La esposa y otras mujeres
La esposa y otras mujeres
Don
Miguel vivía en el callejón “De los Martires” del barrio El Pueblito y eso le
parecía poco, sentía que se asfixiaba, sobre todo cuando vanidoso con sus
pantalones nuevos regresaba de los Estados Unidos, allá por los años cincuentas,
sesentas. En ese tiempo, hombres adultos que deseaban y cumplían con unos
cuantos requisitos se contrataban en la Presidencia Municipal para irse al
norte como trabajadores agrícolas a ganar dólares.
En el barrio, se
comportaba orgulloso, engreído, y de forma insolente
trataba a su familia. Sus vecinos recibían trato presuntuoso y soberbio pero como
gente buena y noble lo toleraban. Sus actitudes eran como las de un arrogante rey.
Por las mañanas luego de desayunar, se dirigía a su esposa a gritos como para
que todos nos enteráramos.
—¡Voy a visitar a mi mamá; regreso a como las tres; a esa hora ya me
tienes preparada la comida para luego ver televisión!
En
aquél entonces, había gente que aún no
sabía que era la televisión y para los que ya lo habían descubierto era una
novedad ver que gente igual a uno se moviera, cantara y platicara dentro de una
caja plástica con una pantalla no mayor a veinte pulgadas, los más incrédulos o
curiosos con cierto temor se asomaban atrás del aparato para ver por donde se
metían esas personas; era pues un lujo de ricos. En sus constantes ausencias, Rigoberto
el hijo mayor de los seis que tenía, como de dieciséis años, era quien se
quedaba como el hombre de la casa y había heredado algunos rasgos de la
jactancia de su papá. Con los dólares
que recibían de su papá, había modificado la bicicleta tipo turismo y le quedó
como el remedo de una de carreras. Manubrios bajos, llantas delgadas y asiento
angosto. Malena su hermana que le seguía en edad, era atractiva, calculadora,
práctica y hábil, como lo demostró con los años cuando al morir su esposo no
exhibió dolor, ni vistió de luto, por el contrario, dando muestras de un
carácter recio, se arriesgó de indocumentada a buscar en los Estados Unidos el Sueño Americano y lo logró. Trabajando
con tesón, ella sola consiguió mantener y educar a sus dos hijos varones.
Don
Miguel, al salir de su casa, se paraba en la puerta y lo primero que se le veía
era su enorme barriga. Se acomodaba el sombrero, lo alisaba para hacerle punta
al frente, miraba a ambos lados del callejón. Sentía que no cabía, que era muy
poco para él. Sacaba la bicicleta, la arrimaba a la alta banqueta de la vecina
Chuya, se encaramaba y se enfilaba para la casa de su mamá. Viendo alejarse de
espaldas a ese señorón, se notaba que el asiento de la bicicleta desaparecía
entre sus dos formidables glúteos detalle que a los niños provocaba risas.
Su
mamá vivía por la calle de entrada al pueblo. Y, por aquél rumbo, una vieja grande y gorda
con senos pesados, y cuerpo de guitarra, a la que le iniciaban las canas y las
arrugas, de casi cincuenta años, que se pintaba las mejillas de rojo con papel
de china era la dueña y matrona del único congal que existía, tenía la costumbre
muy peculiar de anunciar sus eventos. Cuando iba al mercado, se ponía una falda
con crinolinas, ajustaba su cintura al extremo con un cinto, calzaba zapatos de
tacón dorado, raro en aquél tiempo, una blusa blanca o azul y algo gracioso,
usaba tobilleras de niña que apenas le alcanzaban a cubrir los tobillos de sus
pies; esa era la señal para informar a sus clientes que en el baile donde se tocaba
música norteña, vales y redovas habría prostitutas nuevas. Durante esos años
costaba trabajo recordar San Felipe sin ese legendario mujerón. En su lugar de
esparcimiento, sucedía lo que pasaba en cualquier antro, hombres que se
emborrachan y que pelean por las que creen que son las mejores hembras. Mujerzuelas
que aprenden a fingir cariño, orgasmos, estafar
hombres y a burlarse de ellos.
Don
Miguel, en una de sus frecuentes visitas a casa de su mamá, asistió a uno de
esos bailes y se relacionó con Enriqueta una damisela joven, alegre y coqueta
que le sorbió el seso; a pesar de que le advirtieron que no se atara a ella por
sus inmoralidades y desenfrenos que saltaban a la vista, mismos que no quiso
discutir con nadie, se dejó seducir por las fogosas relaciones íntimas que
tenía con ella, tanto placer le daba que ya no la quería solo como amante fugaz.
Y a los días, tomó la primera de sus atrevidas decisiones en asunto sentimental.
Eran como las seis de la tarde. Los niños jugaban en el callejón. Felipe y
Josefina sus hijos menores, al verlo, dejaron de jugar para irse a su casa. Usualmente
al llegar su papá los llamaba y les ordenaba que se metieran. Así que a los demás
chiquillos no les extrañó eso. Pero ese día, traía la bicicleta en una mano y
con la otra agarraba la de esa joven bonita, risueña y de andar gracioso a la que don Miguel
cariñosamente llamaba Queta. Eso sí era raro. Así que como no queriendo, Hilarión,
Rigoberto y Gustavo, los siguieron a prudente distancia. Llegó a la puerta de
su casa y gritando llamo a su esposa y sin soltar la mano a su amante, doña Catalina
que estaba lavando ropa salió secándose las manos en el delantal. Cuando vio a
Queta tomada de la mano de su marido, por la impresión que le causó, casi se va
de espaldas. Sus manos quedaron a su lado sin saber qué hacer. Movió la cabeza
y su trenza se meció de un lado a otro en su espalda. Con sus ojos muy abiertos
barrió a Queta de arriba abajo y con el aplomo disminuido, preguntó a Don
Miguel:
—¿Qué?.... ¿Pa qué me quieres?
—¡Mira Catalina: de hoy en delante, esta joven será la que va a ocupar tu
lugar!
Esas palabras le lanzó con cinismo, sin miramientos ni contemplaciones en
plena cara.
—Pe… pero ¿Cómo Miguel?... —aturdida y con su rostro descompuesto
cuestionó.
Su voz le había salido temblorosa y sus ojos estaban a punto soltar
lágrimas. Siguió un silencio absoluto. Los niños formaron un cuchicheo mellando
ese silencio. Queta estaba meciendo su cuerpo, tenía una sonrisa irónica pero
nada decía, se sentía triunfadora. Y continuó hablando doña Catalina porque la
respuesta no llegaba.
—¡Si tú Miguel… me juraste ante Dios que me ibas a respetar y a querer en
las buenas y en las malas por toda la
vida!
—Pos sí… pero... es que… ¡No creí que fueras a durar tanto!.. —a resoplidos, pisoteándole los sentimientos, con desfachatez le respondió
don Miguel.
Los niños no quisieron escuchar más. Se alejaron a seguir
jugando... eran apenas unos traviesos
escuincles.
Doña Catalina,
que sufrió todos sus absurdos e infidelidades, soportó la humillación y aguantó
callada porque a ella así le habían enseñado sus padres y así se lo hicieron
cumplir. Cuando fue a quejarse por del trato recibido de don Miguel, su mamá le
decía “Es tu cruz hija, es tu cruz”, “Eso te tocó”, “Tú te lo buscaste” y lo
peor, que de igual forma se lo decía el padre de la iglesia: “Es la voluntad de
Dios hija” “Te tienes que aguantar” Después que fue abandonada, con el ánimo derrumbado
regresaba donde sus hijos a cuidarlos, a lidiar con ellos, buscando la vida,
vendía enchiladas, gorditas, atole, tunas y más, porque su esposo ya no cumplió
con su responsabilidad. Tuvo que tragarse también los agudos pero disfrazados
comentarios de las vecinas de formación puritana. Su hijo mayor la ayudó,
actuando como si fuera el hombre de la casa, consiguió trabajo con: albañiles,
mecánicos, y en alfarerías. Solo tomaba de su sueldo lo indispensable para él y
daba el resto a su mamá para el sostén de sus hermanos. A Malena, tan pronto le
ofrecieron matrimonio no lo pensó dos veces e hizo su vida aparte. Tal vez
supuso que era lo mejor, seguro creyó que no tenía por qué pagar deudas que no
había contraído.
*****
A
lo largo de su vida don Miguel, se relacionó sentimentalmente en cuatro
ocasiones. Primero con doña Catalina. Ya después sin firma en libros de la iglesia
ni de la presidencia, con Enriqueta la de cascos ligeros y meneos coquetos, que
parecía una princesa de esas que aparecen dibujadas en cuentos antiguos, y a la
que tuvo que dejar por desenfadada y codiciosa. Le exigía prendas de vestir
caras, zapatos cada ocho días, comidas en restaurante, y además por las noches,
sutilmente pero sin pudor le pedía que invitara a los amigos de ella a beber para
divertirse; a la segunda cerveza, lascivos le brillaban sus ojos y jugaba a
seducirlos, impúdica les enseñaba las piernas como cualquiera arrabalera; esa conducta
hizo a Miguel avergonzarse de sí mismo, recordó que no era la primera vez que
se encontraba en esa situación y al sentirse traicionado razonó que no había motivo
para continuar, y aunque estaba enamorado como nunca lo había estado, se separó
de ella, no quiso arriesgarse que un día le dijera que quería hacer el amor al
mismo tiempo con dos o tres; no soportaría la competencia. Le dolió hondo su
segundo fracaso, pero se sobrepuso.
Después
impulsado por la ilusión de encontrar la compañera ideal, se lanzó con la misma
urgencia tras de una señora con rostro de campesina, no fea, alta, morena, culona,
pelo negro crespo, de sonrisa lánguida, de alma diáfana, de esas que están destinadas a purificarse en
el sufrimiento y en el esfuerzo, del barrio San Miguel de nombre Ángela, de
ésta se separó porque fanático del sexo se sintió incómodo, la calificó como
mujer fatal porque tenía la enfermedad de la diabetes y le escatimaba los
encuentros íntimos, le hacía gastar en consultas médicas y medicinas, no tomó
en cuenta que ella, no era exigente, solo le pedía para tener algunas
comodidades, tampoco le importó que cocinara rico que el hogar estuviera
siempre en orden y limpio debido al afán de ella por atender sus quehaceres de
ama de casa a pesar de sus achaques; a ella no faltándole que comer le daba
poca importancia al dinero. Cuando Miguel se fue de su lado, se quedó
meditando: Fueron satisfechos nuestros
apremios del deseo, pero no hubo real encuentro, no formamos un solo espíritu,
tampoco nuestro amor fue tanto como para trastornarnos las vidas y nada sucede
por azar, por algo el destino se lo lleva, seguro eso es parte del plan que
Dios tiene para mí. Y sin defraudarse de él sino intentando justificarlo,
se convenció de que procuró de buena fe recibirla en su alma, tanto como en su
cuerpo. Eso la hacía seguir teniendo esperanza en los hombres, en la vida. Esa
señora era puro cariño, instinto, compasión y ternura, pero su enfermedad no le
daba para atender las continuas solicitudes de reproducción que le hacía don
Miguel. Mientras tanto él pensaba: Cuán divergentes eran sus caminos, evaluaba
que, en pocas cosas estaban de acuerdo, que sus intereses eran tan diferentes, él
ambicionaba mucho, ella era conformista; ni siquiera compartían planes ni
valores, no tenía paciencia para escuchar sus opiniones sobre cualquier tema
por importante o intranscendente que fuera, no le contestaba, sin saber si
porque no conocía de nada o porque de plano lo ignoraba, así que mejor dejar las cosas por la paz. Y
remataba creyendo: al fin, el mundo tiene una fuente inagotable de mujeres para
mí, y así sin más, se separó de ella.
Buscando, siempre buscando, esperando
encontrar la mujer perfecta, en otra agotadora persecución se relacionó con
Cristina ranchera joven de piernas y brazos fuertes, vecina de San Bartolo que
lo llevo a vivir a su casa, que contaba con un gran corral donde criaba
gallinas, puercos, dos enormes pirules, una nopalera, y tres perales, y dueña
de un breve inventario de muebles. Lo había aceptado porque su esposo ya no
regresó “del norte”. Le puso como condición que le ayudara con actividades de
la casa y que colaborara para mantener a sus tres chiquillos inquietos y traviesos
que le había dejado el marido desertor. Como una maldición, a don Miguel se le manifestó
la diabetes por su mala alimentación, o algún disgusto que le ha de haber hecho
pasar el hijo mayor de Cristina, cabrón mozalbete era de sentimientos
encontrados, perversos, inmorales y peleonero.
Esa
enfermedad perruna muy pronto lo llevó a estar, flaco, débil con cansancio
perenne, se le infectaron los dedos de su pie izquierdo porque al sentir ardor
y dolor profundo se los rascaba con sus manos sin lavar hasta sangrárselos, su
falta de erección le causó problemas de intimidad, su vista empezó a reducirse
y quedó en la nada, éstos y otros muchos síntomas lo llevaron a depender
totalmente de su compañera. Ella lo toleró al inicio por interés, pero como ya
no obtenía beneficio alguno porque ya no trabajaba como alfarero que era, no
aportaba nada a la casa y en cuanto al trato carnal, solo le estorbaba: Así
que, tomó la determinación de deshacerse de él, sin remordimientos porque según
ella, había hecho lo suficiente como para no sentirse incómoda por culpa
alguna, por año y medio, había insistido en su curación hasta que se convenció
que don Miguel ya no se iba a recuperar. Le había hecho y dado todos los
remedios caseros que le habían recomendado familiares y conocidos, desesperada
se atrevió a llevarlo con una curandera que según su vecina Agustina, era muy
buena para la hechicería blanca y negra, pero al parecer sus pócimas no
funcionaron y lo único para lo que había servido era para sacarle dinero con
cualquier pretexto y engaño; los doctores tampoco le recetaron medicina que le
alejara la enfermedad, así que lo llevó con doña Catalina y le dijo:
—Aquí le traigo a su
viejo “tiene azúcar “Y ansina no lo
quiero, a mí no me sabe dulce, ni sirve para nada. Ahí se lo dejo —dio media vuelta y se alejó de
prisa, sin darle oportunidad a don Miguel que la atajara.
Doña Catalina había
evolucionado, ahora era señora madura, compacta, morena y con pecho enérgico. Lo
vio, lo ignoró y sin consideración, como si no hubiera ocurrido nada, como si
fuera una broma de niños tocando puertas, cerró dejando en el limbo a don
Miguel que hasta esa hora se enteró dónde estaba, porque aunque ya casi no veía
sospecho donde se encontraba. Quedó esperando… algo, pero nada sucedía, no
había nadie en el callejón, los niños en la escuela, los señores en sus
trabajos, las señoras en sus quehaceres cotidianos, solo el viento de marzo le
sacudía su asfixia y su fatiga, su cuerpo ya no daba más, hasta el alma se le
empezaba a consumir. Doña Cuca la vecina, salió de su casa abstraída en sus
pensamientos, no advirtió la presencia de don Miguel en el callejón, se dirigió
al mercado a comprar cosas para la comida, sus hijos: José se había ido a la
alfarería y María a la tienda de los Guzmán donde trabajaba como dependienta. Eso fue como a las diez de la mañana aún no se
terminaba el invierno, sintió don Miguel el viento frio en su cara, en su
espalda, en sus manos y con dificultad apoyándose en su bastón hecho de palo de
escoba con un muñón confeccionado de trapos para que no le lastimara la mano, y
aguantándose el dolor que se le reflejaba en su cara por su pié infectado, caminando
con apuros llegó y se replegó en la pared de enfrente para recibir los rayos
del sol.
Don Miguel aquél
señorón altivo, orgulloso que se creía el rey del mundo cuando estaba lleno de
vida, ahora estaba ahí sentado en el suelo, flaco, descolorido, con sus manos
crispadas por la impotencia, enfermo, ciego y sin dignidad. No había utilizado
la experiencia de las convivencias con su esposa y otras mujeres como para
utilizarla en su favor, no fue capaz de entender que en el amor los dos se
abren, se admiten, se rinden, que el amor es música y que el sexo es solo instrumento.
Por eso sus relaciones fueron rabiosas y fugaces, su arrogancia no le dio
oportunidad de rendirse ante ninguna; no las toleró ni las aceptó del todo.
Nunca supo prestar oídos al amor ni reconoció las virtudes de Ángela por el
contrario, a ella echaba la culpa de su enfermedad.
Se dormía a ratos. De
cuando en cuando levantaba su cara y aunque no veía la movía a los lados, para
otear con sus orejas sonidos, susurros pero nadie había que lo auxiliara, la suerte
de estar solo le sirvió para mojar los adobes de la pared orinándolos una y
otra vez, luego se volvía dejar caer para quedar sentado en espera de... nada. Decadente
ni se le ocurría pensar algo respecto a su futuro. A su regreso del mercado, doña
Cuca, lo vio pero no se acercó; desde la ventana de su casa detenidamente
examinó la situación en que se encontraba y de la que tenía antecedentes. Haciendo un buen
calculo acerca de cómo se sentía don Miguel, se acomidió a llevarle una jarra
de agua y tres tacos de frijoles con queso y un chile verde. Don Miguel preguntó quién era la acomedida y
bondadosa mujer, y ella con palabras claras y acercándose a sus oídos se identificó,
luego fue a llamar a Natividad otra de las vecinas a quien le dio cuenta de lo
sucedido, pero ninguna de las dos se atrevió a tocarle la casa a doña Catalina
para sugerirle que le diera alojamiento. Optaron por preguntarle a don Miguel
si se le ofrecía alguna otra cosa. “Una silla les pidió” Le llevaron una bajita
pero ancha, de madera, con respaldo y asiento de tule tejido, lo ayudaron a
sentarse y ahí lo dejaron, para que esperara a sus hijos.
Más tarde llegaron Rigoberto
y Malena. Luego que Emiliano otro de los hijos enviado por doña Catalina les
fue a avisar. Al llegar vieron a su papá que estaba ahí en la pared de enfrente
y antes de hablar con él, entraron a la casa. Adentro, por doña Catalina fueron
enterados de lo ocurrido; les hizo saber que ella sentía un fastidio profundo
por la idea de volver con él y que así como estaban las cosas sin él desde
luego, era completamente feliz. Aun así, finalmente llegaron a razonamientos
lógicos basados en la misericordia, buenas costumbres y el temor a Dios. Y
recordando el mandato bíblico de honrar a padre y madre acordaron darle cobijo.
Malena y Rigoberto salieron por él, lo levantaron tomándolo de los brazos y lo
metieron a la casa corrompiendo el ambiente con la hediondez de su papá,
Emiliano se acomidió a meter la silla, sin preguntar si se la habían regalado o
prestado. En el cuarto del fondo le acondicionaron de forma austera un lugar y ahí
estuvo durmiendo y languideciendo el resto de sus días en un catre, una jarra
con agua, un vaso en un viejo buro, y una bacinica abajo para sus necesidades.
Uno que otro día lo sacaban y ahí sentado en su silla ejercitaba sus manos; por
la gangrena hubo necesidad de amputarle la pierna izquierda. Sus ojos agotados
dejaron de ver definitivamente, eso hacía más aburridas sus horas, un sombrero
de ala ancha le atajaba el sol, su barba crecida, no bañado en días, un
pantalón color caqui una camisa verde con blanco y un huarache en su pie
derecho, su jarra de agua tapada con un vaso de vidrio, era su estampa; olía a
orines por eso los vecinos lo saludaban de lejos sin detenerse.
*****
Un día, para
saludarlo se le acercó Tito vecino del callejón, recién llegado de los Estados
Unidos y se generó el siguiente dialogo.
—¡Buenas tardes ¿Cómo
está don Miguel?!
—Buenas tardes ¿Quién
eres?
—Soy Tito hijo de doña
Andrea su vecina de toda la vida. ¿Se acuerda de mí?
—Ah… Pos ya que lo
dices… sí, sí me acuerdo. ¿Cuándo llegaste? ¿Qué andas haciendo?
—Llegué ayer, vine a
visitar a mis papás. ¿Cómo se siente?, ¿Qué le pasa?
—Pos aquí… mírame,
¡Todo jodido! Ya no miro bien quién llega ni quién se va, ya no sirvo más que
para estorbar y dar lata. ¡Y yo que me creía
el Rey del Mundo! Ahora nomás espero el día de mi sepultura… Ya no tarda. A ver
si tienes tiempo de acompañarme al panteón, si no... De perdido avientas pa´
allá arriba unas oraciones por mí —Tito lo escuchaba atento—. Ahora me doy
cuenta de lo cortita que es la vida… y como tengo tiempo para pensar, hasta me
pregunto: ¿por qué ha sido tan prolongada mi muerte? —y sin esperar respuesta agregó—: Porque si ya
no puedo ayudarme ni yo mismo… me morí desde hace tiempo ¿Verdad? O ¿Tu cómo
ves?
Esa expresión
le había salido muy espontánea, como si ya hubiera comprendido que era el
principio de su fin. En sus vigilias no olvidaba la idea de morir. Sabía que no
había más que hacer, ya le habían suministrado todo tipo de caprichosas
píldoras, pastillas, chochitos homeopáticos y le habían realizado al menos ocho
remedios caseros sin resultado positivo.
Verlo ahí con su
cuerpo cansado, con su fortaleza evaporada, marchitado, harapiento, apestando
con sus olores viciados; a quien sus fantasías le habían quedado reducidas a
cenizas, convertido en un anciano inofensivo, sin ambiciones ni futuro, con la
muerte en su presente, dicho por él mismo; luego de recordarlo en sus mieles, en
sus días de gloria con su risa estruendosa, hablando alucinado de la bella vida
y de lo bien que se la pasaba, parloteando siempre de planes, esperanzas y
más... con esa aglomeración de recuerdos y sentimientos a Tito se le trabo la lengua
y se le hizo un nudo en su garganta, no pudo contestar ni comentar nada, solo
le estrechó la mano, le palmeo la espalda y se alejó discreto haciendo mutis
para no interrumpir su reposo ni a la muerte que ya venía en su dirección.
Después de su fallecimiento,
doña Cuca que en secreto estuvo siempre enamorada de don Miguel, comentaba a
las vecinas que el día que murió, doña Catalina estaba sentada en una silla
afuera de su casa muy quitada de la pena comiendo cacahuates y naranjas; que cuando
le había preguntado si no había ido al sepelio de don Miguel, le respondió que no,
que ella les había dicho a sus muchachos: “Vayan
a enterrarlo ustedes que son sus hijos. Yo… lo conocí en un baile; luego me lo
impusieron de marido, dizque porque era muy bueno... Bueno de cabrón”... Y
que se había quedado tan tranquila ignorando el episodio como lo hizo cuando se
lo trajo de regreso su tercera concubina de quien desconocía hasta su nombre. Y
de su juicio doña Cuca agregó que seguramente se había expresado de ese modo al
recordar las penurias que por su culpa había pasado; los dolores de cabeza que
le había causado y el peso del vacío sentimental que le había dejado con su
infidelidad.
Ansberto
Rangel Pérez.