Chiqueadores

Chiqueadores

Doña Leonor sufría de migraña y a pesar de eso, siempre andaba de buen humor, se colocaba unos “chiqueadores” en sus sienes, que eran un frijol negro separado a la mitad. Según ella, eso le reducía el torturante dolor de cabeza; cuando llegaba su esposo Rufino del trabajo y luego de cenar, iba a escoger un frijol negro, grande, sano, brilloso, bien maduro, sin imperfecciones para cambiarle los chiqueadores a su esposa. Lo hacía con todo cuidado separándolo por mitad, utilizando su afilada e inseparable navaja.

            —A ver vieja, deja que te cambie los chiqueadores, me parece que esos que traes desde la mañana ya perdieron su efecto curativo, ya dieron lo que tenían que dar, ya los traes muy chupados, y han perdido su negror. Mira estos son del mejor frijol que encontré, te aseguro que se te va a quitar de plano ese dolor de cabeza —le comentaba al tiempo que la empujaba sutilmente para que se recostara en la cama y ella disimulada cedía.

            Antes, ya Rufino había pedido a sus cuatro hijos que jugaran un rato en la esquina de la calle con otros niños. Hasta las diez tienen permiso, les advertía. Después, se encerraba con ella, prendía el foco de cuarenta wats y el radio de bulbos para sintonizar la doble w. Con cuidado acercaba su boca a las sienes de Leonor, exhalaba vaho y desprendía los “chiqueadores usados”, tomaba los que había puesto en la mesita cerca de la cama, les agregaba saliva y se los pegaba justo donde él creía que estaba el centro de cada sien. Con sus dedos, finamente le rascaba la cabeza, luego los pasaba suavemente por la frente, del centro a los lados de forma horizontal y en círculo, seguía con los lóbulos de las orejas. Eso le provocaba escalofrío y algo de exhitación a doña Leonor. Con más paciencia, seguía Rufino con el cuello, sus dedos subían y bajaban, al tiempo que le pedía que respirara profundo y que exhalara despacio, esas respiraciones como por arte de magia se iban convirtiendo en gemidos afligidos. En tiempo ya llevaba como seis minutos y, prolongaba sus manoseos a los hombros, la nuca, los brazos, luego al encanto agregaba sus besos. Besaba las mismas partes e incluía las mejillas, los antebrazos, y las manos. Todo le agasajaba de forma generosa y maravillosa. El radio comenzaba a chirriar, don Rufino hacía un paréntesis para sintonizar convenientemente la estación, justo cuando empezaban los programas bonitos, los aficionados, la hora de Agustín Lara, Pedro Vargas, y otros que entonaban canciones sentimentales, apasionadas y dedicadas a la mujer. Para cuando sus labios andaban por la parte superior, sus manos ya bordeaban sus senos, su espalda, su abdomen, el ombligo. De ahí brincaba a los pies, ahora el palpamiento iba de abajo hacia arriba. Oprimía suavemente la planta de sus pies, con su índice y pulgar separaba y presionaba suave cada dedo, con ambas manos tomaba los tobillos como si friccionara la lámpara de Aladino, sus traviesas manos izaban la falda, escalaban los muslos, besaba las pantorrillas, las piernas, e inventaba juegos eróticos en las nalgas.   

       Doña Leonor jadeaba anhelante, electrizada, enardecida. Trece minutos transcurridos y Leonor ya no podía contener sus piernas que se convulsionaban y se desplazaban cada una para el lado opuesto de sí mismas, así como se apartan los pétalos de las flores para que las mariposas, abejas y colibríes se alimenten de su néctar y las fertilicen.

            —Apaga el foco, prende la vela, sube el volumen al radio, asegura bien la puerta, acuéstate aquí cerca conmigo, me voy a desnudar, ya tengo calor, estoy muy animada (eso quería decir otra cosa),  me dieron ansias, descifrado:  tengo ganas, siento fuego en la sangre, ¡date prisa, en apagármelo!

     —Le decía con palabras entrecortadas y discontinuas que le provocaba su ansiedad ofreciéndole, sus manos, su pecho, su boca, toda ella y anhelante lo atraía. 

            — ¿Y tú dolor de cabeza?  

            —¡Ay Rufino, que pregunta tan, tan…  immprudentte!… ¡de eso ya ni me acuerdooo! Con voz vehemente y fogosa protestaba y suplicaba. 

    Y él, despojándose la ropa de prisa, esbozando una ladina y libidinosa sonrisa concedía la petición.  Estertor y amor, se hicieron un mismo campanazo y el placer de la entrega causó un temblor en sus cuerpos que apasionados con tantas caricias que improvisaban se extasiaron tanto que volvían loca la razón, sus pensamientos se hicieron un vendaval. Y los niños… seguían jugando con los vecinos en la esquina de la cuadra.

            Ahora que lo reflexiono: creo que doña Leonor era más marrullera que Rufino su esposo y, que esas migrañas en lugar de malestar le causaban fascinación, por eso andaba siempre tan de buen humor y no le preocupaban. Es más, a lo mejor ni padecía esos achaques sino que era una treta que utilizaba porque sabía que en su hombre tenía un mañoso curandero para suprimirle ese y cualquier otro supuesto malestar, como el cansancio, el fastidio o el aburrimiento que le causaran la diaria rutina y por si fuera poco… 

           Rufino, dizque  se había capacitado en curarla con sus artes sexualmente embriagadoras, aunque las mitades de frijol que fijaba en las sienes de su esposa no produjeran ninguna reacción balsámica.  


Ansberto Rangel Pérez.


Entradas más populares de este blog

Cuento de mi barrio

Mis detalles finales