Agripina la yerbera
Agripina la
yerbera
Esa tarde, mi tío Cornelio, se había echado el
sombrero hacia atrás y se le veía el copete desordenado formado por un mechón
blanco arriba de su arrugada frente. Encendió un cigarrillo con un cerillo que
protegía del viento formando un hueco con sus manos, exhaló una profunda
bocanada de humo y cerciorándose de haberlo encendido bien, intentó volver con
su plática. Se estaba acordando de Agripina
la yerbera que había conocido en San Luis Potosí.
Cuando conversaban, me había
adelantado, lo hacían de cerca, mirándose a los ojos como para entenderse mejor.
Y eso, les daba ocasión para palmearse los hombros por alguna gracejada o
comentario pícaro. Sus conversaciones estaban llenas de coloquialismos y
versaban sobre cosas que en su debido contexto resultaban divertidas. Entrecerró
los ojos, giró el vaso de agua cerca de
su barba y, así la rememoró:
—Ella, apenas estaba
aprendiendo a leer —me dijo— y cuando lo hacía, movía sus labios
sin producir sonido y de cuando en cuando se rascaba la cabeza como una loca. Por
la calle, en coches polvorientos ensayaba su escritura con su dedo ensalivado. Generosa
en compartir conmigo sus conocimientos. Me enseñó acerca de las características
curativas del cúmulo de yerbas que vendía: infusión de tilo para los nervios, de
manzanilla para el estómago, de limón para la transparencia de la piel, de ruda
para la mala bilis y de menta para la frescura del aliento, incluyendo peyote,
marihuana, algunos hongos alucinógenos y uno que otro tranquilizante exótico
que le permitían aplicar fuerza en las sobadas que le pedían sus clientes.
También, les daba de esos hongos como anestesia en brebajes a pacientes que por
delirar no permitían una conversación adecuada. Era una experta en curar la
inapetencia de alimentos y de intimidad; sabía vendar después de acomodar
huesos dislocados o fracturados, aunque a algunos pacientes, les parecían
exagerados esos vendajes por lo aparatoso que le quedaban. Ella no conocía de penicilina,
cafiaspirinas, ni ninguna otra medicina de doctor. Bueno, ni de mejorales.
Tampoco sabía que debía lavarse las manos hasta los codos antes de curar o preparar
sus brebajes para los empachos, fortificar el vientre o engrosar la sangre, no
usaba mascarilla, ignoraba lo de esterilizar sus utensilios. Pero, adivinaba lo
que había provocado alguna diarrea con el puro olor de una ventosidad del
paciente, sabía de inmunizaciones contra picadas de bichos malignos y contra malos
deseos de gente envidiosa. No se confundía con las yerbas a pesar de que muchas
eran parecidas. Imaginaba la dimensión de la enfermedad palpando el abdómen,
percibía en sus manos los retortijones de tripas, descubría de inmediato fracturas,
dislocaciones y luxaciones en los huesos. Atendía muchos pacientes y no se
escandalizaba aunque olieran a cerdo, a chivo y a otros hedores fétidos como el
de carne pollo en descomposición. Otros tufos raros había en personas que jamás
se habían lavado los dientes y que sin educación escupían por doquier. Aparte
de que los curaba, brindaba apoyo sicológico a quien consideraba que estaban
enfermos del alma o que tenían los sentimientos enmarañados. Era una señora
tranquila, morena, de complexión ósea robusta, blusa holgada, falda amplia que
no alcanzaba a ocultar su enorme trasero, brazos fuertes, zapatos bastos,
negros, con suela gorda.
Yo, la tenía en buena estima. Acudía
siempre con ella, a veces hasta comíamos juntos. Primero le avisaba, luego, iba
a los restaurantes y fondas que estaban afuera de la estación de ferrocarril y
compraba pollo asado, comida china que estaba de moda o, casera para dos. En
medio de su local, ella acomodaba una pequeña mesa redonda, donde ponía un
jarrón lleno de buganvilias rojas. Otro jarrón en la pared sobre una repisa, lo
atiborraba con geranios rojos, claveles y rosas blancas; deseaba dar la
apariencia de que comíamos en un jardín. Dos platos de cerámica de Dolores
Hidalgo, Guanajuato, dos copas de cristal, cubertería antigua de plata, una
cubeta con hielos y cuatro cervezas corona.
Una tarde
en que sin apuros tomábamos café con pan, pensábamos cada uno en la vida del
otro; a mí, ella me parecía una luminosa aparición veraniega, de una especie
diferente a las demás mujeres que había conocido, ajena a los afanes brutales
de la vida, un espejismo en la reverberación de la vida. Por eso le dije:
<<¿Sabe qué Agripina? Es usted muy atenta y gentil conmigo… para
agradecérselo, me gustaría llenar una botella con luz de luna y regalársela
para que la ponga bajo su almohada y le ilumine los sueños>>
Se quedó sin palabras; se sonrojó. El
pan que llevaba a su boca se quedó a medio camino; luego, despacio lo regresó
al plato y dijo:
<<¿Para qué me dice eso don Cornelio? estoy algo vieja y ya no entiendo muy
bien de esas cosas, me confunde, me desarma y pos…>>
Pero no
era cierto. Ella se veía muy saludable, con casi todas sus partes aprovechables.
De pronto, por instantes, nuestros pensamientos y deseos se alinearon, parecía
que estuviéramos rodeados de chispazos brillantes. Emergió entre ambos un deseo
irresistible de aproximarnos. En seguida, sin dejar de mirarme, se llevó su
mano derecha al centro de su blusa, liberó sus senos y me preguntó:
<<¿Quiere ponerle crema a su café?>>
No contesté. Sin precipitaciones, pero, sin dudarlo, me
levanté de la silla, me hinqué frente a ella, incliné la cabeza, la enterré en
su pecho, escuché la vibración del aire en sus pulmones, el ruido de su corazón
parecía tambor de guerra aporreado por peregrino en fiesta de San Miguelito,
aspiré su olor seco y penetrante como de cuero curtido y, con la paciencia de
una pitón, queriendo generarle un arcoíris de emociones, me dispuse a disfrutar de sus pechos…
—¿Y ella tío?… —yo, niño precoz pregunté.
—¿Ella?... Ya le dije mi´jo… Ella me enseño a curar, a
vendar y a vender yerbas; y con eso, salí adelante cuando el negocio de mecates de
ixtle se me vino abajo por la aparición de los de plástico. Ansberto
Rangel Pérez.