La Zarca Trinidad
La Zarca Trinidad
Cuando el
pueblo era chico y todos nos conocíamos. La Zarca, vivía allá por las Nueve
Esquinas del barrio de Esquipulitas.
Le decíamos La Zarca Trinidad, por lo azúl de sus ojos, delgadita, no pesaba ni
cincuenta kilos, ya tenía más de ochenta años, caminaba encorvada apoyada en
dos bastones, y mirando la mayoría de las veces al suelo, solo de cuando en
cuando veía hacia adelante para estar segura que iba rumbo a su destino. Vestía
una falda negra que por delante casi tocaba los dedos de sus pies, una blusa
blanca de tela desgatada, bordada con flores de colores, abotonada hasta la
garganta y un rosario colgando de su cuello. Batallaba mucho para caminar. A
diario iba al mercado para comprar cosas que necesitaba en su casa para hacerse
de comer darle a sus cóconos y gallinas y de paso visitar a su hija María que
vivía en el barrio El Pueblito.
Cuando llegaba al mercado, luego de lidiar con el empedrado de la calle, se
dirigía al local de don Jesús Hernández, que estaba a mano izquierda entrando
por la calle Madero. Don Jesús vendía verdura pero principalmente fruta. La
saludaba atento como era él.
—Buenos
días Zarquita ¿Cómo amaneció?
—Buenos
los tengas Jesusito, yo como siempre con mis achaques ¡pero aquí sigo…! ¡Terca
que soy! —respondió y enseguida preguntó:
—¿A
cómo está el jitomate?
—A
cuarenta el kilo, Zarquita ¿cuántos va a querer?
—¡Ay
Jesusito, pos… ¿cuántos he de querer? si sabes que soy sola, véndeme un poco,
que no pase de un diez.
Eso
le contestaba en un tono cansado y desfallecido. Ella lo conocía desde que don
Jesús era un niño. Y mientras La Zarca Trinidad, sacaba y desanudaba un pequeño
pañuelo blanco donde traía sus centavos, don Jesús le preparaba el pedido. En
un cono de papel periódico y ya sin preguntarle, le ponía jitomates, chiles,
una cebolla grande, dos aguacates, dos zanahorias y poquito cilantro.
—Aquí
tiene Zarquita.
—A
ver, a ver, ¿qué me diste Jesusito?
la
Zarca tomaba el cono y lo revisaba, al tiempo que extendía su mano derecha para
entregarle a don Jesús un veinte grande de cobre y éste, del cajón donde tenía
el dinero de su venta, le devolvía tres monedas de a cinco… de cambio.
Ese
señor, tenía Corazón de Oro. No
estaba ganando dinero con esa venta, se estaba comprando el cielo en abonos con
esas acciones, ¿Para qué quería más? Y
lo hacía nomás así, porque sí. Quien sabe quién le habrá enseñado esa manera de
ser. Quizá lo leyó en la Biblia o alguien le dijo que era bueno eso de “Ayudar a los pobres y dar de comer al
hambriento” El cuerpo de la longeva
trinidad, alojaba toda una vida y el corazón de don Jesús, con acciones como
esa, lo acariciaba.
A
ella, no le gustaba que le dijeran Zarca,
menos en son de burla y eso era lo que hacíamos los niños de aquél entonces, le
gritábamos de cerca ¡Zarca!, ¡Zarca! ¡Zarca!, impacientada nos lanzaba
bastonazos que se perdían en la nada porque nunca nos llegaban al cuerpo, nos
alejábamos de prisa sin dejar de reír, seguros de que no nos iba a alcanzar por
su problema con la columna vertebral que un día se le quebró y nunca se la
arreglaron; cosas de antes, de la osteoporosis. Su cara toda surcada por
arrugas, nariz pequeña y recta; blanca, de poco pelo y, ya blanco, muy blanco
que le quedaba, la hacía verse bonita, es decir, era una anciana encantadora.
Con irritación y como para desquitarse, nos decía a gritos:
—¡Muchachos de porra, latosos! ¡Como los veo
me vi, como me ven se verán!
La
mañana de ese día no había pasado a visitar a su hija, y en el resto del día tampoco
lo hizo, cosa que extraño a doña María, y ya tarde, casi de noche, María fue a buscarla,
sentía una corazonada, mejor dicho un mal presentimiento; le dio mala espina que no haya ido a verla,
así que se dio tiempo y casi oscureciendo, se encaminó a donde su madre vivía
para saber que le había sucedido.
María,
estaba casada con don Catarino; entre ambos tenían tres hijos Eulogio,
(Ulogio), Santiago (Chago) y Eligio (Ligio), muchachos demasiado inquietos,
traviesos, escandalosos, bromistas, rebeldes, alegres, astutos y maliciosos. Su
actividad principal era la compra de ganado que su padre les enseñó pero, ellos habían hecho la actividad exitosa
gracias a sus habilidades y timos en la compra y venta. En un camión de redilas
con un letrero en la defensa trasera que decía “Solo muertas no compramos” iban
de rancho en rancho. Les gustaba ir a la hacienda de El Cubo, porque ahí un
señor de avanzada edad era quien la administraba y de él se aprovechaban. Iban
directo donde los animales pastaban, los correteaban hasta cansarlos, luego los
echaban a un estanque, cuando los animales salían se ponían temblorosos, tanto
por lo agitado de la carrera como por el cambio de temperatura, le hablaban a
don Esteban para que viera que esos animales estaban ya enfermos, engañosamente
le hacían creer que tenían una enfermedad rara que los había enfebrecido, don
Esteban, preocupado por lo que oía, les decía: Échenlos al camión, ahí me dan algo por ellas! De esa forma
compraban a precio de necesidad y su margen de ganancia siempre era de más de
trescientos por ciento con lo que aseguraban el pan en sus casas por al menos
dos semanas ya que se llevaban el camión repleto de animales.
Cuando
María llegó a casa de su mamá, ni siquiera tocó la puerta, sólo empujó. La
Zarca no la cerraba, no hacía falta, la gente de antes era honrada y noble, ¿a
quién se le podría ocurrir robar a esa pobre viejecita? A nadie. Al contrario,
la visitaban para llevarle un taco, o para ver que se le ofrecía, para platicar
con ella, o para pedirle consejo.
—¡Mama!,
¡Mama! ¿´On ´Tá? —llegó preguntando María.
No
tuvo respuesta. Sólo se escuchaban las gallinas cacaraqueando y el ruido de sus
aleteos que hacían para acomodarse a dormir en las ramas de un viejo huizache
que estaba en el corral. Entró a la cocina y no la encontró. Estaban sobre la
mesa las cosas que había comprado en el mercado, el fogón apagado, nadie
respondía, ahí adentro, todo era silencio; se siguió al cuarto donde sabía que su
mamá dormía y ahí la encontró en posición fetal, haciendo un pequeño montón en
la cama, cubierta por una sabana y una cobija de lana, sin hacer ruido como si
estuviera dormida. Se acercó María, la movió suavemente y preguntó:
—Mama,
mama, ¿´tá usté dormida? —no hubo respuesta, e insistió.
—Mama,
mama, despierte… pos… ¿qué tiene? —y continuó el silencio.
Le
descubrió la cara y se sobresaltó al verla pálida, demacrada con los ojos
cerrados. El corazón de María comenzó a latir más de prisa. Abrió sus ojos más
de lo normal, se le salieron las lágrimas; al tocar la cara de su mamá, la
sintió fría, al mover el cuerpo lo sintió tieso y ya con sus ojos llenos de
lagrimas la continuó revisando con desesperación e impotencia, hasta que se
convenció de que su mamá estaba muerta. Volteo sin querer a la pared donde
estaba un cuadro del Sagrado Corazón de Jesús, una repisa con una polvosa servilleta
bordada con estambres de colores y una veladora terminada, desparramada en un
vaso humeado, se persignó y entre sollozos rezo un Padre Nuestro y una Ave
María, ahí estuvo un rato sin saber que hacer, sin reaccionar del todo, hasta
que se le ocurrió salir a pedir ayuda y contar lo sucedido; tocó la puerta de
la casa de Aurelia Rodríguez que vivía enseguida, le avisó lo de su mamá, fue a
la tienda de don Víctor, hermano de doña Aurelia e hizo lo mismo. Además, les
pidió que dieran la noticia al resto de los vecinos y ella se siguió hasta su
casa para avisarle a su esposo. Después, ambos fueron a las casas de sus hijos.
Chago que era el más chico de los tres y estaba recién casado y era el que
vivía más cerca; así que primero fueron con él, pero éste, no respondía a los
toquidos de puerta, hasta dentro de un rato.
—¿Quén es? ¿Qué quere? —desde adentro preguntó Chago con
voz amodorrada.
—¡Soy yo, tu mama…, abre
pronto!
Pero Chago no abrió la
puerta, sino que siguió con preguntas.
—¿Pa´ qué me quere? ¿Qué
hice? ¡Ya es muy noche! ¡Deje dormir!
—¡Se murió tu aguela
Chago! Allá está en su casa, la encontré
en su cama ya sin moverse. Vamos pa´ que me ayudes.
—¡¿A qué mama?!... ¡ya es
muy tarde! mañana la vemos y la enterramos, orita deje dormir, ¡váyase!
—¡No seas ingrato, tanto
que te quería mi’jo, vamos pa´ ver que se hace! —le habló con voz llorosa.
Y sólo así lo conmovió. Sin
abrir, Chago le contestó:
—Ta´ gueno mama, orita
voy a casa de guela, pero también
dígales a mis hermanos que vayan, allá nos vemos —grito enfadado.
María se limpió sus lágrimas,
se aventó al hombro izquierdo la punta del reboso y mirando por donde caminaba se
fue de prisa a la casa de Eligio. Al llegar, no hubo necesidad de tocar la
puerta estaba abierta, lo encontró cenando, y llorando le contó lo sucedido.
—¡Válgame mama! uno aquí
cenando muy agusto y uste con esas malas noticias…gueno… pos…, ya veremos que
se hace mañana…
—¡¿Cuál mañana?! ¡Desnaturalizado,
mal hijo. Pos ustedes ¡¿A quén sacaron?! —le espetó en la cara el regaño—. ¡Vamos
orita!, pa´ rezarle algo, pa´ velarla, hay que conseguir la caja o hacerla pa´
enterrarla y, a ver que más… ¡pero ya, todo eso es para ahorita! —su nuera nada
dijo, sino que muy seria, los veía de reojo y disimulada siguió soplándole a la
lumbre con la que calentaba las tortillas.
—Ta gueno mama, no se
enoje, ándele échese un taquito p´al coraje y la tristeza…
—¿Cuál taquito? ¡Ni que
la fregada! ¡Allá te espero y, no te tardes! —le dijo con desesperación.
Dio media vuelta y salió pisando
fuerte para buscar a Catarino su esposo, a quien le había encargado le avisara
a Eulogio y que lo llevara con su mamá. Eulogio vivía allá por el Santuario,
pero con lo que le había pasado con Santiago y Eligio, prefirió asegurarse que Eulogio
también la acompañara. Apenas iba a media cuadra y se los encontró. Venían muy
serios; Eulogio adelante y su esposo atrás. Nomás de verlos, se dio cuenta que
también Catarino había batallado para sacarlo de su casa. Lo bueno, era que ya todos
iban rumbo a donde la Zarca Trinidad.
Llegando,
se dieron cuenta que ya los vecinos estaban ahí. Se escuchaban comentarios: “Pero si apenas ayer la vide”, “Yo la miré
que temprano iba con su bolsa al mandado, como siempre”, “no parecía tan
enferma como para morirse”, “Dios la tenga en su Santo Reino”.
Doña
Aurelia había preparado una olla grande de café, su hermano Víctor había
llegado con dos botellas de mezcal, otra señora había llevado una bolsa grande con
bolillos (pan blanco) Alguien más
llegó con un ramo de flores y unas veladoras. Otras dos señoras acomedidas,
estaban encendiendo lumbre en el fogón para lo que se pudiera ofrecer.
Los
hijos de María, Eulogio, Santiago y Eligio, contrariados, y fingiendo aflicción,
se fueron directo donde estaba la Zarca Trinidad. En aquél tiempo no había
funerarias ni se conseguía tan fácil una caja de muerto, así que con las
maderas de la cama donde dormía, optaron por hacerla. Primero desalojaron la
mesa que estaba en la cocina, lo que tenía lo pusieron en una pequeña alacena
que estaba pegada a la pared, luego fueron al cuarto y tomaron de las cuatro puntas
la sabana donde quedó la Zarca Trinidad y la trasladaron a la mesa, procedieron a sacar las tablas y comenzaron
a fabricar la caja. Crescencio, otro vecino del barrio, les facilitó martillo y
clavos. Comenzaron por serruchar a medida las tablas. Se escuchaba el tétrico ruido
del serrucho y el golpeteo del martillo sobre los clavos. La gente no dejaba de
llegar, quien con tamales, otros con tacos de frijoles con queso, tortillas de
harina, pan dulce y así se hizo el velorio de la Zarca Trinidad. Al terminar la
caja para la fallecida, trajeron a La Zarca Trinidad, pero… no cabía, ni de
frente ni de lado; de frente, salían las rodillas o la cabeza; de lado tampoco se
ajustaba el cuerpo a la caja.
Doña
María, no dejaba de llorar, cada señora que llegaba a darle el pésame le
retraía el sentimiento y lloraba abrazándose a ellas, se secaba las lágrimas
con la punta de su rebozo, y se abrazaba de la siguiente que le daba el pésame
y le prolongaba el pesar.
Don
Catarino por allá, sentado afuera de la casa, sintiendo el fresco de la noche
fumándose un cigarro. Le había pedido al vecino José Dolores, que fuera a
comprar más cigarros, que por favor le trajera unas dos cajas de Carmencita, dos
de Faros y una de Alas. Alrededor del quinqué que se había sacado a la calle
para iluminarse, zumbaban en idas y vueltas mariposas y mosquitos nocturnos chocando
y quemándose las alas en el tubo de cristal.
Eulogio, de los tres era
el más centrado en ideas, propuso hacer caber a fuerza a su abuela en la caja,
así que le dijo a Chago:
—¡Ándale tú, sostenle las
rodillas a guela, y tú Ligio, de los hombros y empujen hacia abajo.
Hasta la calle se alcanzó
a escuchar el tronar huesos. A pesar de eso, la abuela volvía a tomar la forma
encorvada que tenía. Así que batallaron pero, finalmente, le pusieron la tapa a
la caja, dejando un hueco para que la gente pudiera verle la cara. Habían terminado, cuando llegó doña María, que
hurgando en el ropero había encontrado una falda de terciopelo negro, cortó un pedazo, confeccionó un moño y se los
llevó a sus hijos.
—Quero que le pongan este
moño a mama —les dijo.
Y renegando Chago, le
contestó:
—¡No joda mama! Tanto que
batallamos para poner la tapa y usté viene con sus imprudencias.
—¡Cállate Chago! —ordenó
Eulogio, al tiempo que extendía su mano para recibir el moño de su mama
—Váyase sin cuidado mama,
orita se lo ponemos.
—Y ¿Dónde se lo vamos a
poner? —preguntó Eligio.
—Pos orita vemos ´onde. Primero
quiten la tapa —les ordenó Eulogio con voz de quien decide cómo y cuándo hacer
las cosas
Santiago y Eligio con fastidio
quitaron la tapa. Después con disimulo, Santiago
le dijo a Eligio que se llevara afuera a Eulogio un rato y le hizo un guiño. Eligio entendió que algo iba a
hacer Santiago, que no estaría muy bien, pero que iba a conceder la petición de
su mamá.
Cuando salieron los dos, Santiago
tomó el moño, un clavo y el martillo y se lo incrustó en el cráneo a su abuela…
en la frente, introdujo totalmente el clavo de tres pulgadas y para disimularlo,
lo cubrió con el mismo moño. Enseguida de manera pronta comenzó a tapar la caja
y asunto terminado. A su regreso, Eulogio, al ver que ya tenía de nuevo la tapa
la caja, se acercó disimuladamente para ver donde había quedado el moño y, se
lo vio en la frente a la abuela; al
momento no dijo nada, pero después le lanzó una mirada de regaño a Chago y le
preguntó:
—¿Se
lo pusites con un clavo verdad?
Santiago
no contestó. Socarronamente volteó para otro lado y se hizo el disimulado. No hubo más comentarios,
Eligio se rio por lo bajo como celebrando la ocurrencia de su hermano.
Unas
señoras comenzaron a rezar el rosario, cuando se contestaba el Ave María no se
entendían las voces amontonadas y monótonas. Algunos hombres se quedaron afuera
con Don Catarino, que recibía las condolencias de los señores y señoras que
iban llegando, luego los convidaba a pasar y a tomar café, pan, tacos. Por
separado a los que conocía que tomaban vino, les servía un chorro de mezcal en
su jarro de café o de canela. Y así, entre rezos, pláticas triviales, y de
remedios caseros transcurrió el velorio.
Don
Chon, un señor que tenía una tienda allá por el mercado, ya le había echado el
ojo a la casucha de la Zarca Trinidad y
sutilmente había preguntado a Catarino si la pensaban vender. Don Catarino, se
interesó de inmediato en esa pregunta y como no queriendo comprometió la venta.
El muerto al pozo y el vivo al gozo, pensó.
Era una vivienda pobre con paredes de adobe, sin pintura, un cuarto amplio. Una cortina dividía la cocina del lugar donde
dormía la Zarca; en una esquina había dos petates enrollados para cuando
llegaban las visitas de semana santa, tres sillas de madera ordinaria sin pulir
con tule tejido como asiento, una imagen del Sagrado corazón de Jesús como
único adorno, suelo de tierra, tan pisado, y vuelto a pisar que había adquirido
la consistencia del pavimento, el techo
cubierto de tejas y láminas viejas, una puerta y una ventana en toda la
construcción, en el frente un geranios, claveles, rosales, menta y tomillo en macetas adaptadas en jarros quebrados del
borde, viejas latas de chiles jalapeños. Un patio amplio, el terreno era como
de treinta por cuarenta metros y, era limitado por una cerca de alambres y de
cactus, al fondo, una como caseta de tablas con una letrina, más allá un pozo de
donde se abastecía de agua para sus necesidades y la de sus animales
domésticos, pegado a la cerca dos
mezquites, un huizache donde dormían las gallinas y anidaban los pájaros. De madrugada
arreció el frio por lo que Catarino pidió a don Víctor que se trajera otras dos
botellas de mezcal, diciéndole que en la semana pasaría a pagárselas, que le
hiciera ese favor.
A
la mañana siguiente fueron por el padre Goncálvez al templo de Esquipulitas,
para que le rezara algo; pensaron que de seguro sus rezos por ser de sacerdote
serían más provechosos para la Zarca. Toda la gente participó cuando el padre
dirigió unos rezos, luego echó agua bendita sobre la caja y les dijo que ya la podían
llevar a enterrar. Ese sacerdote siempre tenía prisa por terminar sus ritos
religiosos, cuando se trataba del rosario, antes de que le terminaran de
contestar el padrenuestro o el ave María ya estaba iniciando de nuevo y lo
hacía como si estuviera diciendo un trabalenguas y a cada rato consultaba su
reloj de bolsillo, así que esos rezos nunca iban a lograr milagro alguno para
nadie. Por eso, algunas personas en lugar de rezar conversaban pausadamente de
la siembra, de la quema de alfarería, de la carestía de la vida del alza en el
precio del litro de leche, de quienes se habían ido “al otro lado” hasta de las
radionovelas que se escuchaban en la doble “w” sin mostrar interés en el motivo
que los había conducido hasta ahí.
Eulogio
ya había ido al cementerio para tratar lo de la tumba de su abuela, veinticinco
pesos fue el costo total incluido el trabajo del albañil; cerró el trato
empeñando su palabra: los pagaría al terminar el sepelio. A las once de la
mañana, inició el cortejo fúnebre que atravesó gran parte de la calle Diligencias. Se turnaron de a dos en dos
para cargar la caja con La Zarca. No era necesario más, la caja y el cadáver
pesaban como sesenta y cinco kilos. Un gentío acompañó a la Zarca hasta su
última morada. Lourdes Palomares, era rezandera profesional del barrio de San
Miguel y no desaprovechó la ocasión. Sin que nadie se lo pidiera desde allá se
trasladó a la casa de la Zarca y durante el cortejo fúnebre presidió las
plegarias invocando a Dios por el perdón de los pecados y la salvación eterna
del alma de la Zarca con padrenuestros, ave marías, la magnífica, el credo y
más. Cuando se le agotaba el recuerdo de otras oraciones entonaba cánticos que
no venían al caso como ese que dice: “La Guadalupana, la Guadalupana bajó al
Tepeyac” Su voluntad era ambientar el pesaroso y consternado recorrido hasta el
panteón. Unos evangelistas recién llegados al pueblo no quisieron quedarse
atrás, así que desafinados pero con entusiasmo, con sus guitarras, flautas y
pandero entonaron salmos bajo la dirección del Reverendo que vestía chaqueta
negra y sombrero de funeral.
“Demasiado
tarde” dijera la Zarca Trinidad.
Porque
antes de su muerte, aunque la visitaban, no tuvo quien le adelantara algo del
amor que Dios le iba a dar en la eternidad, le pichicatearon los abrazos de cariño, sus nietos sólo de niños la
besaron. Le hizo falta quien le cantara una canción o algo… Nada, nada hubo de
eso, solamente percibía muestras de aprecio de los familiares lejanos que
llegaban de Chirimoya para los festejos de la semana santa, su hija María, de
cuando en cuando la visitaba. Los pretextos sobraron para no frecuentarla.
Estaban
bajando el féretro a la fosa, María estalló en gritos de llanto, la herida sentimental
se le abrió más. Era tanto su dolor que quiso morir como su mamá para irse con
ella. Y así lo decía gritando desgarradoramente con todas sus fuerzas:
—¡Ay mama, no te vayas,
no me dejes, yo me quero ir contigo!
Santiago y Eligio, le
reclamaron:
—¡Ya cállese mama!, no
nos haga pasar vergüenzas, ¡¿qué no le da pena estar chillando tanto?!
—¡Es que mi mama ´tá
muerta, ya no la voy a ver más! —histérica decía María y la seguían
reprendiendo.
—Pos… si casi la vido
cien años… ¿a poco no llenó?
María no hacía caso,
seguía llorando y clamaba a gritos:
—¡Mama, mama yo me quero
ir contigo!
Santiago, exasperado al
ver que no se callaba, le dijo a su hermano Eligio:
—Ándale tú Ligio, cógela
de ese brazo y yo de éste, vamos a echarla con su mama, pa’ que esté contenta y
deje de llorar.
La gente se arremolinaba
para ver el escándalo. Apenas iban don Catarino y Eulogio a calmar a los
muchachos justo en el momento en que María resistiéndose al jaloneo, les dijo
con ojos llorosos:
—¡No, no, no. Está bien! ya
me voy a callar.
Con sus dos manos aprisionó
su rebozo, se lo llevó a su cara, se limpió los ojos, lo mordió para contenerse
y así tragando saliva y sin dejar de ver el féretro se apaciguó. Aunque sus lágrimas
sin dejarse contener, seguían escabulléndosele. Así que, a través de sus lágrimas,
vio como poco a poco fueron bajando el ataúd. Cogió tierra, igual que otras personas y de a puños se la aventaron a
manera de despido. Su hijo Eulogio y su esposo Catarino la sostenían.
Aurelia, vecina de la
Zarca de toda la vida, sin decir nada, con sus ojos humedecidos por la congoja,
se acercó, abrió un agujero al lado de la tumba y plantó un rosal, al que con delicadeza
cubrió con tierra, mientras se escuchaban los últimos rezos y golpes que daba
el panteonero con la pala aplanando la acumulación de tierra donde quedó la tumba.
En la Cruz de madera se
leía: María Trinidad Rangel Aguirre 1878-1961.
Ansberto Rangel Pérez.