Bailadores encabronados
Bailadores encabronados
No me acuerdo donde pasó, pero fue en uno de esos pueblo del norte del
estado.
El toro está casi listo, inquieto patalea, cabecea,
levanta la cola, intenta brincar pero… no logra nada. Está estancado para que
lo monten a fuerza. Los ganaderos ultiman detalles de los lazos. El locutor
anima al público que se ha dado cita en la plaza de toros. El mariachi y la
música de banda, amenizan el festejo que se organizó en honor de San…
Pancho al que apodábamos “El Chango caballista” ya
casi está listo, quiere ganarse unos pesos, el reconocimiento de la gente y la
admiración de Tita Myers, joven hermosa capitana de la escaramuza charra. Se
prepara para montar al “Tomatón”; un toro loco que ha tumbado a más de quince
jinetes. Se acomoda, les reclama a los ganaderos, pide que no se le pongan
delante al toro, que no se lo distraigan, y alega: ¡Está bien! y, grita:
¡Suelten al pinche toro chingao!
Se abre la puerta. Uno, dos, tres, cuatro y más
respingos, la gente con gritos lo impulsa. El Chango aguanta; su cuerpo va,
viene, sube, baja, hacia adelante, para atrás, se ladea, sus ojos se abren de
más, se sostiene y no cae, se aferra con todo, aprieta sus piernas contra el
amplio cuello del toro, su sombrero vuela y cae cerca de la caca de otro
animal. El toro, brinca de nuevo, al caer, sus pesuñas delanteras se entierran
en la arena, eleva sus patas traseras, se contorsiona, patalea y… El Chango…,
sale disparado milagrosamente por entre de los cuernos. El animal lo ha tumbado.
Cae de espaldas con los brazos abiertos arrebatándole un “ay” acompañado de un
gruñido. Del público que se estremece sobrecogido, se escuchan clamores:
!Quítenselo, quítenselo!
Los payasos de rodeo entran en acción “El Tomatón”
al ver a su enemigo en el suelo, intenta pisarlo sin piedad, embiste, babea y
bufa, la polvareda es abundante. Por todos lados el toro ve pasar sombras, arremete
infructuosamente, la habilidad de los payasos lo ha abrumado y eso da
oportunidad para que con vertiginosa movilidad se levante El Chango y corra
para ponerse a salvo en uno de los burladeros. Aguantó seis segundos y fueron suficientes,
para llevarse el premio de cinco mil pesos que donó don Emigdio viejo rico del
pueblo.
Este fue el último toro. Ahora viene la
presentación de la banda Aranjuéz. El estruendoso sonido se hace presente en la
pequeña plaza, el viento ruge de celos, tratando inútilmente de aplacar con el
zumbido de sus alas los sonidos de las potentes bocinas; la gente se emociona. Son
fanáticos del género grupero. “Vengo a
decirle a una perra, que ya no ladre tan fuerte“ El estribillo de esa canción
excita a la concurrencia. Salen los músicos al escenario, “!buenas noches San
Felipe, Ocampo, Dolores, San Diego! La verdad es que no recuerdo donde sucedió.
(Este alzhéimer me está jodiendo)
—¡¿Cómo se la están
pasando?! ¡Vamos a aventarnos un ambiente “bien chingón”! para que bailen toda
la noche, ¡venimos a divertirlos chinga! —vocifera.
La raza comienza a bailar, disfrutan, cantan a
capela como si fueran unos verdaderos artistas, le ponen más sentimiento que el
mismo solista de la banda. Visten como vaqueros “modernos“, traen su saco o
chaleco negro con manchas blancas, pantalón de mezclilla, camisas a cuadros con
botones nacarados, botas puntiagudas de piel de avestruz, de caimán, de tortuga
y hasta de pitó… n dicen algunos, texana, cinto piteado o de víbora, hebilla
con la marca de cowboy. Las vaqueritas de bellos rostros, bien maquilladas, con pantalón de mezclilla ajustado, blusas
de cuadros que combinan con texanas rosas, negras, azules y botas. Eso sí,
lucen un escote que hace voltear a cualquiera.
El espacio, que hace unos momentos se utilizó como
espectáculo de monta, ahora está convertido en pista de baile. Las botas que
azotan el suelo levantan polvo que va dejando una capa gris hasta en las cejas
y pestañas de los muchachos. De pronto, el zapateado se vuelve de un matiz
diferente; jóvenes del otro pueblo comienzan a tirar bronca, el alcohol aunado
con la disputa por las mujeres del lugar, hacen efecto en el ambiente.
—¿Tú qué traes pinche bato loco? ¿Vas a rifar el tiro o qué?
—¡Pues cómo veas,
puto loco, nos la rifamos cabrón! —y se arma el
pleito.
Son dos chavos como de diecisiete años, de
incipiente bigote. Un puñetazo se estampa en el rostro del lugareño, él regresa
con un derechazo tremendo, patada de karateka que busca los bajos de su
contrincante, otra impacta la espalda del forastero que se queja del dolor. Tienen
ahora un circulo de personas a su alrededor y no precisamente para observarlos
bailar, ni para aplaudirles sino para orientar
a su preferido. Ellos ya no traen sus texanas, andan aterrados, se han
despeinado, presionan sus quijadas, sus narices resoplan, lanzan bufidos, su
coraje es grande; se oyen sus alaridos de cólera. A la altura de la rodilla
sangrante, el vecino del pueblo trae su pantalón roto. Sus puños hacen fintas. Los
amigos aconsejan: “!Patéale los huevos!”
—¡No te metas cabrón! ¡Déjenlos solos! Con agallas le advierte
uno de los mirones a otro que está en el lado opuesto y agarra la botella por
el cuello, preparándose para lo que se ofrezca.
Los belicosos se trenzan de nuevo, se atacan con
desatada furia y violencia de torbellino: ruedan por el suelo, patadas,
guantadas, mordidas, jalones de cabello, empujones, se avientan tierra en los
ojos, salpican con su sangre que les brota de sus labios y narices. La gente contagiada
por aquella fiebre de odio que les emana, se apelotona sobre ellos y… no dejan
ver más. Los de la Banda piden calma.
—¡Vamos a
pasarla tranquilo compas! ¡Porque si no, vamos a parar el baile! —advierte uno de los organizadores por el micrófono.
Pero, vuelan cervezas. Nadie hace caso y es que… Aquí
en San Felipe, Guanajuato (Ya recordé)… así se baila y… así se pelea, lo demás: ¡a la chingada!...
Ansberto Rangel Pérez.