Historia de una mansión
Historia
de una mansión
La veo al paso y me mira con esos ojos grandes, verdes, adornados con
unas cejas exquisitamente delineadas, luego sonríe. Se me quedan grabadas esas
dos inmóviles hileritas blancas de sus dientes. Cuando se aleja, me quedo
deseando volver a verla, encontrármela por ahí, por donde me anime a decirle
cosas. Le diré que es muy hermosa, que me gusta tanto, que sacrifico mi
soltería por ella con el compromiso de estar a su lado hasta convertirme en
anciano. Que de eso estoy seguro, que por favor no lo dude, que estoy
convencido y, que más me convencí cuando la vi de espaldas, con pelo muy
castaño casi rojizo, su vestido de prolongado escote que despertó en mí un
deseo morboso, ganas de acariciarla y besarla con veneración. Mis ojos asombrados
se pararon de puntitas para verla alejarse hasta que se perdió de vista. Dejó
en mí una sonrisa plena por el gozo inefable de haberla visto.
Pero… me he de estar
volviendo loco. Estoy pensando ofrecer lo que escasamente poseo. Soy viejo,
tengo poco y encanecido pelo, mi rostro está lleno de lunares de viejo, mis
ojos de tanto ver han cambiado de forma y color. Los tengo como glóbulos
amarillentos. Me quedé sólo… bueno… casi sólo. Se me ha ido terminando la
fortuna que me dejaron mis abuelos. Me la fui gastando en tratar de conservar
la gran casa heredada pero, por no lograrlo se ha convertido en tan solo
despojos, donde el desaseo se pasea con descaro. Todo tiene apariencia de
lamentable abandono. La Porfiriana fachada tiene un menguado color amarillo combinado
con remates café. Al centro quedan vestigios de un gran patio y bajo los
portales, habitaciones antiguas sin techo. Algunas con una que otra añosa viga
que apenas soporta restos de techumbre y que albergan montones de escombro por
donde lagartijas, arañas, hormigas y ratones deambulan libremente. La chimenea,
fuente de calor que en invierno, a la familia y amigos nos repartía sus dones
para mitigar el intenso frio, donde se platicaba de nuestros orígenes, hace
años no se enciende. Ahí está el remedo de lo que fue, luce triste, tiznada y
vacía, las cenizas ayudadas por el viento se fueron siguiendo la esplendidez de
otra época. Todo es una ruina pero, para un viejo como yo, sobreviviente de una
gran dinastía que no tiene suficientes recursos es imposible mandar demoler
tanto y hacer algo más provechoso con el espacio.
Por años luché contra
el estropicio y la decadencia pero era evidente que
perdería la pelea contra el avance del deterioro. Solo intentaba dar al caserón
una apariencia de hogar, dejé de invitar a mis amigos y a mis
relaciones políticas. Una de esas tapias la convertí en gallinero yo
mismo. La construí con mis precarios conocimientos sobre la forma de hacerlo.
Enterré unas vigas caídas, haciendo un cuadro con ellas y empalmándole otras. Luego,
junté láminas que puse de techo y una malla que me regalaron me sirvió para impedir
la salida de las gallinas. De ahí proviene el rumor de cacareos de gallinas y rechinidos
que se producen con el menor soplo del viento. Detrás del primer patio, hay un
pequeño corredor y enseguida otras habitaciones donde la desolación es menor. Ahí
tengo dos árboles de aguacate y tres ciruelos. He concentrado mi esfuerzo en
mantener en pie dos dormitorios y uno más en medio que he convertido en cocina.
Todos de paredes de adobe y techos con teja, enfrente hay otro en el que guardo
tiliches. No tengo baño, pero ni falta me hace. Mis necesidades las hago en los
cuartos en ruinas que existen en esta legendaria casa, que como ya dije, era de
mis abuelos que me consintieron de más. Que me dieron todo sin enseñarme a
hacer nada. Pensaron que no era necesario ¡Ah… cuán equivocados estaban! De
niño nunca me permitieron tener un hambre legítima. Yo hubiera querido haberla
tenido, como la del mendigo aquél, que llegaba a la casa y que la traía rezagada
de tres días. Si hubiera sucedido así, con qué gusto hubiera terminado la
comida que me servían y hasta hubiera lamido los platos y mis dedos como lo
hacía él.
Cuando me tengo que
bañar, en la mañana, lleno de agua una tina que está detrás de mi cuarto, la
dejo calentarse al sol y por la tarde ahí mismo me baño. Nadie me ve… Eso creo…
y si me ven… pues ni modo. Esas pequeñeces ya no me preocupan. Acarreo el agua
de la llave que está a la entrada, atrás de la gran puerta de madera que rechina
como cansada, como si se quejara de tanto ser abierta y cerrada. Esa puerta
tiene por fuera un moño negro desteñido que no recuerdo quien lo puso ahí, ni
por la muerte quien. Ahora que lo pienso… lo voy a quitar, porque mucha gente
me pregunta que a honras de quien es ese moño, y no sé ni que contestarles.
Aunque parezca increíble,
tengo una tía que ocupa una de esas habitaciones. Cuando le llevo de comer, me
agobia ver sus ojos tristes, de mirada opaca, su decrépito rostro, cuerpo escuálido,
decadente y agotado con futuro incierto; ella si de plano se hizo la ciega y
sorda a las necesidades del hogar, No se dio cuenta
de que las paredes de la casa estaban ávidas de una capa de pintura, los
muebles desvencijados y la cocina original quedó transformada en un muladar. Me
da pena. El único adorno que trae, son unos aretes de oro con diseño antiguo. Siempre
postrada ahí en su cama cubierta por una gruesa cobija mugrienta de años y llena
de polvo, una falda amplia gris oscura, una blusa blanca anticuada y un chaleco
de lana apelmazada. En sus manos un
rosario, porque insistentemente reza y pide a Dios que ya se la lleve de este
mundo; quiere reunirse con sus hermanos y otros conocidos suyos que se le han
adelantado. En su locura, entre rezos platica con ellos. A un lado de su cama
que está pegada a la pared tiene sus ropas amontonadas, empolvadas, en completo
desorden. En otra pared, hay unas alcayatas clavadas y arriba una repisa llena
de tierra con la imagen de un santo, o mejor dicho de San Antonio, al que mi
tía siempre le pidió que le consiguiera marido, novio no, marido de una vez,
decía. A los lados, unos viejos candelabros de plata con unas velas, la cera
fundida ahora tiene formas caprichosas y cubre totalmente los agujeros que las
sostienen. El resto de los muros tienen una vetusta pintura y el agua
trasminada ha formado en ellos, dibujos que parecen continentes y países con
sus delimitaciones. En el buró hay un jarro con restos de una bebida color ocre.
De vez en vez, viene
Basilia, la vieja sirvienta de la casa, a lavarnos la ropa. Ya no nos cobra,
dice que somos sus jubilados. Que nos va a dar vueltas mientras vida tenga para
averiguar que se nos ofrece, en que nos puede ayudar. Que Dios bendiga a Basilia, que la conserve
con vida y que nosotros nos muramos primero que ella. Eso es lo que deseo y eso
le digo a mi tía que le pida a Dios en sus rezos. Pero, no sé si me entienda,
porque a veces me contesta que sí y otras que no. Debe ser porque está enferma,
pero… ¿Quién puede estar sano a los más de noventa años?
De nuevo esa joven que vi
en la mañana, viene y, poco a poco se entromete en mi pensamiento, me debilita.
Paseo mí vista por la casona, las cosas se tambalean, su recuerdo entra en mí
con tal intensidad que no me permite decir palabras. Solo siento mi boca amarga
y seca. Los músculos de mi garganta se niegan a moverse y no puedo ni tragar
saliva, más bien la babeo. Mi corazón se entusiasma tanto que siento como si se
me quisiera salir del pecho cuando se me revelan sus hermosos ojos verdes, la
blancura de sus dientes, la tersura de su cutis, lo aterciopelado de su piel y
sobre todo esa mirada que me taladra la mente de forma obsesiva e irritante.
¿Cómo es posible que me esté pasando esto a mí? Si tan solo la vi una vez y ni
su nombre sé. Jamás había experimentado algo igual.
Tengo sed. Voy a la
cocina, enciendo un cerillo, me acerco a donde se ponen las velas y multiplico
la llama para iluminarme mejor. Allá atrás, en su cuarto, quedó la figura
esquelética de mi tía con su eterno rezo y la delirada conversación con sus
hermanos y amigos imaginarios. Voy a llevarle la pomada que me vendió el
domingo a la salida de misa de once aquél señor de sombrero y saco negro, camisa
blanca, pantalones arriba de sus tobillos, zapatos aterrados y que pregonaba
mucho. Según él, aseguró que el ungüento calmaba cualquier dolor, y mi tía
siempre se queja de dolor de cabeza. Le voy a untar en sus sienes y en la nuca
sirve que me distraigo y se me disuelve el recuerdo que me atosiga de la bonita
dama joven.
En el patio donde están
las habitaciones en que dormía la servidumbre, hay una salida a la calle
posterior, precisamente era por donde se entraba y se salía con el carromato
donde paseaban mis abuelos; el que utilizaban para ir a misa y a visitar los
terrenos cultivables de su propiedad. Ahora ahí está; viejo, como una reliquia,
como algo que solo representa y recuerda la bonanza de años atrás, hay unos
cuervos que tienen la costumbre de venir a parársele encima y lo han cubierto
de excremento por eso, las motas blancuzcas dificultan distinguir su color. Ahora
va llegando la noche, unas nubes pasan y la tranquila luz de la luna permite
ver los árboles y demás detalles sin necesidad de encender velas. De la casa
contigua se escuchan ladridos y aullidos desesperados de perros asustados y una
voz angustiada que no se entiende. Mi tía asegura que es la suplica del alma en
pena de la vecina Eleonor que pide perdón para descansar en paz. Que en vida se
portó mal, que nunca fue fiel a nada, ni a los hombres, ni a las costumbres, no
socorría a nadie, cuando sus papás se hicieron viejos los trató con apatía y desinterés;
en su cara les pedía que se murieran de una vez para que la dejaran en paz, que
no la regañaran. Planeaba disfrutar la herencia con quien le diera la gana.
Todo el arte
arquitectónico con que fue construida esta casona se ha extinguido y ahora todo
tiene un uniforme y patético aspecto de abandono. En resumidas cuentas: es un
caserón destartalado y oscuro, casi vacío y cruzado por corrientes de aire; todo
causado por mi falta de ánimo y, mi fortuna menguada, casi extinta por no
haberla sabido administrar bien. Aunado
a eso, el latrocinio de la servidumbre. Unos se llevaron vacas, burros y otro tipo
de ganado, herramientas de labranza, hasta los vecinos se unieron a la rapiña y
así, fueron desapareciendo riquezas y cosas de esta gran mansión de antaño. Llegó el tiempo en que no me alcanzaba el dinero para los gastos, viví
pidiendo prestado a los conocidos ricos, luego me negaron el crédito, por más
que recortara el presupuesto por aquí y lo remendara por allá, a fin de mes
siempre tenía un alto de cuentas impagadas que iban acumulándose, hasta que
tomaba la decisión de ir a la capital, al barrio de los joyeros judíos a vender
a precio de necesidad alguna de las alhajas, que un cuarto de siglo antes
habían sido compradas allí mismo.
Cuando estoy por terminar
de frotar y embarrar la cabeza de mi tía, le pido que prepare una bebida
caliente y pienso que así también ella ocupada, se olvidará por un momento de
su dolor de cabeza. Siempre me ha dicho que sabe de un brebaje mágico, que nos
puede quitar de sufrir. Si lo prepara lo tomaremos los dos y ya sabré el
resultado; total nada perdemos. Cualquier cosa es mejor que vivir esta realidad
que pesa monstruosamente sobre nosotros.
Mi tía estuvo de
acuerdo, y pacientemente puso manos a la obra. Cuando me lo sirvió, dejé
enfriar el té; ella también tiene enfrente el suyo y me espera para tomarlo
juntos. Cuando calculé que estaba al punto para poder tomarlo, di un sorbo, seguí
con mi vista el movimiento de mi mano para asegurarme de poner la tasa medio vacía
sobre la mesa. Sentí que lo amargo de ese líquido me bajaba hasta las entrañas.
Me provocó náuseas y quise escupir pero dominé el impulso. Respiré profundo y
luego, extrañado empecé por disfrutar ese sabor amargo y dulzón, su aroma no
era desagradable ni insípido del todo. Le quise poner un poco de azúcar, pero
mi tía me atajó diciéndome que así se tomaba.
Había algo en el ambiente.
Presentía la presencia de alguien al fondo. De soslayo me pareció ver un hombre
parado de perfil, pero con su rostro volteado hacia nosotros. Tenía una mirada
grave; como absorto en sus pensamientos, levantó una copa con su mano derecha y
apuró el contenido hasta la última gota, de su boca salió un ruido algo así
como un eructo y ya. No estaba seguro porque me pasaba eso. Por un instante
dirigí mi vista hacia mi tía. Ella seguía ahí como algo inanimado pero… con una
misteriosa y estúpida sonrisa. No supe el motivo de su repentina alegría. Torné
la mirada para el lugar donde supuse que aún estaba ese “alguien” pero ya no existía,
ni huellas había de que ahí hubiese estado. Esa percepción la eché al pasado,
al olvido y, seguí con mi tía.
—¿Qué bebida es? —le
pregunté.
—Es té de zumaque —me
dijo calmosamente, como sin darle importancia.
Soltó un profundo
suspiro, dejó descender lentamente sus parpados, se recostó en el respaldo de
la silla y ahí quedó desparramada con su cara detenida y silenciosa. Mi cuerpo empezó
a acusar recibo de la bebida, mis manos a hincharse severamente, sentí
dificultad para respirar, como alguien que hubiera estado expuesto a mucho
humo, sentí que el sarpullido invadía mi cuerpo, lo palpé en mi cara, labios,
ojos. Me dio comezón en mis genitales. Sentí fiebre y pensé que debía ser una
infección. Me parecía que había en partes de mi cuerpo ampollas llenas de pus y
un olor fétido. Estaba a punto de perder el sentido. Me nació coraje, rencor y aborrecimiento por mi anciana tía. Estaba
convencido que ella había sido la causante de mi malestar.
Por todos los malestares
que tenía mi cuerpo, apenas podía distinguirla no obstante que estaba al otro
lado de la mesa donde comíamos y no era una gran mesa, sino una pequeña de
madera común para cuatro comensales, la había rescatado de las habitaciones de
la servidumbre. Me temblaban las manos, en mi mente desfilaron recuerdos
enmarañados, amargos, penosos, tristes, alegres, dolorosos y suaves que me horrorizaron.
Dentro de todo, esa joven que vi pasar de hermosos ojos verdes, iba y venía a mi mente como burlándose. La
saliva empezó a escurrirme en cantidad exagerada. Mi tía seguía ahí con esa
sonrisa engañosa en su rostro. Sin importarle babear como lactante niña. Sentí
sumergirme en un remolino profundo sin fin. Creí morir. Con el resto de fuerzas
que me quedaban, me impulsé hacia la puerta. Atrás de una de sus hojas estaba
la tranca con que la asegurábamos para que no entraran gatos y perros a
robarnos comida. Trabajosamente alcancé esa tranca, que era un palo grueso de más
de medio metro. No lograba dominar el temblor
furibundo que se había apoderado de mí, ya estaba harto de sus bufonadas.
Así que con pasos vacilantes me aproximé a donde mi tía reposaba y ciego de
coraje le dejé ir un golpe con todas mis fuerzas la tranca cruzó el aire tan
rápido que hasta zumbó. No le atiné, mi tía ni se inmutó, como si no se hubiera
dado cuenta. De nuevo levanté la tranca, me acerqué más para no fallar. Le tiré
a la cabeza y ¡Pam! Se escuchó. Sentí en mis manos el golpe que le di. La cabeza
salió disparada fuera de su lugar. Voló, chocó y rebotó de la pared, al caer la
vi rodar pero ahora sólo era una calavera con unos cuantos pelos como de momia.
La veía ahí en el suelo como burlándose con los dientes pelones, con huecos
donde estaban los ojos, sin orejas y la nariz descarnada. Allá afuera, estaban
excitados los perros ladrando con sus lomos erizados, removiendo matorrales,
piedras y tierra con sus patas tiesas, igual las gallinas con sus plumas y cacareos.
Mi mente enferma, con un
trastorno psicológico severo no se había saciado. Me impulsé de nuevo para
descargar un golpe a la calavera, porque creía que se estaba burlando de mí. ¡Crach!
Le atiné y se le desprendió la quijada, no escuché gritos de dolor, ni de
terror, ni de agonía. Me parecía ver siluetas fantasmales alrededor. El cuerpo
de mi tía como maniquí incompleto está a punto de caer de la silla. Sus manos
que primero habían aleteado ahora se balancean a sus lados como péndulos.
Lo sorprendente es que a pesar del
desprendimiento de la cabeza por el golpazo, sus ropas no se mancharon de
sangre. Solo un polvo mezcla de gris y amarillo, cubrió parte de los hombros,
pecho y cintura. De donde estaba la cabeza salió algo parecido al vaho blanquecino
acompañado de un estertor y un ruido que semejaba a carcajadas lejanas que
resonaron sordamente en la habitación.
Pero ya nada me asustaba
y aún con mi mente débil, deduje que mi tía desde hacía tiempo ya no existía
viva. Y recordé que Basilia llevaba más de un mes que no acudía a visitarnos y,
eso me hizo concluir que yo también debía estar muerto. Nadie puede tener
tantos días de abstinencia de alimento y vivir.
Entonces… Sí, fue
entonces que me di cuenta que… tampoco
yo ya no existía.
¡Ya recuerdo…! Las ratas comieron
con caricaturesco frenesí. Tironeado, desgarrando y engullendo pedazos de carne
con trapo viejo. Sus fauces se llenaron y babearon saliva mezclada con sangre.
De mí cuerpo no quedó nada.
De la mansión ubicada por
la calle Madero frente al Teatro Díaz de León, subsisten desoladas piezas, viejas
paredes con pintura descolorida, escombro, basura, puertas ausentes y otras simplemente
emparejadas. Plantas y pasto creciendo selváticamente por doquier; y cuando los
añosos techados se desploman, se escuchan sonidos imprecisos y sordos.
En Basilia, subsisten recuerdos
de aquellas grandes fiestas que se celebraban en esta mansión que callada
sucumbe. Eran amenizadas por los mejores músicos fiesteros de la región que al
atardecer tocaban su principal repertorio para deleite de los anfitriones y sus
felices y perfumados invitados que llegaban en hermosas carretas jaladas por
yuntas de bueyes mansos o en macizos caballos con cabalgaduras incrustadas de
nácar y plata. Eran atendidos por más de veinte trabajadores y nadie se
estorbaba, cinco personas preparaban los alimentos. El comedor, la sala y la
biblioteca tenían puertas de roble. El piso del patio cubierto con grandes
lajas lisas de un rojo acentuado, en esas fiestas se tupia con serpentinas. Los
faroles se encendían en cada esquina para que de noche siguiera el bailongo.
Hasta los gallos y perros cantaban y ladraban como si ellos también fueran
parte de la festividad. Los platillos con todo tipo de alimentos y bebidas
producidos en las propiedades de mi abuelo, incluidos una gran variedad de
frutas. Todo aquél amor regalado, quedó envuelto en el llanto de la niebla, sin
luces, ni estrellas… ni nada.
¿Y esa joven bonita? ¿Sería
una alucinación? Me hubiera gustado
escucharla decir que me quería, que le gustaba estar conmigo… pero… Creo, me
extravié en la percepción del tiempo y la realidad.
Ansberto Rangel Pérez.