PLÁTICAS DEL CAPITÁN OLMOS
Pláticas del Capitán Olmos
El cielo umbrío de la medianoche vuelca tinieblas por la ventana. Tieso en el sillón de cuero, apoyados los codos en su escritorio, los puños prietos en las mejillas, el ceño fruncido, con esa tensa actitud, el capitán Pablo Olmos reflexiona en la habitación de paredes encaladas y alto techumbre. Convoca recuerdos. Cercado en su despacho por planos y fotografías de la guerra que pasó, Pablo Olmos pretende escapar a su idea fija. Sabe que el infierno quedó atrás y sin embargo, aun retumba en su cabeza el silbido de las balas. El humo azul de las explosiones permanece clavado en sus ojos. El vaho de la pólvora se pegó a su nariz y ahora las tortillas y hasta el pan casero le huele a cartuchos de artillería; en concreto no puede recuperar la normalidad. Aunque luego de años de combate, de lidiar al frente de sus tropas defendiendo al gobierno, el territorio, los ideales y a la patria así le habían dicho, se le hace imposible soslayar los infortunios de la guerra. Y claro, después de asumir que a tres mil soldados se les apagó la vida en el campo de batalla, no puede retomar el cauce de su tranquilidad. No encuentra la paz verdadera, pese a haberla vitoreado por las empedradas calles de San Miguel Allende, San Diego de la Unión y San Felipe Torres Mochas.
Sí, el
capitán Olmos comentaba haber conducido un regimiento de miles de soldados a
través veredas y caminos, alentados de sonoros clarines, trompetas y a la sombra de cañones en
virtuoso silencio. Es cierto que la muchedumbre lo aplaudió con entusiasmo.
Pero el dolor colectivo que lo acompañó en otro tiempo cercano todavía, se
encarga de ponerle riendas a su felicidad. Además, le influye negativamente el
último acto que vivió en la hacienda la Quemada, porque a su orden, fue
incendiada la casa grande con gente adentro. Rememorar aquel espeluznante, pavoroso
y triste hecho no le ayuda, le hace dudar y llora... Conste que Cristina su
esposa se esfuerza por comprender sus
dificultades y aparte de infundirle aliento, se esmera en los quehaceres
domésticos: echa lumbre en el fogón, sazona los alimentos hasta alcanzar el
sabor exacto de su deleite, entibia las sabanas conyugales. Cristina es digna
esposa de un guerrero. El gobierno aclamó al capitán con laureles por la
bravura demostrada cuando combatió a los revoltosos. Bueno hasta los
embajadores de otros países habían escrito elogiosos comentarios; fue
condecorado y ascendido. La gloria, su pensión y la fama debería proporcionarle
satisfacción y reposo; pero eso no ocurre. Se le niega la suerte de una paz
interior. El encuentro con su pasado lo perturba. No da con su estrella, la tiene
en su contra. Esa misma estrella que le prodigaba energía en el fragor de las
contiendas, en las trincheras bien camufladas, en el cruce pertinaz de los
disparos... ¿O acaso, esa estrella que con su espectro mágico aplacaba los
polvos olorosos a pólvora, carne chamuscada, que le apaciguaba sus labios
sedientos y refrescaba la pila de heno, el pastizal reseco que alimentaba su
caballo, ya no existe?
No
regresó a su pueblo mientras duró la guerra. El campo y sus sembradíos, veredas
y caminos fueron el único paisaje; los
combates se adueñaron de sus días irremediablemente. Entregó sus fuerzas a la
defensa del gobierno perturbado por revoltosos revolucionarios. Pero acabó la
guerra y ahora, es preciso tomar el compromiso de su propio rescate. Como
despertando de un mal sueño, el capitán se desmorona en el sillón de cuero.
Trata de relajarse. Saca su agenda de la gaveta del escritorio, moja la pluma
en el tintero y escribe lento para que le salga una letra uniforme: “Mirar
hacia el futuro”. No es la primera vez que apunta esa frase. La tiene escrita
con insistencia en su libreta de anotaciones. Representa sus votos con el
destino, con el devenir impostergable. Aproxima el cuadernillo al quinqué.
Deletrea las palabras. Las lee con detenimiento. Relee. Analiza el tenor de la
expresión. Confía en su lucidez y tantea proyectar el futuro. Más algo falta
para dar por cumplido aquel ciclo; para cerrar el pasado. Pareciera que la
guerra le sigue sangrando por dentro, por las cicatrices indelebles que dejan
las batallas. Y el repique imaginario de los fusiles y ametralladoras lo
obsesionan... Sí, existe algo pendiente... En eso, escucha con certeza, el
aldabón de la puerta principal que estalla en la noche mansa. Una y otra vez,
madera y bronce, bronce y madera redoblan, imposible no acudir al llamado Olmos,
se incorpora con linterna en mano. Parsimoniosamente camina hasta la puerta. La
abre. No hay nadie, mirando a un lado y otro busca pero no encuentra a persona
alguna. Esta por volver adentrarse a su hogar, cuando descubre a sus pies,
junto a la puerta, un minúsculo paquete liado con mecate delgado. Se inclina.
Lo recoge. Se mantiene comedido en sus acciones. Le gana la indiferencia y no
desata el paquete que con los colores de la bandera guarda un objeto de escaso
tamaño. Lo ubica por inercia en el cajón del escritorio. Justo en el sitio
donde antes de la guerra colocaba su medalla milagrosa de la Virgen de
Guadalupe. Cuando se rompe su apatía, recuerda que apenas concluida la
revolución, él se despidió con especial afecto de un rústico líder
revolucionario de Cocula, Jalisco. Fue emotiva la despedida por el carácter
singular de la misma: a pesar de la paradoja, ambos entablaron una increíble
relación de camaradería. Javier García, había permanecido preso dentro del
cuartel. Cuando se conoció el "cese al fuego", los dos hombres
celebraron la concordia y se estrecharon efusivamente. Al desprender el abrazo,
en prueba de amistad, a modo de alianza, Olmos le ofrendó su medalla milagrosa de la Guadalupana. El sublevado,
aceptó la joya con la promesa de una retribución que por motivos desconocidos se
estaba demorando. Así entonces, la consumación del la promesa continuaba
pendiente...
A esta
altura de sus recuerdos, en medio de la atmósfera sombría que rodea su
aposento, le surge una sospecha. Decide averiguar el contenido del diminuto
envoltorio que le enviaron. Busca en el recoveco donde lo había dejado un rato
antes. Lo rescata. Corta la cinta. Rasga el papel. Libera de su estuche el
objeto. Son tres monedas de oro con el águila de frente, el valor y la fecha de
acuñación. Dentro de la caja, en simple papel blanco, van los saludos del ex
prisionero. Este detalle cortés, aparenta ser de simple formalidad. Sin
embargo, en la mirada del capitán, adquiere la significación de un símbolo:
Su
estrella fulgura en la ventana. Y para él, finaliza el último acto de la guerra
civil mexicana.
Ansberto Rangel Pérez.