El Napo

EL NAPO

Lo conocí desde hace más de cincuenta años, fuimos juntos a la escuela,  en el segundo grado se sentaba delante de mí y yo veía en su cabeza el subir y bajar de los piojos. A mí me los veía el de atrás y así sucesivamente. Era plaga... Nosotros éramos muy limpios, nos bañábamos cada sábado, si acaso se nos pasaba un fin de semana pero nada más. Su nombre Jesús Mata. Después de aquella etapa, coincidimos en otras actividades. Aprendimos lento cosas de la vida porque no estudiamos más que la primaria. Pero a esta edad... ya casi estamos del otro lado. Él y yo seguimos viviendo cada quién con su cada cual. Su familia lo quiere, la mía a mí también. El amor, la honradez, el respeto, la responsabilidad, inteligencia y el sentido común aplicado a la vida es lo que nos ha sacado adelante.  
Ahora me encuentro platicando con él debajo de los portales por donde estaba un cine.

—Napo, platícame de lo que recuerdes del tiempo de antes, pero de una vez te advierto, lo voy a escribir para que todos nuestros familiares,  paisas  y amigos lo lean. ¿No te importa?

 Y me responde:

—¡No´mbre Beto me vale madre… contigo no hay fijón!

Y sin más, inicia:

—Nacimos antes de la televisión, de los lentes de contacto, la píldora anticonceptiva, nada de circuitos cerrados, radares, no había pastillas para dejar de tener familia ni se ponía uno nada en “aquellito” que sirve para hacer gente. Desde luego tampoco se usaban las tarjetas de crédito, era fácil el manejo de efectivo, tanto valían las cosas, tanto se pagaba, sobraba cambio, se lo entregaban a uno y se cerraba la transacción. ¡Así de fácil!  Ahora el que tiene dinero lo guarda en el banco para que no se lo roben.  ¿Verdad?
—Sí —le respondo.

—Ya un poco crecidos, vimos en televisión blanco y negro la llegada del hombre a la luna.

—Oye Beto ¿Por qué ya no habrán ido de nuevo? —me pregunta haciendo un paréntesis en su plática.

—Quien sabe Napo, a lo mejor nunca fueron —le contesto.

Se queda pensando poniendo los dedos de su mano derecha en su boca, y pregunta:

—¿A poco? y prosigue sin esperar mi respuesta.

—Los muchachos no nos poníamos aretes. Maricas y marimachos casi no había y los que eran, no se daban a conocer con el descaro que ahora lo hacen. Ya hasta se cambiaron el nombre para disimular, se dicen: Soy Gay y las muchachas Soy Lesbiana. ¿Verdad?

—Sí, es cierto. Había muy poquitos pero... No hay que decir nombres para herir susceptibilidades. ¿Te acuerdas quiénes eran? —le pregunto.

—Sí,  me acuerdo. Y estoy de acuerdo contigo en no decir nombres, no hace falta, además eso fue hace mucho; para que inquietar muertitos.

—Los papas y también en la escuela nos enseñaron lo que era bueno y lo que era malo y a responder como hombres por lo que hiciéramos;  a decirle a cada hombre “Señor” y a cada mujer “Señora” o “Señorita” Claro que alguna vez nos equivocamos con las que ya estaban entradas en años y no se habían casado, cuando les decíamos “Señora” ¡Vaya regañada que nos llevábamos! porque muy ufanas y hasta orgullosas nos decían “Señorita por favor, aunque se tarde más” como si uno tuviera la culpa ¿Verdad?

 —Pos sí.

—En la iglesia le inculcaban a uno los Diez Mandamientos y los Siete Sacramentos: Aquí hay que hacer un paréntesis, porque eso de “No desear la mujer de tu prójimo” ¡Ah como está cab. . . cumplir! Oye Beto ¿No se habrán equivocado al escribir ese mandamiento?

—¡A lo mejor sí Napo! —le contesto.

Me mira, sonríe y prosigue.

—Se compartía el tiempo con la familia, primos, hermanos, tíos, tías, los abuelos y hasta con los vecinos. Ahora a eso del tiempo compartido se le llama a cuando uno va a los lugares turísticos y se queda uno en condominios o cuartos de hotel donde la semana anterior se quedaron otros y cuando uno se regresa llegan otros y ahí le siguen. A los relojes se les daba cuerda cada uno o dos días, nada de numeritos luminosos, ni máquinas digitales y no había relojes despertadores. Otro asombro: ¿Quien iba a pensar que de una máquina se pudiera sacar dinero, un helado, café, alguna golosina u obtener documentos como el acta de nacimiento en algunas ciudades? No se escuchaba más que el radio común, la FM y la música estereofónica no existían. No se veía a nadie dañándose los oídos escuchando música a todo volumen con audífonos puestos en las orejas.

—Muchas cosas costaban cinco o diez centavos, como los choco milks de doña Tina que los vendía bajo los portales, ahí frente al Águila de Oro la tienda de don Lupe Ochoa, ó las gelatinas y paletas de hielo de doña Socorrito. El atole que vendían por las noches en las gradas del mercado de a cinco y de a diez centavos, Pero era mejor comprar en el mercado un diez de cacahuates porque hasta te daban pilón. ¡Ah!, y lo que recuerdo es que para uno, una golosina era una manzana, una pera o un plátano, de dulces nada más en navidad que le daban a uno colaciones.

—Al yogurt lo conocíamos como “jocoque” muy sabroso por cierto con frijolitos calientes, nada de alimentos sin grasa de esos llamados light. Se comía riquísimo. Si no había que comer en casa pues ¡Que joda! ¡Nos quedábamos con hambre! No había dinero y lo mejor: tampoco había en las tiendas porquerías que comprar. En la noche, en la tienda de Anita Loredo, se iba uno a cenar un cuartillo o medio litro de leche con pan. Nada de papas fritas o churritos de maíz en bolsas infladas. No se escuchaba lo de la comida rápida ¡No señor!  Nada de café instantáneo con azúcar simulada. Ó… ¿cómo se dice?

—Endulzante artificial.

—¡Ándale de esa!...  

—Oye Beto ya estás hablando con un lenguaje muy elevado, como la Seño Elena Torres ¿Te acuerdas?

—Sí, la recuerdo con mucha gratitud.

—¿A poco te acuerdas como les decía al “Calavera” y al “Jabonera” que se sentaban atrás; cuando querían participar de la clase sin saber? Porque ella se daba cuenta que no sabían ni madre, pero levantaban la mano y decían ¡“Seño”!, ¡“Seño”! Pregúntenos a nosotros y, muy calmada les decía “Ustedes: son sólo meras aves canoras de región glútea hipertrofiada…” y como no le entendían mejor se callaban ¿Verdad?

—Sí, así es Napo, buena memoria esa que tienes. ¿Y tú ya descubriste que quiere decir eso?

—¡Oye Beto, no jodas!, bastante hago con acordarme y luego tu quieres saber qué significa eso, hasta ahora no... ¿A poco tu sí?

—Sí, hace poco investigué para no morirme con esa duda, eso es lo mismo que decir: “Ustedes son sólo puros pájaros nalgones”.

—Oye Napo, a lo mejor todo lo que recordemos no va a caber en el espacio que le dan a mis escritos en el periódico.

—¡Pos ni modo!... que lo pongan en partes, porque yo me acuerdo de mucho y tú también, a ver que sale. ¿No crees?

—¡No, pos sí!

Y sigue, no sin antes sacar un cigarro que enciende y fuma con entusiasmo como para recordar mejor.

—No se había inventado el aire acondicionado, las lavadoras, secadoras, maquinas de escribir eléctricas, calculadoras. Las cuentas las hacíamos mentalmente ayudándonos con los dedos y si pasaba de veinte nos apoyábamos hasta con aquél... computadoras, fax, ni grabadoras. Oye ¡Que pronto pasó todo esto! Se podía comprar un carro nuevo con unos seis mil pesos. Uf. . . ¿Pero pos quién los tenía? ¡Nomás don Emigdio! —se contesta él mismo.

—Cuando nuestros papas nos decían que fuéramos por hierba, se referían a ir a cortar zacate o yerbitas frescas para los conejos, marranos, gallinas, burros, caballos y vacas que había en los corrales de las casas y no a esa clase de porquería que se fuma dizque para entrar a la onda ¿Verdad? Se hablaba poco del cáncer y, no había dengue, ni Sida.

 —Sí así es.

—¿Pero te digo que Beto? Lo más importante según yo, fue el trato que recibimos de nuestros padres. Ellos no nos ponían mucha atención porque éramos muchos en cada familia, y apenas tenían tiempo para ir a conseguir lo de la comedera para todos; trabajando desde luego. De ese modo, no nos creíamos “la gallina de los huevos de oro; no nos hicimos egoístas; nos hicimos gente responsable. Si nos equivocábamos nos daban un coscorrón, nalgadas, o una chinga con los cintos. No nos sobreprotegían; no nos solucionaban los problemas; ni nos hacían la tarea de la escuela; teníamos libertad para hacer pendejadas o más bien dicho cometer errores y así crecimos. Cuando salíamos por la noche con los amigos, si nos decían tienes que llegar a las diez, eso era y ¡no más!... Si nos pasábamos de esa hora corríamos el riesgo de quedarnos en la calle y no por eso la agarrábamos contra ellos. Nada de decirle a los papas: “¡Ya cállate!”, “¡Sí hombre, sí!” Que viene siendo lo mismo, nunca, nos atreveríamos a decirles: “que bien chingas”. Había reglas, normas, condiciones y nos las imponían sin temor a que les dijéramos que: No nos comprendían. Que no se metieran en nuestras vidas o que: “me voy de la casa”.   
          
—Obedecíamos sus encargos con la boca cerrada nada de gritar, patalear el piso o azotar la puerta con berrinchitos ¡Nada de eso! Y no nos traumamos ni necesitamos ir con el psicólogo.

—¡Oye Napo, que buena memoria tienes! —le digo.

—¡Ah!...  ¿De veras?, ¿En serio? ¿No me estas vacilando? —pregunta.
—Sí, realmente me sorprendes.  

—¿A poco?

Insiste en su incredulidad y le ratifico:

—Si Napo. ¿Por qué no me crees?                                                                                                           
—Humm. . . Pos bueno. Que bien que me lo dices, porque no me había dado cuenta.
Da otra fumada al cigarro, sonríe y se voltea para otro lado como para disfrutar disimuladamente la satisfacción de ser reconocido.

—Y nos faltó acordarnos de cuando era tiempo de calor, que en la mayoría de las casas se sacaban al sol los petates y colchones rellenos de borra para apalearlos y así quitarles las chinches; de cuando desde bien temprano en la pila de agua del pueblito, poníamos los botes de lámina desde las cinco de la mañana para acarrear agua y llevárnoslos  a eso de las nueve, apenas un viaje para la casa. De esos grifos que se volvían tacaños en tiempos de seca, tomábamos, nos lavábamos, manos, cara, y  nos aventábamos un poco en el pelo para pasarnos el peine, nada de agua purificada y ni nos enfermamos.

Y cuando hacía frio… en lugar de agua, nos peinábamos aventándole escupitajos al peine…

Ja, ja, ja. ¡Qué tiempos!


Ansberto Rangel Pérez.


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