Alimento de araña


Tres hombres comparten cuarto en un hotel, cada uno duerme en su cama.  De pronto… Alejandro siente el temblor.  Se despierta alterado y piensa que es un terremoto y su primer reflejo es saltar de la cama, salir del cuarto, buscar refugio bajo el arco de una puerta como lo instruyeron y como  leyó en el manual para esos casos.  Pero tiene duda de si realmente será un movimiento telúrico, por eso tambaleante camina y se asoma a la habitación contigua donde duermen sus compañeros Humberto Vázquez y Agustín Loya.  Ellos están profundamente dormidos. Luego, apartando la cortina abre un poco la ventana,  se asoma y escucha.  Continúa el sacudimiento,  oye una alarma y su corazón late como siguiendo el ritmo vibrante del zarandeo,  pero ahora cree que son sus nervios;  ve que sus compañeros continúan pernoctando sosegados,  por eso se le diluye la duda y termina por pensar que es su imaginación. Se regresa en la oscuridad al lugar de su reposo.  Zumban los mosquitos cerca de su cabeza y enfurecido intenta alejarlos lanzando manotazos, se acuesta, toma la sábana y se la enreda en sus manos y brazos, da un fuerte estirón a la colcha y se la echa encima.  Ya no le importa si el movimiento telúrico continúa porque se ha cubierto hasta la cabeza.  Decide recuperarse del susto y volver a dormir.  Pero, dos mosquitos que parecen veinte no lo dejan de fastidiar por eso, sus ojos se acomodan a la oscuridad y desenredándose la sábana trata de ubicarlos para deshacerse de ellos.  En eso, presiente algo a sus espaldas y piensa que son sus propias maniobras.  Cuando voltea para saber lo que pasa…  mira la sombra de lo que parece ser una gigantesca araña que avanza hacia él a velocidad vertiginosa.  Queda paralizado por un momento, tratando de comprender y, reflexiona: "las arañas gigantes no existen, no existen, no existen" se lo repite como si fuera un mantra,  pero la verdad es que a medida que se acerca aquella sombra se convence de que lo que viene es una descomunal araña de ojos rojos y patas espantosamente peludas,  en la boca del animal hay un par de mandíbulas que se abren y se cierran lanzando un líquido que viene a pegársele a  la piel junto con  la colcha y la sábana.  Se agita.  Apurado, trata de zafarse antes de ser apresado por completo, pero se da cuenta que el líquido que el animal lanza comienza a atarle los pies y a envolverle las piernas hasta inmovilizarlo, desesperado comienza a gritar, a pedir auxilio a los compañeros o a cualquiera que pueda escucharlo pero solo percibe acompasados ronquidos. La alarma termina su silbido de advertencia; luego todo es silencio.  Mientras, la araña ya encima de él, continúa llenándolo de saliva y tejiéndole una mortaja. Alejandro, poco a poco comienza a tener el aspecto de una momia. Se siente paralizado, inútil y tan atemorizado porque no se puede mover. Los ojos rojos de la araña están tan cerca de su cara que prefiere callar y dejar de gritar;  especula que la araña puede encolerizarse  y arrancarle la cabeza de un mordisco.  Siente el cuerpo apretado dentro del capullo de saliva que el arácnido ha tejido a toda prisa para evitar que escape porque;  las arañas prefieren su alimento fresco.
Alejandro ya no resiste. No hay nada que hacer. Queda apretado en su camisa de fuerza, en su capullo de muerte.  Sofocado piensa, que quizás está teniendo una pesadilla y hace el intento por despertar.  Es preciso hacerlo en el instante, antes de que penetre la oscuridad total en sus ojos, antes que el insecto lo ataque con sus feroces mandíbulas y le quite el último momento de visión que le queda. La araña cierra el capullo,  acorrala  su  alimento, se acerca y por un orificio que a propósito había dejado justo encima de la cabeza, pica y comienza a sorber lentamente mientras se escucha una ligera protesta manifestada con un leve gemido de Alejandro que no la perturba y así, poco a poco consume su alimento hasta el final, hasta exprimir su presa, dejando un esqueleto con huesos vacíos,  livianos,  como disecados.
La araña, satisfecha en su apetito,  sale por la ventana que había quedado medio abierta y se aleja hasta su nidal que se encuentra en una esquina de un viejo y clausurado sanitario en el piso superior del hotel señorialmente llamado “Galveston”  ubicado en el centro de la ciudad más poblada del País.
Humberto Vázquez le había advertido que esa biznaga verde, con una capa aterciopelada color blancuzco que le habían regalado en Real de Catorce, S.L.P,  confundía la mente y producía alucinaciones,  y más si se mezclaba con alcohol,  pero Alejandro se las daba de muy “macho y aguantador”  No creía que esa pequeña cactácea del desierto llamada peyote, que usan los Huicholes en sus místicas ceremonias le ocasionara daño alguno.  Se había atrevido a consumirlo bebiendo tequila y dándole mordidas a la biznaga como si se tratara de un simple rábano o una jugosa manzana.
Al siguiente día, después de la experiencia, aún atolondrado por los efectos alucinógenos, el  “valiente”  Alejandro pidió a la afanadora del hotel que quitara una telaraña que colgaba en un rincón del techo donde una  araña a diario defecaba algo que parecía basura y que se colaba al cuarto de abajo cayendo sobre un papel en el cual  un viejillo flaco, con lentes, canoso,  y de nombre raro  que lo habitaba,  escribía de noche en su escritorio historias y experiencias que inventaba más por travesura que por vocación de mentiroso y que lo hacían volver a vivir. La afanadora fastidiada, limpió con la mano tirando al suelo esos despojos blancos y grises que barrió junto con polvos y otras porciones de mugre.


Ansberto Rangel Pérez

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