El Profesor Corpus

El profesor Corpus

En medio de la oscuridad, mientras el granizo azotaba los techos de las casas y los perros aullaban como si la pena les brotara de adentro, los Ayala y otros rancheros dirigidos por Alejandro Ayala comisariado ejidal de Jaral de Berrio, se acercaron sigilosos como gato a su presa y apuñalaron ocho cuerpos dormidos. Eran muchachos campesinos de San Bartolo que habían sido contratados por el dueño de algún alambique para cortar maguey.  Su sangre quedó desparramada en las paredes y el piso de tierra de la bodega del tendajo de Nemesio Ybarra.

El siguiente día de la tragedia fue de mucha conmoción; peleaban entre los que apoyaban la atrocidad contra los que criticaban la conducta del comisariado ejidal, que era atrabancado, cicatero ventajoso, miserable y convenenciero que solo veía por sus intereses personales, nada que ver con la obligación de cualquier representante de los comuneros. Por eso, se le ocurrió convocar a una reunión y, ladinamente les obsequió mezcal y con embustes logró convencerlos que lo hecho por él, su familia y otros seguidores fue lo mejor, ya que de lo contrario quedaba en riesgo el trabajo de limpiar, cortar, acarrear y fabricar el mezcal que era la fuente de supervivencia del lugar. Desde el inicio de la sesión se generaron agrias discusiones y para algunos reclamos, Alejandro Ayala no tenía respuestas pero al ser precisamente él quien la dirigía,  socarronamente desviaba la conversación.

¿Qué te pasa don Alejandro? le increpó la anciana Inés, que tampoco estaba conforme con la animalada del comisario. Cuando me quejaba de la suerte de mi nieta abusada por los policías de San Felipe, nada dijiste. Te metiste la lengua al gaznate ¿no? ¡Mafioso! Peor que el zorro eres. Y cuando reclutaron a fuerza a nuestros muchachitos, tampoco dijiste nada. Ahora que tocan tus negocios, que estás en problemas por haber matado inocentes, nos llamas a asamblea para palabrearnos bonito. ¡Eres un artero ladino que no mereces nada! A intervenciones como esas el bribón de Alejandro Ayala, tenía evasivas y pretextos que sagazmente utilizaba.

En las fiestas de la comuna, había regalado mezcal a los hombres, sin ser mayordomo. Más bien era un lambiscón del diputado por el distrito al que se pertenecía, a menudo le llevaba regalos al presidente municipal. Así con esos servilismos, bajezas y corruptelas, había logrado ser nombrado dirigente de la asociación “Los Hijos de Jaral”, padrino del equipo de fútbol, representante, inaugurador solemne en muchas fiestas y comisariado ejidal, en la asamblea hablaba de la exigencia de participación de las ganancias a los mezcaleros que pedían los muchachos que habían venido a trabajar de San Bartolo “era la gota que había derramado el vaso”, que “ya no se soportaban los flagelos” Por eso había propuesto deshacerse de ellos. Aunque la verdad de lo acontecido el día anterior, consistía en haber sido provocado por los trabajadores de la comunidad vecina. Eran sentimientos de furia y envidia ya que los trabajadores de San Bartolo, producían el doble que los de Jaral, y ganaban más. Por la envidia de haber sido rebasado, cegado había perdido la cordura. Por esos sentimientos ordenó y participó en la ejecución de la matanza.

Enterado de los asesinatos, don César Jaramillo no estuvo de acuerdo con ese proceder así que, siendo congruente consigo mismo y haciendo caso omiso de los comentarios de sus coterráneos, inspirado en su espíritu justiciero, y exponiéndose a que lo tacharan de traidor, había corrido a matacaballo a San Felipe, para dar parte a las autoridades y solicitar su presencia en Jaral. Atravesó caminos, veredas y campos cultivados, con la firme idea de denunciar que a raíz de las atrocidades cometidas por Alejandro pronosticaba sin temor a equivocarse, que habría una batalla entre los pobladores de ambas comunidades.

La falta de trabajo en San Bartolo había hecho que los jóvenes migraran hacia Jaral sin sospechar la consecuencia. El conflicto había involucrado a personas inocentes como el caso del maestro Saúl Corpus cuya única desgracia era haber sido designado a dar clases en la escuela de Jaral. El profesor había hecho su parte: Intentó por los medios a su alcance, es decir: sin violencia, con argumentos válidos por centrados, humanistas y por lo mismo, apegado a las normas de convivencia. Era de la idea de que “todo individuo tiene derecho a un trabajo” pero, Alejandro Ayala no solamente lo desoyó sino que azuzó a sus seguidores para que lo golpearan como un castigo y para que sirviera de ejemplo a quienes no estuvieran de acuerdo con sus violentas ideas y tratando de deslucir las serenas teorías del mentor. Pasados tres minutos de golpes que la azuzada multitud propinó al indefenso maestro, con su máuser en alto paró la agresión, luego con firmeza apuntó hacia San Bartolo como indicándoles que aquellos eran sus enemigos y así fue como les declaró la guerra.

Cesar Jaramillo regresó luego de cinco horas en compañía del Comandante del cuartel militar, un sargento, ocho soldados, seis policías debidamente armados, el presidente municipal, el secretario del ayuntamiento y don Gualberto Acosta que la hacía de periodista.

Las personalidades de San Felipe entrevistaron a Alejandro Ayala, ya que se le acusaba de ser el asesino intelectual y material. En esa entrevista, el muy zorro, sólo respondía tartamudeando y poniendo cara de indio desamparado frente al presidente y el comandante. ¡Incluso lloraba el muy infeliz miserable! Así los convenció de que esos muchachos se habían revelado, que tenían amenazados a los viejos y niños de Jaral, además algunas jóvenes habían sido violentadas sexualmente y representaban un riesgo; aducía que los propietarios de los alambiques ya estaban hartos con sus exigencias, les pedían porcentaje de la ganancia que obtenía por la producción de mezcal, dizque porque ellos ayudaban a limpiar los campos donde se producía el maguey, que lo cortaban, acarreaban y participaban en la producción. Todo eso, sin mirar de frente, había declarado a las autoridades del cuartel y de la presidencia municipal.

Don Gualberto tomó fotos a los cadáveres, siempre cuidando de no descubrir el rostro del más joven para suavizar la noticia, que no se dieran cuenta que había sido una perversa fechoría ya que con toda alevosía y exceso de ventaja los habían ultimado. Inicialmente ante lo evidente el presidente municipal enmudeció, no  obstante luego de un cuarto de hora de reflexión supuso que para él, sería mejor y más provechoso encubrir al culpable, y le dio la razón a su comisariado quién en otras ocasiones lo había apoyado con cajas de mezcal, le había organizado fiestas y bailes para su satisfacer su ego y hasta le había proveído de niñas vírgenes para su lujurioso comportamiento.

Cesar Jaramillo, no lo podía creer, se puso descolorido de coraje, presionó sus puños para soportar, pero impotente,  no tuvo más que conformarse con la burla de los seguidores de Alejandro. Se retiró sin decir adiós. Se fue a su casa, ensilló otro caballo y se desterró del lugar, con destino a la capital del Estado. Eso no se podía quedar así. Estaba harto de tanto abuso por parte del Comisariado Ejidal, y se había dado cuenta que el presidente municipal estaba de su parte y no ignoraba del todo los motivos que tenía para hacerlo.

***

Ahora sé por qué seguía llorando el ladino Alejandro Ayala cuando se fueron los soldados y los periodistas. A pesar que lo nombraron “Ciudadano ejemplar”, “heroico defensor de la patria”, “ejemplo de civismo” y otras enalteces. Todos se fueron por donde vinieron; sin dejarle ninguna protección para su inmunda persona ni para sus familiares. En el mismo caso estaban los Ramírez, los Ybarra y los Hernández, por eso pretendieron hacer una nueva asamblea para organizar eso que los soldados llamaban “rondas” o “defensa civil”, pero los de la comunidad no quisieron asistir. Convocaron a los escolares, pero los muy matreros preferían ir a cazar torcazas, matar lagartijas o a torturar sapos antes que desfilar con armas, palos y picos de hierro por la plazuela.

En Jaral, al insolente de Pascual hijo mayor de Pancho Ayala le dio por seguirme a todas partes y cada vez que le dirigía la mirada, sarcástico me sonreía. Y de vez en cuando soltaba amenazas en voz alta, como quien no quiere, pero, para que yo lo escuchara.

¡Ya vamos a caerle también a los amigos de los muertos de hambre de San Bartolo... ¡Varios deben haber por aquí! y volteaba en mi dirección riendo con malicia.

En los siguientes días, los hijos de los mezcaleros, actividad de la que vivían muchos hombres en Jaral, empezaron a faltar a la escuela y a veces los veía vagando por los estanques, conversando con otros mocosos. Valientes seguro se sentían.

¿Por qué no van a la escuela, vagos? les increpé una tarde.

El que tiene dinero no necesita colegio me respondió uno de los gemelos de Ayala. Basta con saber sumar, restar, lo que entra y lo que sale. ¿Pa' qué más?

¡Torpes! ¡Vayan pa' su clase! —los regañé con un palo en la mano.

—¡Cuídese mejor, profesorete!... Ningún fuereño nos va a decir qué hacer. Y si nos sigue hostigando, allí están los soldados y policías que buscan “a los de San Bartolo”. Usted de repente “será de allá” —envalentonado por andar en montón, dijo Pascual.

Cogí miedo y me fui dándoles la espalda, sintiendo sus mofas e insultos, soportando los terrones secos que lanzaban sobre esta joroba maldita que no merecí tener.

¡Jorobado, jorobado, profersucho jorobado!... gritaban ya de lejos, burlándose. Luego, en la noche, me dio por llorar de impotencia sobre el hombro de mi mujer.

El siguiente domingo la gente despertó espantada por un sonido grave y monótono, como si los cerros amenazaran con derrumbarse. Fueron saliendo los comuneros tratando de ver, entre lagañas, qué pasaba. Pasmados se quedaban aquellos que levantaban la vista hacia las alturas: los cerros verde-amarillos, amanecieron cubiertos de hombres vestidos a la usanza campesina y con  pasamontañas de colores. Algunos hacían sonar los tambores de cuero templado que usaban para las fiestas patronales siguiendo un ritmo lúgubre, constante, arrancándole eco a las montañas. Nadie se explicaba de dónde salían tantos. ¿Acaso no eran tan sólo unos pocos?

¡Braammm! Sonó el primer dinamitazo y las madres espantadas y a media calle hincaron rodillas en tierra, abrazando a sus niños, para implorar al cielo misericordia. Las paredes de roca y los riscos de las quebradas siguieron temblando al ritmo de los cueros, y los hombres de Jaral, entendieron que toda resistencia sería inútil y que había llegado el castigo por sus culpas.

¡Saquemos la bandera blanca! gritó como loco Francisco Ayala, tratando de ordenar a la gente presa del pánico. No nos harán nada... ¡Somos campesinos, gente de paz!... ¡Les explicaremos!

Pero nadie tenía oídos para sus implorantes palabras. Docenas de rostros cubiertos los observaban imperturbables mientras los tambores aceleraban el ritmo y sonaban las cornetas. El segundo petardo de dinamita remeció la tierra y las mujeres temblando y aullando, huían como codornices ante el trueno buscando refugio. De pronto todo se hizo silencio. El eco de la explosión se agotó en el aire y gente de San Bartolo los miraban a lo lejos, con sus rostros inexpresivos, como fundidos en bronce. Uno de ellos gritó algo inentendible mostrando en alto el fusil, y el resto lo siguió coreando la consigna, levantando sus armas. Volvieron a tronar los tambores y los guerrilleros empezaron a descender por los caminos del ganado hacia la senda que conduce al caserío. Llegaron por fin a la plazuela formados en pelotones y vociferando lemas, repitiendo las mismas cosas hasta el cansancio.

¡Compañeros!... ¡Venganza por nuestros niños asesinados!
¡Venganza, venganza! ¡Muerte a los de Jaral!

Jóvenes y viejos, armados ingresaron casa por casa en busca principalmente de los Ayala, de los Hernández, de los Ramírez y hasta de los Ybarra. Sólo dejaron a las criaturas, al resto los sacaron en vilo. En medio de la plaza mataron primero a los más viejos utilizando cuchillos para degollar carneros. Se vio boquear y temblar con los estertores de la muerte a Francisco Ayala, que aunque gritó pidiendo misericordia, no pudo evitar con sus dos manos que siguiera manando sangre de su yugular y por ahí se le escapó la vida. A las mujeres viejas las mataron aplastándoles el cráneo con pesadas piedras y ahí quedaron en el suelo como dibujos mal hechos. Los hijos de Nemesio Ybarra muchachos como de quince y diecisiete años, presentaron resistencia, pero fueron reducidos a culatazos y colgados con toscos mecates de ixtle del travesaño del techo de la escuela. Pataleaban amoratados por la asfixia hasta que con los ojos saltones y la lengua de fuera sucumbieron a la muerte.

En la plaza quedaron maniatados y desnudos Alejandro y Francisco Ayala, Amparo y Rosalba sus esposas, Nemesio Ybarra que se decía inocente de los asesinatos y la anciana Inesita. Tirados panza arriba, degollados, capados, mutilados de brazos y piernas, ahorcados, con sus caras aplastadas llenas de tierra. Mientras tanto, los techos de sus casas ardían llenando las quebradas de humareda negra. Los tambores de piel y las cornetas no dejaban de sonar lúgubres, como melodía de pesadilla.

Qué fácil morían como reses los humanos. Las cuatro de la tarde, la calle principal del caserío se nutrió de los balidos de todas las ovejas. Junto con ellas marchaban las pocas reses que poseían en la comunidad, también los caballos y los burros. Los vencedores las arreaban a latigazos. En toda una vida jamás se habían escuchado balar así. Parecían adivinar que nunca más volverían a ver la tierra donde nacieron. Era un balido triste de despedida igual que una plegaria triste a la virgen de alguien que se va. Así los campesinos de San Bartolo castigaban a los asesinos de Jaral, llevándose como botín de guerra todos los animales, excepto los perros. Los sobrevivientes del caserío vieron impotentes cómo esa columna de animales caminaba por el sendero que conduce hacia los cerros rumbo a su comunidad, igualito como si se fueran al cielo, perdiéndose de vista allá donde se juntan las crestas con las nubes. Habían escapado a la muerte quienes tuvieron la fortuna de esconderse a tiempo, en arroyos, en los cerros, entre los maizales, otros más se refugiaron con el sacerdote de la iglesia a donde por respeto no entraron los de San Bartolo.

—¡Adiós, profe Corpus!... me dijo cariñoso un muchachillo con el rostro cubierto por un pasamontañas rojo.

Miedo me dio no saber de quién se trataba. Mi alumno seguramente habría sido y, antes de acoplarse al grupo que cubría la retirada de los invasores, me obsequió un saludo. Llevaba el arma terciada a la espalda y desapareció a lo lejos haciéndome adiós con su mano pequeña aún.

Al caer la noche, se supo que se acabaron los Ayala, los Hernández, los Ramírez. Nadie volvería a apellidarse así por estas serranías. También, con la destrucción de sus alambiques, acabaría la célebre fama de destiladores de mezcal que conservaron orgullosos los del Jaral durante muchos años.

Soñé esa noche con los mezcaleros y sus familias que había visto morir en la plaza. En medio de ellos lucía la imagen del arcángel San Miguel, patrono de Jaral, triste y olvidado al centro de la plazuela, diferente a como en su fiesta patronal, cuando todos festejaban, bromeaban, parrandeaban en homenaje a su celebración. San Miguel, con su rostro empolvado por tierra y humo, vestido con su capa roja de lentejuelas y cubierto de milagros de plata, me platicó toda la noche. Me contó de lo poco que valía ser patrón de una comunidad de alcohólicos y fornicadores. Dijo que ya estaba cansado y que ya no quería seguir siendo San Miguel.

¿No quieres ser tú San Miguel? —me preguntó poniendo su mano blanquísima en mi hombro.

Yo reí de buena gana, a pesar de estar entre tanto muerto.

¿Cómo voy a ser, pues, San miguel?... ¿Acaso alguien ha visto un Arcángel chaparro, feo, con los pelos parados y jorobado?... ¿Acaso un cobarde como yo puede ser un San Miguel y derrotar a los demonios de toda especie? Hasta profesor puedo ser. Y eso he sido, con el favor de los comuneros del Jaral. Pero los Arcángeles son hermosos, celestiales, omnipotentes, hasta creo que con cierto poder que Dios les da,  no como uno que cuando se mueve despierta lástima.

Y así nos fuimos charlando mientras esquivábamos los muertos, desparramados en la plaza, arrimándolos con el pie a un costado para que no estorbaran el paso. Y me dio pena después de todo, porque no hay nada más triste y hasta amargo que ser patrono de una comunidad que apenas se acuerda de su onomástico y lo aprovecha como ocasión para chupar y bailar durante días, mientras la imagen pierde sus colores olvidada a la intemperie, soportando el sol en su cúspide y la insolencia de los borrachos que meaban en su delante. Capaz que el ajusticiamiento de los mezcaleros del Jaral era el castigo de Dios por sus pecados. Por eso, ahí esos cadáveres quedaban para los buitres.

La comunidad se quedó pintada de lemas y advertencias, amenazas contra soplones y traidores, al igual que contra los que se atrevieran a bajar las banderas rojas con blanco que dejaron por todo el pueblo.

Cuando llegaron los soldados de Guanajuato y tuvieron que entrar al caserío, se cubrían las narices por el hedor que despedían los cadáveres descompuestos bajo el sol. Suponíamos que Cesar Jaramillo había ido a pedir ayuda al gobernador y lo había logrado. Esa era la única explicación cuerda que se nos ocurrió pensar, pero la soldadesca y sus superiores, venían como enojados, los habían sacado de la comodidad de sus cuarteles, y de que habían tenido que declinar la invitación para asistir en Dolores Hidalgo a las fiestas patrias y eso los había puesto de mal carácter.

¿Por qué no los levantaron? preguntó un oficial refiriéndose a los cadáveres.

Le contestaron los más habladores, detallándole cómo había sido la masacre y que los de San Bartolo amenazaron con matar a todo aquel que se atreviera a mover los pedazos de los difuntos.

¿Y qué se han creído, pendejos?... ¿Acaso nosotros vamos a levantar esa porquería? —preguntó el jefe de ellos, antes de ordenar que hiciéramos tan asquerosa tarea, y asustados de inmediato obedecimos.

Picados por las gallinas, mordisqueados por los perros y cubiertos de moscas, así tuvimos que recogerlos ante los cañones amenazantes de sus fusiles. Igual nos hicieron arrear las banderas, pero como no encontraron pintura en ninguna parte, los lemas y símbolos se quedaron adornando las paredes. Sobre todo el que decía: “Los vengadores tienen mil ojos y mil oídos”

Durante toda la semana estuvieron viniendo periodistas de San Luis Potosí,  Guanajuato, Irapuato,  León y hasta de Aguascalientes para tomar fotos, grabar declaraciones y pasearse por los lugares más inusuales: Nos enteramos por ellos que el gobernador había solicitado y estaba autorizada desde mucho tiempo atrás la presencia del Ejército en Jaral, pero a nosotros sólo nos visitaban los policías de San Felipe, dizque “por nuestra escasa importancia estratégica”. Desde ahora y por razón de la masacre, vendrían los tenientes y sargentos del Ejército. Todos nos imaginamos que por fin se acabarían los abusos que se acostumbraban cometer; que se terminarían los saqueos del ganado, las violaciones de muchachas y las torturas para inventar culpables. Seguramente ya no habría muchachos ni niñas desaparecidos. Pero una vez más íbamos a comprobar cuán ingenuos podemos ser los habitantes de estos páramos tan fríos.

En pocos días llegaron otros soldados al mando de un oficial joven, de gran estatura, medio blancón, no mal parecido llamado Ernesto. Venían a relevar a la tropa que se encontraba en funciones. Tomaron el colegio de los hermanos religiosos como cuartel, procedieron a cercarlo con un gran muro de adobes, para lo cual reclutaron campesinos hasta de Chirimoya.

Ahora yo, tenía que dar clases en la casa comunal y, como cosa de broma, el teniente que mandaba a los soldados era mi alumno. ¿No tendría vergüenza, tan grandote y escuchando clase con los muchachillos? Me enteré que se hacía llamar con el apodo de “Coster” y que ni los mismos soldados sabían su apellido. Una vez le pregunté al teniente “Coster” qué significaba su alias y me dio una explicación que no pude entender, mejor dicho, no quise.  También me informó:

He venido a terminar con algo que dejó inconcluso mi antecesor.

Sin querer, empecé a tomarle simpatía, sobre todo por la atención que ponía a mis palabras cuando dictaba la materia de historia. ¿Tanto le interesa este curso? Con humildad, le pregunté otro día, y él me dio la respuesta a todas mis interrogantes.

A ustedes los maestros hay que vigilarles. Les lavan el cerebro a los mocosos con ideas subversivas. Desde ahora quiero que enseñes cosas útiles. ¿Entendido? Déjate de andar enseñando cosas de provincia. Háblales de Europa, de países avanzados... de lo más moderno. ¡Ah, y enseña siempre en castellano! para que hablen el español correctamente, incúlcales valores: amor a la naturaleza, respeto a sus mayores, despiértales el interés por la permanente superación; a realizar bien todo lo que hagan y encárgales que te entreguen completas sus tareas. ¡Que no sean cabrones como yo!

Pero, teniente... me atreví a opinar. El programa de la Secretaría de Educación dice...

¡Qué programa,  qué Secretaría, ni que la chingada! ¡Aquí la autoridad soy yo!... ¿Entiendes eso profe de mierda? Vociferó agarrándome de la camisa casi ahorcándome.

Cuando me soltó noté que le temblaban las manos y que tenía los ojos como dos tizones ardientes. Se fue mascullando algo que alcancé a entender y que sirvió de explicación a otra de mis interrogantes.

La culpa de todo la tiene el gobierno... Otra cosa sería el país sin esos malditos, que nomás se la pasan de guevones, piropeando sus secretarias y ordenando pendejadas le alcancé a escuchar y se esfumó.

Coster no me inquieta tanto. Es cierto que cuando me mira desde su alta estatura me hace sentir menos que un batracio, como si a uno lo hubieran hecho de mala gana, como… “ahí nomás a ver que sale” y… yo salí…  igual que si fuera una equivocación de la naturaleza. Pero no le tenía tanto miedo. Los que me inquietaban y daban más pavor eran esas bestias que salían todas las mañanas al despuntar el alba, a correr por los alrededores acatando ordenes de Coster. Salían trotando con el torso desnudo sin importarles el frío de la madrugada, todos con el puñal en la mano. De dos en fondo y repetían lo que cantaba el sargento.

¡El soldado!¡EL SOLDADO!
¡No se cansa! ¡NO SE CANSA!
¡De matar!¡DE MATAR!
¡Revoltosos! ¡REVOLTOSOS!
¡Y bebemos! ¡Y BEBEMOS!
¡De su sangre! ¡DE SU SANGRE!

Cada parte la repetían gritando a todo pulmón. Con sus consignas, me hacían recordar a los de San Bartolo. Y cuando un perro tenía la mala suerte de cruzarse en su camino, lo mataban a puñaladas y bebían tibiecita su sangre. Con otra poca y con las tripas, se embarraban el rostro, y continuaban su recorrido. El perro muerto se lo llevaban a la guarnición. Diciendo que era  “para el cazo” Mucha rabia me dio cuando mataron al mío.

¡Me mataron mi perro, sus pinches soldados! le dije al teniente Coster, con rencor y lágrimas en los ojos.

Pero él sólo me miraba impasible detrás de sus lentes oscuros, como si uno fuera menos que un insecto o, un vil gusano del fango. Por eso, cuando mi mujer me dijo que los soldados habían invitado a la comunidad a un guateque en el cuartel, yo le dije que no fuera. Ella insistía en ir por esa vanidad que tienen las mujeres de lucir sus galas,  que las miren y oír que les digan que están bonitas aunque no sea verdad. No me dejé convencer por sus súplicas y el tiempo me daría la razón. El resto de las mujeres habría insistido igual, porque el día del jolgorio lucían como antes de la matanza, con crinolinas,  faldas de colores y flores frescas en el pelo. Los hombres con camisa y sombrero limpio acompañaban a sus damas. Muchos soñaban con casar a sus hijas o a la hermana solterona con militares, o simplemente querían aprovechar la oportunidad de echarse un trago para olvidar tanta violencia, tristeza y amargura, otros iban por temor. Vimos así a mucha gente entrar por el portón de lo que antes fue el colegio y que convirtieron en cuartel.

Efectivamente, comieron, bebieron y bailaron hasta la tarde. Tocaros discos grandes que habían traído del cuartel en el tocadiscos del padre de la iglesia.  Habían llevado el mezcal que tenía almacenado Alejandro Ayala desde los días en que compartía el mundo con los vivos. Pero nadie se dio cuenta que lo que comían era barbacoa cocinada con los perros que los militares acuchillaban en sus ejercicios matutinos. Algunos quizás saborearon la carne sazonada del fiel guardián de su propia casa. Pero eso, no fue lo peor. Los de Jaral, por generaciones, son débiles para rehusar el buen mezcal y por eso se sobrepasaron en beber y las mujeres gustosas se excedían bailando con los militares. El bailongo amenazaba con prolongarse más allá de la tarde y los hombres seguían bebiendo ante la mirada irónica, socarrona de culebra de los soldados. A las seis de la tarde vimos como las puertas del cuartel se abrían de par en par y al medio de la calle, fueron sacados a culatazos y patadas todos los varones de Jaral. Las mujeres se quedaron adentro.

Borrachos, con serpentinas enrolladas al cuello, unos despeinados y sin sombrero, tocaron enérgicos el portón. Luego gritaron con desesperación el nombre de sus mujeres, de sus hermanas, de sus hijas. Que se las entregaran, suplicaron arañando las puertas. Después que fueron alejados a balazos por los centinelas, los vi llorar a cada uno por separado y retirarse impotentes a sus casas.

Pasado el tiempo, nadie quería recordar el festejo en que comieron perro. Tampoco que los soldados se fornicaron en una noche a todas las hembras de Jaral, y es porque quizás el olvido sea un remedio más eficiente que el odio para esas penas incurables. Los pocos que quisieron presentar quejas a las autoridades de San Felipe, no volvieron a aparecer. Se hicieron humo o los hicieron humo, sin dejar el menor rastro. Las esposas no podían mirar de frente a sus maridos, las madres no querían importunar con su pena a sus hijas que lloraban de amargura por las noches. Hombres en Jaral, se contaban pocos, porque la mayoría andaban hechos un guiñapo que ni siquiera podían levantar la cara hacia el cielo. Se volvió reservada la gente, ya no querían conversar. Sólo una señora tan vieja como Inesita, hablaba pero nadie le hacía caso porque había enloquecido. Siempre repetía las mismas palabras y luego se encerraba en el silencio, como si el recuerdo la abatiera.

¡A mí que soy una vieja, no me perdonaron me hicieron!... ¡No tienen madre esos viejos jotos, borrachos y pendejos que no nos defendieron! se refería a sus coterráneos.

Y así diciendo, volvía a enmudecer. De pronto levantaba el rostro y repetía lo mismo. Eso era lo que hacía todo el día. Hasta irritaba, y por eso fue que las familias se negaban a darle limosna para no escucharla y recordar tanta vergüenza por como los habían degradado.

En Jaral, vi cosas raras en la gente, sus modales cambiaron. Nadie hablaba más de lo necesario desde que comprobaron la maldad de los soldados. Las mujeres, cuando estaban lavando en el río, susurraban entre ellas y callaban todas al mismo tiempo si se acercaba algún varón. Yo me aproximaba y la conversación se terminaba, seguían lavando la ropa en las piedras de la orilla y la exprimían para volverla a lavar; y hasta que me aburría de verlas hacer lo mismo continuaba mi camino. Ya de lejos, aguzando el oído, me parecía escuchar nuevamente su murmuración.

Igual estaban los escolares. Hablaban mucho en secreto, con ademanes sustituían palabras y por más que les preguntaba, nada podía sacar en claro. Eso sí, me miraban con harto respeto, no como al resto de varones de Jaral que ignorándome, lloraban aún la violación de sus madres, hijas  y hermanas.  

Chismes sí me contaron. Cómo no enterarme que ya la mujer no obedecía al marido por estos lugares, que el hijo le faltaba el respeto al padre y la hija con mayor razón. Me contaban también los muchachos del colegio que no querían cultivar sus parcelas ¿para qué? si al final los soldados se beneficiaran de ella y ni siquiera pagarán por lo que dé la tierra.

Cómo no enterarme que la hija de mi vecino Porfirio Navarro, la muchacha de mejores ojos en la comunidad, se entendía con el teniente Coster. Clotilde Navarro, desde aquél abuso de la pachanga, se las ingeniaba para entrar en el cuartel, delante de toda la tropa, tantas veces ella quisiera. Y poco a poco, la Clotilde fue siendo repudiada por los escasos jóvenes que quedaban y por las señoras  que se ocupaban de desprestigiarle la vida.

Cuando llegó la navidad los soldados trataban de mitigar la soledad con harto mezcal. En cambio, la comunidad sabía que esas navidades iban a ser las peores sin el estimulante destilado por los difuntos, sin la misa cantada por el padrecito Rodrigo. El curita ya no asomaba su sotana por esos rincones donde la gente desaparecía y los cadáveres se descomponían al sol; donde ni siquiera quedaba un corderito para agasajar a las visitas.

Sólo las mujeres tuvieron humor para ponerse sus mejores vestidos y lavar sus trenzas con el mismo jabón con que lavaban su ropa, agregándole agua florida para perfumarlo. No obedecían ni a sus maridos ni a sus padres, se declararon en franca rebeldía contra la autoridad de los hombres de Jaral.

Al que no veíamos mucho era a Coster. Casi siempre andaba medio borracho y chismeaban que liaba cigarrillos con una hierba como el orégano, que olía a petate quemado. Parte de su tropa se fue en patrullaje a Chirimoya, porque decían que allá otros soldados fusilaron al comisariado ejidal, que era un títere impuesto por  Coster.

Esa Noche Buena, cantando villancicos al Jesusito, iban las señoras por las calles de la comunidad, como si fuera una procesión, cada una con su cirio de sebo entre las manos y danzando al son de los villancicos que les enseñó alguna vez el padrecito Rodrigo. Cruzaron por la calle principal hacia la plazuela donde estaba el cuartel. Los soldados dispararon al aire previniendo una sublevación, pero a la luz de sus linternas reconocieron a las mujeres que por la fuerza habían compartido sus caricias con ellos. Entonces empezaron a lanzar silbidos y palabrotas alusivas a sus traseros y senos. Incluso Coster salió por encima del muro, todo borracho y despeinado.

¡Seguro quieren más verga!...gritó—. ¡Ábranles la puerta y que entren de una en fondo para darles sus pascuas!

¿Cómo es posible que andes tan borracho, todo sucio y lagañoso? le increpó a voz en cuello la Clotilde Navarro.

¿Qué me está diciendo esta perra? le preguntó Coster a un subalterno, porque no la alcanzó a oír bien.

Que si las aceptamos teniente; quieren entrar... —con esa mentira le respondió el soldado.

Y las recibieron jubilosos seguramente habían calculado pasar la navidad mitigando su soledad con ellas y con alcohol. Las puertas se cerraron una vez más detrás de las hembras de Jaral y nadie durmió en el caserío. Mucho menos los cornudos de los hombres pensando que su honor era pisoteado nuevamente.

¡Chingao, viejas putas!... ¿Por qué no he muerto antes de ver tanta deshonra? se lamentaba mi vecino Navarro escuchando el jubileo que los uniformados hacían ante la presencia de las mujeres.

No se aflija, amigo Toribio. Son tiempos de guerra los que vivimos le dije tratando de consolarlo.

Ni trago tengo para sufrir menos en mi alma atormentada siguió hablando, repitiendo el estribillo de una canción de decepción. <<Así no quiero vivir... Quiero esta misma noche buscar quién me dé la muerte>>.

No sea tonto, ni piense lo malo, mejor haga algo... oí que le decía mi mujer que no había sido invitada, con cara de enojada y moviendo sus manos como arriando gallinas.

Cuando ya nos cansábamos de oír tanto alboroto de botellas rotas, risas y palabrotas, sonó esa explosión que se llevó algunos de los techos de las casas más cercanas al cuartel y que me hizo creer que era el fin del mundo. Las llamas se elevaban dentro de la cuadra como queriendo lamer las estrellas, y los pedazos de fierro que volaban por los aires amenazaban con descabezar a los curiosos. Sonaron tiros de fusil, ráfagas de metralleta y escuchamos quejarse atroz a más de un herido en la oscuridad. Dos explosiones más nos desgarraron los tímpanos y vimos arder el colegio por completo, como si fuera una caja de fósforos. Sentimos y oímos el llanto de las mujeres y otros quejidos. Algunas de las señoras que habían ingresado para festejar con los guachos iban apareciendo poco a poco, por la puerta destrozada, casi desnudas y con el pelo chamuscado. Trataban de cubrirse sus partes con ambas manos en medio del frío de la noche. Los vecinos que curiosos atisbaban al verlas las tapaban con sus jorongos, camisas y mantas al tiempo que les preguntaban por la suerte de la hija o de la hermana y hasta por la esposa. Varias habían muerto.

El acuerdo de ellas fue: Todas entrar al cuartel para arroparse bajo las frazadas de los soldados y luego, en plena madrugada, atravesarles el corazón con esos alfileres de platería comprados en la feria de septiembre, tan largos que usan para sujetarse el pelo. Pocas consiguieron matar a su acompañante casual; otras fueron sorprendidas en el intento. Esas murieron primero.

Clotilde Navarro, de tanto entrar y salir para ofrecerse al teniente, había aprendido mucho. Sabía dónde estaban las cosas peligrosas del cuartel y también lo que Coster guardaba debajo de su camastro. En la habitación donde antes estaban las escobas y los trastes de limpieza. Coster almacenaba rifles, granadas, balas y municiones para tenerlas bajo su control. ¡No jales esa argolla!, le había dicho a ella, una vez que cogió por curiosidad ese artefacto parecido a una lata de leche. “Nos quemamos todos”, agregó antes de arrebatárselo de las manos.

¿Jalando explota, papito? —ocultando su curiosidad preguntó.

—¡Claro que sí, babosa! No vuelvas a tocar esto. ¿Oíste? Con éstas, vuelas toda la guarnición le reprendió.

Y si se hubiera metido de adivino Coster y viviera para contarlo... pero la Clotilde lo mató borracho y satisfecho, hundiéndole ese gran alfiler de plata en el corazón. Lueguito, hizo eso que le prohibiera:  jalar la argolla de la lata juntito a las cosas que guardaba Coster en la otra habitación. Ahora que está ciega y toda quemada la pobre, se le ha dado por contar detalladamente cómo provocó el incendio.

Los soldados que salieron hacia Chirimoya para castigar a los que mataron al comisariado, jamás regresaron. Los de San Bartolo les armaron una emboscada a medio camino y dicen que nadie quedó vivo. Aquí, los pocos heridos que quedaron entre las ruinas de lo que fue su cuartel no querían que les ayudaran. Amenazaron con disparar al primero que se les acercara, a pesar de que ni siquiera tenían fuerzas para sujetar el fusil. De eso, ya se daban cuenta los muchachos que habían quedado vivos y les gastaban bromas del mal gusto, burlándose de su debilidad. Los mocosos pasaban corriendo, lanzándoles piedras y luego desaparecían. Las heridas habían comenzado a gangrenarse, porque ya ni se les escuchaba gritar las bravuconadas de costumbre. Lo último que veníamos escuchando desde dos noches atrás eran lamentos de dolor y delirios de agonía de seres que se arrastraban como gusanos. Después ya nada oímos. Los chiquillos aprovecharon para recoger todo tipo de armas de los alrededores, les quitaron las botas para utilizarlas ellos. Incluso tuvieron la osadía de arrebatarles los fusiles a los moribundos de sus propias manos valiéndose de argucias.

Esto se va a poner peor, profesor... me decía don Anselmo que tenía una fragua donde hacía azadones, palas y picos y herraduras para burros, caballos y mulas cuando había. Ahora van a venir más guachos y nos harán sufrir por lo que hicieron estas locas con el cuartel. Debemos marchamos de aquí, quemarlo todo. Pedir a otras comunidades que nos acojan. Hasta de a  gratis podemos trabajar para pagarles el favor.

Así es, mi estimado le respondí. Vendrán muchos soldados a masacrar y a torturarnos. Ése es el precio que se paga por ser valientes. Y como los hombres de esta comunidad no fuimos valientes, las mujeres nos han enseñado, nos pusieron la muestra. Hasta los muchachos de la escuela han empezado a ser machos. ¿No le da vergüenza?

Valientes o cobardes, no importa profesor. La cosa es que hay que largarse o creerán que nos hemos sumado a los vecinos de San Bartolo añadió otro temeroso vecino.

Dicen las malas lenguas que las mujeres y los chicos remataron a pedradas a los heridos que se estaban pudriendo al sol. Peores lenguas dicen que eso lo aprendieron de los de San Bartolo cuando ajusticiaron a los mezcaleros de aquí.

Todos huían con sus cosas. La cargaban al hombro y llegaban así a los caminos, porque burros ya no existían. Los que decidieron refugiarse en las comunidades vecinas fueron los de edad adulta, casi todos hombres. Las mujeres en cambio preferían marcharse junto a los muchachitos del colegio, hacia la sierra de El Cubo. No querían andar con quienes no supieron defender su honor ni vengar su humillación. En Jaral quedaron los viejos y la Clotilde Navarro junto a algunos pusilánimes que no sabían qué hacer.

Creyéndome seguro en las cuevas donde las aves de rapiña hacen sus nidos, olvidé allá por unos días, junto a mi mujer, el miedo de vivir en Jaral. En la madrugada del noveno día me despertó un silbido que no era del viento ni de culebra, sino de gente. Terror sentimos y nos acurrucarnos debajo de los jorongos esperando la muerte.

¡Profesor Corpus, no te ocultes, te estamos buscando!

Escuchamos una voz de joven, como suplicando. Eran Ramiro, mis alumnos y algunos adultos que venían acompañados de señoras de la comunidad. Lucían andrajosos y hambrientos, con los labios rajados, blancos, chaposos en las mejillas, igual que los guerrilleros que alguna vez visitaron el caserío.

¿Qué vienen a buscar de este pobre profesor sin escuela? ¿Acaso yo puedo darles a todos de comer? Si de milagro mascamos algo de mezquites, nopales y tunas agrias entre mi mujer y yo, y bebemos el hielo derretido que nos amorata los labios. ¿Qué les puede dar este jorobado inservible que se cansa cada cincuenta metros por el peso que lleva en la espalda?

Maximino Guzmán me dijo que usted podía conducirnos en el viaje para ponernos a salvo de los soldados. Por algo eres, pues, profesor gritó Ramiro.

Y yo, que había escuchado tantas veces la misma exageración, dudé. No fui político, no tenía ese don de mandar a otros ni tenía ideología. Pero Ramiro, igual me dijo que el Espíritu Santo me daría rumbo y los dones que necesito. Así regresó él de Morelia a donde lo habían mandado a estudiar, cambiado, con el pelo y la barba largos, llevando la Biblia bajo el brazo. Afirmaba ser “converso” pero a pesar de eso, era como todos los de por acá. Sacándome de mis reflexiones volví a escucharlo decir:

Eres noble de corazón profesor. Sabes leer mejor que cualquiera de nuestros paisanos. Sólo te falta conocer la palabra de Dios y aplicar su voluntad —y me animó entregándome su Biblia toda vieja.

Así empezamos este duro peregrinar, perdiéndonos de las patrullas de los soldados y otros uniformados, caminando de noche y ocultándonos de día, robando ganado para comer, asaltando gente de las comunidades aledañas. Los chiquillos aprendieron a disparar con las armas que se robaron del cuartel y unos pocos soldados que desertaban de otras guarniciones hartos de tanto abuso, se nos sumaron. En un principio sólo las aves de rapiña que vuelan muy alto y los pájaros carpinteros que agujeran los troncos de los árboles y una que otra mariposa se enteraron de esta masa de humanos que andaba por las montañas sin rumbo ni disciplina, desplazándose como una horda y arrasando con todo lo que se oponía a su paso.

Allá en Jaral. Cuando los soldados se cansaron de peinar la zona, subieron en camiones a los cerros cercanos. Seguramente estaban alarmados al no recibir señal de la radio del difunto Coster.

Con el rostro tiznado de betún y las armas listas para disparar entraron por la calle principal a Jaral y detuvieron a las pocas mujeres y ancianos que encontraban en su camino.

¡Ahhh… cabrón! resopló el que estaba al mando al ver el cuartel todo destruido, tapándose las narices por el fétido olor a cadáver descompuesto. ¿Quién hizo esto? preguntó a un anciano que habían detenido en la plazuela. Fueron los hombres de aquí, ¿no?

No, señor patroncito respondió.

¿Me quieres agarrar de tu pendejo? vociferó el oficial cerca del rostro del prisionero¿Sabes que te puedo desaparecer?... ¿Ah?

Verdad te estoy diciendo, patrón.

¿Tons, no sabes quién hizo esto? —cuestionó de nuevo y le lanzó un puntapié a los testículos. ¿Acaso fue el Arcángel San Miguel?

Como no decía lo que ellos querían oír, lo siguieron pateando en la cabeza, en la cintura, en la columna y el vientre. El golpe más certero fue justamente en la boca del estómago y el anciano perdió completamente el aire y poniéndose morado, murió, con los ojos desorbitados y los labios abiertos, tratando inútilmente de inhalar el aire que le faltaba, sintiendo que el abdomen se le hundía como queriendo juntársele con su espalda. A su alrededor el hatajo de soldados reía.

Que se muera por mal colaborador. Traigan a la borradita esa. Por sus quemaduras algo tiene que saber.

Señaló el oficial a Clotilde Navarro, de ella ya no quedaba belleza en sus ojos y parecía que se había avejentado veinte años de una sola vez, el fuego le había inhibido la visibilidad, sus pestañas y cejas que la embellecían estaban chamuscados; del pelo solo quedaba una horrible mancha negruzca consumida arriba de su cabeza que no acababa de recuperarse, su vestido se había convertido en harapos, el rojo intenso de sus labios había desmerecido; aunque eso no la hizo perder su insolencia ni su desplante de altanería y mantenía su memoria despejada. Con recelosa hostilidad y desprecio, expresó cuando los tuvo enfrente:

Por las puras preguntas que me vas a hacer, si me vas a matar, hazlo de una vez —envalentonada habló Clotilde, que había escuchado el interrogatorio que le hicieron al anciano.

¿Quién hizo esto?... Yo pregunto y, dicen que no fueron los hombres de la comunidad. Me quieren agarrar de pendejo, entonces. ¿Acaso fue el Arcángel San Miguel? —preguntó el oficial, sin atreverse a mirarla de frente.

Ya te dije, puedes matarme de una vez. Yo lo hice todo insistió, buscando con su intuición la dirección de donde venía la voz del oficial. Y con San Miguel no te metas... Nada tienes que ver con él. Ya se llevo hasta a las mujeres pa' que no les hagas daño. Nunca las vas a encontrar.

Esta india está loca... ¿Quién va a creer que tú has volado la guarnición entera? Seguro estabas trepada en alguien cuando la atacaron. Ahora entiende: cuando pregunto si lo hizo el Arcángel San Miguel…, es un decir... ¿Entiendes? No es que exista; ¡imbécil!

Tú de repente no lo conoces comandante. Pero él se los llevó a todos y después va a buscarte, para hacerte pagar todos tus abusos, así que ándate con cuidado.

Por haber respondido de ese modo, Clotilde Navarro sintió empellones, improperios y blasfemias a su alrededor. Se dejó conducir en medio de su propia oscuridad, sintiendo el sol en las espaldas. Escuchó las súplicas de los ancianos y de las mamás que no pudieron partir hacia las alturas de la sierra.

¡Ya no los hagas enojar Clotilde! Porque nos matan a todos le imploraban.

El sonido de las ráfagas de metralleta le hizo recordar la última noche del oficial Coster. Y si hubiera tenido ojos, se habría visto morir entre los estertores de su agonía. Ahora le lanzaban esa misma lata llena de letras que producía un infierno.

Cuando vengan los periodistas, que busquen a ver que encuentran comentó el oficial después de los dos asesinatos que había cometido, limpiándose el betún del rostro con un pañuelo.

***

Había sucedido que, el profesor Corpus y su mujer, habían emigrado a la sierra llamada El Cubo, ella montada en una vieja mula acanalada y a ratos él también montado en ancas y casi dormidos llegaron a ese destino, esperando un amanecer eterno. Desde entonces mujer, esposo y mula forman parte de ese paisaje y con su transitar la tierra ha quedado marcada con su firma. Y ahí, el profesor, entre la niebla lechosa, extendiendo sus brazos con cierto misticismo, reseñaba a personas recién incorporadas a su ejército que como estatuas sorprendidas por el tiempo,  otros más allá recargados en piedras como oscuras siluetas en piyamas, como fantasmas sin rostro, escuchan los pormenores sin perder detalle de las evasivas urdidas y ejecutadas para salvarse de las malditas pretensiones del “gobierno” Cubriéndose del frio con un jorongo rojo revelaba:

Por una rara mezcla del azar y del destino, El Arcángel Miguel, así me llaman ahora. A mi paso los hombres y muchachos se detienen; la sierra me esconde; las bestias y las aves me avisan del peligro. Con cautela, ascendemos y bajamos según el ritmo del ambiente y el de nuestras necesidades. Mi aspecto ha cambiado. Caminamos con los pies desnudos sobre el hielo que se forma en las madrugadas, pero también, desde aquí nos hemos maravillado con los atardeceres teñidos de rojo y ámbar por los últimos rayos del sol. Seguimos asaltando en caminos pero solo tomamos lo que necesitamos y… volvemos a trepar por las laderas a los páramos más altos y fríos; ya conocemos sus cuevas y todos los demás recovecos por muy disimulados que estén. Nos buscan hasta con esos aparatos que acercan las cosas a la vista y no nos hallan. De la legión, unos han trepado como sombras sigilosas hasta las partes altas de la sierra, otros más, los inexpertos, han rodado por las laderas como muñecos. Los que nos buscan, pasan cerca de nosotros y ni nos miran, porque no nos encuentran, pareciera que nos hubiéramos vuelto transparentes. Los de San Bartolo, no nos buscan porque saben que sí nos encontrarían. Pero también saben que hemos cambiado, que el Arcángel Miguel nos guía, nos protege y nos da fuerzas para defendernos. En cuanto al ejército, más le vale que no nos encuentre porque el día que lleguen a encontrarnos, les enseñaremos que las armas que nos llevamos del cuartel todavía disparan, que varios desertores de sus filas se han unido a esta cruzada hambrienta y errante que protesta por sus atropellos y que recibirán toda la ira de Dios como ya la recibieron aquellos que murieron en el cuartel. Así lo digo yo, El Arcángel Miguel de Jaral, hijo de…

     —¡Escóndase profesor Corpus! —lo interrumpe y le previene uno de sus seguidores—: Parece que oí una avanzada de soldados.


Ansberto Rangel Pérez.

Entradas más populares de este blog

Cuento de mi barrio

Mis detalles finales