El Profesor Corpus
El
profesor Corpus
En medio de la oscuridad, mientras el granizo azotaba los techos de las
casas y los perros aullaban como si la pena les brotara de adentro, los Ayala y
otros rancheros dirigidos por Alejandro Ayala comisariado ejidal de Jaral de
Berrio, se acercaron sigilosos como gato a su presa y apuñalaron ocho
cuerpos dormidos. Eran muchachos campesinos de San Bartolo que habían sido
contratados por el dueño de algún alambique para cortar maguey. Su sangre quedó desparramada en las paredes y
el piso de tierra de la bodega del tendajo de Nemesio Ybarra.
El siguiente día de la
tragedia fue de mucha conmoción; peleaban entre los que apoyaban la atrocidad
contra los que criticaban la conducta del comisariado ejidal, que era
atrabancado, cicatero ventajoso, miserable y convenenciero que solo veía por
sus intereses personales, nada que ver con la obligación de cualquier representante
de los comuneros. Por eso, se le ocurrió convocar a una reunión y, ladinamente
les obsequió mezcal y con embustes logró convencerlos que lo hecho por él, su
familia y otros seguidores fue lo mejor, ya que de lo contrario quedaba en
riesgo el trabajo de limpiar, cortar, acarrear y fabricar el mezcal que era la
fuente de supervivencia del lugar. Desde el inicio de la sesión se generaron
agrias discusiones y para algunos reclamos, Alejandro Ayala no tenía respuestas
pero al ser precisamente él quien la dirigía,
socarronamente desviaba la conversación.
—¿Qué te pasa don Alejandro? —le increpó la anciana
Inés, que tampoco estaba conforme con la animalada del comisario—. Cuando me quejaba de
la suerte de mi nieta abusada por los policías de San Felipe, nada dijiste. Te
metiste la lengua al gaznate ¿no? ¡Mafioso! Peor que el zorro eres. Y cuando
reclutaron a fuerza a nuestros muchachitos, tampoco dijiste nada. Ahora que
tocan tus negocios, que estás en problemas por haber matado inocentes, nos llamas
a asamblea para palabrearnos bonito. ¡Eres un artero ladino que no mereces nada!
A intervenciones como esas el bribón de Alejandro Ayala, tenía evasivas y
pretextos que sagazmente utilizaba.
En las fiestas de la comuna,
había regalado mezcal a los hombres, sin ser mayordomo. Más bien era un
lambiscón del diputado por el distrito al que se pertenecía, a menudo le
llevaba regalos al presidente municipal. Así con esos servilismos, bajezas y
corruptelas, había logrado ser nombrado dirigente de la asociación “Los Hijos
de Jaral”, padrino del equipo de fútbol, representante, inaugurador solemne en
muchas fiestas y comisariado ejidal, en la asamblea hablaba de la exigencia de
participación de las ganancias a los mezcaleros que pedían los muchachos que
habían venido a trabajar de San Bartolo “era la gota que había derramado el
vaso”, que “ya no se soportaban los flagelos” Por eso había propuesto
deshacerse de ellos. Aunque la verdad de lo acontecido el día anterior, consistía
en haber sido provocado por los trabajadores de la comunidad vecina. Eran
sentimientos de furia y envidia ya que los trabajadores de San Bartolo, producían
el doble que los de Jaral, y ganaban más. Por la envidia de haber sido
rebasado, cegado había perdido la cordura. Por esos sentimientos ordenó y
participó en la ejecución de la matanza.
Enterado de los asesinatos, don César Jaramillo no estuvo de
acuerdo con ese proceder así que, siendo congruente consigo mismo y haciendo
caso omiso de los comentarios de sus coterráneos, inspirado en su espíritu
justiciero, y exponiéndose a que lo tacharan de traidor, había corrido a
matacaballo a San Felipe, para dar parte a las autoridades y solicitar su
presencia en Jaral. Atravesó caminos, veredas y campos cultivados, con la firme
idea de denunciar que a raíz de las atrocidades cometidas por Alejandro pronosticaba
sin temor a equivocarse, que habría una batalla entre los pobladores de ambas
comunidades.
La falta de trabajo en San
Bartolo había hecho que los jóvenes migraran hacia Jaral sin sospechar la
consecuencia. El conflicto había involucrado a personas inocentes como el caso
del maestro Saúl Corpus cuya única desgracia era haber sido designado a dar
clases en la escuela de Jaral. El profesor había hecho su parte: Intentó por
los medios a su alcance, es decir: sin violencia, con argumentos válidos por
centrados, humanistas y por lo mismo, apegado a las normas de convivencia. Era
de la idea de que “todo individuo tiene derecho a un trabajo” pero, Alejandro
Ayala no solamente lo desoyó sino que azuzó a sus seguidores para que lo
golpearan como un castigo y para que sirviera de ejemplo a quienes no
estuvieran de acuerdo con sus violentas ideas y tratando de deslucir las serenas
teorías del mentor. Pasados tres minutos de golpes que la azuzada multitud
propinó al indefenso maestro, con su máuser
en alto paró la agresión, luego con firmeza apuntó hacia San Bartolo como
indicándoles que aquellos eran sus enemigos y así fue como les declaró la
guerra.
Cesar Jaramillo regresó luego
de cinco horas en compañía del Comandante del cuartel militar, un sargento,
ocho soldados, seis policías debidamente armados, el presidente municipal, el
secretario del ayuntamiento y don Gualberto Acosta que la hacía de periodista.
Las personalidades de San
Felipe entrevistaron a Alejandro Ayala, ya que se le acusaba de ser el asesino
intelectual y material. En esa entrevista, el muy zorro, sólo respondía
tartamudeando y poniendo cara de indio desamparado frente al presidente y el
comandante. ¡Incluso lloraba el muy infeliz miserable! Así los convenció de que
esos muchachos se habían revelado, que tenían amenazados a los viejos y niños
de Jaral, además algunas jóvenes habían sido violentadas sexualmente y
representaban un riesgo; aducía que los propietarios de los alambiques ya estaban
hartos con sus exigencias, les pedían porcentaje de la ganancia que obtenía por
la producción de mezcal, dizque porque ellos ayudaban a limpiar los campos
donde se producía el maguey, que lo cortaban, acarreaban y participaban en la
producción. Todo eso, sin mirar de frente, había declarado a las autoridades
del cuartel y de la presidencia municipal.
Don Gualberto tomó fotos a los
cadáveres, siempre cuidando de no descubrir el rostro del más joven para suavizar
la noticia, que no se dieran cuenta que había sido una perversa fechoría ya que
con toda alevosía y exceso de ventaja los habían ultimado. Inicialmente ante lo
evidente el presidente municipal enmudeció, no
obstante luego de un cuarto de hora de reflexión supuso que para él,
sería mejor y más provechoso encubrir al culpable, y le dio la razón a su
comisariado quién en otras ocasiones lo había apoyado con cajas de mezcal, le
había organizado fiestas y bailes para su satisfacer su ego y hasta le había
proveído de niñas vírgenes para su lujurioso comportamiento.
Cesar Jaramillo, no lo podía
creer, se puso descolorido de coraje, presionó sus puños para soportar, pero
impotente, no tuvo más que conformarse
con la burla de los seguidores de Alejandro. Se retiró sin decir adiós. Se fue
a su casa, ensilló otro caballo y se desterró del lugar, con destino a la
capital del Estado. Eso no se podía quedar así. Estaba harto de tanto abuso por
parte del Comisariado Ejidal, y se había dado cuenta que el presidente
municipal estaba de su parte y no ignoraba del todo los motivos que tenía para hacerlo.
***
Ahora sé por qué seguía
llorando el ladino Alejandro Ayala cuando se fueron los soldados y los
periodistas. A pesar que lo nombraron “Ciudadano ejemplar”, “heroico defensor
de la patria”, “ejemplo de civismo” y otras enalteces. Todos se fueron por
donde vinieron; sin dejarle ninguna protección para su inmunda persona ni para
sus familiares. En el mismo caso estaban los Ramírez, los Ybarra y los
Hernández, por eso pretendieron hacer una nueva asamblea para organizar eso que
los soldados llamaban “rondas” o “defensa civil”, pero los de la comunidad no
quisieron asistir. Convocaron a los escolares, pero los muy matreros preferían
ir a cazar torcazas, matar lagartijas o a torturar sapos antes que desfilar con
armas, palos y picos de hierro por la plazuela.
En Jaral, al insolente de
Pascual hijo mayor de Pancho Ayala le dio por seguirme a todas partes y cada
vez que le dirigía la mirada, sarcástico me sonreía. Y de vez en cuando soltaba
amenazas en voz alta, como quien no quiere, pero, para que yo lo escuchara.
—¡Ya vamos a caerle también a
los amigos de los muertos de hambre de San Bartolo... ¡Varios deben haber por
aquí! —y
volteaba en mi dirección riendo con malicia.
En los siguientes días, los
hijos de los mezcaleros, actividad de la que vivían muchos hombres en Jaral, empezaron
a faltar a la escuela y a veces los veía vagando por los estanques, conversando
con otros mocosos. Valientes seguro se sentían.
—¿Por qué no van a la escuela,
vagos? —les
increpé una tarde.
—El que tiene dinero no
necesita colegio —me respondió uno de los gemelos de Ayala—. Basta con saber sumar,
restar, lo que entra y lo que sale. ¿Pa' qué más?
—¡Torpes! ¡Vayan pa' su clase! —los regañé con un
palo en la mano.
—¡Cuídese mejor, profesorete!...
Ningún fuereño nos va a decir qué hacer. Y si nos sigue hostigando, allí están
los soldados y policías que buscan “a los de San Bartolo”. Usted de repente
“será de allá” —envalentonado
por andar en montón, dijo Pascual.
Cogí miedo y me fui dándoles
la espalda, sintiendo sus mofas e insultos, soportando los terrones secos que
lanzaban sobre esta joroba maldita que no merecí tener.
—¡Jorobado, jorobado,
profersucho jorobado!... —gritaban ya de lejos, burlándose. Luego, en la noche, me dio por llorar
de impotencia sobre el hombro de mi mujer.
El siguiente domingo la gente
despertó espantada por un sonido grave y monótono, como si los cerros
amenazaran con derrumbarse. Fueron saliendo los comuneros tratando de ver,
entre lagañas, qué pasaba. Pasmados se quedaban aquellos que levantaban la vista
hacia las alturas: los cerros verde-amarillos, amanecieron cubiertos de hombres
vestidos a la usanza campesina y con pasamontañas de colores. Algunos hacían sonar
los tambores de cuero templado que usaban para las fiestas patronales siguiendo
un ritmo lúgubre, constante, arrancándole eco a las montañas. Nadie se explicaba
de dónde salían tantos. ¿Acaso no eran tan sólo unos pocos?
¡Braammm! Sonó el primer
dinamitazo y las madres espantadas y a media calle hincaron rodillas en tierra,
abrazando a sus niños, para implorar al cielo misericordia. Las paredes de roca
y los riscos de las quebradas siguieron temblando al ritmo de los cueros, y los
hombres de Jaral, entendieron que toda resistencia sería inútil y que había
llegado el castigo por sus culpas.
—¡Saquemos la bandera blanca! —gritó como loco
Francisco Ayala, tratando de ordenar a la gente presa del pánico—. No nos harán nada...
¡Somos campesinos, gente de paz!... ¡Les explicaremos!
Pero nadie tenía oídos para
sus implorantes palabras. Docenas de rostros cubiertos los observaban
imperturbables mientras los tambores aceleraban el ritmo y sonaban las
cornetas. El segundo petardo de dinamita remeció la tierra y las mujeres
temblando y aullando, huían como codornices ante el trueno buscando refugio. De
pronto todo se hizo silencio. El eco de la explosión se agotó en el aire y gente
de San Bartolo los miraban a lo lejos, con sus rostros inexpresivos, como
fundidos en bronce. Uno de ellos gritó algo inentendible mostrando en alto el
fusil, y el resto lo siguió coreando la consigna, levantando sus armas.
Volvieron a tronar los tambores y los guerrilleros empezaron a descender por
los caminos del ganado hacia la senda que conduce al caserío. Llegaron por fin
a la plazuela formados en pelotones y vociferando lemas, repitiendo las mismas
cosas hasta el cansancio.
—¡Compañeros!... ¡Venganza por
nuestros niños asesinados!
—¡Venganza, venganza! ¡Muerte a
los de Jaral!
Jóvenes y viejos, armados
ingresaron casa por casa en busca principalmente de los Ayala, de los
Hernández, de los Ramírez y hasta de los Ybarra. Sólo dejaron a las criaturas,
al resto los sacaron en vilo. En medio de la plaza mataron primero a los más
viejos utilizando cuchillos para degollar carneros. Se vio boquear y temblar
con los estertores de la muerte a Francisco Ayala, que aunque gritó pidiendo
misericordia, no pudo evitar con sus dos manos que siguiera manando sangre de
su yugular y por ahí se le escapó la vida. A las mujeres viejas las mataron
aplastándoles el cráneo con pesadas piedras y ahí quedaron en el suelo como
dibujos mal hechos. Los hijos de Nemesio Ybarra muchachos como de quince y diecisiete
años, presentaron resistencia, pero fueron reducidos a culatazos y colgados con
toscos mecates de ixtle del travesaño del techo de la escuela. Pataleaban
amoratados por la asfixia hasta que con los ojos saltones y la lengua de fuera sucumbieron
a la muerte.
En la plaza quedaron
maniatados y desnudos Alejandro y Francisco Ayala, Amparo y Rosalba sus
esposas, Nemesio Ybarra que se decía inocente de los asesinatos y la anciana
Inesita. Tirados panza arriba, degollados, capados, mutilados de brazos y
piernas, ahorcados, con sus caras aplastadas llenas de tierra. Mientras tanto,
los techos de sus casas ardían llenando las quebradas de humareda negra. Los
tambores de piel y las cornetas no dejaban de sonar lúgubres, como melodía de
pesadilla.
Qué fácil morían como reses
los humanos. Las cuatro de la tarde, la calle principal del caserío se nutrió
de los balidos de todas las ovejas. Junto con ellas marchaban las pocas reses
que poseían en la comunidad, también los caballos y los burros. Los vencedores
las arreaban a latigazos. En toda una vida jamás se habían escuchado balar así.
Parecían adivinar que nunca más volverían a ver la tierra donde nacieron. Era
un balido triste de despedida igual que una plegaria triste a la virgen de
alguien que se va. Así los campesinos de San Bartolo castigaban a los asesinos
de Jaral, llevándose como botín de guerra todos los animales, excepto los
perros. Los sobrevivientes del caserío vieron impotentes cómo esa columna de
animales caminaba por el sendero que conduce hacia los cerros rumbo a su
comunidad, igualito como si se fueran al cielo, perdiéndose de vista allá donde
se juntan las crestas con las nubes. Habían escapado a la muerte quienes
tuvieron la fortuna de esconderse a tiempo, en arroyos, en los cerros, entre
los maizales, otros más se refugiaron con el sacerdote de la iglesia a donde
por respeto no entraron los de San Bartolo.
—¡Adiós, profe Corpus!... —me dijo cariñoso un
muchachillo con el rostro cubierto por un pasamontañas rojo.
Miedo me dio no saber de quién
se trataba. Mi alumno seguramente habría sido y, antes de acoplarse al grupo
que cubría la retirada de los invasores, me obsequió un saludo. Llevaba el arma
terciada a la espalda y desapareció a lo lejos haciéndome adiós con su mano
pequeña aún.
Al caer la noche, se supo que
se acabaron los Ayala, los Hernández, los Ramírez. Nadie volvería a apellidarse
así por estas serranías. También, con la destrucción de sus alambiques,
acabaría la célebre fama de destiladores de mezcal que conservaron orgullosos
los del Jaral durante muchos años.
Soñé esa noche con los mezcaleros
y sus familias que había visto morir en la plaza. En medio de ellos lucía la
imagen del arcángel San Miguel, patrono de Jaral, triste y olvidado al centro
de la plazuela, diferente a como en su fiesta patronal, cuando todos
festejaban, bromeaban, parrandeaban en homenaje a su celebración. San Miguel, con
su rostro empolvado por tierra y humo, vestido con su capa roja de lentejuelas
y cubierto de milagros de plata, me platicó toda la noche. Me contó de lo poco
que valía ser patrón de una comunidad de alcohólicos y fornicadores. Dijo que
ya estaba cansado y que ya no quería seguir siendo San Miguel.
—¿No quieres ser tú San Miguel?
—me preguntó
poniendo su mano blanquísima en mi hombro.
Yo reí de buena gana, a pesar
de estar entre tanto muerto.
—¿Cómo voy a ser, pues, San
miguel?... ¿Acaso alguien ha visto un Arcángel chaparro, feo, con los pelos
parados y jorobado?... ¿Acaso un cobarde como yo puede ser un San Miguel y
derrotar a los demonios de toda especie? Hasta profesor puedo ser. Y eso he
sido, con el favor de los comuneros del Jaral. Pero los Arcángeles son
hermosos, celestiales, omnipotentes, hasta creo que con cierto poder que Dios
les da, no como uno que cuando se mueve
despierta lástima.
Y así nos fuimos charlando
mientras esquivábamos los muertos, desparramados en la plaza, arrimándolos con
el pie a un costado para que no estorbaran el paso. Y me dio pena después de
todo, porque no hay nada más triste y hasta amargo que ser patrono de una
comunidad que apenas se acuerda de su onomástico y lo aprovecha como ocasión
para chupar y bailar durante días, mientras la imagen pierde sus colores
olvidada a la intemperie, soportando el sol en su cúspide y la insolencia de
los borrachos que meaban en su delante. Capaz que el ajusticiamiento de los
mezcaleros del Jaral era el castigo de Dios por sus pecados. Por eso, ahí esos
cadáveres quedaban para los buitres.
La comunidad se quedó pintada
de lemas y advertencias, amenazas contra soplones y traidores, al igual que
contra los que se atrevieran a bajar las banderas rojas con blanco que dejaron
por todo el pueblo.
Cuando llegaron los soldados
de Guanajuato y tuvieron que entrar al caserío, se cubrían las narices por el
hedor que despedían los cadáveres descompuestos bajo el sol. Suponíamos que
Cesar Jaramillo había ido a pedir ayuda al gobernador y lo había logrado. Esa
era la única explicación cuerda que se nos ocurrió pensar, pero la soldadesca y
sus superiores, venían como enojados, los habían sacado de la comodidad de sus
cuarteles, y de que habían tenido que declinar la invitación para asistir en
Dolores Hidalgo a las fiestas patrias y eso los había puesto de mal carácter.
—¿Por qué no los levantaron? —preguntó un oficial
refiriéndose a los cadáveres.
Le contestaron los más
habladores, detallándole cómo había sido la masacre y que los de San Bartolo
amenazaron con matar a todo aquel que se atreviera a mover los pedazos de los
difuntos.
—¿Y qué se han creído,
pendejos?... ¿Acaso nosotros vamos a levantar esa porquería? —preguntó el jefe
de ellos, antes de ordenar que hiciéramos tan asquerosa tarea, y
asustados de inmediato obedecimos.
Picados por las gallinas,
mordisqueados por los perros y cubiertos de moscas, así tuvimos que recogerlos
ante los cañones amenazantes de sus fusiles. Igual nos hicieron arrear las
banderas, pero como no encontraron pintura en ninguna parte, los lemas y
símbolos se quedaron adornando las paredes. Sobre todo el que decía: “Los
vengadores tienen mil ojos y mil oídos”
Durante toda la semana
estuvieron viniendo periodistas de San Luis Potosí, Guanajuato, Irapuato, León y hasta de Aguascalientes para tomar
fotos, grabar declaraciones y pasearse por los lugares más inusuales: Nos
enteramos por ellos que el gobernador había solicitado y estaba autorizada
desde mucho tiempo atrás la presencia del Ejército en Jaral, pero a nosotros
sólo nos visitaban los policías de San Felipe, dizque “por nuestra escasa
importancia estratégica”. Desde ahora y por razón de la masacre, vendrían los
tenientes y sargentos del Ejército. Todos nos imaginamos que por fin se
acabarían los abusos que se acostumbraban cometer; que se terminarían los
saqueos del ganado, las violaciones de muchachas y las torturas para inventar
culpables. Seguramente ya no habría muchachos ni niñas desaparecidos. Pero una
vez más íbamos a comprobar cuán ingenuos podemos ser los habitantes de estos
páramos tan fríos.
En pocos días llegaron otros
soldados al mando de un oficial joven, de gran estatura, medio blancón, no mal
parecido llamado Ernesto. Venían a relevar a la tropa que se encontraba en
funciones. Tomaron el colegio de los hermanos religiosos como cuartel,
procedieron a cercarlo con un gran muro de adobes, para lo cual reclutaron
campesinos hasta de Chirimoya.
Ahora yo, tenía que dar clases
en la casa comunal y, como cosa de broma, el teniente que mandaba a los
soldados era mi alumno. ¿No tendría vergüenza, tan grandote y escuchando clase
con los muchachillos? Me enteré que se hacía llamar con el apodo de “Coster” y
que ni los mismos soldados sabían su apellido. Una vez le pregunté al teniente
“Coster” qué significaba su alias y me dio una explicación que no pude entender,
mejor dicho, no quise. También me
informó:
—He venido a terminar con algo
que dejó inconcluso mi antecesor.
Sin querer, empecé a tomarle
simpatía, sobre todo por la atención que ponía a mis palabras cuando dictaba la
materia de historia. ¿Tanto le interesa este curso? Con humildad, le pregunté
otro día, y él me dio la respuesta a todas mis interrogantes.
—A ustedes los maestros hay que
vigilarles. Les lavan el cerebro a los mocosos con ideas subversivas. Desde
ahora quiero que enseñes cosas útiles. ¿Entendido? Déjate de andar enseñando
cosas de provincia. Háblales de Europa, de países avanzados... de lo más
moderno. ¡Ah, y enseña siempre en castellano! para que hablen el español correctamente,
incúlcales valores: amor a la naturaleza, respeto a sus mayores, despiértales
el interés por la permanente superación; a realizar bien todo lo que hagan y encárgales
que te entreguen completas sus tareas. ¡Que no sean cabrones como yo!
—Pero, teniente... —me atreví a opinar—. El programa de la
Secretaría de Educación dice...
—¡Qué programa, qué Secretaría, ni que la chingada! ¡Aquí la
autoridad soy yo!... ¿Entiendes eso profe de mierda? Vociferó agarrándome de la
camisa casi ahorcándome.
Cuando me soltó noté que le
temblaban las manos y que tenía los ojos como dos tizones ardientes. Se fue
mascullando algo que alcancé a entender y que sirvió de explicación a otra de
mis interrogantes.
—La culpa de todo la tiene el
gobierno... Otra cosa sería el país sin esos malditos, que nomás se la pasan de
guevones, piropeando sus secretarias y ordenando pendejadas —le alcancé a escuchar y
se esfumó.
Coster no me inquieta tanto.
Es cierto que cuando me mira desde su alta estatura me hace sentir menos que un
batracio, como si a uno lo hubieran hecho de mala gana, como… “ahí nomás a ver
que sale” y… yo salí… igual que si fuera
una equivocación de la naturaleza. Pero no le tenía tanto miedo. Los que me inquietaban
y daban más pavor eran esas bestias que salían todas las mañanas al despuntar
el alba, a correr por los alrededores acatando ordenes de Coster. Salían
trotando con el torso desnudo sin importarles el frío de la madrugada, todos
con el puñal en la mano. De dos en fondo y repetían lo que cantaba el sargento.
—¡El soldado!—¡EL SOLDADO!
—¡No se cansa! —¡NO SE CANSA!
—¡De matar!—¡DE MATAR!
—¡Revoltosos! —¡REVOLTOSOS!
—¡Y bebemos! —¡Y BEBEMOS!
—¡De su sangre! —¡DE SU SANGRE!
Cada parte la repetían gritando
a todo pulmón. Con sus consignas, me hacían recordar a los de San Bartolo. Y
cuando un perro tenía la mala suerte de cruzarse en su camino, lo mataban a
puñaladas y bebían tibiecita su sangre. Con otra poca y con las tripas, se
embarraban el rostro, y continuaban su recorrido. El perro muerto se lo
llevaban a la guarnición. Diciendo que era “para el cazo” Mucha rabia me dio cuando
mataron al mío.
—¡Me mataron mi perro, sus
pinches soldados! —le dije al teniente Coster, con rencor y lágrimas en los ojos.
Pero él sólo me miraba
impasible detrás de sus lentes oscuros, como si uno fuera menos que un insecto o,
un vil gusano del fango. Por eso, cuando mi mujer me dijo que los soldados
habían invitado a la comunidad a un guateque en el cuartel, yo le dije que no
fuera. Ella insistía en ir por esa vanidad que tienen las mujeres de lucir sus
galas, que las miren y oír que les digan
que están bonitas aunque no sea verdad. No me dejé convencer por sus súplicas y
el tiempo me daría la razón. El resto de las mujeres habría insistido igual,
porque el día del jolgorio lucían como antes de la matanza, con crinolinas, faldas de colores y flores frescas en el pelo.
Los hombres con camisa y sombrero limpio acompañaban a sus damas. Muchos
soñaban con casar a sus hijas o a la hermana solterona con militares, o
simplemente querían aprovechar la oportunidad de echarse un trago para olvidar
tanta violencia, tristeza y amargura, otros iban por temor. Vimos así a mucha
gente entrar por el portón de lo que antes fue el colegio y que convirtieron en
cuartel.
Efectivamente, comieron,
bebieron y bailaron hasta la tarde. Tocaros discos grandes que habían traído
del cuartel en el tocadiscos del padre de la iglesia. Habían llevado el mezcal que tenía almacenado
Alejandro Ayala desde los días en que compartía el mundo con los vivos. Pero
nadie se dio cuenta que lo que comían era barbacoa cocinada con los perros que
los militares acuchillaban en sus ejercicios matutinos. Algunos quizás
saborearon la carne sazonada del fiel guardián de su propia casa. Pero eso, no
fue lo peor. Los de Jaral, por generaciones, son débiles para rehusar el buen
mezcal y por eso se sobrepasaron en beber y las mujeres gustosas se excedían
bailando con los militares. El bailongo amenazaba con prolongarse más allá de
la tarde y los hombres seguían bebiendo ante la mirada irónica, socarrona de
culebra de los soldados. A las seis de la tarde vimos como las puertas del
cuartel se abrían de par en par y al medio de la calle, fueron sacados a
culatazos y patadas todos los varones de Jaral. Las mujeres se quedaron
adentro.
Borrachos, con serpentinas
enrolladas al cuello, unos despeinados y sin sombrero, tocaron enérgicos el
portón. Luego gritaron con desesperación el nombre de sus mujeres, de sus
hermanas, de sus hijas. Que se las entregaran, suplicaron arañando las puertas.
Después que fueron alejados a balazos por los centinelas, los vi llorar a cada
uno por separado y retirarse impotentes a sus casas.
Pasado el tiempo, nadie quería
recordar el festejo en que comieron perro. Tampoco que los soldados se
fornicaron en una noche a todas las hembras de Jaral, y es porque quizás el
olvido sea un remedio más eficiente que el odio para esas penas incurables. Los
pocos que quisieron presentar quejas a las autoridades de San Felipe, no
volvieron a aparecer. Se hicieron humo o los hicieron humo, sin dejar el menor
rastro. Las esposas no podían mirar de frente a sus maridos, las madres no
querían importunar con su pena a sus hijas que lloraban de amargura por las
noches. Hombres en Jaral, se contaban pocos, porque la mayoría andaban hechos
un guiñapo que ni siquiera podían levantar la cara hacia el cielo. Se volvió
reservada la gente, ya no querían conversar. Sólo una señora tan vieja como
Inesita, hablaba pero nadie le hacía caso porque había enloquecido. Siempre
repetía las mismas palabras y luego se encerraba en el silencio, como si el
recuerdo la abatiera.
—¡A mí que soy una vieja, no me
perdonaron me hicieron!... ¡No tienen madre esos viejos jotos, borrachos y
pendejos que no nos defendieron! —se refería a sus coterráneos.
Y así diciendo, volvía a
enmudecer. De pronto levantaba el rostro y repetía lo mismo. Eso era lo que
hacía todo el día. Hasta irritaba, y por eso fue que las familias se negaban a
darle limosna para no escucharla y recordar tanta vergüenza por como los habían
degradado.
En Jaral, vi cosas raras en la
gente, sus modales cambiaron. Nadie hablaba más de lo necesario desde que
comprobaron la maldad de los soldados. Las mujeres, cuando estaban lavando en
el río, susurraban entre ellas y callaban todas al mismo tiempo si se acercaba
algún varón. Yo me aproximaba y la conversación se terminaba, seguían lavando
la ropa en las piedras de la orilla y la exprimían para volverla a lavar; y hasta
que me aburría de verlas hacer lo mismo continuaba mi camino. Ya de lejos,
aguzando el oído, me parecía escuchar nuevamente su murmuración.
Igual estaban los escolares.
Hablaban mucho en secreto, con ademanes sustituían palabras y por más
que les preguntaba, nada podía sacar en claro. Eso sí, me miraban con harto
respeto, no como al resto de varones de Jaral que ignorándome, lloraban aún la
violación de sus madres, hijas y hermanas.
Chismes sí me contaron. Cómo
no enterarme que ya la mujer no obedecía al marido por estos lugares, que el
hijo le faltaba el respeto al padre y la hija con mayor razón. Me contaban
también los muchachos del colegio que no querían cultivar sus parcelas ¿para qué?
si al final los soldados se beneficiaran de ella y ni siquiera pagarán por lo
que dé la tierra.
Cómo no enterarme que la hija
de mi vecino Porfirio Navarro, la muchacha de mejores ojos en la comunidad, se
entendía con el teniente Coster. Clotilde Navarro, desde aquél abuso de la pachanga,
se las ingeniaba para entrar en el cuartel, delante de toda la tropa, tantas
veces ella quisiera. Y poco a poco, la Clotilde fue siendo repudiada por los
escasos jóvenes que quedaban y por las señoras que se ocupaban de desprestigiarle la vida.
Cuando llegó la navidad los
soldados trataban de mitigar la soledad con harto mezcal. En cambio, la
comunidad sabía que esas navidades iban a ser las peores sin el estimulante destilado
por los difuntos, sin la misa cantada por el padrecito Rodrigo. El curita ya no
asomaba su sotana por esos rincones donde la gente desaparecía y los cadáveres
se descomponían al sol; donde ni siquiera quedaba un corderito para agasajar a
las visitas.
Sólo las mujeres tuvieron
humor para ponerse sus mejores vestidos y lavar sus trenzas con el mismo jabón
con que lavaban su ropa, agregándole agua florida para perfumarlo. No obedecían
ni a sus maridos ni a sus padres, se declararon en franca rebeldía contra la
autoridad de los hombres de Jaral.
Al que no veíamos mucho era a
Coster. Casi siempre andaba medio borracho y chismeaban que liaba cigarrillos
con una hierba como el orégano, que olía a petate quemado. Parte de su tropa se
fue en patrullaje a Chirimoya, porque decían que allá otros soldados fusilaron
al comisariado ejidal, que era un títere impuesto por Coster.
Esa Noche Buena, cantando
villancicos al Jesusito, iban las señoras por las calles de la comunidad, como
si fuera una procesión, cada una con su cirio de sebo entre las manos y
danzando al son de los villancicos que les enseñó alguna vez el padrecito
Rodrigo. Cruzaron por la calle principal hacia la plazuela donde estaba el
cuartel. Los soldados dispararon al aire previniendo una sublevación, pero a la
luz de sus linternas reconocieron a las mujeres que por la fuerza habían
compartido sus caricias con ellos. Entonces empezaron a lanzar silbidos y
palabrotas alusivas a sus traseros y senos. Incluso Coster salió por encima del
muro, todo borracho y despeinado.
—¡Seguro quieren más verga!... —gritó—. ¡Ábranles la puerta y
que entren de una en fondo para darles sus pascuas!
—¿Cómo es posible que andes tan
borracho, todo sucio y lagañoso? —le increpó a voz en cuello la
Clotilde Navarro.
—¿Qué me está diciendo esta
perra? —le
preguntó Coster a un subalterno, porque no la alcanzó a oír bien.
—Que si las aceptamos teniente;
quieren entrar... —con esa mentira le respondió el soldado.
Y las recibieron jubilosos
seguramente habían calculado pasar la navidad mitigando su soledad con ellas y
con alcohol. Las puertas se cerraron una vez más detrás de las hembras de Jaral
y nadie durmió en el caserío. Mucho menos los cornudos de los hombres pensando
que su honor era pisoteado nuevamente.
—¡Chingao, viejas putas!...
¿Por qué no he muerto antes de ver tanta deshonra? —se lamentaba mi vecino
Navarro escuchando el jubileo que los uniformados hacían ante la presencia de
las mujeres.
—No se aflija, amigo Toribio.
Son tiempos de guerra los que vivimos —le dije tratando de
consolarlo.
—Ni trago tengo para sufrir
menos en mi alma atormentada —siguió hablando, repitiendo el estribillo de una canción de decepción—. <<Así no quiero vivir... Quiero esta misma
noche buscar quién me dé la muerte>>.
— No sea tonto, ni piense lo
malo, mejor haga algo... —oí que le decía mi mujer que no había sido invitada, con cara de enojada
y moviendo sus manos como arriando gallinas.
Cuando ya nos cansábamos de
oír tanto alboroto de botellas rotas, risas y palabrotas, sonó esa explosión
que se llevó algunos de los techos de las casas más cercanas al cuartel y que
me hizo creer que era el fin del mundo. Las llamas se elevaban dentro de la
cuadra como queriendo lamer las estrellas, y los pedazos de fierro que volaban
por los aires amenazaban con descabezar a los curiosos. Sonaron tiros de fusil,
ráfagas de metralleta y escuchamos quejarse atroz a más de un herido en la
oscuridad. Dos explosiones más nos desgarraron los tímpanos y vimos arder el colegio
por completo, como si fuera una caja de fósforos. Sentimos y oímos el llanto de
las mujeres y otros quejidos. Algunas de las señoras que habían ingresado para
festejar con los guachos iban apareciendo poco a poco, por la puerta
destrozada, casi desnudas y con el pelo chamuscado. Trataban de cubrirse sus
partes con ambas manos en medio del frío de la noche. Los vecinos que curiosos
atisbaban al verlas las tapaban con sus jorongos, camisas y mantas al tiempo
que les preguntaban por la suerte de la hija o de la hermana y hasta por la
esposa. Varias habían muerto.
El acuerdo de ellas fue: Todas
entrar al cuartel para arroparse bajo las frazadas de los soldados y luego, en
plena madrugada, atravesarles el corazón con esos alfileres de platería comprados
en la feria de septiembre, tan largos que usan para sujetarse el pelo. Pocas
consiguieron matar a su acompañante casual; otras fueron sorprendidas en el
intento. Esas murieron primero.
Clotilde Navarro, de tanto
entrar y salir para ofrecerse al teniente, había aprendido mucho. Sabía dónde
estaban las cosas peligrosas del cuartel y también lo que Coster guardaba
debajo de su camastro. En la habitación donde antes estaban las escobas y los
trastes de limpieza. Coster almacenaba rifles, granadas, balas y municiones
para tenerlas bajo su control. ¡No jales esa argolla!, le había dicho a ella,
una vez que cogió por curiosidad ese artefacto parecido a una lata de leche.
“Nos quemamos todos”, agregó antes de arrebatárselo de las manos.
—¿Jalando explota, papito? —ocultando su curiosidad preguntó.
—¡Claro que sí, babosa! No
vuelvas a tocar esto. ¿Oíste? Con éstas, vuelas toda la guarnición —le reprendió.
Y si se hubiera metido de
adivino Coster y viviera para contarlo... pero la Clotilde lo mató borracho y
satisfecho, hundiéndole ese gran alfiler de plata en el corazón. Lueguito, hizo
eso que le prohibiera: jalar la argolla
de la lata juntito a las cosas que guardaba Coster en la otra habitación. Ahora
que está ciega y toda quemada la pobre, se le ha dado por contar detalladamente
cómo provocó el incendio.
Los soldados que salieron
hacia Chirimoya para castigar a los que mataron al comisariado, jamás
regresaron. Los de San Bartolo les armaron una emboscada a medio camino y dicen
que nadie quedó vivo. Aquí, los pocos heridos que quedaron entre las ruinas de
lo que fue su cuartel no querían que les ayudaran. Amenazaron con disparar al
primero que se les acercara, a pesar de que ni siquiera tenían fuerzas para
sujetar el fusil. De eso, ya se daban cuenta los muchachos que habían quedado
vivos y les gastaban bromas del mal gusto, burlándose de su debilidad. Los
mocosos pasaban corriendo, lanzándoles piedras y luego desaparecían. Las
heridas habían comenzado a gangrenarse, porque ya ni se les escuchaba gritar
las bravuconadas de costumbre. Lo último que veníamos escuchando desde dos
noches atrás eran lamentos de dolor y delirios de agonía de seres que se
arrastraban como gusanos. Después ya nada oímos. Los chiquillos aprovecharon
para recoger todo tipo de armas de los alrededores, les quitaron las botas para
utilizarlas ellos. Incluso tuvieron la osadía de arrebatarles los fusiles a los
moribundos de sus propias manos valiéndose de argucias.
—Esto se va a poner peor, profesor...
—me
decía don Anselmo que tenía una fragua donde hacía azadones, palas y picos y herraduras
para burros, caballos y mulas cuando había—. Ahora van a venir más
guachos y nos harán sufrir por lo que hicieron estas locas con el cuartel.
Debemos marchamos de aquí, quemarlo todo. Pedir a otras comunidades que nos
acojan. Hasta de a gratis podemos
trabajar para pagarles el favor.
—Así es, mi estimado —le respondí—. Vendrán muchos
soldados a masacrar y a torturarnos. Ése es el precio que se paga por ser
valientes. Y como los hombres de esta comunidad no fuimos valientes, las
mujeres nos han enseñado, nos pusieron la muestra. Hasta los muchachos de la
escuela han empezado a ser machos. ¿No le da vergüenza?
—Valientes o cobardes, no
importa profesor. La cosa es que hay que largarse o creerán que nos hemos
sumado a los vecinos de San Bartolo —añadió otro temeroso vecino.
Dicen las malas lenguas que
las mujeres y los chicos remataron a pedradas a los heridos que se estaban
pudriendo al sol. Peores lenguas dicen que eso lo aprendieron de los de San
Bartolo cuando ajusticiaron a los mezcaleros de aquí.
Todos huían con sus cosas. La
cargaban al hombro y llegaban así a los caminos, porque burros ya no existían.
Los que decidieron refugiarse en las comunidades vecinas fueron los de edad
adulta, casi todos hombres. Las mujeres en cambio preferían marcharse junto a
los muchachitos del colegio, hacia la sierra de El Cubo. No querían andar con
quienes no supieron defender su honor ni vengar su humillación. En Jaral
quedaron los viejos y la Clotilde Navarro junto a algunos pusilánimes que no
sabían qué hacer.
Creyéndome seguro en las
cuevas donde las aves de rapiña hacen sus nidos, olvidé allá por unos días,
junto a mi mujer, el miedo de vivir en Jaral. En la madrugada del noveno día me
despertó un silbido que no era del viento ni de culebra, sino de gente. Terror
sentimos y nos acurrucarnos debajo de los jorongos esperando la muerte.
—¡Profesor Corpus, no te
ocultes, te estamos buscando!
Escuchamos una voz de joven,
como suplicando. Eran Ramiro, mis alumnos y algunos adultos que venían
acompañados de señoras de la comunidad. Lucían andrajosos y hambrientos, con
los labios rajados, blancos, chaposos en las mejillas, igual que los guerrilleros
que alguna vez visitaron el caserío.
—¿Qué vienen a buscar de este
pobre profesor sin escuela? ¿Acaso yo puedo darles a todos de comer? Si de
milagro mascamos algo de mezquites, nopales y tunas agrias entre mi mujer y yo,
y bebemos el hielo derretido que nos amorata los labios. ¿Qué les puede dar
este jorobado inservible que se cansa cada cincuenta metros por el peso que
lleva en la espalda?
—Maximino Guzmán me dijo que
usted podía conducirnos en el viaje para ponernos a salvo de los soldados. Por algo eres, pues, profesor —gritó Ramiro.
Y yo, que había escuchado
tantas veces la misma exageración, dudé. No fui político, no tenía ese don de
mandar a otros ni tenía ideología. Pero Ramiro, igual me dijo que el Espíritu
Santo me daría rumbo y los dones que necesito. Así regresó él de Morelia a
donde lo habían mandado a estudiar, cambiado, con el pelo y la barba largos,
llevando la Biblia bajo el brazo. Afirmaba ser “converso” pero a pesar de eso,
era como todos los de por acá. Sacándome de mis reflexiones volví a escucharlo
decir:
—Eres noble de corazón profesor.
Sabes leer mejor que cualquiera de nuestros paisanos. Sólo te falta conocer la
palabra de Dios y aplicar su voluntad —y me animó entregándome su
Biblia toda vieja.
Así empezamos este duro
peregrinar, perdiéndonos de las patrullas de los soldados y otros uniformados,
caminando de noche y ocultándonos de día, robando ganado para comer, asaltando gente
de las comunidades aledañas. Los chiquillos aprendieron a disparar con las
armas que se robaron del cuartel y unos pocos soldados que desertaban de otras
guarniciones hartos de tanto abuso, se nos sumaron. En un principio sólo las
aves de rapiña que vuelan muy alto y los pájaros carpinteros que agujeran los
troncos de los árboles y una que otra mariposa se enteraron de esta masa de
humanos que andaba por las montañas sin rumbo ni disciplina, desplazándose como
una horda y arrasando con todo lo que se oponía a su paso.
Allá en Jaral. Cuando los soldados
se cansaron de peinar la zona, subieron en camiones a los cerros cercanos.
Seguramente estaban alarmados al no recibir señal de la radio del difunto
Coster.
Con el rostro tiznado de betún
y las armas listas para disparar entraron por la calle principal a Jaral y
detuvieron a las pocas mujeres y ancianos que encontraban en su camino.
—¡Ahhh… cabrón! —resopló el que estaba al
mando al ver el cuartel todo destruido, tapándose las narices por el fétido olor
a cadáver descompuesto. —¿Quién hizo esto? —preguntó a un anciano que habían detenido en la plazuela—. Fueron los hombres de
aquí, ¿no?
—No, señor patroncito —respondió.
—¿Me quieres agarrar de tu
pendejo? —vociferó
el oficial cerca del rostro del prisionero —¿Sabes que te puedo
desaparecer?... ¿Ah?
—Verdad te estoy diciendo,
patrón.
—¿Tons, no sabes quién hizo
esto? —cuestionó
de nuevo y le lanzó un puntapié a los testículos—. ¿Acaso fue el Arcángel San
Miguel?
Como no decía lo que ellos
querían oír, lo siguieron pateando en la cabeza, en la cintura, en la
columna y el vientre. El golpe más certero fue justamente en la boca del
estómago y el anciano perdió completamente el aire y poniéndose morado, murió,
con los ojos desorbitados y los labios abiertos, tratando inútilmente de inhalar
el aire que le faltaba, sintiendo que el abdomen se le hundía como queriendo
juntársele con su espalda. A su alrededor el hatajo de soldados reía.
—Que se muera por mal
colaborador. Traigan a la borradita esa. Por sus quemaduras algo tiene que saber.
Señaló el oficial a Clotilde
Navarro, de ella ya no quedaba belleza en sus ojos y parecía que se había
avejentado veinte años de una sola vez, el fuego le había inhibido la
visibilidad, sus pestañas y cejas que la embellecían estaban chamuscados; del
pelo solo quedaba una horrible mancha negruzca consumida arriba de su cabeza
que no acababa de recuperarse, su vestido se había convertido en harapos, el
rojo intenso de sus labios había desmerecido; aunque eso no la hizo perder su
insolencia ni su desplante de altanería y mantenía su memoria despejada. Con
recelosa hostilidad y desprecio, expresó cuando los tuvo enfrente:
—Por las puras preguntas que me
vas a hacer, si me vas a matar, hazlo de una vez —envalentonada habló Clotilde, que
había escuchado el interrogatorio que le hicieron al anciano.
—¿Quién hizo esto?... Yo
pregunto y, dicen que no fueron los hombres de la comunidad. Me quieren agarrar
de pendejo, entonces. ¿Acaso fue el Arcángel San Miguel? —preguntó el oficial, sin
atreverse a mirarla de frente.
—Ya te dije, puedes matarme de
una vez. Yo lo hice todo —insistió, buscando con su intuición la dirección de donde venía la voz
del oficial—. Y
con San Miguel no te metas... Nada tienes que ver con él. Ya se llevo hasta a
las mujeres pa' que no les hagas daño. Nunca las vas a encontrar.
—Esta india está loca...
¿Quién va a creer que tú has volado la guarnición entera? Seguro estabas trepada
en alguien cuando la atacaron. Ahora entiende: cuando pregunto si lo hizo el
Arcángel San Miguel…, es un decir... ¿Entiendes? No es que exista; ¡imbécil!
—Tú de repente no lo conoces
comandante. Pero él se los llevó a todos y después va a buscarte, para hacerte
pagar todos tus abusos, así que ándate con cuidado.
Por haber respondido de ese
modo, Clotilde Navarro sintió empellones, improperios y blasfemias a su
alrededor. Se dejó conducir en medio de su propia oscuridad, sintiendo el sol
en las espaldas. Escuchó las súplicas de los ancianos y de las mamás que no
pudieron partir hacia las alturas de la sierra.
—¡Ya no los hagas enojar
Clotilde! Porque nos matan a todos —le imploraban.
El sonido de las ráfagas de
metralleta le hizo recordar la última noche del oficial Coster. Y si hubiera
tenido ojos, se habría visto morir entre los estertores de su agonía. Ahora le
lanzaban esa misma lata llena de letras que producía un infierno.
—Cuando vengan los periodistas,
que busquen a ver que encuentran —comentó el oficial después de
los dos asesinatos que había cometido, limpiándose el betún del rostro con un
pañuelo.
***
Había sucedido que, el
profesor Corpus y su mujer, habían emigrado a la sierra llamada El Cubo, ella
montada en una vieja mula acanalada y a ratos él también montado en ancas y
casi dormidos llegaron a ese destino, esperando un amanecer eterno. Desde
entonces mujer, esposo y mula forman parte de ese paisaje y con su transitar la
tierra ha quedado marcada con su firma. Y ahí, el profesor, entre la niebla
lechosa, extendiendo sus brazos con cierto misticismo, reseñaba a personas
recién incorporadas a su ejército que como estatuas sorprendidas por el tiempo,
otros más allá recargados en piedras
como oscuras siluetas en piyamas, como fantasmas sin rostro, escuchan los
pormenores sin perder detalle de las evasivas urdidas y ejecutadas para
salvarse de las malditas pretensiones del “gobierno” Cubriéndose del frio con
un jorongo rojo revelaba:
—Por una rara mezcla del azar y
del destino, El Arcángel Miguel, así me llaman ahora. A mi paso los hombres y
muchachos se detienen; la sierra me esconde; las bestias y las aves me avisan
del peligro. Con cautela, ascendemos y bajamos según el ritmo del ambiente y el
de nuestras necesidades. Mi aspecto ha cambiado. Caminamos con los pies
desnudos sobre el hielo que se forma en las madrugadas, pero también, desde
aquí nos hemos maravillado con los atardeceres teñidos de rojo y ámbar por los
últimos rayos del sol. Seguimos asaltando en caminos pero solo tomamos lo que
necesitamos y… volvemos a trepar por las laderas a los páramos más altos y
fríos; ya conocemos sus cuevas y todos los demás recovecos por muy disimulados
que estén. Nos buscan hasta con esos aparatos que acercan las cosas a la vista y
no nos hallan. De la legión, unos han trepado como sombras sigilosas hasta las
partes altas de la sierra, otros más, los inexpertos, han rodado por las
laderas como muñecos. Los que nos buscan, pasan cerca de nosotros y ni nos
miran, porque no nos encuentran, pareciera que nos hubiéramos vuelto
transparentes. Los de San Bartolo, no nos buscan porque saben que sí nos
encontrarían. Pero también saben que hemos cambiado, que el Arcángel Miguel nos
guía, nos protege y nos da fuerzas para defendernos. En cuanto al ejército, más
le vale que no nos encuentre porque el día que lleguen a encontrarnos, les
enseñaremos que las armas que nos llevamos del cuartel todavía disparan, que
varios desertores de sus filas se han unido a esta cruzada hambrienta y errante
que protesta por sus atropellos y que recibirán toda la ira de Dios como ya la
recibieron aquellos que murieron en el cuartel. Así lo digo yo, El Arcángel
Miguel de Jaral, hijo de…
—¡Escóndase
profesor Corpus! —lo interrumpe y le previene uno de sus seguidores—: Parece
que oí una avanzada de soldados.
Ansberto
Rangel Pérez.