El Coronel

El Coronel

Mi infancia la viví en el barrio de el pueblito, recuerdo que en la casa de Filomeno Acosta tenían un perro negro con manchas color ocre se llamaba El Coronel, luego de que me mordió en el brazo izquierdo siempre me ladraba con odio canino, tal vez porque corrí llorando y le di la queja a mi papá; mi papá le dijo al papá de Filomeno y éste le dio tremenda paliza al pobre Coronel que no salió en tres días de tan jodido que quedó. Por eso yo de niño siempre daba grandes rodeos para evitarlo o si no, caminaba despacito y de puntillas mientras lo veía dormido y luego a correr los últimos metros cuando veía que se despertaba, el muy cabrón… amenazante corría tras de mí y yo calculaba que quería hacer conmigo algo más que ladrar.  ¿De qué raza era? Quién sabe. Antes no sabíamos, solo veíamos que había perros negros, blancos, amarillos, cafés, pintos, peludos, pelones, panzones, flacos, trompudos, chatos, altos y chaparros; pero ese en particular no era ni grande ni chico, ni trompado ni chato, ni peludo ni pelón, bueno hasta su mismo color era confuso, no sé si dije bien que sus manchas eran color ocre, pude haber dicho color café oscuro o claro. La cosa era que sus grandes patas eran también de un amarillo claro como la de un Pastor Alemán, su rostro algo trompudo y para mí, siempre de mirada encabronada como la de los pitbull, cabeza grande y lo más temible que veía eran sus colmillos de un amarillo marfileño que le gustaba lucir.

Como ya dije, no se trataba de un perro callejero, en la duermevela siempre estaba en la puerta de esa casa o en la de la herrería de al lado, como si estuviera esperando a que saliera yo de mi casa. Me mordió por culpa de Filomeno, él le jaló la cola cuando el perro y yo en una tregua uno al lado del otro, veíamos para el jardín del barrio. Se le acercó despacio, y cuando sintió el jalón, giro a su izquierda, yo a mi derecha y sus colmillos se clavaron en mi brazo, me causó una herida grande que mi madre me curó lavándome a diario con jabón amarillo con el que se lavaba la ropa y adicionando polvos de sulfatiazol y gotas de merthiolate. Luego de eso nunca me hizo nada, pero más de una ocasión lo tuve que contener, amenazándolo con una piedra en lo alto, poniéndole mi mirada dura, pero muriéndome de miedo por dentro, rezando el “sangre tu sangre yo, Dios me libre de ti” y pensando en lo que me había dicho mi abuelo de que los perros huelen el miedo. Si el perro me hubiera querido morder, bastaba con que se me abalanzara, hubiera recibido una insignificante pedrada en el flanco, pero después saltar furioso hacia mi pierna, brazo o cuello, afortunadamente no pasó eso. Con el tiempo mi miedo fue cesando y encontramos nuestra rutina, yo de alejarme de su puerta y él de ladrar con rabia hasta que me alejara. Mi tensión de pasar por el frente de su casa nunca disminuyó y cosa curiosa, era que solamente conmigo reaccionaba de esa manera.

Años pasaron y en unas vacaciones regresé a casa, fui a encontrarme con un amigo para recorrer la escuela, y los territorios del barrio y tuve que pasar por aquella temida casa. Ahí estaba el Coronel, dormido en la puerta.  Los perros no envejecen como los humanos. No se arrugan ni les salen canas, ni sus ojos cobran esa indefinible transparencia. Los perros envejecen perdiendo la brillantez de su pelo, sus hocicos se vuelven más agudos, como esculpidos en piedras asoleadas, sus patas pierden la firmeza de otros días y su piel se recubre de manchas negruzcas. Este perro además, con muchos años bajo el sol y con mínimos cuidados de sus amos había adquirido repulsivas protuberancias, su pelaje estaba lleno de costras y de algo que parecerían canas, su piel estaba malgastada y con parches blancuzcos que dejaban ver la piel tal vez con huellas de garrapatas.

Lo vi con calmosa curiosidad mientras pasaba a su lado. Descansaba al sol, sin ese nerviosismo de los perros que duermen y parecen soñar. Dormía plácido, como anciano en banca del jardín. No bien había superado su puerta por varios pasos cuando despertó. Quiero creer que olfateó el aire encontrando un aroma casi olvidado, o me miró con sus ojos acuosos que le trajeron quien sabe qué imágenes perrunas de otras épocas, luego se levantó con gran esfuerzo; si hubiera sido humano habría pujado, gemido y resoplado. Una vez puesto en cuatro patas empezó a ladrar con un ladrido seco y cansado, como que apenas le quedaba aire en sus pulmones o poca fuerza en sus cuerdas vocales. Me ladró y se dirigió hacia mí con la misma mirada de odio que nunca supe interpretar ni entender. Me ladró hasta que, apresurando el paso, tengo que confesarlo, me le perdí de vista.

Pasé otras veces por su puerta pero lo encontré profundamente dormido. O quizás al igual que los humanos los perros tienen algo de alzhéimer del que sacan retazos de memoria para perderse nuevamente en ese mar de caos. Pero otro día que pasé,  se irguió una vez más para defender lo que consideraba suyo, o para enfrentarse a un enemigo o a un oponente, no pude más que admirarlo. Admirar su dedicación, su oficio de soldado valiente que aunque viejo, sigue peleando sin importarle ni el tiempo ni su propio cuerpo débil. Nunca entendí cual es la amenaza que le representé, o las memorias que le hacía surgir. Pero no puede evitar reconocer que se trataba de un oponente formidable, uno de aquellos enemigos con los que no quisiéramos enfrentarnos en la última batalla. Viejos, casi amigos por el tiempo compartido, o bueno, esto lo digo tal vez para mi consuelo,  pero peleando hasta el último momento. Tan fiel a su naturaleza y a sus amos como solo los perros pueden ser.

Hace poco a Filomeno lo encontré en el billar, luego de saludarlo y platicar de conocidos, cosas y casos, le pregunté por El Coronel.

—Lo mató un pinche burro —me dijo secamente.
—¿Cómo estuvo eso? —pregunté.
—Mi abuelo batallaba con un burro que no se dejaba herrar, El Coronel se dio cuenta y, tal vez quiso ayudar, se le acercó ladrando y el burro, se acomodó luego le zampó unas certeras patadas en el hocico, le quebró la quijada, que ya no pudo cerrar, anduvo babeando por tres días y como no podía tragar, se murió.

Ansberto Rangel Pérez.


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