Zona peligrosa

Zona peligrosa

Son las ocho y en la leonera comienza la noche, copas van, copas vienen, hay novedades, el animador acaba de anunciar a todo pulmón que hay jóvenes nuevas, ¡nuevecitas para todos ustedes! Que las han contratado en Zacatecas y Jalisco que otras vienen de la frontera, agrega que las hay que por primera vez probarán la cerveza. La concurrencia grita y se ríe porque no creen tanta coincidencia, están acostumbrados a ver señoras hasta chimuelas de setenta años, pero eso sí, luciendo la mercancía con minifaldas que no alcanzan a cubrir las piernas de mil batallas. Los parroquianos traen suficiente dinero unos han vendido a mitad de su valor algo de las utilidades que les pagarán en mayo, pensaron llevarse de vacaciones a la familia, pero a la hora de la hora, los cabeza dura han ido a vivir su noche, para olvidarse un rato de su irresponsabilidad,  de su miseria y de todo lo demás. Les traen botellas y ya animados por el alcohol, llaman a las “niñas recién llegadas al tugurio” para que los acompañen. Las chicas los ven. El padrote les ordena que ya empiecen a laborar. Ellas saben a que han venido, por la mañana barrieron el salón; basura, vidrios rotos luego, trapearon el piso para borrar los escupitajos, flemas y hasta orines que algún borracho despistadamente desalojó de su desesperada vejiga, comieron, descansaron,  se arreglaron, prepararon los privados,  ya han traspasado la cortina y ahora están en el corazón del negocio.  
            Las de más experiencia han aleccionado a las novatas en lo de las tarifas, lo del cobro, el baile; unas con dos piezas tuvieron las otras con cuatro o cinco pero ya están listas y ahora todas bailan animadas, norteñas y cumbias que ensordecen. Gargantas hay que retumban con risas guturales, gente acostumbrada a amanecer con cerveza helada.
            ¿Qué quieres tomar muñeca? pregunta un cliente que se siente como Juan por su casa.
            Pero parece que no conoce como es el negocio, todas las que alquilan su tiempo y su piel, tienen instrucción de beber lo más caro, y así entre conversación y conversación ellas ladinamente proponen y piden  tragos de los más costosos.
            Las hay mucho muy jóvenes, pero que se dan aires de mujeres de más nivel. Conforme los ánimos se exaltan los tocamientos se dan. Una atrevida mano levanta una falda y acaricia primero una rodilla, después, un terso, firme y cálido muslo. A ella no le gusta que le falten al respeto.
            ¡¿Cómo se atreve a tocarme? rugió, provocando la protesta grosera del cliente.
            —¡¿Pero cómo?… puta mugrienta, te invitamos y aún así te pones roñosa!
            Y fluyen los manotazos, saltan botellas, una bachicha de cigarro sale disparada de los dedos pulgar y medio de un ridículo borracho que se pone en guardia. La muchacha se incorpora y corre espantada; la noche se parte. Se acercan los de seguridad, seguidos por los padrotes a pacificar la bronca. No hay motivo que valga, ni derecho que reclamar; que se aguanten calmados; les piden los custodios a esos hombres de doble moral.
A Jacinto le parece suficiente y se sale del salón, llama a su amigo policía para que venga a sacar el montón de chiquillas que trabajan ahí en ese salón que parece ser el más grande y el mejor arreglado, porque ya es el colmo, esas jovencitas deben estar estudiando, preocupado le comenta al uniformado.
Se las llevaron sí, pero luego, las jovencitas regresaron, o las regresaron. Ahí las encontró un amigo en el mismo lugar.
            Solo la joven a la que le reclamaron su delicadeza, que defendió su dignidad,  ya no volvió a ese pequeño infierno donde no se puede ni ver a esas horas de la noche; no le gustó el amanecer con todo el desorden que impera en el lugar donde se tejen leyendas de lujuria, crueldad y donde se estrena amante cada hora. Ya no quiso ser una masa pegajosa de sudor ni oler a tabaco, mucho menos ser tocada con tanta obscenidad y descaro.
Ahora, disimulada solo toma en la plaza central de la ciudad, prefiere divertirse y ganarse la vida a campo abierto con quien quiera, a la hora que quiera y cobrar lo que considera valer y tener la ventaja de que cuando haya peligro correr hacia donde le parezca que quedará mejor resguardada y desde donde libremente con imaginación callejera pueda observar aunque con temerosa fascinación los vaivenes de la vida, en adelante se atendrá a su riqueza y su pobreza. Está decidida que en adelante se codeará sin pánico con la miseria y la ventura de la condición humana.
            Jacinto ya no le hace caso a su corazón predispuesto a lo bueno y con ropa de domingo opta por divertirse con una mayor de edad, que hacerla de misionero o de paño de lágrimas. De ahora en delante va a lo que va, nada de fijarse en todas las que prestan sus servicios en esos prostíbulos, total cada quien con sus asuntos.


Ansberto Rangel Pérez.

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