Platicando con Hilarión

Pláticas de  Hilarión

Fui al jardín del Pueblito. Sé que ahí anda Hilarión. Si no está a la vista, sale de donde uno menos lo espera. Pero… lo busqué y lo encontré en una banca de alrededor de la pila de agua que está en el centro. Cuando me vio, levantó sus manos y agitándola me pidió que me acercara.

––¡Ven Beto¡.  ¡Miren cabrones… ahora si les voy a tapar l`osico¡ ––y al tiempo que me llamaba les anunció a sus compañeros tres de farra.

Yo me acerqué divertido, sabiendo que iba a salir con una de sus leyendas.  

––¡Platícales a estos cabrones incrédulos, diles, que es verdad que yo también trabajé en Telégrafos como tú¡

––Andas borracho ––le contesté.

––No´mbre, ni tanto, pero, mira es que… no me creen que trabajé en unos pueblos de allá del norte, ¡en Coahuila!  Diles donde, porque yo no me acuerdo del nombre de uno de ellos, se llamaba… no, no me puedo acordar Agujeta o Ahijita, o ¿Como se llamaba ese pueblo? —me preguntó desesperado por lo de su olvido.

––Agujita, Hilarión, Agujita, se llama el pueblo al que te refieres, y está entre Ciudad. Sabinas y Nueva Rosita, yendo para el norte.

––¡Ándale, sí¡ Ya, ven… —dijo, volteándolos a ver, e insistió.

 ––Pero platícales como fue.

––¡Uf… Hilarión, me la pones difícil, a mi ya se me olvida todo, mejor cuéntales tú y si recuerdo digo si es verdad o no.

––¡Ora pues¡ ––dijo y comenzó:

––Yo venía del norte, había trabajado como siete u ocho meses en las pizcas, unas veces pepino, otras algodón, también la hice de regador en los campos de cultivo, de ocho a trece horas diarias con el solazo a mí espalda. Esa ocasión me fui con Artemio, hijo de doña Pachita la que vivía por el callejón, nos aburrimos y decidimos regresar. En el camino, me invitó que pasáramos por Palau, a ver una novia que tenía allí. Y como veníamos de compas, lo acompañé. Duramos dos días en ese pueblillo, aterrao; pura tierra negra, parece que hay un chingo… de minas de carbón. Hacen hoyos en la tierra, muy profundos como de un kilometro, luego ya adentro, hacen otros para los lados, más largos. Eso me platicaron. Cuando los que ahí trabajan salen de su jale sólo los ojos y los dientes les blanquean, pobres mineros. Pero cuando llegan al jale traen su lonche y otra bolsa con jabón, estropajo y toalla, los más chavos hasta su perfume y brillantina p´al pelo se cargan. Se bañan antes de tomar el camión de regreso a sus casas. Me había encabronado con Temo, porque no se quería venir de ese pueblo. Había encontrado a su novia con otro camarada, ya teníamos dos días de borrachotes. Yo me quería regresar ya. Se me había terminado el dinero. Así que, me fui a la terminal de autobuses, y ahí estabas tu Beto, sentado en las bancas de la sala de espera dijiste que ibas a Agujeta.

––Agujita Hilarión.

––Ándale, a ese lugar.

––Y después que platicamos un rato, y te puse al tanto de esa aventurilla que me andaba aventando, me dijiste que fuera contigo. Que tú tenías donde llegar en Nueva Rosita, como a treinta y cinco minutos de distancia en camión de pasajeros. Que no había problema, que en la casa de tu compa nos podíamos quedar a dormir, que me prestabas una sabana para que me tapara, que sería suficiente. Hacía mucho calor. ¿Te acuerdas?

––Sí, sí, adelante.

––Cuando íbamos en el camión, me dijiste que ibas a estar a cargo de la oficina de Telégrafos en Agujita, que porque el Jefe de ahí se iba de vacaciones. Que su hijo era el mensajero, y que siempre querían salir de vacaciones juntos, para viajar en familia. Que yo trabajaría en lugar del hijo. ¿Verdad Beto?

––Sí ––contesté y, eso le sirvió para agarrar confianza y extenderse en su plática.

––Que era seguro, así me dijiste. Y como ya no traía dinero y según tú, era un trabajo fácil, que era cuestión de entregar telegramas y giros telegráficos en los domicilios que trajeran. Te dije: Pero yo no conozco el pueblo; menos las calles por su nombre. Tú, muy seguro y tranquilo me contestaste: Preguntando se llega a Roma, dice el dicho y dice bien. También dijiste: donde quiera hay calles Hidalgo, Morelos, Josefa Ortiz de Domínguez, Allende, es lo mismo en todos los pueblos, tu nomás preguntas, además es un pueblito. No vas a tener problemas. A eso me atuve y me emocioné porque iba a estar en una oficina, de mucho Pipe y Guante. ¿Y la oficina, está bonita? Te pregunté, ¿Te acuerdas?

––Sí.

––Dijiste: tiene un equipo de aire acondicionado. Está chiquito el local y va gente del pueblo a poner telegramas, a mandar dinero para sus hijos que estudian en Monterrey, Saltillo, Torreón o Piedras Negras. Me acuerdo que decías eso.  En el camión que íbamos, viajaban muchos mineros, todos con su morral, recién bañados. Su toalla colgada al cuello o en los hombros, unos llevaban sus ojos con restos del polvo negro del carbón, parecían golondrinas, como si se hubieran pintado a propósito, yo creo que era porque cuando se lavaban la cara apretaban los ojos. ¿Te acuerdas Beto?

––Sí. Sí es cierto.

––Ese día habías terminado de entregar la oficina de Palau. Era como la una y dijiste que toda la tarde iba a ser libre para ti, bueno… y de paso para mí. Llegamos como a las tres y media a Nueva Rosita, comimos en un restaurantillo de ahí mismo de la central.  Tu amigo Chón, estaba trabajando en telégrafos, la oficina estaba en un local de la presidencia municipal. Allí llegamos primero. Tú, con una mochila de piel negra y un catre metido en una valija de lona que te habían regalado los compas de Correos, me platicaste. Yo con un pinche morral donde traía un pantalón, dos camisas, unos calzones flameados y dos pares de calcetines todos arrugados  y duros de tan cochinos.  Me dio vergüenza entrar a la oficina, porque no andaba limpio, así que me quedé afuera con las cosas. Entraste tú, y saliste con tu amigo Chón, un viejo pelón, chimuelo, flaco y encorvado, pero muy risueño y buena gente, con ropa de oficinista. Luego que me lo presentase, oí que te dijo, al tiempo que te daba unas llaves, lleven las cosas a la casa, y si quieren échense un baño. Regresan a las siete por mí para ir con Tito. Después me enteré que el tal Tito, era otro compañero de ustedes, trabajaba como mensajero, pero al mismo tiempo estaba como encargado de una cantina. La casa era de madera, en medio de un terreno, muy bonita la construcción, pero muy descuidada, estilo americano, y así se llamaba la colonia “Americana” que estaba a cuadra y media de la presidencia. ¿Verdad, Beto?

––Sí, sí. Síguele.

––Nos echamos un baño, porque hacía un calorón de la chingada… no se soportaba, así que, primero yo, porque andaba muy apestoso. Tú, fuiste abrir el refrigerador buscando cerveza, que al cabo se la repondrías enseguida, dijiste, pero no había: ¡Te la pelaste¡  Cuando terminé de bañarme, quise lavar mi ropa, plancharla, había visto un burro de planchar, tu traías una planchita de vapor, que según me platicaste la compraste en Tijuana, junto con la “panza de vaca”, es decir, tu maleta, todo por sesenta y cinco pesos. ¿O no es cierto?

––Sí. Así es.

––¡Ya ven cabrones!

––Hilarión, te digo que tienes buena memoria.

––Bueno, pero ni lavé la ropa, me dio pena, solo sacudí fuerte el pantalón y la camisa que traía puesta y me la volví a poner.

Sus amigos, estaban boquiabiertos, escuchando, sin interrumpir. Hilarión había agarrado vuelo, ocasionalmente agregaba un: Si hasta parece que lo estoy viendo. Cuando alguno de ellos me veía, como preguntando si acaso eso era cierto, yo movía afirmativamente la cabeza, de modo que no dudaran. Hilarión les había explicado quien era yo, desde cuando nos conocíamos, de quien era hijo, quienes mis hermanos, por donde viví, en que trabajaba.

––A las siete, fuimos por el tal Chón ––continuó.

––Luego fuimos con Tito. En la cantina, tenía guitarras, acordeón, hasta un pito o flauta.

––Era un saxofón ––le corrijo.

––Ándale, un saxofón. ––y continúa narrando.

––Ese día, no tomé mucho, si acaso tres cervezas. Me acordaba que me habías dicho que al siguiente día tenía que trabajar en oficina y pos… creía que debía de ir bien, no borracho, ni crudo, ni oliendo a cerveza. ¿Sabes Beto?...  Que cabrón eres. Ese día, me hiciste sentir como gente. Sí como gente… ¿Cómo se dice?

 ––“Decente”

––¡Eso es! decente ––dijo haciendo un paréntesis en su plática y un rictus en su cara como de un nuevo reclamo.

––Bueno, pues así también conocí al tal Tito. A esa cantina llegó un chingo de gente… puro borrachín, como “yo viznando”. Agarraban los instrumentos y se ponían a cantar, había unos muy buenos para la cantada, los más desafinados, eran los que no querían soltar el micrófono, hasta que Tito iba y se los quitaba para dárselos a que otros cantaran. Que bonito ambiente ¿Verdad? Beto.

––Si, bonito ambiente Hilarión.

––Al siguiente día, me desperté y me levanté temprano, como a las seis, me metí al baño, procurando no hacer ruido, porque yo veía que Chón y tu Beto, estaban dormidos, muy quitados de la pena. Tu en el catre y con un radio al lado. Yo muy inquieto porque iba a trabajar en Telégrafos. ¡Qué emoción¡

––Cuando salí del baño, y mientras me arreglaba, oí a Chón que dijo: “Compa Beto, ahí en el refrigerador hay huevo, chorizo y tortillas de harina, por si quieren desayunar algo”, o ¿Vamos al café?” Le contestaste, con otra pregunta: “¿A qué hora entras a la oficina tú?” “A las diez” dijo Chón. Entonces, hay tiempo para ir al café. “Yo invito” ––dijiste. Yo pensé haber si ahí en el café, hay algo que comer porque traigo un chingo de hambre.

––Los saludé a los dos. Buenos días. ¿Ya listo? Me preguntaste. Sí ya. Contesté. Y tú, me desesperabas. Tomabas las cosas muy tranquilo, como si nada te preocupara, todavía pensabas ir a tomar café, a platicar y no sé que más… y yo que ya me andaba por llegar a Aguu…jita. Caminamos como dos cuadras, llegamos a un café. Sentados en rededor de las mesas, leyendo el periódico, había mucha gente, unos platicando los chismes de ayer, de otros días, de política, de sus jales, casi todos eran mineros. Humeaban las tasas de café, les traían unos bísquets con mantequilla para acompañar el café. Allá de donde salían los meseros había gente preparando el dichoso café y cuando descubrí que también estaban guisando huevos, me tranquilicé, porque yo abuzando, iba a pedir unos estilo ranchero, con un montón de tortillas de harina pa´que amarrara. Ya después vería que pasaba, en ese momento lo más importante era llenar la barriga. ¡Eso pensé! Y sucedió. Comí aprisa, pero me paraste… dijiste –con calma, no hay prisa- Así que luego, comí despacio y me fue mejor: disfruté cada bocado, percibí el sabor exacto de los huevos estrellados, el picor de la salsa, las tortillas y me deleité ¡a madres! con el café´. 

––Luego del desayuno, nos fuimos para Agujita, de reojo volteabas y te reías de mi. Cuando te pregunté el por qué, me dijiste que me veía chistoso sin cachucha y con el pelo pegado al cuero cabelludo. Yo también me sentía raro, pero… para mi era muy importante estar a tono con el jale que me ibas a conseguir y me había peinado. En el camión, sólo pagaste un pasaje. El mío, y sacaste una credencial para que la viera el chofer. Ya sentados, apenas te iba a preguntar y te adelantaste. Me explicaste que por Ley con esa credencial, no te cobraban en ningún camión de pasajeros. ¡¿Aunque vayas hasta México?¡ Te pregunté. Aunque vaya hasta México o Acapulco, es más aunque vaya a San Felipe Torres Mochas no me cobran. Dijiste. ¡Que padre¡ me quedé pensando y me sentí chingón de ser tu cuate. Pasaron quince minutos, me fuiste enseñando donde había minas pequeñas de gente que iba empezando en eso de sacar carbón, y que luego lo vendían a los que tenían minas grandes, después ellos le vendían a Altos Hornos de México en Monclova. ¿Voy bien Beto?

––Sí. Hilarión, ya te dije que tienes muy buena memoria, yo ya ni me acordaba de eso. Tú síguele.

En ese momento de la plática, iba pasando una señora como de sesenta y cinco años, la llamaron los otros amigos de Hilarión. La señora se acercó, le dieron la botella de alcohol con coca, ella con una parte de su blusa, limpió el pico de la botella y se la empinó, dándole un buen trago, hizo un leve gesto, se limpió la boca, devolvió la botella, agradeció la invitación, y siguió su camino, ellos dijeron: –que le vaya bien doña Anita- Yo me quedé pensando en la camaradería mostrada a la también alcohólica señora.

Siguió contando Hilarión.

––Me desesperaba tanta seguridad tuya Beto, o tanta tranquilidad con que tomabas las cosas. Quien sabe donde habrás aprendido eso. Llegamos a la oficina, entramos, cuando te vio el que estaba ahí, se levantó de su silla se acercó al mostrador, de un extremo levantó una tapa y abrió un remedo de puerta, para saludarte. Una sonrisa, los brazos abiertos y así te estrechó como con mucho gusto. De eso me di cuenta. Luego volteaste conmigo y me presentaste, diciendo: Mira Juan Manuel, este es mi amigo Hilarión, él va trabajar por tu muchacho. Se notó que le dio mucho gusto y te dijo: ¡Caramba Beto¡ tú siempre pensando por adelantado y lo que es mejor, siempre bien. ¿Cómo sabías que te iba a pedir ese favor de que me dieras chance que también saliera de vacaciones mi muchacho?

 ––Pásele amigo. Me dijo, si vienes con Beto, eres bien venido.

––Otra vez me sentí importante al rato llegó el muchacho, hijo de Juan Manuel, parecía como esos personajes de la película Nacidos para Perder. Traía lentes oscuros, una camiseta sin mangas, la foto del Che Guevara en el pecho, una banda color café oscuro en la frente, pantalón y chaleco de mezclilla, guantes de esos que no cubren del todo los dedos. En su brazo derecho, un tatuaje de una Águila de frente con sus alas abiertas, zapatos negros de punta redondeada como si fueran guantes de box, un cinto con estoperoles y el pelo largo peinado hacia atrás. ¿Te acuerdas?

––Sí, si me acuerdo. Pero que fijado eres, lo barriste de arriba abajo en un instante.

––Le comentaste a Juan Manuel que en la ocasión pasada, el recomendado de él para que relevara a su hijo, te había quedado mal, que no te había gustado como trabajó, y que por eso me habías invitado a mí. Que yo era de toda tu confianza, que dizque muy trabajador, muy formal y cumplido. ¡Ya ni la chingas… de plano hasta se me enchinó la piel, por tantos halagos y flores que me echaste. Lo peor es que luego me di cuenta que es tu estrategia para que uno no te quede mal. Te mostró unos papeles que tu revisaste, luego me enteré que era el acta de entrega de la oficina. Estuviste contando dinero que te entregó, checaste con otro papel, dijiste que estaba bien, hablaste al banco para corroborar el saldo que había en la chequera. Los clientes que llegaban, eran atendidos por Juan Manuel que al mismo tiempo les informaba que tú te harías cargo de la oficina que porque él se iba de vacaciones.  En un cajón aparte se iba poniendo el dinero para que no se revolviera con el ya contado. ¿Voy bien?

––Sí. Vas bien.

––Juan Manuel le dio dinero a su hijo para que nos trajera unos refrescos. Nos preguntó si ya habíamos almorzado. Le dijimos que sí. Te preguntó, que si como siempre te podías aventar el otro jale. Tu le preguntaste que si se trataba de lo mismo, que si aún eran los mismos trabajadores, te contestó que sí. Es más, llamó por teléfono a uno de sus trabajadores para informarle que tú habías llegado y que a partir del siguiente día, te ibas a hacer cargo. Que por la noche él, se arreglaba con todos y que les informaría que en su ausencia, tú serías el que iba a estar a cargo del negocio.

Ahí sí, me quedé en blanco. No supe de que hablaban. Luego te preguntó que donde te habías hospedado, le dijiste que estábamos en la casa de Chón, y que ya le habías pedido que le dijera a Doña Josefina (Doña Chepa), que fuera para que se encargara de la casa y de la comida.

––Claro, claro, Beto, dijo y agregó: Ya sabes, en eso no hay problema, hacemos lo mismo de siempre, te llevas a tu amigo. ¿Como dijiste que te llamas? Preguntó Juan Manuel, dirigiéndose a mí.  Hilarión, Hilarión Armenta. Dije. Y dijo: Caray, a lo mejor no me acuerdo de tu nombre pero ¿Que te parece si te decimos Jilary? Todos se rieron y luego ya era yo Jilary. A los años, salieron con que así se llamaba la señora del Presidente Clinton. Cuando se fue de la oficina Juan Manuel, te presumí: que nombre tan chingón me puso ¿Verdad? ¡Claro Hilarión como acá en el norte! Dijiste. Se fueron, Juan Manuel en un carro rojo, muy bonito, creo era un Ford y el chavo en moto. Se despidieron muy amistosamente de ti. Un poco antes, el chavo, me había preguntado si sabía manejar motocicleta, le dije que no. Qué lástima ––dijo, porque te iba a dejar la mía. Era una moto grandota, negra con barbas en los manublios, dos como valijas a los lados, niquelada de los rines, amortiguadores, del faro y del escape, lo que sea de cada quien, se veía que el chavo le había metido feria a esa moto. Pero yo le dije la verdad, no sabía manejar moto. Entonces, usas esa bicicleta y apuntó a un rincón donde estaba una color verde con manubrios tipo turismo. Le dije que sí, que  ese era mi mero mole. También me dio una bolsa de plástico en ella habían dos pantalones grises y dos camisas blancas con un letrero en el lado izquierdo que decía: ¿Cómo decía? Telégrafos. No, no me acuerdo bien.

––Decía: Telenales, o lo que es lo mismo Telégrafos Nacionales.

––¡Ándale así mero decía! Chingao no me acordaba. Bueno pues después tú escribiste una carta, para informar que yo trabajaría por vacaciones del Nacido para Perder, me lo leíste, lo ensobraste y me dijiste que lo llevara al correo, que estaba al otro lado de Telégrafos, que con eso me debían de pagar, que a lo mejor la orden de pago para mí se tardaba, pero que no me preocupara, porque ya teníamos asegurada la comida y donde quedarnos...

–– Con todo lo que había pasado, me sentí con mucha suerte. Haberte encontrado en la terminal de camiones de Palau, cuando andaba yo más jodido que nada, y luego todo lo demás. Ahora resultaba que ya hasta tenía chamba y no cualquier chamba, sino empleado de Telégrafos, con bicicleta, la papa asegurada y donde dormir.

––Hiciste otro escrito dirigido a mí, donde me informabas en qué consistía mi chamba. Tenía que llegar puntual, barrer, trapear, sacudir, ordenar las cosas, cambiarle la fecha a los sellos, preparar papel carbón, poner formatos para telegramas y giros en el mostrador. Ahí supe que quería decir destinatario y en que rayita debía firmar la gente cuando iba a cobrar sus giros, supe como doblar los telegramas y giros, meterlos a su sobre, apuntarlos en la libreta, llevarlos a sus domicilios y pedirles que firmaran de recibido.  Luego todo eso hacía y con esmero, puliéndome, ni me cansaba, ni me daba pereza, hasta don Raúl, el que trabajaba enfrente, en el Registro Civil, me felicitaba. Al otro día me di cuenta que enfrente de todos los locales, estaba una iglesia y yo con tímidas pisadas entré para decirle a Diosito: “Gracias por todo” y de paso, le encargaba con mucha devoción que no dejara de voltear a verme, bueno...  tampoco a ti.

Esta aclaración la hizo volteando a sus oyentes y luego a mí y prosiguió:

––Conocí gente muy amable, no tan mal hablada, digamos con un poco más de educación. Pero lo que más me admiraba era tu seguridad, y eso de que los ruiditos “tic tac” eran un lenguaje, me lo explicaste y, que tú lo supieras, que lo hubieras aprendido, que escribieras tan rápido en la máquina, ¡sin ver el teclado¡ eso si me dejaba boquiabierto. Y sobre todo tu suerte. Mira que aparte de tener un sueldo, cobrar para gastos, que ni gastabas, porque donde ibas, siempre tus compas, te ofrecían otras chambas, como me platicaste, que allá en Minas de Barroterán, administrabas una línea de tráileres de carga de carbón mineral, que hacían viajes a Monclova. Que ahí no te costaba nada, la quedada, ni la comida. Cobrabas en telégrafos, y aparte te pagaban y, ahí en Agujita, igual. No supe que negocios tenía Juan Manuel, nada me habías dicho aún. Pero era lo de menos. Por teléfono, hablaste con Chón y le preguntaste: ¿Traes dinero Chón? Seguro te dijo que sí y cuánto. Con eso se completa. Dile a Doña Chepa, que vaya a comprar lo que necesite para que haga la comida. Ah… y por favor dile a Tito que nos mande dos cartones de cerveza a la casa para la semana. Sí, sí, Chón, claro, tú no te preocupes. Ya sabes, como siempre. Tú ya no vas a gastar nada. El dinero que le des a la doña, a la tarde te lo repongo. Y seguiste diciendo: Consigue quien nos lave la ropa, acuérdate, somos tres. ¡Ora... ya chingué pensé¡ hasta que se va a lavar mi ropa, porque yo estaba en la bola, eso creí, y así fue.

––¡Qué suerte la tuya Beto! Te la pasabas a todo dar, y luego te ganabas a toda la gente, con todos platicabas muy a gusto. Conocías ya a algunas personas del lugar, porque recuerdo que cuando le llegó un giro a doña Martina, la señora que vivía en la esquina de la cuadra, me dijiste: “Llévale de una vez el dinero, sacas del sobre el giro le pides que firme de recibido y le entregas el dinero. Esa señora ya batalla mucho para caminar. Y sí, así era. Esa anciana ya después a su paso, tranquila, nos llevaba refrescos y fruta como agradecimiento. ¡No!... Si eras cabrón. Todo te lo ganabas muy bien. Yo te aprendí mucho, ya yo también tenía amigas, unas muchachas de la secundaria que iban dizque por formas para telegramas, pero luego nomas se la pasaban coqueteando conmigo, y yo galán y empleado de gobierno me daba mi taco. ¿Verdad Beto?

––Sí y ya ni te ponías la cachucha. Pero como dice el dicho: “El que ha nacido en petate siempre anda apestando a tule

Mi desagradable comentario, del que me arrepentí al momento hizo que a Hilarión se le cortara la inspiración y cambió el curso de su plática. Y exclamó

––¡Este pinche vicio me ha jodido siempre… Pero, diles a estos cabrones que todo lo que estoy diciendo es cierto!

––No hay necesidad… te están creyendo. ¿Verdad señores?

––Sí, pos así sí —Contestó uno.

––Todo tiene lógica. Se relaciona bien,  no hay exageraciones ––dijo otro.

––A veces no le creemos a Hilarión, porque desvaría y le agrega mucho, pero hoy… pues no, y menos si usted lo confirma. Usted no es borracho y eso garantiza lo que Hilarión comenta.

Eso dijo otro de sus compas que tenía una pierna más larga que otra, como que le había dado Polio.

––Entonces… Si fuiste empleado de Telégrafos, ¡¿Por qué dejaste esa chamba, pendejo?¡ ––Le preguntó otro abriendo mucho sus ojos y manoteando fuerte enfrente de Hilarión.

––¡Pos por eso¡… ¡Por pendejo!... ––contestó Hilarión y agregó: También trabajé en Zaragoza y Castaños. Luego les platico el jale que hacía Beto ahí en Agujita, después de su chamba con lo que pagaba todo sin gastar de su sueldo, ni de lo que le daban para gastos. Pero yo… reconozco… ¡Sí me apendejé!… me apendejé gacho.

Hilarión pidió la botella que se rolaba, se aventó un trago intenso, agachó la cabeza. Se le nublaron los ojos, esbozo una abatida sonrisa, se sentó, se quedó mirando al piso y alzó su mano para limpiarse una lágrima.

Al verlo, sentí tristeza y amargura. Soy su amigo y me apena que aquellos sus sueños se le hayan desmayado. Debí haberle dicho que no sufriera por lo pasado, pero que tampoco dejara que sus errores se repitieran, que luchara por salir adelante, que no importaba cuantas veces se equivocara o con que lentitud prosperara, que al fin seguiría estando por delante de quienes ni lo intentan. Pero, no pude. Un nudo se me hizo en la garganta. Me levanté, di media vuelta y me alejé callado, atrás de mí a nadie escuché decir nada.


Ansberto Rangel Pérez.



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