El mala suerte

EL MALA SUERTE 1
Arturo “mala suerte”, así le decían sus compañeros de trabajo. Pero no les hacía caso. Él está bendecido y por eso Dios lo protege de todo. Eso cree él. Siempre se esforzaba porque en casa no les faltara nada a sus hijos, cualquier desvelo porque estuvieran bien valía la pena, hasta lo de vivir de prestado por toda una semana, o en ocasiones saltarse los almuerzos o las comidas según las circunstancias porque el dinero no alcanzaba. Con tal de gastar menos en él, pagar pasaje en autobuses de segunda no le importaba aunque sufriera de frio porque esos carros no tenían calefacción, y así destinar la mayor parte de sus ingresos para su hogar. Se sacrificaba siempre al extremo, muy a menudo andaba enfermo del estómago por la mala y variada alimentación, unas con mucha sal, otras veces desabrido, guisos con manteca, con aceite de girasol, maíz, cártamo o de los que hubiera, huevos siempre por la mañana. Cuando no poseía mucho efectivo, una torta de tamal. Sí, de tamal, allá en el Distrito Federal les vale madre el colesterol, por eso a él se le dispararon los niveles junto con los triglicéridos, la gastritis lo asediaba. Pero su gusto por los zapatos buenos y caros no se le quitaba.
Por su trabajo en la Contraloría de Telégrafos, había que andar siempre viajando, desde Saltillo a la capital del país, diez horas de viaje y de ahí donde hicieran falta sus servicios. Ese domingo por la noche, se puso unos botines nuevecitos, relucientes, color café obscuro que se había comprado, pero… le quedaban ajustados, le incomodaban un poco, pero dentro de una hora, eso no lo dejaba dormir, así que optó por quitárselos a medio camino. Sin esa molestia agarró el sueño bien y bonito, tanto que no se dio cuenta cuando llegó a la Capital, tuvo el chofer que despertarlo para que se bajara. Amodorrado se puso a buscar los botines y… solamente encontró uno. Por más que buscó no encontró el otro; de seguro algún maldito travieso le quiso jugar una pesada broma. Por cierto eran los únicos que llevaba para ponerse toda la semana, así que al no haber otra opción sacó una de sus sandalias de descanso y sustituyó el botín que le faltaba. Pasó a una farmacia y compró… una venda. Se cubrió el pié dándole la apariencia de lo tenía lastimado y así llegó al hotel donde él y otros compañeros suyos de hospedaban. Al verlo que llegó caminando desnivelado, Uriel, su compañero de cuarto asombrado me preguntó:
—¿Y ahora que te pasó?
—Me disloque el tobillo allá en Saltillo, vine nomás porque no me salgan con que soy irresponsable o delicado.
—Oye, pero ¿cómo es que te atreviste a venir así? ¡Te hubieras quedado allá en tu rancho¡ hasta que sanaras, ¿te duele mucho? ¿Por qué no te conseguiste una muleta?
—¿Dónde? Si fue antes de venir que me accidenté, precisamente al subir la banqueta frente a la central de autobuses.
—¿Y el otro botín?
—Se lo di a mi hija para que se lo llevara a casa, para que lo iba a venir cargando si no me lo iba a poder poner.
Uriel fue a informar ese acontecimiento a otros colegas que ocupaban otro cuarto en el mismo hotel. Y riéndose primero y luego acongojados por lo que le había sucedido, se pusieron de acuerdo para irse al trabajo en taxi, de ese modo entre todos pagarían y no subirían al transporte público ni al metro evitando arriesgar el dolido pié de su compañero. Llegando al trabajo le arrimaron la silla, la máquina de escribir, los gruesos expedientes otro los cargaba. A la hora de comer elegían un restaurant cercano aunque no hubiera buena atención ni sabrosa comida, la cosa era solidarizarse con el compañero Arturo. Para el miércoles ya la venda andaba muy oscura de tan sucia, en la noche se la quitó, la lavó y para el siguiente día se la volvió a colocar y siguió recibiendo las atenciones compasivas, protectoras, y desprendidas de sus compañeros.
Llegó el viernes día de cobrar la quincena. Le pidió a Uriel que lo llevara a una zapatería, pidió un par, le quedaron, le gustaron y dijo: estos me llevo,  y… a otra cosa.
—¿Ya no te duele?
— No ya no, ya me siento bien —contestó inmutable sin verlo a la cara.
Pero, no se sintió tranquilo. En la Central Norte de autobuses en México de regreso a su casa, estando esperando la salida del autobús, se armó de valor y para acallar su remordimiento, le dijo a Uriel:
—Tengo algo que revelarte, pero me lo vas a entender pinche gordo.
Así le decía afectuosamente a su compañero y se la soltó con descaro:
—Nunca estuve enfermo del pié, lo que pasa es que cuando llegué el  lunes de mí casa en el camión se me perdió un botín, o me lo robaron no supe; como no traía para comprarme otros zapatos, compré la venda y me la puse.
—¡Cómo serás cabrón! ¡Nos trajiste de tus pendejos… toda la semana! —le gritó en su cara mirándolo directamente a los ojos.
—Pero fue sin querer, pinche gordo… y no te agüites, ni vayas a andar de chismoso con los demás —se lo pidió calmado como no dándole importancia a la ocurrencia.
Uriel, aguantándose, tragando saliva, se rió volteándose para otro lado y toleró. No le quedaba de otra. Normalmente bromeaban entre todos para pasarla mejor.
 Pero la penitencia por ese embuste estaba por venir. Ya en el camión de regreso a casa,  se le aflojó el estómago, mejor dicho: le dio diarrea. Ya dije que procuraba los camiones de segunda, así que en el baño no había papel y el pobre de Arturo, con todo el trasero mojado de la pestilente y liquida evacuación, con dolencias y retortijones en el vientre, lágrimas a punto de salírsele e invadido por el desánimo, se quitó un calcetín, se limpió el trasero y lo arrojó hacia afuera por la ventanilla; en otro retorno al baño se quitó el otro calcetín e hizo lo mismo. Camión circulando a noventa y cinco kilómetros por hora ¿A quién? o ¿dónde cayeron los calcetines? ¡Quién sabe! Llegó a su casa sin ellos. Demacrado pero riendo de haber salido triunfante como siempre de las calamidades que el destino le imponía. En casa, sus hijos y su esposa le aliviaban el tiempo malo, regalándole besos juguetones acompañados de confortables abrazos y  sonrisas. Le gustaba ver los blancos dientes de sus hijos, le parecía ver en ellos el reventar de flores de naranjo.

EL MALA SUERTE 2

Para Arturo, el sábado y el domingo pasaban como un suspiro, por eso se esforzaba en aprovechar cada minuto para convivir con sus hijos, para él, esos dos días eran sagrados, ningún amigo había que lo distrajera, se lo dedicaba al cien por ciento a su familia. Claro, nunca les contaba los infortunios, atribulaciones ni miserias que le ocurrían en sus viajes por el trabajo, por el contrario, cuando le preguntaban cómo le había ido, respondía invariablemente “a mí siempre me va bien y a veces hasta me va mejor” lo hacía  con la intensión de fomentar en ellas alegría y optimismo.
Llegaba la noche del domingo y de nuevo la partida a México. Sus hijos peleaban el turno para acompañarlo y despedirlo en la central de autobuses, porque aprovechaban la ocasión para encargarme novedades de las que les platicaba que había en el Distrito Federal., en cuanto a ropa, relojes, zapatos, tenis, para sus hijas, pulseras collares, música en discos y más.
Ese lunes en México, se les notificó a Uriel, Don Herminio, Varela, al que afectuosamente llamaban Varelita, al más joven de todos Víctor Manuel y a Arturo, que saldrían a una comisión del servicio. Practicarían una auditoría a la Gerencia Estatal de Telégrafos en Chihuahua. Eso significaba cobrar viáticos y pasajes por viaje redondo. Ahí residía para ellos la oportunidad de mejorar los ingresos ya que de los doscientos veinte pesos diarios que les daban, buscaban la forma de gastar la mitad o menos y aprovechar el sobrante. Con eso mejoraban en lo económico la situación familiar.
El jefe de ellos Alberto Sánchez Ruíz, era un sujeto proclive a brindar adulaciones, halagos y alabanzas a sus Jefes y recibirlos de sus subordinados. En cada comisión con el pretexto de supervisarlos los visitaba. Eso los obligaba a cooperarse para llevarlo a comer; normalmente a un lugar bueno y caro. Uriel aprovechaba siempre para lisonjearlo descaradamente, por ejemplo: si en el lugar había grupo musical, le pedía:
“jefe cántenos una canción” a usted le sale muy bien eso de la cantada.
Al término de su vulgar e imperfecta interpretación fingían complacencia y engañosamente le prodigaban aplausos de más. Aquél hombre se llenaba de engreimiento, soberbia y, petulante se negaba a mal cantar más de tres canciones, argumentándoles que abusaban de su arte.
Lunes noche. Partieron hacia Chihuahua, contentos, jugándose bromas, haciendo planes para el hospedaje, para la distribución del trabajo  y otros detalles.
Iniciaba la segunda semana de comisión, telefónicamente y por fax enviaban reportes de las inconsistencias administrativas, contables y operativas detectadas. El jefe daba instrucciones de qué y cómo hacer. Todo marchaba de forma normal. A eso del medio día estando en plena actividad de revisión, a Arturo, se le acercó don Herminio, señor alto de abdomen pronunciado, chiapaneco él y cuando captó su atención, poniéndose muy serio le informó:
—Acaba de llamar Angélica Clorio la secretaria del Jefe, dice que el día veintinueve es cumpleaños del Señor Sánchez, que nos esperan para la fiesta que se está organizando y que se nos van a descontar cinco días de viáticos a cada uno como cooperación, vayamos o no.
—¿Qué, qué? —preguntó exaltado Arturo dejando de trabajar y llenándose de sorpresa y coraje.
—Pues, eso dijo… —contestó sin modificar su rostro serio don Herminio.
—¡Están pero si bien jodidos! ¡Yo no voy!  y no me descuentan  —dijo encolerizado.
—Pero compa Arturo… piensa… es el Jefe y… gracias a él, nosotros andamos acá, él es el que dispone nuestras comisiones, hay que quedar bien. No te enojes —le aconsejó apenado.
Enseguida, don Herminio fue a los otros escritorios donde estaba el resto de compañeros y fingió que los enteraba de la noticia. Arturo se  fijó en los rostros a ver como reaccionaban pero al parecer todos, sin revelarse se sometieron, a ese “decreto”. Ese día, ya no pudo trabajar tranquilo, tenía las orejas rojas, las sentía calientes, señal que estaba lleno de rabia, cinco días menos de viáticos era mucho dinero; muchas cosas dejaría de comprar, sus planes económicos se arruinaban. Tres días faltaban para que se los enviaran. A la hora de la comida, de la cena, antes de dormir y al amanecer, entre todos indignados, salía obligado el tema del descuento para festejar al Jefe. Arturo casi lloraba del coraje, con la desesperación metida en los ojos se estrujaba las manos de impotencia, realmente se mortificaba porque lo consideraba un atropello del cabrón jefe. Su garganta la tenía convertida en un temblor por la ira y balbuceaba maldiciones inaudibles dedicadas al Jefe y a su secretaria por la ocurrencia del festejo. ¿Cómo era posible que aparte del descuento, tendrían que viajar veintiocho horas para ir y regresar a ese homenaje? y todo por… Para no seguir pensando en eso, se levantaba y se alejaba del grupo a dar rienda suelta su sentimiento de rebeldía.
El tercer día llegó. Fueron al Banco, hicieron fila, Don Herminio primero, enseguida Víctor Manuel, Varelita, Arturo, y Uriel al final. Don Herminio que cobró primero, dio media vuelta y se vino contando el dinero.
—¿Qué?… —preguntó Arturo anhelante, saliéndose un poco de la fila y le confirmó:
—¡Nos chingaron!
Arturo sintió que le echaron una cubeta con agua helada, cerró los puños con fuerza para ahogar el coraje. Cuando Víctor Manuel terminó de cobrar,  ya ni esperó que le preguntara, sólo dijo:
—A mí también… —y se alejó poniendo cara furibunda.
Tocó el turno a Varelita. Cuando se retiró de la ventanilla contando el dinero, sin levantar la cara maldijo a la secretaría.
            —¡Pinche Angélica! —dijo corroborando con eso lo del descuento.
            Tocó el turno a Arturo que se acercó abatido y descorazonado. Cuando la empleada que los atendía le saludó, le contestó con un susurro que más bien parecía un gruñido. Ella no le hizo caso, vio su identificación, buscó la orden de pago en la pantalla de la computadora, sacó dinero del cajón, lo contó dos veces luego se lo entregó.
            Se retiró de la ventanilla contando el dinero, lo volvió a contar, quiso regresarse pensando que le habían dado de más, pero contó de nuevo y cuando estuvo seguro de que estaba completo sin el descuento de los cinco días, levantó la cara y vio a sus tres compañeros que lo esperaban en la puerta del banco con una sarcástica sonrisa burlona. Uriel terminó de cobrar, lo alcanzó, le dio una palmada en la espalda y mientras reía, irónico le dijo:
—Por lo de tus pinches botines… ¿Te acuerdas?
—Que cabrones… —dijo y se tragó la broma.
Y así quedó el suceso.

EL MALA SUERTE 3

A la siguiente semana, los comisionados regresaron a México. Recapitularon el informe de resultados de la auditoría, se los exigían con “estilo ejecutivo” eso significó una semana en México para luego desplazarse a otra comisión.
El gordo Uriel, gustaba ya lo dije, quedar siempre bien con el Jefe. Ponía todo su empeño en adularlo para obtener un trato preferencial sin importarle ser criticado severamente por sus compañeros a causa de esa genuflexa actitud. A diario, antes de que llegara y entrara en su oficina, lo esperaba a la salida del elevador de aquél quinto piso donde estaba el área de auditoría, lo saludaba muy ceremoniosamente acompañando al saludo una sonrisa y una  adulación, por ejemplo, le decía: “Qué bien se le ve ese traje jefe, le sienta muy bien el color” Y ahí agregaba siempre el color del traje en turno. Le quitaba el maletín para poder entrar con él a su despacho y seguir con los halagos y entusiasmos fingidos. Si se ofrecía, le llevaba los niños a la escuela cosa que no hacía ni con los de él. Tenía su dicho para defenderse de los reproches, citaba: “Estando bien con Dios, que los Santos… se chinguen”
El jefe Alberto Sánchez Ruíz, solamente tenía dos trajes, uno color café y otro verde. Precisamente fue Uriel el que notó que un día el distraído jefe llegó con el pantalón café y el saco verde, apenado entró en su despacho y Uriel detrás de él ofreciéndole ir hasta su casa para cambiarle el saco. De alguna manera eso le daba ciertos privilegios, se salía de la oficina a la hora que quería, y no se le podía decir nada por esa falta de orden. Aprovechaba esas salidas para irse a tomar un refresco o comprarse una torta para entre comidas calmar su insaciable apetito.
La falta de dignidad que tenía, esa costumbre tan expuesta de hacerle la barba al jefe, caía muy mal entre sus compañeros y para castigarlo le escondían la torta o el refresco. Eso lo ponía de muy mal humor, y bufando de coraje preguntaba por sus cosas, pero ellos que estaban de acuerdo, nada le decían y la broma seguía, un día no, pero al siguiente sí.
Eran las once de un martes. Uriel, ya andaba corajudo buscando su torta, nada le valía que la trajera disimuladamente y que la escondiera bien, todos hacían labor de inteligencia para encontrársela. Luego, alguien lo distraía con algo para que no se diera cuenta a qué horas ni quién se la robaba. Era un complot en su contra y todo “por barbero” Ese día Arturo lo llamó aparte y misterioso le dijo:
—Ven pinche gordo…, pero que no nos vean. —lo llevó al archivo y en secreto le susurró:
— Yo sé quién te escondió la torta, es más ya se la está comiendo en el baño, mira  es…:
 —No me digas más… ¡Ahorita le voy a partir su madre a ese cabrón! —dijo el gordo Uriel.
No le dio oportunidad de decirle el nombre, y del rojo de coraje pasó a un cenizo, se le dilataron las fosas nasales, entrecerró sus ojos, apretó los dientes y los puños, levantó los hombros y se recargó en un archivero para mitigar la irritación que le causaba tanta rabia.
—Bueno, pero ahorita vas a reclamar, deja que me adelante y me ponga a trabajar para que no se note que fui yo el que te dijo —le dijo calmoso Arturo antes de retirarse de él.
No esperó ni un minuto y salió hecho una violenta fiera en dirección del baño que estaba en el mismo piso. Entró cerrando tras de sí la puerta de entrada y efectivamente estaba una de las tazas ocupadas, con la puerta cerrada. El Gordo, golpeándola con pies y manos, con potencia prorrumpió a gritos:
—¡Abra compañero, no sea cabrón!, ¡no se acabe mi torta! ¡Devuélvamela inmediatamente! ¡Ya sé que es usted el que me la ha estado robando! ¡Si no me abre tumbo la chingada puerta! ¡Y para la próxima,  vaya usted a jugar bromitas y a chingarle la torta a la más vieja de su familia, a mi déjeme en paz!
Y seguía golpeando y gritando reclamos por su torta. El griterío se escuchaba en todo el piso, las empleadas asustadas por tantos clamores y golpes de enojo se acercaron a la puerta del baño igual que los compañeros. Alguien intentó abrir pero la puerta estaba cerrada. Uriel la había cerrado por dentro y seguía reclamando exasperadamente, diciéndole rabiosamente hasta de que se iba a morir el compañero. Angélica, la secretaria fue la que mencionó que el que había entrado era su Jefe Alberto Sánchez. Entonces casi todos se retiraron a sus lugares y desde ahí quedaron expectantes para conocer el desenlace del incidente. Don Herminio se dio cuenta que Arturo, estaba trabajando como si nada hubiera ocurrido, no se había movido de su lugar, pero nada dijo.
Así como inició el escándalo y el bullicio, de repente, ya no se escuchó nada, o lo que es lo mismo: “Después de la tempestad llegó la calma” La puerta se abrió y como manso cordero, como perro asustado con la cola entre las patas, sus manos caídas, afligido, con la cabeza agachada salió Uriel. Atrás de él, con la cara roja, furibundo, acomodándose los lentes, salió el jefe Alberto Sánchez Ruíz, lanzándole miradas de disgusto a Uriel; aguantándose las ganas de aventarle un manotazo en la cabeza, Lo había interrumpido de uno de sus diarios placeres defecar leyendo una de las revistas "Vaquero" y así, con el puro semblante irritado lo hizo sentir que había caído de su gracia. Camino a su lugar, Uriel pasó a un lado de Arturo que se levantó tranquilo, disimulando su alegría y cerca de su oído le dijo muy tranquilo:
—Por lo del descuento de los cinco días de viáticos… pinche gordo... ¿Te acuerdas?

Ansberto Rangel Pérez.

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