Los boleros de mi pueblo
Los boleros de mi pueblo
No recuerdo como se llamaba, pero sí que le decían
Tintan porque se parecía muchísimo a ese extraordinario artista de antaño. Era
compadre de El Güero su compañero de oficio que aún bolea zapatos en los
portales de la plaza. En los años setentas tenían mucha clientela porque la
gente aparte de irse a bolear con ellos lo hacía por el interés de escuchar sus
historias. Cobraban veinte centavos más que el resto de los callejeros boleros.
En una banca de fierro debajo de un pino de la plaza extendían sus cepillos,
grasas, cremas y trapos con que hacían rechinar los zapatos para afianzarles el
brillo. Entre los dos comentaban las historias, cuando uno veía que el otro se estancaba
con su evocación el otro entraba al quite.
—Una vez que fui a
cambiar un cheque que me dieron de un Banco de San Luis Potosí—comenzó a platicar el Tintan de mi pueblo—. Me di cuenta
que allá la cosa es diferente. El vigilante
me dio un papelito con el número treinta y dos, al mismo tiempo escuché a una
cajera que dijo:
—Pase el
veintiocho.
—De inmediato
agarré la onda de que atendían por turnos. Tranquilo me fui a sentar en un
lugar donde estuviera fresco y que pudiera ver gente antes que me tocara. Luego, gritó un
muchacho que también la hacía de cajero:
—¡El veintinueve! ¡Veintinueve! —No se levantó nadie—.!Veintinueve! —insistió
—
Entonces, un señor gordo, de huaraches, sombrero en mano, pujando dijo:
—¡Ya
voy.
—¡Apúrese
o se queda al último! —en tono de broma le advirtió el cajero.
—¡No
le aunque! ¡No llevo priesa!, puedo esperar— respondió socarrón el viejo.
Yo
ya tenía ocho minutos esperando turno; tres turnos más y me atenderían. Era
temprano había poca gente, por eso me di el lujo de escoger donde sentarme.
Otra cajera gritó:
¡El treinta! —mientras de
otra caja se escuchó el treinta y uno.
Se levantó una señora
gordita que usaba un pants azul marino con franjas blancas a los costados y por
fin escuché el treinta y dos. Me levanté
y fui a la ventanilla, pero iba a medio camino cuando una joven que iba
entrando apenas, recibió el papelito de turno y agitó su mano dirigiéndola
hacia la cajera corriendo cuán rápido pudo. Me quedé pasmado e irritado. Por la forma en que se
saludaron deduje que era conocida de la cajera. Quise exigir que se respetara
el orden de los turnos pero… aguanté callado, esperando que no llegara algún
otro compadre, amigo, vecino o compañero de escuela de los cajeros o algún
recomendado de doña Chole por ejemplo.
Pero, la cajera número tres, se dio cuenta de
lo que me ocurrió y muy atenta me llamó ofreciéndome una disculpa diciéndome
que no lo tomara personal y que no me fuera a enojar porque me iba a hacer
viejo muy pronto. Me lo dijo con una sonrisa que apagó mi ánimo de armar escándalo.
Era tan bonita que hasta volteé a mirar con gratitud a la joven que se me
adelantó. La cajera traía unos lentes negros de pasta que seguramente tardó en
escoger y quizá por lo mismo, le quedaban de maravilla. Era la más hermosa de
todas las empleadas con uniforme del banco. Le devolví el saludo y busqué el
cheque para entregárselo, sabía donde lo traía pero me urgía hacer tiempo y
aprovecharlo para admirarla así que fingí que no lo encontraba. Quería decirle
algo pero no se me ocurría nada, podía escuchar, mejor dicho, sentir hasta en
la yema de mis dedos cada latido de mi corazón que se me aceleró junto con un
suave cosquilleo en el resto del cuerpo; me había excitado con solo verla,
procuré respirar despacio para que no se me notara, me acerqué lo más que pude
a la ventanilla intentando percibir el aroma de su perfume pero se me vino la
loción fuerte del cajero de la ventanilla de enseguida. Ufff… fue como una
bofetada. Luego, por la fricción de su ropa al moverse percibí el caminar de
otra empleada atrás del mostrador, me preguntaba ¿qué tipo de tela era que
escandalosa que me sacaba de mi concentración? Al fin, no haciendo caso a ese
detalle, logré dedicarme de nuevo a observar a la cajera que me atendía, y al
mismo tiempo a sus compañeras que entre todas parecían un juego de esos de: “encuentra
las cinco diferencias” guapas, risueñas, bien arregladas y frescas. Claro a las
nueve y media de la mañana todo mundo está fresco. Ellas vestían impecables:
Blusa blanca, chaleco y falda azul cielo, pañoleta verde al cuello, todas
idénticas. Pero, ¿entonces? ¿Qué tenía de diferente la que me atendía para
destacar? ¿El brillo en su mirada? ¿Sus blancos y parejos dientes? ¿Sus labios?
¿su peinado tal vez? ¿Su top de algodón plisado o lo suave y aterciopelada piel
de sus pechos?... Pensé que tocar sus manos sería como tocar un durazno a punto
de madurar, pero… al fin me di cuenta. Deben ser ¡los botones de su blusa! Las
demás la traían abotonada hasta el cuello, parecían monjas. La que me atendía
traía dos botones sueltos, abierta hasta debajo del pecho aunque cubierta por el
chaleco azul; el top era tan blanco como la misma blusa por eso se disimulaba y
la mascada verde que en las demás simplemente caía, mi cajera se la había
acomodado para que enmarcara en tono y eso transformaba su uniforme elegante en
uno coqueto, discreto, disimulado. El escote fijándose, se veía subliminal,
delicioso…
—¡Listo, joven! ¡Ya quedó!
—¿Cómo que ya quedó?
¿Y el resto de la historia?
—Pos en su próxima
boleada joven. En su próxima boleada. Nomás acuérdeme cuál historia le conté y
en qué parte me quedé.
—¡Achis! ¿Pues
cuántas se sabe?
—¡Uuuy joven! ¡Un
titipuchal!
No
había más que hacer, era decisión tomada y era de entenderse que no por darle
el gusto de escuchar a ese cliente el final de la historia dejarían ir a los demás
que ya esperaban y que seguramente también tendrían historias escuchadas a
medias. Así que se retiró calmoso y con la idea de volver como lo hacían todos.
Al tercer día volvió a bolearse, no lo necesitaban tanto sus zapatos como
conocer él, más sobre la historia que había quedado inacabada. Una vez sentado
con sus sentidos puestos en las palabras de Tintan, éste continuó con su relato
después de que le recordara la parte donde se había quedado.
—Algo me preguntó del cheque y, eso me hizo
regresar al mundo; la vi a los ojos y la desconcentré, por eso no podía
repetirme la pregunta y, para disfrazar su desconcierto se puso a contar los
billetes; el cheque era por ciento cincuenta pesos. Una fortuna. Me habían dado
un adelanto por un rifle veintidós con mira telescópica con el que iba de
cacería los miércoles por las tardes luego de terminar las boleadas. Me los entregó junto con una liga para que se
la pusiera luego de contarlos. La cajera de al lado me observaba con curiosidad
y sonreía. Eso me incomodaba, yo tenía la necesidad de hacerle un comentario a
mi cajera, de llamarle la atención diciéndole cualquier cosa. El botón de su
blusa, ese que estaba junto al hueso de la clavícula parecía que se burlaba de
mí. Yo exprimía mi cerebro buscando palabras para acomodarlas correctamente y
que me saliera una frase que pudiera hacerle ver que su sensualidad me tenía
trastornado. Por fin en mi mente había logrado construir el comentario aunque
me parecía demasiado peligroso, casi me exponía a una bofetada. Ese era mi
problema, por lo demás… ya la frase estaba completa. Yo tenía los billetes en
mi mano y los estaba ligando sin retirarme de la ventanilla, afortunadamente no
había muchos clientes. La mañana, el paisaje, las luces que se habían formado
con su presencia en mi mente, todo eso me inspiró y osado me dije: ¡Ahora o
nunca! Así que, dominando mis nervios y un ligero temblor que apareció en mi
voz, le deslicé lo que mi corazón sentía.
—¿Perdón? ¿Cómo dice? –me preguntó haciéndose
ligeramente hacia adelante en su banco con la mano izquierda apoyada sobre el
mostrador y mirándome directamente a los ojos.
Yo no estaba seguro si la
pregunta era porque no entendió o porque no escuchó la tan lenta y amilanada
que me salió la voz; la
cajera de al lado, desde su lugar, también me miró. <<Ya no hay marcha
atrás>> pensé y ratifiqué:
—Disculpa mi atrevimiento, le dije temblando
de pasión, pero tu atuendo es lo más sexy que he visto en lo que va del mes.
Y puse mi mano sobre la de ella abarcándola
por completo. Ella se irguió sobre su banco su rostro se ruborizó, y los dedos
de su mano libre tocaron justo en el nacimiento de su cuello y algo restablecida,
con una suave sonrisa me contestó:
—¡Gracias!
—Gracias a ti… preciosa y
disculpa pero es que no aguanté las ganas de decírselo —le dije.
—Esas historias, ¿las inventa? —preguntó el
joven que se estaba boleando y Tintan le contestó:
—No, la mayoría nos la
platican aquí los clientes. ¿Verdad compadre? —dijo volteándolo a ver.
—Es cierto —ratificó El
Güero y agregó su parte sin dejar de embadurnar grasa en los zapatos de su
cliente.
—Esa nos la contó El Chale un taxista al que así le dicen
y que trabaja por allí… —dijo
señalando el estanquillo de don Agustín y preguntó—: Oiga, por cierto, ¿le gustaría ver a la chica de la caja tres?… Dese una vuelta por el banco,
ese que está frente a la tienda de don Cande. La que está al dar vuelta a la
cuadra hacia allá. Porque lo que mi compadre y yo le podamos platicar de ella,
no le hace justicia, ya que de verdad… ¡Está rechula la chamaca!
Antes de marcharse, el joven no pudo disimular una
sonrisa cuando descubrió que no había sido el Tintan el protagonista principal
de la historia, tampoco era cierto que hubiera ido a San Luis. Se alejó luego
de que le dieron una señora boleada a sus zapatos pensando que era justo que
cobraran más. Ahora tenía uno peso veinte centavos menos en su bolsillo, sus
zapatos relumbrosos y había satisfecho su curiosidad por saber cómo le fue al Tintan
con la cajera de la ventanilla tres. Y desde ese día regresaba siempre a
bolearse con ellos, y aseguraba de que por esa singularidad que poseían esos
boleros serían los últimos en desaparecer.
Ansberto Rangel Pérez.