Habíamos ido a nadar


Habíamos ido a nadar

Salimos a las cinco de la escuela, nos pusimos de acuerdo para ir a nadar al Estanque de Don Quirino que estaba antes de llegar al panteón municipal, Pepe, Pablo, Beto hijo de doña Juanita y don Pedro el del Telégrafo, Inés, Margarito, Chive, el cabrón de Filomeno y otros del barrio y de la camada como de entre ocho y diez años de edad.

Yo me había quedado solo, mis amigos ya se habían ido a sus casas, el sol ya no estaba pero había luna llena, al principio a eso me atuve, pero llegaron las nubes y la noche obscureció, mi mente se llenó de miedo y comencé a imaginarme cosas. Sentí más miedo porque no encontraba mis pantalones ni mi camisa y ya quería regresar. Al parecer mi ropa no estaba, sentí terror, seguí buscando a tientas pero fue inútil, escuché sonidos raros, que suponía salían de seres de la noche. 

Tembloroso intentaba gritar pero no me salía nada, mi garganta estaba bloqueada, el terror me impedía emitir sonido alguno, permanecí agarrado del árbol del que nos tirábamos al estanque, cerré los ojos, me quedé inmóvil como estatua, sentía que alguien me observaba. Hasta mi llegaba un hedor como de muerto, mi lengua se llenó de un sabor a cobre; entre las sombras del bordo observé una silueta que se movía, no era persona tampoco animal sino más bien la fusión de ambos y por sus movimientos me di cuenta que se dirigía a mí. Me replegué lo más que pude al árbol tratando de desaparecerme o de que al menos me confundiera con el mismo árbol, contuve la respiración, intenté parar el temblor de  mi cuerpo, mentalmente pedía que esa “cosa” pasara de largo, que no me viera. Y cuando pasaba a mi lado noté que sus ojos estaban en blanco como de estatua, sus pasos eran lentos, inseguros, batallaba para avanzar, sus patas delanteras arrastraban la parte trasera de su cuerpo que se movía como gusano, iba dejando un olor repulsivo que calaba en mi nariz, su cara ancha, barbilla estrecha, los pómulos hundidos y sus manos flacas,  sus dedos como dagas. No se sabía si era hombre, hembra o macho; algo coronaba su cabeza y debajo de su barbilla se veían unos pelos blancos que salían, dándole un aspecto de viejo. Tenía otras matas de pelo saliéndole de las orejas, vestía una como túnica que le llegaba a la cintura de color gris con negro y unos círculos blancos que resplandecían; a cada paso de su boca salía un sonido como gemido ronco, tenía una presencia temible, intimidante y seguía adelante con un esfuerzo que yo calificaba como sobrehumano, parecía que la tierra se movía a sus pies. En la barbilla y en la parte de la ropa que le cubría el pecho había mucosidad y manchas de humedad, por el olor nauseabundo que percibía de “eso” hice arcadas hasta casi llegar al vomito pero conteniéndome al máximo para no hacer ruido para no delatarme.

Cuando “aquello” se había alejado como ocho metros, mi pecho comenzó a calmarse igual que el dolor que me producía estar fuertemente aferrado al árbol, me sentía cansado, bajé mis brazos, giré mi cuerpo y me recargue de espaldas sin dejar de ver aquello que se alejaba, que había salido de... no supe, pero supongo que del mismo estanque. La gente decía que ahí lavaban los huesos de los difuntos y acordarme de eso incrementó mí pavor.

Nosotros no creíamos eso o no lo queríamos creer porque ese estanque era el preferido de muchos del barrio para irnos a nadar luego que las lluvias de mayo lo llenaban hasta el tope.

Mis pensamientos se volvieron extraños y comencé a imaginarme siluetas de muertos sin carne, con ropas raídas, flores marchitas, de sus manos colgaban rosarios y velas desgastadas, sonaban sus dientes sin encías; en sus cabezas unos cuantos pelos en desorden. Se me querían salir las lagrimas cuando sentí que mi ilusión se convertía en realidad, vi que un cadáver haciendo craqsh, craqsh, craqsh. De pronto avanzaba a desesperados saltitos, una mano completa y la otra a la mitad, me dio  escalofrío, se me puso la piel de gallina, las ramas de los pirules y mezquites se movían como si se rieran con malicia. Yo no podía huir, espinas herían mis pies descalzos, mis piernas estaban débiles, había nadado toda la tarde, tenía miedo, mucho miedo, mi pensamiento escalando había llegado a la cúspide de lo sobrenatural, ya no soportaba más daño, sentía espasmos en mi mente, quería que la noche terminara para mí. No pude más.

Enloquecido y asqueado me lancé al estanque, mi pómulo derecho golpeo una piedra y. . .

Al día siguiente, El papá, la mamá de Margarito, Silvestre Rodríguez, Filomeno, Beto y Pablo Camacho acompañados de la maestra Guadalupe Acosta, lo fueron a buscar y encontraron lo encontraron flotando boca abajo, supusieron que era él ¿Quién más? El ambiente se torno tenso, los burros y las vacas se negaban a acercarse a beber agua. Él no se había querido regresar con todos a pesar de que le insistimos que lo hiciera, cuando lo voltearon tenía una mancha morada casi negra cerca de de su ojo y en su rostro un rictus de espanto, los dedos de sus manos y pies arrugados por tanto estar en el agua. Su calzón que era blanco ahora tenía un tono gris claro y estaba a media nalga.

Decía la gente del pueblo, de mi pueblo San Felipe Torres Mochas, que de la misma extraña forma en ese estanque, se habían ahogado más de quince personas, pero nosotros no lo sabíamos aún, éramos apenas unos niños juguetones, arriesgados e inexpertos.




Ansberto Rangel Pérez.

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