aguda, lastimosa, patética, levantando sus manos como implorando
algo, la señora entonó una misteriosa y antigua canción, de esas que solo oyen
por casualidad los que como Eliseo andan tras su destino de día y de noche. Su
canto era triste y profundo, algo parecido a un rayo de sol que rompe la nube
oscura de una tempestad haciendo suceder un relámpago de terror y otro de
júbilo, después en ella se dio una transformación súbita, y a su través se vio
el cielo como un océano.
Eliseo
salió de la cocina para no interrumpir y para calmar su asombro. Afuera el frio
era imposible de reprimir, el viento ondulaba su pelo y se le filtraba a través
de su ropa hasta llegar a los huesos, pero aun así, con su juvenil figura, fue a
la calle y dos cuadras arriba rumbo a la iglesia, alcanzó a divisar un edificio
de cantera que semejaba un antiguo teatro y se le ocurrió pensar que alguien de
mucho poder y dinero encargó su construcción con ganas de disfrutar las
habilidades artísticas de gente famosa. Hacia ese vetusto edificio volvían los
murciélagos, repulsivos bichos nocturnos que hacían magistrales acrobacias
dignas de admirarse.
Y
siguieron sus cavilaciones acompañadas de supuestos: Ese “alguien”, que construyó el teatro, debió ser el diablo en persona,
porque no se amedrentó de los religiosos que le reclamaban dinero para restaurar
la iglesia y que escandalizados le sugerían abandonara su vida de perdición y
crimen porque así, Dios no lo iba perdonar, le advirtieron.
Ahora
la iglesia y el teatro están en pie a las faldas del socavado peñón donde gambusinos
unos con éxito y otros sin él, buscaron metales preciosos y desde donde nacen pequeñas
cascadas de agua fría. Cuando regresó a la casa, eso le platicó la señora que
mantenía viva su memoria a pesar de sus tantos años. Le citó la fecha exacta en
que don Gilberto hombre alto y fuerte, que así se llamaba el alguien que Eliseo había pensado, consumó en la sacristía cerca del altar
mayor, la violación de Marta menor de edad, sobrina de Gerardo cura de la
iglesia y que después la convirtiera en su concubina más querida. La vieja le
siguió contando entre sofocos y con voz cansada, que esa noche, cuando el Gilberto
que así se llamaba el “alguien” consumaba
su infamia con exceso de depravación, se veían brillar las luces de las
estrellas a través de las rotas ventanas de la iglesia y que se percibía una
especie de música extraña, el órgano sonaba acompañando a un cantor de voz
grave que alcanzaba notas y acordes tan gigantes como sus palabras terribles,
aquella sacra música era como un rumor lejano con aterradores y lúgubres cantos
ayudados de fuertes ráfagas de aire, como si las estrellas, la música, el canto
y el aire se sintieran ofendidos por la repulsiva calamidad que le estaba
ocurriendo a la infeliz Martita. Agregó por último la anciana, que esas tenebrosas
manifestaciones extrañas se repiten cada día primero de mes a las nueve de la
noche.
De
súbito, la nonagenaria vieja tomando su bordón y ayudada por Eliseo se
incorporó de la silla donde se había sentado a esperarlo. Por un momento se
quedó parada absorta, como si estuviera escuchando algo a lo lejos; algo que
requería toda su atención. Después que Eliseo la soltó, poco a poco fue
avanzando hacia la puerta; él escuchó sus pasos que rasparon el suelo, luego lo
distrajeron otros rumores, más tarde nada. La anciana abandonó el lugar. Cuando
atravesó la puerta crujieron los vidrios, y se azotaron, como si una mano
poderosa los hubiera arrancado de su lugar; su sombra se fue diluyendo hasta
desaparecer, dejándolo atónito, espantado, escalofriado, sus cabellos se
erizaron de horror. Y esa magia, de pronto se terminó. El espacio y el ambiente
de la casa se tornaron de habitables a solamente ruinas. Eliseo acababa de
estar en el presente y de pronto pareciera que ese presente nunca existió o
existió hacía años porque ahora, había polvo y olvido por doquier, telarañas en
los rincones. Los platos y jarros de barro que brillaban colgados de clavos en
las paredes se llenaron de tierra y se volvieron opacos, como no usados en
años; la olla quedó hecha pedazos entre ceniza vieja, hasta los tizones que hacía
unos instantes tenían fuego quedaron como puros apagados, con una leve y
volátil capa gris, ni el resto de la propiedad estaba en mejores condiciones. Eliseo,
para calmar su pánico pensó: ¡Está loca! Y se abstuvo de seguir haciendo caso a
su pensamiento.
Un
furtivo rayo de pálida y dudosa luz se filtraba por entre una ranura del techo,
a Eliseo le parecía que esa luz exhalaba gemidos acompasados, ruidos que no le
eran familiares, otro sonido era el canto de un búho que se hallaba en el hueco
de un muro de la tapia de enseguida. Pero él, ya había dormido algunas horas
luego de peregrinar cientos de kilómetros para llegar a este lugar a donde lo
mandaron con un oficio que decía: “Queda usted nombrado Jefe de Oficina de
Telégrafos”.
El
frío seguía con su necedad importándole poco que el precario cuerpo de Eliseo temblara
sin control, o que sus dientes castañearan negándose a desentonar con el resto
de su figura. Atolondrado y esquivando cachivaches viejos, fue al cuarto donde
había dormido, el camastro era solo una mofa de lo que fue en su tiempo, el
soporte del colchón eran puros alambres entrecruzados y oxidados, las cobijas
estaban agujereadas, descoloridas, llenas de polvo. Cogió su maleta, se dirigió
a la salida, cruzó la apolillada puerta; el zaguán tenía el techo caído casi en
su totalidad, en una esquina, unas vigas vencidas a duras penas contenían el resto
del techado. Salió a husmear a la calle con la esperanza de encontrar a alguien
para preguntarle qué lugar era ese. Con dificultad sacó de nuevo de la bolsa
trasera de su pantalón el sobre amarillo que por fuera tenía su nombre como
destinatario, leyó de nuevo el oficio que entre otras frases decía: “Queda usted nombrado como Jefe de Oficina
de Telégrafos en La Esmeralda, Coahuila, trasládese de inmediato a tomar
posesión de su puesto” Lo desembolsó para sentirse dentro de algo real y pensar
que no era una pesadilla lo que le estaba sucediendo. Cuesta abajo se abría un
camino y se perdía con rumbo a otro caserío. Formando parte de ese paisaje, un
perro flaco trotaba a media calle en
busca de... dio vuelta en la esquina, persiguió un gato que se le atravesó. Luego
se escucharon los lastimeros maullidos del gato, resuellos entrecortados del
perro que lo devoró hasta sentir la tibia sensación de hartazgo en su panza.
Envuelto
en una cobija con aire siniestro y extraño, venía subiendo un hombre viejo de
famélico cuerpo que flotaba en arrugados pantalones y harapienta camisa, con
sus pies pelones metidos en unos huaraches acabados con hilachos de cuero, con
un bordón en su mano derecha, un anticuado sombrero arriscado en punta cubría
su cabeza llena de hirsutas canas, parecía un peregrino con su cayado. Sus ojos
entornados en hundidas órbitas destellaban maliciosos. Al verlo, Eliseo se sintió
palidecer, pero como no tenía alternativa, se le aceró y sin más, el anciano
con ronca voz le preguntó:
—
¿Qué dicen de mí?
—Nada… no sé quién haya dicho algo
de usted… es que…
—¡Pos
pa´ que digan!… —dijo—. Y sin darle tiempo a nada, levantó su bastón y le golpeó
fuerte la espalda en dos ocasiones.
Eliseo
no alcanzó a decirle que no era de allí, apenas medio inclinó su cuerpo y levantó
su mano izquierda a la altura del rostro en un acto instintivo de defensa. No tomó
en cuenta la mala impresión que al inicio tuvo del viejo. En cambio, el cabrón
hombre altanero como si no hubiera hecho nada, se acomodó la cobija, su
sombrero y desdeñoso, disfrutando de su placer perverso siguió su camino hasta
perderse a la distancia, dejándolo con la intención de preguntarle si allí era La
Esmeralda, o que le dijera donde quedaba ese lugar. Y es que, la noche
anterior, al descender del tren pasada la una y media, sin preguntar nada a
nadie, se puso a seguir a un matrimonio que traía dos hijos y a los que había
escuchado decir que se hacían cargo de un templo. Predicaban la doctrina de
Jesucristo, no supo si eran Testigos de Jehová, o cristianos, pero católicos
no. Eso lo dedujo porque los que van a los templos católicos son sacerdotes que
no son casados, tendrán por ahí a escondidas algún hijo pero casados no, y éste
traía a su señora bajita, de rostro común, gorda, con su pelo lacio amarrado
atrás de su cabeza con un hilacho y; sus niños igual que ella pasados de peso. Las
diez horas que duraron viajando en el tren saliendo de Ciudad Frontera,
Coahuila, se la pasaron durmiendo a ratos y comiendo cacahuates, plátanos,
naranjas, limas, gorditas rellenas de frijoles con queso, carne picada, huevos
cocidos, bebieron agua, refrescos y golosos también engulleron dulces, galletas
en fin, de todo, y Eliseo enfrente de ellos, pero no le compartieron nada. El
empleado del tren venía a cada rato a barrer el basurero que quedaba debajo de
sus asientos, envoltorios vacíos, cáscaras de huevo, de cacahuates y restos de
comida.
Bajando
del tren vio un lugar miserable. A esa hora no se veía ni un alma en el andén
de la vieja estación que tenía un techo arruinado por la inclemencia del tiempo
y la falta de mantenimiento, una pequeña pero impalpable bruma no le permitía
ver algo que lo entusiasmara, caminaron cuesta arriba como media hora entre la
noche, ellos adelante y Eliseo siguiéndolos, pisando piedras, quebrando unas,
moviendo otras de lugar y cuando llegaron al poblado, el varón le dijo:
—Dios sea con usted señor.
Y
echando su familia por delante se le perdieron en una oscura calle, tomaron
rumbo, se deslizaron fantasmalmente, como si ya supieran donde era su destino,
algún barrio, la casa del templo, o quién sabe, la cosa es que Eliseo se quedó
desorientado en medio de la calle empedrada que supuso era la principal. Luego
vio a la anciana que le dio asilo por el resto de la noche, pero que resultó
ser… no lo supo a ciencia cierta. Lo único que sabía era que aún tenía hambre,
andaba espantado, sorprendido, adolorido por los bastonazos y no acababa llegar
a su destino. Apenas eran las seis con cuarenta minutos, y Eliseo debía estar a
las nueve en la oficina para recibirla formal y legalmente, así lo decía el
oficio, pero le habían salido mal las cosas. En su intimidad y siendo franco se
culpó asimismo por su forma de ser durante su pasada vida allá en su pueblo. Pero,
ni pensar en retornar, no, eso jamás lo haría porque luego ¿cómo explicarlo? Se
le tacharía de cobarde o fracasado y no coincidiría con lo aprendido, ni con
las recomendaciones de su padre.
En una esquina de la calle encontró
un mogote de piedras, arena y cal, construido a propósito como para detener
mejor la unión de las paredes. Eliseo arrinconó ahí su osamenta para resguardarse
del frio y esperar que acabara de amanecer. Las calles estaban desiertas. No se
veía ni un alma, el viento llevaba a brincos y en rastras un trozo de papel
blanco y arrugado. Esperaba que de alguna casa, alguien saliera para preguntarle
por La Esmeralda y su oficina de telégrafos. Ya no deseaba malas sorpresas. Puso
su maleta en el suelo, la miró y pensó que su mamá tuvo buen gusto al comprársela
para el viaje; de latón rígido, color verde, forrado por dentro de un color
amarillo combinado con negro, con remates plateados en las esquinas, en el
interior tiene una división para documentos o cosas de valor y ha resistido
hasta que se le siente encima. Se le tuvo que sentar porque como fantasmas en
unas estaciones de tren subieron muchos pasajeros que bajaron en otras y él
caballerosamente le cedió el lugar a una señora joven gorda, que jalaba con una
mano a un niño, mientras que cargaba a otro con el otro brazo.
Continuó
su espera. Se agachó, cubrió su cuello, y se frotó las manos. Vio sus
zapatos sucios, llenos de tierra y pensó que de nada valió haber ido a la plaza
principal de San Felipe a bolearse con el Güero,
el mejor bolero de aquél lugar, que se los dejó relucientes, ahora estaban llenos
de tierra, en lugar de negros parecían grises o cafés. Escuchó la resonancia de
campanas del reloj de la torre que vibrantes hacían temblar el aire, anunciaban
las siete. Notó que algo se animaba en las cornisas de la torre, le parecían
unos manchones negros que caían. Aunque ya fijándose bien eran palomas que
acababan de despertar y emprendían vuelo. No hay nadie en la calle, las nubes
se desmodorran y ensanchándose empiezan a moverse allá en la sierra donde
pasaron la noche. Ellas al menos siempre andan en montón, hasta las envidia. Pensó,
pero enseguida, recapacita y dice como si alguien lo estuviera escuchando:
—
¡No! ¡No!. No debo envidiar. Es uno de los pecados de los que pienso escabullirme.
Y
continuó recordando detalles del viaje para distraerse mientras acababa de
amanecer. La primera jornada de San Felipe a Ciudad Frontera, había sido sin
detalles notables que destacar, se la había pasado durmiendo ya que por la
emoción del viaje se había desvelado la noche anterior. Supone que los
ferrocarrileros demoran a propósito el paso del tren. Si no, ¿Por qué tanto
tiempo tardan en llegar de un punto a otro? Salió a la una de la tarde de
ciudad Frontera, y había llegado a la madrugada del día anterior a la última
estación que utilizaba el tren. En la mayor parte del trayecto entre puntos
Coahuilenses, observó un paisaje desértico. Sus ojos no se deleitaron con algún
agradable paisaje o una arboleda. Puros cactus, pequeños magueyes, plantas de
un verde pardo, otras color ocre, que hechas bola rodaban con el viento; tierra
blancuzca, plomiza en ocasiones, con nada encima que pudiera detener la vista
que se resbalaba hasta perderse en la distancia o chocar contra lejanos cerros,
llanuras sin límite, praderas de raquítico follaje quemado por el ardiente sol
que resplandecía haciendo parecer a la distancia parpadeantes olas emergidas
del suelo que de pronto parecían danzar. El espectáculo, muy de vez en cuando
mostraba alguna que otra mancha de sombra producida por alguna desorientada
nube. Al declinar el día le tocó observar que el sol se fue metiendo poco a
poco hasta que desapareció y entró la noche. El tren siempre con su lento
andar, parando tiempo de más en cada estación sin importarle a su conductor la
desesperación de algunos pasajeros porque los más, como que ya estaban
acostumbrados. Ni caso hacían del paisaje, pasto seco, matorales llenos de
tierra, y a la distancia la gama de colores, el gris, verde, ocre y un amarillo
muy pálido. En los sucios vidrios de las ventanas, para entretenerse,
ensalivando su dedo hizo dibujos abstractos, trazó el círculo del sol antes de
que desapareciera, luego las estrellas que aparecían y hasta esbozó a los niños
panzones sintiéndome el pintor colombiano Fernando Botero. En el mismo vagón, un
hombre platicaba a gritos manoteando para enfatizar sus dichos, a veces hasta
se contestaba solo. Bebió en exceso, sus ojos embrutecidos se abrían lerdos,
las cervezas hicieron su efecto, a ratos lloró, rio y gritó. Ocasionalmente
dormitaba, luego al despertar, con estropeada voz pedía más cervezas al
empleado del tren, pero el hombre de la gorra a rayas ya no le quiso vender.
Que se portara bien, que se callara le pedía; no fuera a ser que despertara
gente o que no la dejara dormir, que si iba a seguir con su gritadera y escándalo
mejor se fuera a un rincón. El tren seguía su lánguido andar, el viento bueno
sin egoísmo le cedía su paso, las ruedas reacomodaban las vías, los durmientes
despertaban sobresaltados de su amnesia. Los niños con el arrullo mágico
de sus padres se quedaban dormidos en su regazo con su inocencia impoluta.
Recordaba también a una señora con su cara sudorosa, perniabierta, aguantando
los saltos del vagón, distraída veía pasar a tres mujeres por el pasillo, iban
rumbo al pestilente sanitario, buscaban donde pisar. Los líquidos: agua,
cerveza, leche, gaseosas, en el suelo se habían mezclado con orines de muchos
pasajeros que han hecho sus necesidades una y otra vez haciendo que la taza se
desbordara; al principio les calaba la pestilencia y arriscaban las narices,
luego ya acostumbrados nada, como que no les importaba, habían transcurrido más
de seis horas de viaje y aún faltaban muchos kilómetros para llegar a Sierra
Mojada, ahora lo mojado era el pasillo. Algunas señoras no aceptaban su mala
suerte de viajar en este tren, en este vagón de segunda todo destartalado con
sus ventanas llenas de cochambre, sus vidrios sucios y con una luz en el del
vagón que no iluminaba más que tres simples cerillos unidos. La señora que iba
al último, gorda, de gruesas cejas negras, al natural, sin depilaciones ni
nada, altas y rectas que no se las arreglaba. ¿Para qué? Si el imbécil de su
marido nunca le decía un cumplido ni en los momentos de intimidad,:Eso comentó
a su paso cerca de Eliseo. Una de las jóvenes que iba adelante, sin hacer caso,
frunció la boca, abrió su pequeño bolso, hurgó para sacar el espejo, la
polvera, el lápiz labial. A ella si le interesaba no llegar a su destino tan
descuidada, así, que mientras esperaba que la primera que entró al sanitario
terminara, se afianzó el polvo en su nariz, pómulos, barbilla, puso lápiz
labial en su boca, con una de sus uñas
se quitó el exceso, se acomodó el collar y puso de frente la medalla de la
virgen de Guadalupe. Esa señora, con su cara inflada por el aburrimiento y
bostezando no hace caso de lo que hacen ni de lo que plátican y solo les apura
con un:
—¡Buíganle!
Ya casi llegamos
Después continuaba con su
ensimismamiento.
—A
mí me gusta mi pueblo, nunca renegaré de él —dijo a nadie.
Solo
pensó en voz alta, sin sobresaltarse, luego se santiguó, sus labios se movían
como si rezara en silencio pidiendo retazos de milagros. Eso quería para
repartirlo entre sus hijas, hijos y nietos. No tenía para darles dinero, ni
para comprarles rosas, por eso rezaba con mucho fervor ¿Qué más podía hacer?
Además, y eso no lo decía, rezaba porque no la dejaran de visitar y que le llevaran
algo para sobrevivir, ya casi se le habían terminado los trece mil pesos que le
habían entregado desde hacía como año y medio cuando se le murió Chano su
esposo.
El puesto de jefe de oficina iba a ser el primer trabajo
formal de Eliseo, y por cómo veía que vivía el jefe de su papá allá en San
Felipe, creía que le va a ir bien. Antes anduvo probando aquí y allá,
trabajando como jornalero; ayudante de albañil, mecánico de autos, fabricante de cobijas de lana, de zapatos, se involucró
con unos señores que venían de la Capital del País, que compraban chile seco de
rancho en rancho, también la hizo de peón de patio en una alfarería, todo sucedió en su pueblo donde no había
mucho que escoger. Pero no, eso no tenía futuro seguro y además eran trabajos
mal pagados. Así le dijo su papá. Y con energía le exigió que estudiara la
clave Morse en la oficina de telégrafo donde él era el mensajero. Después de
año y medio, aprendió a lanzar señales con un aparato produciendo golpes secos
y prolongados. Pasó examen de telegrafista en San Luis Potosí y listo. Le
dijeron que había una oportunidad en un lugar de Coahuila y dijo que sí. Y es
que Eliseo… a todo decía que sí, y a nada decía que no. Así que por haber aceptado la vacante, andaba por acá. Aún
no sabía cuánto le iban a pagar, solo suponía que le alcanzaría para vivir bien.
Como creyente que era admitió también, que era un chance más para él de parte
de Dios. Con fastidio reconocía haber desairado el estudio académico. A gritos
y a sombrerazos terminó la primaria con un promedio de calificación horroroso,
pero consideraba haberse enmendado gracias a la providencial insistencia de su
papá y a la promesa hecha a su mamá de cambiar de actitud, de conducirse con
respeto y rectitud.
Había
transcurrido un buen rato, al frio lo estaba eludiendo repasando el pasado
inmediato, brincando y haciendo sentadillas, sin importarle que lo vieran o que
pensaran que estaba loco, si es que acaso alguien se asomaba por la ventana o
puerta de su casa. Clareó el día, el relincho de un caballo irrumpió el silencio.
Mentalmente dio gracias al que se le ocurrió hacer el mogote de piedras donde se
estaba protegiendo de la inclemencia del tiempo. Dos gallos salieron a la
carrera de una casa, el más viejo perseguía al galluelo para agredirlo, tal vez
se atrevió a pisar a una gallina sin tener derecho aún. Enseguida, escuchó un
ruido y al voltear para donde provenía, vio a media cuadra a un hombre bajito,
rechoncho, moreno, con una chamarra color verde con el cuello levantado, que sacaba
una bicicleta de su casa.
—¡Hey, hey, oiga! —grito Eliseo y
manoteó para llamar su atención.
Al
voltear el hombre, primero su mano izquierda se soltó del manubrio para girarse
y ver a quien lo llamaba. Luego, hizo un ademán preguntando que se ofrece.
—¡Espéreme, necesito preguntarle
algo! —le dijo Eliseo elevando el tono de su voz, tomando rápido la maleta y
corriendo se encaminó hacia él.
—Me llamo Eliseo Salazar Ríos, vengo
de lejos, busco la oficina de telégrafos de La Esmeralda, ¿sabe usted dónde
queda?
—Sí, sí sé. Buenos días. Pa´ empezar
aquí no es La Esmeralda —sonrió y señaló—. Este lugar se llama Sierra Mojada,
es la cabecera municipal, La Esmeralda está allá abajo donde llega el tren —le reveló
el hombre chupándose los dientes y pasándose la mano por la boca.
Eliseo sintió vergüenza por no haber
saludado primero, aunque esa vergüenza se le pasó rápido por el gusto de pensar
que al menos, había encontrado a alguien normal. A ese hombre que no superaba
el metro sesenta de estatura, se le notaba un carácter simpático que combinaba
con su redonda barriga.
— ¡¿Cómo?!… ¿Allá donde anoche llegó
el tren es La Esmeralda?
—Sí señor, allá mismo. Y allá está
el telégrafo por el que usted pregunta. ¿A poco se vino caminando desde allá?
—Es que no soy de aquí, vengo de
lejos, y no conozco el rumbo —explicó para justificar su torpeza.
—Me llamo Vicente, me dicen Chente y trabajo en Correos; las oficinas están una frente a la otra, si
gusta nos vamos juntos, solo que antes tengo que ir a comprar huevos para que
mi esposa prepare el almuerzo, si gusta espéreme ahorita regreso —le dijo en
tono solidario.
—Oiga… ¿no será mucha molestia si
también compra para que yo alcance algo de ese almuerzo? Mire… aquí tiene —le rogó
con mirada de desamparo y le dio un billete con el que se alcanzaba a comprar
más de un kilo de huevos.
—Ta´ bueno compañero —contestó Vicente.
Después
tomó el billete, subió a su bicicleta y enfiló cuesta arriba. A Eliseo la ilusión de probar alimento hizo que
se le hiciera agua la boca, hasta le pareció que sus tripas gruñeron gozosas. Le
nació la esperanza de que su suerte cambiaría, que se le alejaría el susto y el
hambre. Al regreso de la tienda, pasaron a la casa, a la izquierda de la entrada
había una habitación, la cama y lo que parecía un tocador tenían una capa gris
de polvo; el colchón era un montón de lana podrida, Eliseo se imaginó que miles
de bichos anidaban ahí. Sobre un buró había una biblia con las páginas carcomidas
por la humedad, pero se alcanzaba a leer el Salmo 6 que es el primero de los
siete penitenciales “Señor, no me
reprendas en tu ira, ni me castigues si estás enojado. Ten compasión de mí que
estoy sin fuerzas; sáname pues no puedo detenerme” Ese gran libro, estaba
ahí solo como adorno; a leguas se veía que nadie se ocupaba de leerlo. A Eliseo
ver ese sagrado ejemplar le causó extrañeza, porque casi nadie tenía por
costumbre servirse de esa gran obra ni siquiera para fines religiosos, en ese
tiempo, era casi de uso exclusivo de los sacerdotes. Ahí en la caricatura de
cama, había un hombre de edad con su rostro demacrado, despeinado y una barba
salpicada de canas con varios días sin rasurar; tosía y tosía como si tuviera
problemas con sus pulmones, emanaba un tufo pestilente de sudor, orines y
materia fecal, estaba sentado con una cobija sobre su espalda, sus brazos
derrotados, recargado en la cabecera, la ropa de cama en desorden, sus pies descubiertos,
uno de ellos inflamado a la altura del tobillo con un color rojo ennegrecido.
—Mire
compa él es mi suegro, se llama Apolinar y está muy malito —dijo Vicente al
presentárselo.
Porque
sin razón ya otro viejo lo había golpeado, Eliseo lo saludó con recelo y por
compromiso con un: Buenos días señor,
mucho gusto. El veterano lo vio con cara de agotado, pestañeando lento,
tragando saliva con dificultad; intentó levantar su mano derecha, con la
izquierda jaló la cobija para cubrirse mejor la espalda sin dejar de jadear al
respirar. Para seguir a Vicente, Eliseo le dijo al viejo:
—Con
permiso.
El
debilitado anciano asintió con un manso cabeceo. Vicente le sugirió:
—
¡Abríguese suegro, cúbrase bien! —y se siguió hacia la cocina, como no dándole
importancia a esa presencia o acostumbrado a ella.
Eliseo
se alejó echándole una última mirada de condolencia al suegro de Vicente que se
quedó inundando el cuarto con su rancio aroma como si nada hubiera pasado
segundos antes. Iban llegando a la cocina y se escuchó un grito femenino.
—¡Ya levántense niños, se les hace tarde pa´
la escuela! —y se oyeron otros ruidos provenientes del cuarto de enseguida.
— ¡Mira vieja, este señor es el
nuevo jefe de telégrafos! ahí me lo encontré afuera, se vino hasta acá por
error.
—Eliseo Salazar Ríos a sus órdenes
señora… —se presentó
—Irene Méndez, pa´ servirle —le
respondió ella gentilmente.
Después, con una expresión natural y sobria le estrechó la
mano con efusividad sin dejar de mirarlo a los ojos. Sus miradas se prolongaron
un poco más de lo ordinario. Eliseo se turbó y ruborizado la evadió y
desprendió su mano. Le dio la impresión de que era una persona abierta, con
criterio superior al de su esposo, como de treinta y cinco años, un metro cincuenta
y cinco de estatura y con personalidad intensa. Su cuerpo acusaba el descuido
de las pueblerinas señoras de antes, suponía que por su alimentación su cintura
se había ampliado, su rostro rozagante no contenía maquillaje alguno, su mirada era
brillante. Vestía una playera con el nombre de una persona que se promovía
políticamente, una falda amplia color azul cielo con flores rojas que le
llegaba abajo de sus rodillas y tenis blancos con franjas rojas. Casi sin darse
cuenta se fijó en sus piernas y en sus caderas justo cuando ella volteaba para
preguntarle algo, al sentirse descubierto Eliseo se apenó aunque su ojeada haya
sido solamente accidental, natural, sin mala intención. En esos momentos estaba
al límite de complicaciones. Además, suponía que su aspecto era un caos después
de casi cuarenta horas de viaje. Mentalmente agradeció a Dios porque Vicente no
lo haya pillado contemplando a su esposa. El café hirviendo en el fogón con el
calor de leños ardiendo despedía ese aroma que ya Eliseo extrañaba. Al sentarse
a la mesa, Irene se apresuró a poner dos jarros con ese agradable líquido que le
cayó como bendición del cielo. En un
rincón había un radio que parecía haber sido blanco y que ahora lucía con un
mugroso amarillento, se escuchaba pesimamente una radiodifusora de Torreón, Coahuila,
las voces de los locutores y de las canciones se escuchaban mezcladas con gorgoreados
ruidos que no se podían entender a menos que se escuchara con total atención. A
un costado de la puerta que daba al patio, recargada estaba una vieja escopeta de
dos cañones que Vicente le dijo a Eliseo
haber comprado de segunda mano en sesenta pesos.
Llegaron
los niños. Una niña de ocho años y su hermanito de siete, ambos con sus dientes
delanteros mudados. Enedina y Raúl, ese nombre les pusieron al nacer comentó
Vicente. Ella con el pelo recogido en una cola de caballo, el niño medio se
había echado agua en la cara y su pelo estaba tal cual después de haberse
levantado de su cama, el pantalón le quedaba rabón y sus zapatos parecían nunca
haber sido boleados. Sin quitar de Eliseo su curiosa mirada, se sentaron con ellos.
Irene sirvió frijoles con huevo frito a todos, en el centro resaltaba la
blancura de un queso redondo y alto que cabía en un plato, de ahí comenzaron a
servirse los niños, Vicente invitó a Eliseo que tomara un trozo. En una
servilleta la señora Irene arrimó cuatro tortillas recién hechas, seis chiles
verdes serranos y en un trozo de papel de estraza un montoncito de sal. Comenzaron
con ese almuerzo, a Eliseo cada bocado le sabía a gloria, hacia muchas horas
que por su paladar no pasaba alimento sólido, por eso disimuladamente olfateaba
el aroma de lo que tenía enfrente como alimento. Silencioso aplicaba sus sentidos para saborear
cada bocado, mordiendo pausado para deleitarse a plenitud pues con todo lo que le
había pasado, no confiaba en que algo bueno le fuera a suceder en las próximas
horas.
No
conocía el lugar a donde iba a llegar, donde comer, o donde iría vivir, quien le
haría el favor de atenderlo en cuanto a su ropa y alimentos, no conocía a nadie
y lo más triste, no sabía cómo se recibía una oficina de telégrafos, es decir,
que documentos se debían formular para legalizar
la entrega y después esos papeles a dónde y a quién se debían remitir. El jefe
de la oficina en San Felipe, solo le recomendó: “Ten mucho cuidado con los dineros, cuenta bien, que no se te pase
nada, hay unos compañeros que mañosamente se aprovechan de los novatos para
timarlos, antes de firmar el acta y la documentación soporte, lee con cuidado;
revisa que estén todos los artículos del inventario” Pero… todo eso era
nuevo para él. Hasta los mismos vocablos “acta” “artículos” “inventario”
“timarlos” “documentación soporte” No
obstante, procuró no olvidarlos para si llegaba la oportunidad, utilizarlos y
de esa manera no verse tan neófito ante quien le entregará la responsabilidad.
Después
del desayuno, sintió que volvía a nacer. Reconociendo el favor que le hicieron,
al calmarle el hambre, la tristeza, la desolación y hasta que le hayan devuelto
la fe en los humanos, agradeció profundamente aunque sin exagerar y se puso a
las órdenes de la señora Irene. Al despedirse, Irene le volvió a brindar su
mano y después del saludo, dejó que su mano recorriera la de Eliseo como
enviándole un subliminal mensaje que él no entendió del todo y que le dejó
confusas sus atolondradas emociones. Le había entusiasmado la agilidad y concordancia
de sus movimientos mientras soplaba la lumbre y preparaba los alimentos. Vicente
y los niños salieron por los cuadernos. Irene le dio la espalda, Eliseo
aprovecho para observarla de nuevo. Estaba embelesado con la boca abierta, sintió
que escurría baba y se la limpió rápido cuando escuchó el cierre de una puerta
y pasos que se acercaban. Entraron primero las sombras de los niños, después la
de su papá. Eso lo hizo volver a la realidad.
Luego
de encaminar a sus hijos a la escuela, Vicente y Eliseo se fueron calle abajo
porque en efecto era la que llevaba al poblado llamado pomposamente La
Esmeralda. Vicente llevaba su bicicleta rodando a su lado, le pidió a Eliseo que
pusiera su maleta en la parrilla para que no se cansara y caminaron como
treinta minutos. Ya después recorrían las primeras calles pobladas con casas de
amplios patios y macetas con flores diferentes. Eliseo levantó la vista y vio
la torre de una iglesia.
—
¿Es la iglesia principal? —preguntó.
—Sí
compa y la única que hay aquí, pero sólo los domingos hay misa, una a las ocho
de la mañana y otra a las siete de la tarde, el sacerdote que las oficia, entre
semana, se la pasa en Sierra Mojada y en otros ranchos, va a bautizar niños, a
dar la comunión a los ancianos que ya no pueden caminar, a aplicar los santos
oleos a gente moribunda y a platicar con ellos. Ya lo conocerá es muy alegre y
vacilador.
—¡Mjú!
—contestó.
El
cielo comenzaba a tornarse en un azul radiante, Vicente saludaba efusivamente y
agregando una sonrisa o un comentario alegre a toda persona que encontraban en
el camino. Con la caminada y el rose de su camisa Eliseo sintió un pequeño
ardor en el lugar donde le dio los bastonazos aquél detestable hombre, pero no comentó
nada porque presintió que ya casi llegaban a las oficinas.
El hombre que le iba a entregar la oficina, era alto, de
lentes casi en la punta de su nariz, con muchas huellas de viruela, sonrisa
eterna, por eso se le veía un puente con una pieza removible en el lado
izquierdo de su quijada, no más de cincuenta pelos en su cabeza pero bien
peinados, el resto de su calva muy brillante, tan flaco, que parte del cinto le
colgaba en su lado izquierdo como si trajera un llavero. Le había dicho que se
llamaba Oscar Avalos Sáenz y que vivía en Torreón; ya tenía preparado su
equipaje para retornar al siguiente día; solo quedaba dispuesto su catre para
pasar otra noche en la población. El tren llegaba por la noche, los
ferrocarrileros ahí pernoctaban. Cuando Eliseo ingresó a la oficina lo encontró
sentado detrás del escritorio, con sus manos cruzadas, un bolígrafo y un papel
en blanco frente a él, estaban también dentro del local Martha, Norma y Polo
todos jóvenes menores de veinte años.
—Son meritorios —al presentárselos le
dijo don Oscar al mismo tiempo le pidió que los siguiera aceptando.
Eliseo
entendió perfectamente porque también él había sido meritorio en su tierra. Así
se les llamaba a los aprendices porque precisamente hacían méritos para tener la
oportunidad de aprender la clave Morse,
tareas administrativas y contables de una oficina telegráfica. Como parte de
sus deberes, se acomedían a realizar encargos personales del responsable de la
oficina y eso no era mal visto.
—Estos
jóvenes conocen a todas las personas del pueblo, ellos te pueden recomendar con
alguna señora o familia para que te den asistencia.
Mientras, vamos acá, atrás de la cuadra, una señora hace y vende comida—le
dijo don Oscar señalando un lugar.
—Lo
acompaño con todo gusto si usted no ha desayunado pero, hoy más temprano, me
encontré allá en Sierra Mojada a Vicente compañero que trabaja en correos y me
invitó a su casa a desayunar, pero repito, gustoso lo acompaño con una taza de café o un
refresco —respondió.
—Y
¿qué andabas haciendo allá?
—Me
equivoqué de destino —le contestó sin darle mayor importancia al asunto y sin
ganas de ahondar en detalles.
Al
regreso del almuerzo, inició la entrega de la oficina. Don Oscar con paciencia,
como si fuera su padre o un maestro bueno, empezó a explicarle a Eliseo con cada
documento que sacaba del cajón del escritorio donde los guardaba. Le contó que
tenía por rutina trabajar hasta muy noche así concluía todas las actividades
administrativas y contables del día para no tener que hacer nada por la mañana.
Le gustaba eso, se había acostumbrado. A Eliseo le pareció bien ese estilo y lo
adoptó. Polo era de los meritorios el más avanzado, ya lograba descifrar los
mensajes a buen ritmo de transmisión y escribirlos sin errores en la “Remington”,
a él se le encargo transmitir y recibir los telegramas y órdenes de pago,
mientras el señor Avalos le fue explicando cada aspecto relativo a administrar
una telegráfica. Eliseo puso todos sus sentidos para que no se le pasara
detalle, estaba recibiendo una clase resumida de gran valía para su futuro
laboral; en una hoja de papel en blanco apuntaba datos de los informes diarios,
quincenales que se debían formular y enviar a la Superintendencia, referencias,
definiciones de los nuevos términos que incluía don Oscar en su explicación, le
inspiró suficiente confianza que se atrevió a solicitarle hasta en dos
ocasiones aclaraciones de lo que no entendía bien. Don Oscar tenía corazón de
oro, nada egoísta le expuso de manera sencilla y hasta utilizando ejemplos de cómo y porqué se debía formular
cada documento, como se integraban en la cuenta mensual y a donde se remitían. Puntualizaba
en lo más importante. Todo le quedó dilucidado. El dinero que le entregó, luego
de ilustrarlo respecto al arqueo de caja, por su insistencia, lo contó en dos
ocasiones verificando que coincidiera con el resultado. “Cuentas claras
amistades largas” “El dinero se hizo para contarse” además tratándose de dinero
“No confíes ni en tu sombra” fueron las enseñanzas mezcladas con advertencias
que le hizo don Oscar. La composición de la clave para abrir la caja fuerte fue
otro detalle que aprendió desde el inicio ya que nunca había visto como se
cambiaba, le especificó además, que debía enviarse a México en sobre lacrado,
sellado y firmado. Por último, le mencionó que Polo sabía dónde se guardaba la
pasta de goma laca llamada “lacre”.
Cuando
casi terminaba la entrega llegó el compa
Vicente para preguntar a Eliseo si no se le ofrecía algo porque se tenía que
regresar de inmediato a su casa; su señora le había enviado un recado diciendo
que la salud de su suegro había empeorado. Desde luego, esa noticia a Eliseo le
dio pena por él, no por su suegro con quien jamás nunca había convivido, pero por
él sí. Por la atención recibida en la mañana de su familia. Así que sin decir
nada, resolvió acompañarlo. Iría para ver en que podía ayudar. Tenía el
presentimiento de que no pasaría el día sin que muriera ese señor. Ultimados
los aspectos de la entrega de la oficina y después de la comida, le comentó a
don Oscar sobre la intensión de ir a visitar a Vicente y aprovecho para
invitarlo, omitió lo relacionado a la señora Irene, tampoco le comentó del viejuco que le zampó
dos bastonazos en la espalda, no tenía caso. Esas particularidades se las reservó,
para comentarlas cuando tuviera suficiente confianza con alguien.
Don
Oscar aceptó su invitación y lo acompañó a Sierra Mojada. Era cuestión de
caminar dos o tres kilómetros cuesta arriba y en la calle principal estaba la
casa de Vicente. Cumpliría Eliseo con su primer compromiso social contraído
forzadamente en esas para él lejanas tierras.
No
hubo necesidad de tocar, la puerta estaba abierta. En el zaguán había unas
señoras con su rebozo puesto, unos señores fumando, preocupados, sentados con
su sombrero en las rodillas, así que apenas se asomaron y les dijeron:
—Pasen,
ahí adentro anda Chente.
—¿Cómo
sigue su suegro compa Chente? —con
cierta confianza preguntó Eliseo.
—Muy
mal “compa”, pasen para que lo vean —ensombrecido contestó.
Así
era, ahí estaba entre un silencio opaco. A ese hombre, pálido, la piel de su
rostro se le había pegado al hueso, se le
notaba un tic nervioso en su ojo izquierdo que le deformaba la mirada, era
sacudido por espasmos espaciados, babeaba sin contenerse, se retorcía en la
cama con los ojos en blanco que luego comenzaron a opacársele, la cabeza gacha,
su pelo enmarañado y sus puños crispados incontrolables golpeaban el colchón, arremangaba
las sucias sabanas y cobijas. Gruñía como si intentara decir algo, como si
estuviera pidiendo auxilio para salir de una pesadilla, había caído en un
extraño aturdimiento. De su boca salían palabras raras, inconexas e
incomprensibles, con su mano blanda y sus dedos crispados limpiaban la baba. La
enfermedad había convertido a aquél hombre de cincuenta y seis años en un
anciano demacrado que no vivía más que a medias en su cuarto maloliente a pesar
de los cuidados que le prodigaban Vicente y su familia. Ya nada servía de él,
estaba agonizando. De pronto, por uno de esos estímulos del alma naturales en
los moribundos y que los retraen a sus viejos recuerdos, oyó que alguien le
hablaba y él con voz débil dijo: <<Melquiades hermano mío, te reconozco
aunque te envuelva esa bruma>> Y un instante después, su capacidad se
vació, careció de todo. Los que estaban ahí eran para él solo espectros irreconocibles
y percibía otras apariciones y ánimas que comenzaban asediarlo, eso le ofuscó
su apariencia, agonizaba, y por fin extenuado de tensión y de terror le llegó
la muerte. Todo en su contorno quedó en silencio, estático, su rostro sosegado,
su espíritu se fue a buscar mejores rumbos. No hubo tiempo de llamar al párroco
para que lo confesara o le administrara los santos oleos. Todos callaron. Después,
intercambiaron miradas y con eso, coincidieron en pensamiento.
—Voy
a avisarle a mi señora, espérenme por favor —anunció Vicente.
—Adelante
—dijeron al mismo tiempo Eliseo y don Oscar que lo siguieron.
Eso
les sirvió de pretexto para salirse a respirar un poco de aire limpio y fresco.
Ahí adentro el hedor era insoportable, resultaba denso, enrarecido y asfixiante.
Al verlos salir, dos señoras entraron para cerciorarse de su intuición. Ellos alcanzaron a oír el llanto doliente y
triste de una de ellas, mientras la otra apesadumbrada intentaba consolarla. Después,
inició un entrar y salir de personas que formaron un montón de palabrería
triste, pausada, reprimida, dolida e inentendible. Como toda muerte deja un
legado, Eliseo se preguntaba que herencia habría dejado ese señor y quienes
serían las acomedidas mujeres y hombres que limpiarían y retocarían el cuerpo
difunto, desvestirlo, ponerle ropa limpia, lavarle la cara, peinarlo, cerrarle
bien sus ojos para que no espantara. Sacar el colchón, sabanas y cobija y
quemarlos allá en el corral, limpiar totalmente ese cuarto, rociarlo con agua
de rosas. Claro que primero que nada, bueno sería que un ventilador dirigido a
la ventana abierta sacara los hediondos aires. Pero, Eliseo no era familiar por
eso no podía sugerirlo, solo era alguien completamente desconocido para todos
excepto para Vicente, su esposa e hijos.
Irene
entró. Don Oscar y Eliseo esperaban verla con el rostro transfigurado por el
dolor, pero nada de eso; ella traía su cara seria pero serena, con temple y así,
caminó segura, dirigiendo su vista hacia el cuerpo inerte de su padre, lo
removió, como para asegurarse de que realmente estuviera muerto y sin mostrar
aflicción, ni externar congoja, comenzó a separarlo de la ropa de cama, la que luego
aventó y quedó apilada en un rincón. Una señora, que resultó ser una de sus
hermanas se acercó y preguntó:
—
¿Qué vamos a hacer Irene?
—Lo
acomodaremos bien sobre la cama, pero necesitamos cambiar la sabana por otra
limpia, dile a Elvira que nos preste una y llévate eso que está ahí a los
tendederos del corral—respondió señalando al rincón.
Elvira
era otra de sus hermanas, todas mayores de edad y casadas. Luego, para ordenar el
ambiente a algo parecido a como Eliseo lo había pensado, comenzó a dar
instrucciones a la gente dispuesta a la ayuda. A Vicente le ordenó que se
encargara de avisarle al padre de la iglesia. ¡Ah!… que también le avisara a Gerardo
el carpintero para que viniera a tomar medidas y que hiciera la caja; que le pidiera
al Chino Canales, que ataviara el carromato para el traslado de su padre al
panteón. Era todo lo que había en ambas comunidades para esos casos. Un carpintero
que fabricaba las cajas mortuorias y una carreta con techo que jalaba una vieja
y mansa mula; un panteón que se encontraba como una ofrenda a la naturaleza en
una planicie desértica, al que se llegaba por un camino de poco uso. A eso se
ajustaban los pobres y ricos de la comunidad y sus contornos.
No
cabía duda que Irene era una dama inteligente y práctica. Eso hizo a Eliseo admirarla
más. Ella con su actitud contagió a las demás personas que se quitaron de
gimoteos y lloriqueos y en menos de una hora el espacio ya mostraba otro
aspecto. No hubo forma de utilizar un ventilador porque no contaban con él,
pero abrieron las puertas de par en par haciendo lo mismo con la ventana de
madera que daba a la calle y con una tilma entre dos personas comenzaron a
expulsar la fetidez del lugar. Hubo también la necesidad de cambiar las viejas
cortinas que tristes colgaban porque el tiempo las había convertido en jirones de
un rojo desteñido y llenas de polvo. En la pared había un almanaque con un
hermoso paisaje, montañas nevadas, un lago de quieta agua azul donde nadaban y
volaban gansos y patos, frondosos árboles y abundante pasto verde; distinto a
los horizontes erosionados que Eliseo había contemplado en el trayecto de su
viaje en tren. Ese almanaque que a todos gustaba, nadie lo quitó de su lugar,
solo le apartaron el polvo con un trapo hasta dejarlo brillante y ahí quedó
como para que contribuyera con algo de alegría e hiciera menos deplorable el
panorama.
Había
un hombre zarrapastroso afuera de la cocina recargado en un azadón que se
llamaba Apolinar igual que su padre, hermano de Irene, era trabajador de campo,
blandengue de sentimientos, de aspecto sencillo, y al enterarse de la muerte de
su padre se llenó de tristeza. Y con un dolor sordo en las sienes, comenzó a
chillar y a vociferar escandaloso para
desahogar su pena, usaba un lenguaje brusco, inmoderado e imaginando absurdos
que iban más allá de la realidad, blasfemaba diciendo:
—“Mi padre se puso a jugar con Dios sin tener
en cuenta que Él tenía los dados cargados y por eso perdió. Ahora, está ahí en
su cuarto tirado como basura de la calle, entre la pobreza y la suciedad, yace cansado
de esa lucha mezquina. Ahora es… carne que… puede sentir los dientes del
infierno. Y yo estoy aquí con mi espíritu triste, inquieto y derrumbado sin
saber qué hacer. ¡Ay que tortura siente mi pecho! ¡Yo no voy a jugar así
contigo Dios!, de una vez te lo advierto”
—¡Cállate! ¡Ya cállate por favor! y… es mejor
que nos vayamos —le aconsejaba su esposa.
Pero
él tenía su alma sorda por el dolor persistente que le causaba saber que su
padre se había ido de este mundo. Irene se fue a meter a otra habitación y
dentro de un rato regresó cambiada con ropa color oscuro para estar a tono con
el momento y el sentimiento generado por el deplorable suceso.
En media hora, llegaron varias mujeres vestidas de luto, unas
aparentemente embarazadas, algunas prestaron sillas, en las que se sentaron los
visitantes a tomar café, había además,
por lo menos media docena de niños de todas las edades. Los menores al año
estaban debidamente abrigados y en brazos de sus madres. Otros se asomaban
entre sus faldas, Eliseo los saludó con gesto amable, pero nadie le respondió
por el contrario se le escondieron detrás de las señoras. El difunto aún estaba
en su propia cama, con su rostro pálido, sus fosas nasales llenas de pelos,
envuelto en una sábana color crema, con un rosario y unas flores en su pecho. De cuando en cuando se cantaban alabanzas a
Dios para que lo aceptara en su reino, cuando rezaban pedían por el difunto
diciendo su nombre claro y fuerte como para que los oyera. Eliseo intercambio
miradas con don Oscar y éste, como si entendiera que era una pregunta le dijo:
—No
hay problema, yo espero.
En
el corral un perro ladraba con furia desesperada, pero como nadie le hizo caso,
al fin cansado, se acercó un poco desconfiado a olisquear a un niño que se
había sentado a cagar. Luego se fue a un rincón a rascarse las pulgas, las
gallinas habían dejado de cacaraquear. Y así continuó el velorio; durante el cual, se comentaba que
ni siquiera la curandera indígena traída por un gambusino de un municipio de Chihuahua,
había podido aliviar al padre de Irene, y eso que la india Agripina como
también se le conocía, sabía de yerbas, escuchaba el susurro de los muertos,
adivinaba sueños, comprendía la necesidad de los vivos y conocía de la
sugestión. Don Oscar y Eliseo se enteraron que esa persona siempre llegaba en
una mansa burra porque vivía como a dos kilómetros de la cabecera municipal y
lo mismo ayudaba al alumbramiento de un niño, o le sacaba el borriquito que traía
atravesado alguna burra; había sanado hasta a enfermos graves que doctores y
veterinarios no habían podido curar, aseguraban que sabía del padecimiento con
solo oler el sudor de la camisa o ropa que trajera puesta el enfermo. Tanta
confianza inspiraba a la gente que la llamaban para que ayudara a bien morir a
viejos sin remedio. Se sabía oraciones para difuntos. También conocieron a un
señor que dijo llamarse Santos López, vecino de La Esmeralda, vestía un saco
negro, pantalón gris sin planchar, el saco le quedaba grande, acostumbraba
usarlo en ocasiones especiales, dijo que esa ropa la guardaba bien envuelta en
unas bolsas de hule con bolitas de naftalina para que no se lo comieran los
insectos, no usaba corbata pero aun así se abotonaba la camisa hasta el cogote,
hasta eso, vestía muy adecuado al acontecimiento. No se peinaba no lo
necesitaba, tenía el pelo tan lacio y pesado que bastaba que moviera su cabeza
de un lado a otro y listo. Ese peculiar personaje, hizo llevadero el velorio
sobre todo el frío amanecer de esa noche de noviembre contando historias
increíbles, como esa donde aseguraba que su abuelo había combatido en el
ejército de Pancho Villa cuando invadieron a España, en lugar de decir que se
metieron a Columbus, Nuevo México del país vecino los que lo escuchaban a duras
penas contenían las carcajadas expansivas que provocaba. Se decía conocedor de
tantas hierbas medicinales como la misma Agripina, aunque nunca pudo explicar
para que se aplicaba la “gobernadora”,
esa marañosa planta de un verde oscuro que había en los contornos desérticos,
comentaba que sabía de unos polvos que curaban la impotencia y que ya había
sacado como catorce muelas a otro tanto número de personas que se quejaban de esa
dolencia; presumiendo, aseguraba que rezando padres nuestros y dándoles un
trago de mezcal lograba poner a los pacientes en estado hipnótico para que no
sintieran ningún dolor.
Eliseo no
entendía la tranquilidad que mostraba don Oscar que no se retiraba a descansar,
sabiendo que se tenía que ausentar de la población a las seis de la mañana
siguiente, pero no se atrevió a preguntarle sobre sus planes, dieron
las dos de la madrugada y fue cuando don Oscar le comentó que un día más no era
problema, que Vicente era un apreciable compañero y que bien valía la pena acompañarlo en
su trance. Que su próxima comisión aún no se la confirmaban y eso le serviría
de pretexto para durar otro día en Esmeralda y reportarlo como de: traslado. Esa fue otra palabra que no
entendió, pero por respeto al lugar y el momento, renunció a averiguar su
significado.
Al fin, el
cortejo fúnebre inició su marcha a las cinco de la tarde según la costumbre. Por
cierto, la travesía no era larga sino más bien corta, cuestión de treinta
minutos a paso lento, con cantos y rezos para que el Hacedor del universo le dispensara
los pecados al difunto y lo recibiera en su reino. Apolinar no dejaba de llorar
y quejarse diciendo que lo iba a echar de menos y le pedía perdón por todo. Don
Oscar no se fue. Irene dispersó una murmuración en el panteón entre las
personas que tenía cerca y regresando, a las otras que estaban en el patio de
la casa, hizo que se enteraran que su padre le había dejado la casa a ella, por
ser quien lo cuidó y atendió en sus últimos días, así nadie tendría que
reclamársela como herencia. Sus dos hermanas mayores podrían quedarse con otras
casas que había más a la orilla del poblado; su hermano con las setecientas
hectáreas de agostadero que incluía parte de unos cerros pelones al lado
poniente del poblado. Como hacía años que eran huérfanos de madre, ya no habría
quien les impusiera guardar el luto que los pobladores tenían por costumbre que
consistía en: no salir; vestir de negro, no encender el radio, no asistir a
bailes, no participar en los festejos de la iglesia, ni de la presidencia
municipal. No. Irene seguiría su vida normal, sin preocuparse por el “qué
dirán” Por el contrario, en lugar acongojarse, se sintió tranquila y relajada.
Pensó que podría inclusive aprovechar el cuarto que dejaba su padre para
convertirlo en la sala de estar y recibir visitas.
Después de cenar, se quedaron solo los familiares del
fallecido, hablando de cómo había sido su padre y agradeciendo por haberlos
criado. Irene se salió de ahí aduciendo que iba por más agua, se levantó y se
fue sin hacer ruido hacia la puerta de la casa. Vicente se levantó detrás de
ella y platicaron acerca de la herencia. Ella le informó que ya lo había
dispuesto, le explicó como lo había hecho y Vicente se regresó con sus cuñados
en santa paz. Irene por fin sola, se marchó cautelosamente. Le encantaba salir
de noche a conseguir lo que no encontraba en su casa con su bonachón, conformista,
común y rutinario marido. Fue en busca de don Oscar. Eso nadie lo sabía; tampoco
se supo cómo se habían puesto de acuerdo. Se habían citado en la casa de Teresa
hija de doña Julia casi de su misma edad. Teresa se había quedado con la casa
de un médico que vivió muchos años en La Esmeralda hasta que por fin fue llevado
por sus hijos a la capital del estado pretextando que lo querían tener cerca
para estar al pendiente de su salud. De Tere se murmuraba que aparte de hacerla
de sirvienta del médico era su amante y que éste era el papá de su hija, que por
eso le había dejado la vivienda. Esa
casa, tenía cuartos con puerta a la calle y Teresa haciéndola de Celestina, los rentaba a precio módico para
citas clandestinas de amor, o a quien andaba jugando contras como Irene y
don Oscar.
No se supo cómo, ni por qué, pero sucedió una terrible
coincidencia. Apolinar cansado de llorar y lamentar la muerte de su padre y sin
tener más alcohol que tomar, fue a La Esmeralda a la cantina de don Alfonso,
esperaba tener la suerte de que le vendiera una botella de tequila o mezcal.
Irene le llevaba como cincuenta metros de ventaja pero los dos iban con el
mismo rumbo, cuando entraron al poblado, Apolinar vio que su hermana viró a la
izquierda, él apresuró el paso y alcanzó a ver que tocaba en casa de Teresa. Don
Oscar llegó enseguida por el lado contrario, la abrazó con ternura y ella
suspiró de placer. Apolinar sabía que Teresa rentaba cuartos y para qué. La
conocía como alcahueta. Así que
esperó que su hermana y el hombre entraran totalmente, luego, se aproximó. Por un momento quedó parado enfrente, sin
saber qué hacer. De pronto, rabioso y con temeridad abrió la puerta empujando
con fiereza. Irene y don Oscar excitados por su amor carnal, estaban abrazados
y a medio desvestir. Al sentirse descubiertos, empezaron a discutir con el
inoportuno de Apolinar con tanto alboroto que Teresa y su hija de cinco años,
las dos en refajo y envueltas en sus rebozos entraron donde estaban todos. Eso
distrajo a Apolinar, circunstancia que aprovechó don Oscar para escurrirse del
lugar, salió de prisa esquivando obstáculos y sin parar llegó y se metió a la
casa del telégrafo. Después, cerró prudentemente la puerta. Irene quedó angustiada
por haber sido sorprendida engañando a su marido. Su hermano de entre su pantalón
sacó una daga y enloquecido se lanzó contra ella porque no soportaba más dolor.
Primero la muerte de su padre, ahora su hermana traicionando a su cuñado
Vicente a quien consideraba un hermano. Pero Irene ágil logró evadir su torpe
embestida y regresó despavorida a Sierra Mojada sin darse cuenta que después de
la fallida maniobra, su hermano se incrustó la daga en su pierna izquierda.
Impotente, sangrante y enardecido por el coraje optó por el suicido
incrustándose la daga en el pecho tirando a su corazón provocándose un sangrado
que no se contuvo. Tere y su hija se habían quedado paralizadas. Cuando se
repuso Teresa, ordenó a su hija que se regresara a casa y se durmiera, que ya
no saliera, ni le abriera a nadie y que no dijera nada de lo que había visto.
Acto seguido, decidió seguir a don Oscar y lo encontró por la calle. Venía
nervioso y cauteloso con una maleta a cuestas intentando huir del pueblo.
Calculaba que tendría toda la noche para avanzar. Sabía las calles que lo llevaban
a salida, al camino a Torreón, eran kilómetros y kilómetros los que separaban
ambos lugares pero no se le ocurría otra alternativa.
— ¡Pare don Oscar, por favor, le conviene! —le espetó Tere en
la cara haciéndole la seña con su mano.
— ¿Qué
quiere Tere?
—Necesito
que me ayude a sacar a Apolinar del cuarto, está muerto. Ayúdeme a llevarlo
para tirarlo allá por el arroyo lo más lejos que se pueda. Sí no me ayuda nos
vamos a meter en problemas usted y yo. Piénselo.
—Es que…
¿quién lo mató? —preguntó sorprendido.
—Nadie. Él
solo se mató, no aguantó la actitud vulgar de su hermana pero tampoco pudo matarla
con una daga. Cuando ella lo eludió, con el mismo empuje se la clavó en su
propia pierna, luego le dio por picarse el corazón y… se atinó. Está muerto. Tenemos
toda la noche para hacer lo que le digo. Nadie se enteró, solo mi hija y yo.
Por mi hija no hay problema, yo respondo, pero… ayúdeme.
—¡Hagámoslo
pues! —contestó parco, turbado y nervioso.
Partieron
de inmediato al cuarto, angustiados, sometidos a una presión excesiva y en
silencio. Eran más de las diez de la noche ya nadie había en la calle, todos a
esa hora estaban en sus casas. En el piso de ladrillo rojo había sangre, que con
las sabanas limpiaron. Luego, con las mismas y una cobija vieja envolvieron a
Apolinar, incluyendo la daga ensangrentada con la que se había quitado la vida.
Don Oscar lo cogió de la parte superior, Tere de los pies. Iban ambos con la
cara tensa, sudando a chorros por el esfuerzo, conteniendo sus pujidos, con
cierto pudor pero con mucha perversidad los dos intentaban esconder su inmoral
pecado. Lo llevaron como a sesenta metros de la casa, lo tiraron entre unos
huizaches, lo taparon con ramas de gobernadora y pirul. Y ahí quedó Apolinar
hecho un vil montón con colores y formas ausentes por falta de luces. Se
regresaron mirando a los lados, procurando no hacer ruido para que no los
vieran. La suerte les favoreció, era una noche oscura, sin luna. Nadie se
enteró de su vileza.
A don Oscar al igual que a Eliseo, Vicente les había brindado
su amistad, camaradería y hospitalidad, pero don Oscar no resistió las
disimuladas insinuaciones de la provocadora de Irene que poseía gestos
coquetos, una belleza perturbadora, caminaba bamboleando su bien formado trasero,
así que sin importarle la nobleza de su casi compañero de trabajo se había dado
tiempo y mañas para entenderse con ella, gozar y hacerla gozar. La recorrió
tranquilamente, desde su cabeza hasta la punta de sus pies, aprendiéndose de
memoria el olor de su ropa relavada y estirada con plancha de carbón, de su
ahumado cuerpo, conoció la textura de su pelo, su piel suave, sin arrugas,
incluso conoció las más recónditas y ásperas partes callosas de sus
extremidades, de sus frescos labios, su aroma caliente, sus templadas y
resistentes caderas, su vientre amplio y de su sexo sereno. En lo amatorio, él
tenía experiencia por eso de andar de pueblo en pueblo como telegrafista
ambulante. Sabía galantear y conquistar mujeres con facilidad; imponía empalago
y dulzor a sus palabras, le salían de esas frases que lo mismo sirven para
enamorar que para hacer canciones, por eso, ellas no se le resistían. Así que
con calma la inició en esa distinta para ella entrega carnal, utilizando
habilidosamente conocimientos secretos: besos, caricias, movimientos y posiciones
para uno de los más antiguos encuentros íntimos entre hombre y mujer. La
primera ocasión fue la más feliz de las noches vividas por Irene, que retozaba,
y gemía de placer como cachorra en celo sobre la cama coja de fierro con colchón relleno de
borra que les rentaba Teresa y que aún con todo lo viejo y desvencijado resistía
las embestidas de su amor.
A Irene
esos encuentros se le fueron convirtiendo en droga, a don Oscar se le mejoró el
humor y comenzó a interesarse en los pobladores y sus familias para conocer y
saber a qué atenerse y de quien cuidarse. Se dio cuenta de miserias, niños que
compartían el sueño con una perra recién parida, en otro caso vio una anciana
que batallaba para sobrevivir y que más bien desde hacía dos años con los
huesos de su espalda asomados por llagas se estaba muriendo. En el corral de
una casa vio a un pobre joven desnudo, sucio, desgraciado, idiota, babeando,
amarrado a un huizache con una soga al cuello hablando incoherencias con lenguaje
raro y golpeando incansable el suelo con sus pies y manos. Había observado el abandono
de tierras, animales y hasta de los mismos habitantes de ambas poblaciones y
decidió aportar algo como una forma de agradecer al destino el haber conocido a
Irene. Adquirió la costumbre de llevar víveres desde Torreón para regalarlos a los
seres desdichados que había encontrado, platicaba con los ancianos solos,
jugaba con los niños y llevaba a cabo otras actividades altruistas que lo
hicieron apreciado por los pilares de la comunidad.
Antes de
despedirse, Teresa le dijo a don Oscar:
—Mejor
será que no se vaya huyendo como lo estaba haciendo, le irá mejor si se va
hasta mañana en el tren como si nada hubiera hecho; de lo contrario, dará mucho
de qué hablar y al final se va a echar la soga al cuello.
Se puede
resumir que lo orientó ladinamente.
—Gracias,
por el consejo Tere, se lo agradezco y mire por favor tome este dinero como una
muestra de mi agradecimiento por sus servicios.
—No hace
falta —lo atajó—, mejor dejemos así este funesto y desagradable asunto en el
que estamos los dos metidos y, le pido se lo lleve como un secreto… hasta la
tumba, que yo haré lo mismo.
Después
se regresó al telégrafo. Eliseo dormía a pausas debido a la novedosa situación que
estaba viviendo. Medio se incorporó y volteó hacia la puerta tan solo para
confirmar que se trataba de don Oscar, y sin verlo de frente, atrevido le
preguntó que a dónde había ido y nada más. Esperó respuesta sin levantarse. Don
Oscar mintió diciéndole que había salido a despedirse de una dama que había
conocido durante su estancia; que se trataba de una persona que se daba el
status de “señorita” y que por lo mismo tenía que frecuentarla a escondidas
para guardar las apariencias y agregó el comentario de que partiría por la
mañana, hasta le pidió de favor, que si lo veía dormido y que si calculaba que
se le hacía tarde, lo despertara a eso de las cinco. A escondidas Eliseo esbozó
una cómplice y socarrona sonrisa y sin más, en eso quedaron.
Dos días
después de la partida de don Oscar, don Mario un vecino viejuco, melifluo,
pesimista e insociable del lugar que vivía solo y que había salido para hacer del cuerpo y a recoger leña
al arroyo, encontró el cadáver insepulto de Apolinar contaminando el ambiente,
importunando narices con su carne putrefacta. Diferentes clases de moscas por
cientos sobrevolaban el lugar. Cuando llevaron la mortal noticia a la familia,
aún no se terminaban de oficiar las tres misas que habían ofrecido por el
eterno descanso del suegro de Vicente. Al que por el avanzado estado de
descomposición que mostraba, decidieron enterrarlo de inmediato.
Irene
y Eliseo, se volvieron a encontrar a causa de la muerte del hermano de ella,
pero ahora sacudida en su conciencia, se portó seria, nerviosa y esquiva.
Cuando se saludaron, ella desvió su mirada pretendiendo con su confusa actitud
hacer creer a la gente y al mismo Eliseo que no le interesaba platicar, mucho
menos dar pie a una amistad más estrecha.
Además, se había impuesto un poco de tristeza y castidad intentando hacer
penitencia para que Dios perdonara a su hermano por haberse quitado la vida, por
eso solo le dijo austera y tímida:
—Buenas noches, pase.
Hizo
lo mismo cuando Eliseo se retiró del sepelio, ni siquiera le extendió la mano como cuando se
conocieron, solo emitió un inexpresivo:
—Gracias por venir, que le vaya bien. —y se evadió como si le tuviera miedo.
Se
retiró agachada, arrastrando sus zapatos, ya no quiso escuchar expresiones de
duelo ni que la consolaran. La experiencia le dictaba ¡cuidado Irene! Y no
quiso arriesgarse a que se descubrieran sus infidelidades y mentiras, a leguas
se notaba que a Irene ya no le emocionaba, ni quería saber nada de amores disimulados
por lo embarazoso y peligroso que resultaban. Ya no tenía la intención de
continuar con sus juegos prohibidos. A Eliseo
le extrañó esa actitud pero solo fugazmente, porque su mente estaba asimilando
su nuevo rol social dentro de las dos comunidades. Fue diferente el
comportamiento de la dama que lo había deslumbrado y a quien había empezado a
admirar desde que la vio por primera vez. Con esa nueva apariencia, nada
permitía suponer de sus clandestinos, apasionados y eróticos encuentros con don
Oscar. Además, se le evaporó la
intensión de cautivar y atrapar con su porte pueblerino, de exótica y exquisita
elegancia, las emociones del nuevo telegrafista. No quiso abusar de su hábil
corazón para enamorarse, para superar los desamores y los odiosos adioses, prefirió
reprimirlo para no a dar aliento a nuevas ilusiones.
La
policía (dos que eran) no se tomaron la molestia de investigar las causas de lo
que supusieron como un suicidio. Tampoco se dieron cuenta que había muerto en
el negocio deshonesto de Teresa. Pasaron los días y todo volvió a la
normalidad. Teresa le adjudicaba el milagro a la Virgen de Guadalupe a quien le
había rezado “Ayúdame a salir de este
embrollo, si me ayudas soy capaz de cualquier cosa”. Y así fue que a Eliseo
se le modificó el destino sin que se diera cuenta, se desvanecieron las
oportunidades encontrarse con ella, cortejarla, para contarle a Irene sus penas,
sueños, planes, tristezas y alegrías. Los acontecimientos valieron para que se
cumpliera la promesa de Eliseo hecha a su madre de sustituir sus censurables
actitudes por otras decentes, que no afectaran la moral y las buenas costumbres.
Transcurridos
los días y durante el año que duró su estancia en el lugar, Eliseo se relacionó
con todo tipo de personas incluyendo a Teresa, que ocasionalmente lo visitaba para
sutilmente preguntarle por don Oscar. Eliseo por su parte, para no pecar de
indiscreto respondía que no sabía de él, y se quedó con la sospecha de que era
con ella con quien don Oscar había tenido el clandestino romance.
* * * *
Como don Oscar
telegráficamente no recibió noticia acerca de su nueva comisión, personalmente se
presentó con su superior que estaba en Torreón y aduciendo motivos personales solicitó
que lo comisionara en alguna oficina del área de La Laguna, Matamoros,
Francisco I. Madero, Viesca, Lerdo o alguna otra de la zona urbana. Tenía un
hijo con excedido síndrome Down de mirada extraviada, sin memoria, sin pasado,
ni presente, ni futuro. Sobrevivía porque le dedicaban mucho tiempo y le
servían en todo. Su recámara, un pequeño
patio y un baño era para él todo su mundo, Laurencio que así se llamaba, era un
ser miserable, pálido, indefenso, de pelo lacio, pequeños y asiáticos ojos, obeso
cuerpo, incipiente bigote, dientes atrofiados por la falta de aseo, a sus
catorce años medía un metro cuarenta y
cinco centímetros de estatura, la evolución de su enfermedad había hecho que su
audición y visión se deterioraran; su obesidad incrementaba sus problemas
cardiovasculares, su realidad era escasa y su nivel espiritual nulo. Además,
requería periódica revisión médica. Otilia esposa de don Oscar de tanto brindarle
atención, estaba contagiada, ya no prestaba mucha atención a su aseo personal,
olía a orines y a excrementos, las formas de su cuerpo habían decrecido hasta
convertirse en indefinidas, su salud se había debilitado y una cola de caballo
se había convertido en su eterno peinado. A Don Oscar esa situación le
provocaba remordimiento y atribuía su desgracia a su innoble conducta. Por eso,
arrepentido resolvió quedarse en Torreón, se propuso atenderlos personalmente.
Su Jefe inmediato no pudo o no quiso favorecer su solicitud. Al no tener
opción, presentó su renuncia, reclamó sus derechos económicos y con los treinta
y dos mil pesos que obtuvo, organizó su propio taller mecánico en el patio de
su casa que daba a la calle posterior, olvidándose por completo de las oficinas
de telégrafos, de las andanzas, aventuras anecdóticas, y otros capítulos de su
vida que por ese trabajo había tenido; rompió de tajo esos vínculos que le
crearon gozo y conflicto, ya no disfrutó del exquisito y extravagante festín
que se le brindaba por andar de un lado a otro. “Ya no soy aquél” pensaba para
sus adentros, el pasado quedaba atrás.
* * * *
Irene sufrió severas
crisis depresivas durante las semanas posteriores motivadas por las muertes de
su padre, hermano y la ausencia de don Oscar, por casi tres meses distrajo su cuidado
personal. Anduvo cabizbaja, melancólica, descorazonada, adelgazó, se cortó el pelo y caminaba como
sonámbula ataviada con ropa sin planchar y hasta algo sucia. Sin embargo, con
su carácter intenso y valiente poco a poco fue superando esos malos momentos, que
no le alcanzaron a destruir la frescura de su cuerpo, ni la hizo perder sus naturales
modales elegantes. Ya no volvió a buscar amores furtivos, ni permitió que su recato
se corrompiera. Se resignó a convivir con su esposo al que fue iniciando,
enseñando y cautivando con entusiasmo en los encuentros íntimos con las habilidades
eróticas y sensuales aprendidas de don Oscar, esperando que Vicente le
devolviera el deleite compartido como lo hacía su amante. Ese detalle hizo que
Vicente emocionado por las novedades amatorias ansiara las noches junto a ella. Él por falta
de malicia no había conocido el desenfado del placer, pero ahora transformado
por su atrevida esposa, disfrutaba del torrente de emociones que emanaban de su
piel y que lo penetraban por cada poro hasta lo más íntimo de su ser cada que
lo hacían. Ya después, echando sus hijos por delante caminaron otra vez juntos
tomados de las manos por las calles de Sierra Mojada y La esmeralda y así, a Irene
se le fue borrando de su mente el turbulento pasado.
* * * *
Eliseo
comentó con los meritorios las peripecias que le sucedieron a su llegada. Ellos
le explicaron y revelaron parte de la vida de los personajes mencionados. Quien
le dio los bastonazos, se llamaba
Mónico, pero de cariño le decían don Moniquito y le aseguraron que había muerto
desde hacía más de tres años. En cuanto a la señora de la casa que se convirtió
de habitable a una simple casa vieja y abandonada, no supieron decirle de forma
precisa de quien se trataba. Martha comentó que su abuelo hablaba de una señora
blanca, añosa que en Sierra Mojada de forma desinteresada se hizo cargo de la
valija de cartas y de recibir por teléfono los telegramas para sus coterráneos
porque se había enamorado de un telegrafista que murió en un viaje a su tierra
natal San Fernando, Tamaulipas y que tiempo después esa señora medio loca y
sola, murió esperando el retorno de su amado. Todos con escalofriante
imaginación supusieron que tal vez esa señora había confundido a Eliseo con
aquél difunto. El matrimonio que llegó en el mismo tren que Eliseo, regresaba
de Monclova, eran Testigos de Jehová y el predicador se llamaba Marcos Mejía.
Ansberto
Rangel Pérez.