Platicando con Hilarión
Pláticas
de Hilarión
Fui al jardín del Pueblito. Sé que ahí anda
Hilarión. Si no está a la vista, sale de donde uno menos lo espera. Pero… lo
busqué y lo encontré en una banca de alrededor de la pila de agua que está en
el centro. Cuando me vio, levantó sus manos y agitándola me pidió que me
acercara.
––¡Ven Beto¡. ¡Miren cabrones… ahora si les voy a tapar l`osico¡
––y al tiempo que me llamaba les anunció a sus compañeros tres de farra.
Yo me acerqué divertido,
sabiendo que iba a salir con una de sus leyendas.
––¡Platícales a estos cabrones
incrédulos, diles, que es verdad que yo también trabajé en Telégrafos como tú¡
––Andas borracho ––le
contesté.
––No´mbre, ni tanto, pero,
mira es que… no me creen que trabajé en unos pueblos de allá del norte, ¡en
Coahuila! Diles donde, porque yo no me
acuerdo del nombre de uno de ellos, se llamaba… no, no me puedo acordar Agujeta o Ahijita, o ¿Como se llamaba ese pueblo? —me preguntó desesperado
por lo de su olvido.
––Agujita, Hilarión,
Agujita, se llama el pueblo al que te refieres, y está entre Ciudad. Sabinas y
Nueva Rosita, yendo para el norte.
––¡Ándale, sí¡ Ya, ven… —dijo,
volteándolos a ver, e insistió.
––Pero platícales como fue.
––¡Uf… Hilarión, me la pones
difícil, a mi ya se me olvida todo, mejor cuéntales tú y si recuerdo digo si es
verdad o no.
––¡Ora pues¡ ––dijo y
comenzó:
––Yo venía del norte, había
trabajado como siete u ocho meses en las pizcas, unas veces pepino, otras
algodón, también la hice de regador en los campos de cultivo, de ocho a trece
horas diarias con el solazo a mí espalda. Esa ocasión me fui con Artemio, hijo
de doña Pachita la que vivía por el callejón, nos aburrimos y decidimos regresar.
En el camino, me invitó que pasáramos por Palau, a ver una novia que tenía allí.
Y como veníamos de compas, lo
acompañé. Duramos dos días en ese pueblillo, aterrao; pura tierra negra, parece
que hay un chingo… de minas de carbón. Hacen hoyos en la tierra, muy profundos
como de un kilometro, luego ya adentro, hacen otros para los lados, más largos.
Eso me platicaron. Cuando los que ahí trabajan salen de su jale sólo los ojos y los dientes les blanquean, pobres mineros. Pero
cuando llegan al jale traen su lonche
y otra bolsa con jabón, estropajo y toalla, los más chavos hasta su perfume y
brillantina p´al pelo se cargan. Se bañan antes de tomar el camión de regreso a
sus casas. Me había encabronado con Temo, porque no se quería venir de ese pueblo.
Había encontrado a su novia con otro camarada, ya teníamos dos días de borrachotes. Yo me quería regresar ya. Se
me había terminado el dinero. Así que, me fui a la terminal de autobuses, y ahí
estabas tu Beto, sentado en las bancas de la sala de espera dijiste que ibas a
Agujeta.
––Agujita Hilarión.
––Ándale, a ese
lugar.
––Y después que platicamos
un rato, y te puse al tanto de esa aventurilla que me andaba aventando, me
dijiste que fuera contigo. Que tú tenías donde llegar en Nueva Rosita, como a
treinta y cinco minutos de distancia en camión de pasajeros. Que no había
problema, que en la casa de tu compa nos podíamos quedar a dormir, que me
prestabas una sabana para que me tapara, que sería suficiente. Hacía mucho
calor. ¿Te acuerdas?
––Sí, sí, adelante.
––Cuando íbamos en el
camión, me dijiste que ibas a estar a cargo de la oficina de Telégrafos en
Agujita, que porque el Jefe de ahí se iba de vacaciones. Que su hijo era el
mensajero, y que siempre querían salir de vacaciones juntos, para viajar en
familia. Que yo trabajaría en lugar del hijo. ¿Verdad Beto?
––Sí ––contesté y, eso le sirvió
para agarrar confianza y extenderse en su plática.
––Que era seguro, así me
dijiste. Y como ya no traía dinero y según tú, era un trabajo fácil, que era
cuestión de entregar telegramas y giros telegráficos en los domicilios que
trajeran. Te dije: Pero yo no conozco el
pueblo; menos las calles por su nombre. Tú, muy seguro y tranquilo me
contestaste: Preguntando se llega a Roma,
dice el dicho y dice bien. También
dijiste: donde quiera hay calles Hidalgo,
Morelos, Josefa Ortiz de Domínguez, Allende, es lo mismo en todos los pueblos,
tu nomás preguntas, además es un pueblito. No vas a tener problemas. A eso
me atuve y me emocioné porque iba a estar en una oficina, de mucho Pipe y Guante. ¿Y la oficina, está
bonita? Te pregunté, ¿Te acuerdas?
––Sí.
––Dijiste: tiene un equipo
de aire acondicionado. Está chiquito el local y va gente del pueblo a poner
telegramas, a mandar dinero para sus hijos que estudian en Monterrey, Saltillo,
Torreón o Piedras Negras. Me acuerdo que decías eso. En el camión que íbamos, viajaban muchos
mineros, todos con su morral, recién bañados. Su toalla colgada al cuello o en
los hombros, unos llevaban sus ojos con restos del polvo negro del carbón, parecían
golondrinas, como si se hubieran pintado a propósito, yo creo que era porque cuando
se lavaban la cara apretaban los ojos. ¿Te acuerdas Beto?
––Sí. Sí es cierto.
––Ese día habías terminado
de entregar la oficina de Palau. Era como la una y dijiste que toda la tarde
iba a ser libre para ti, bueno… y de paso para mí. Llegamos como a las tres y
media a Nueva Rosita, comimos en un restaurantillo de ahí mismo de la central. Tu amigo Chón, estaba trabajando en telégrafos,
la oficina estaba en un local de la presidencia municipal. Allí llegamos
primero. Tú, con una mochila de piel negra y un catre metido en una valija de
lona que te habían regalado los compas de Correos, me platicaste. Yo con un
pinche morral donde traía un pantalón, dos camisas, unos calzones flameados y
dos pares de calcetines todos arrugados y duros de tan cochinos. Me dio vergüenza entrar a la oficina, porque
no andaba limpio, así que me quedé afuera con las cosas. Entraste tú, y saliste
con tu amigo Chón, un viejo pelón, chimuelo, flaco y encorvado, pero muy
risueño y buena gente, con ropa de oficinista. Luego que me lo presentase, oí
que te dijo, al tiempo que te daba unas llaves, lleven las cosas a la casa, y
si quieren échense un baño. Regresan a las siete por mí para ir con Tito.
Después me enteré que el tal Tito, era otro compañero de ustedes, trabajaba
como mensajero, pero al mismo tiempo estaba como encargado de una cantina. La
casa era de madera, en medio de un terreno, muy bonita la construcción, pero
muy descuidada, estilo americano, y así se llamaba la colonia “Americana” que estaba
a cuadra y media de la presidencia. ¿Verdad, Beto?
––Sí, sí. Síguele.
––Nos echamos un baño,
porque hacía un calorón de la chingada… no se soportaba, así que, primero yo,
porque andaba muy apestoso. Tú, fuiste abrir el refrigerador buscando cerveza,
que al cabo se la repondrías enseguida, dijiste, pero no había: ¡Te la pelaste¡ Cuando terminé de bañarme, quise lavar mi
ropa, plancharla, había visto un burro de planchar, tu traías una planchita de
vapor, que según me platicaste la compraste en Tijuana, junto con la “panza de
vaca”, es decir, tu maleta, todo por sesenta y cinco pesos. ¿O no es cierto?
––Sí. Así es.
––¡Ya ven cabrones!
––Hilarión, te digo que
tienes buena memoria.
––Bueno, pero ni lavé la
ropa, me dio pena, solo sacudí fuerte el pantalón y la camisa que traía puesta
y me la volví a poner.
Sus amigos, estaban
boquiabiertos, escuchando, sin interrumpir. Hilarión había agarrado vuelo,
ocasionalmente agregaba un: Si hasta
parece que lo estoy viendo. Cuando alguno de ellos me veía, como
preguntando si acaso eso era cierto, yo movía afirmativamente la cabeza, de
modo que no dudaran. Hilarión les había explicado quien era yo, desde cuando
nos conocíamos, de quien era hijo, quienes mis hermanos, por donde viví, en que
trabajaba.
––A las siete, fuimos por el
tal Chón ––continuó.
––Luego fuimos con Tito. En
la cantina, tenía guitarras, acordeón, hasta un pito o flauta.
––Era un saxofón ––le
corrijo.
––Ándale, un saxofón. ––y
continúa narrando.
––Ese día, no tomé mucho, si
acaso tres cervezas. Me acordaba que me habías dicho que al siguiente día tenía
que trabajar en oficina y pos… creía que debía de ir bien, no borracho, ni crudo, ni oliendo a cerveza. ¿Sabes
Beto?... Que cabrón eres. Ese día, me
hiciste sentir como gente. Sí como gente… ¿Cómo se dice?
––“Decente”
––¡Eso es! decente ––dijo
haciendo un paréntesis en su plática y un rictus en su cara como de un nuevo
reclamo.
––Bueno, pues así también
conocí al tal Tito. A esa cantina llegó un chingo de gente… puro borrachín,
como “yo viznando”. Agarraban los instrumentos y se ponían a cantar, había unos
muy buenos para la cantada, los más desafinados, eran los que no querían soltar
el micrófono, hasta que Tito iba y se los quitaba para dárselos a que otros
cantaran. Que bonito ambiente ¿Verdad? Beto.
––Si, bonito ambiente
Hilarión.
––Al siguiente día, me
desperté y me levanté temprano, como a las seis, me metí al baño, procurando no
hacer ruido, porque yo veía que Chón y tu Beto, estaban dormidos, muy quitados
de la pena. Tu en el catre y con un radio al lado. Yo muy inquieto porque iba a
trabajar en Telégrafos. ¡Qué emoción¡
––Cuando salí del baño, y
mientras me arreglaba, oí a Chón que dijo: “Compa Beto, ahí en el refrigerador
hay huevo, chorizo y tortillas de harina, por si quieren desayunar algo”, o
¿Vamos al café?” Le contestaste, con otra pregunta: “¿A qué hora entras a la
oficina tú?” “A las diez” dijo Chón. Entonces, hay tiempo para ir al café. “Yo invito” ––dijiste. Yo pensé haber si
ahí en el café, hay algo que comer porque traigo un chingo de hambre.
––Los saludé a los dos. Buenos
días. ¿Ya listo? Me preguntaste. Sí ya.
Contesté. Y tú, me desesperabas. Tomabas las cosas muy tranquilo, como si nada
te preocupara, todavía pensabas ir a tomar café, a platicar y no sé que más… y
yo que ya me andaba por llegar a Aguu…jita. Caminamos como dos cuadras,
llegamos a un café. Sentados en rededor de las mesas, leyendo el periódico, había
mucha gente, unos platicando los chismes de ayer, de otros días, de política,
de sus jales, casi todos eran mineros.
Humeaban las tasas de café, les traían unos bísquets con mantequilla para
acompañar el café. Allá de donde salían los meseros había gente preparando el
dichoso café y cuando descubrí que también estaban guisando huevos, me
tranquilicé, porque yo abuzando, iba a pedir unos estilo ranchero, con un montón
de tortillas de harina pa´que amarrara. Ya después vería que pasaba, en ese
momento lo más importante era llenar la barriga. ¡Eso pensé! Y sucedió. Comí
aprisa, pero me paraste… dijiste –con calma, no hay prisa- Así que luego, comí
despacio y me fue mejor: disfruté cada bocado, percibí el sabor exacto de los huevos
estrellados, el picor de la salsa, las tortillas y me deleité ¡a madres! con el
café´.
––Luego del desayuno, nos
fuimos para Agujita, de reojo volteabas y te reías de mi. Cuando te pregunté el
por qué, me dijiste que me veía chistoso sin cachucha y con el pelo pegado al
cuero cabelludo. Yo también me sentía raro, pero… para mi era muy importante
estar a tono con el jale que me ibas
a conseguir y me había peinado. En el camión, sólo pagaste un pasaje. El mío, y
sacaste una credencial para que la viera el chofer. Ya sentados, apenas te iba
a preguntar y te adelantaste. Me explicaste que por Ley con esa credencial, no
te cobraban en ningún camión de pasajeros. ¡¿Aunque vayas hasta México?¡ Te
pregunté. Aunque vaya hasta México o Acapulco, es más aunque vaya a San Felipe
Torres Mochas no me cobran. Dijiste. ¡Que padre¡ me quedé pensando y me sentí
chingón de ser tu cuate. Pasaron quince minutos, me fuiste enseñando donde
había minas pequeñas de gente que iba empezando en eso de sacar carbón, y que
luego lo vendían a los que tenían minas grandes, después ellos le vendían a
Altos Hornos de México en Monclova. ¿Voy bien Beto?
––Sí. Hilarión, ya te dije que
tienes muy buena memoria, yo ya ni me acordaba de eso. Tú síguele.
En ese momento de la plática,
iba pasando una señora como de sesenta y cinco años, la llamaron los otros
amigos de Hilarión. La señora se acercó, le dieron la botella de alcohol con
coca, ella con una parte de su blusa, limpió el pico de la botella y se la
empinó, dándole un buen trago, hizo un leve gesto, se limpió la boca, devolvió
la botella, agradeció la invitación, y siguió su camino, ellos dijeron: –que le
vaya bien doña Anita- Yo me quedé pensando en la camaradería mostrada a la también
alcohólica señora.
Siguió contando Hilarión.
––Me desesperaba tanta
seguridad tuya Beto, o tanta tranquilidad con que tomabas las cosas. Quien sabe
donde habrás aprendido eso. Llegamos a la oficina, entramos, cuando te vio el
que estaba ahí, se levantó de su silla se acercó al mostrador, de un extremo levantó
una tapa y abrió un remedo de puerta, para saludarte. Una sonrisa, los brazos
abiertos y así te estrechó como con mucho gusto. De eso me di cuenta. Luego
volteaste conmigo y me presentaste, diciendo: Mira Juan Manuel, este es mi
amigo Hilarión, él va trabajar por tu muchacho. Se notó que le dio mucho gusto
y te dijo: ¡Caramba Beto¡ tú siempre pensando por adelantado y lo que es mejor,
siempre bien. ¿Cómo sabías que te iba a pedir ese favor de que me dieras chance
que también saliera de vacaciones mi muchacho?
––Pásele amigo. Me dijo, si vienes con Beto, eres
bien venido.
––Otra vez me sentí importante
al rato llegó el muchacho, hijo de Juan Manuel, parecía como esos personajes de
la película Nacidos para Perder.
Traía lentes oscuros, una camiseta sin mangas, la foto del Che Guevara en el
pecho, una banda color café oscuro en la frente, pantalón y chaleco de
mezclilla, guantes de esos que no cubren del todo los dedos. En su brazo
derecho, un tatuaje de una Águila de frente con sus alas abiertas, zapatos
negros de punta redondeada como si fueran guantes de box, un cinto con
estoperoles y el pelo largo peinado hacia atrás. ¿Te acuerdas?
––Sí, si me acuerdo. Pero
que fijado eres, lo barriste de arriba abajo en un instante.
––Le comentaste a Juan
Manuel que en la ocasión pasada, el recomendado de él para que relevara a su
hijo, te había quedado mal, que no te había gustado como trabajó, y que por eso
me habías invitado a mí. Que yo era de toda tu confianza, que dizque muy
trabajador, muy formal y cumplido. ¡Ya ni la chingas… de plano hasta se me
enchinó la piel, por tantos halagos y flores que me echaste. Lo peor es que
luego me di cuenta que es tu estrategia para que uno no te quede mal. Te mostró
unos papeles que tu revisaste, luego me enteré que era el acta de entrega de la
oficina. Estuviste contando dinero que te entregó, checaste con otro papel,
dijiste que estaba bien, hablaste al banco para corroborar el saldo que había
en la chequera. Los clientes que llegaban, eran atendidos por Juan Manuel que
al mismo tiempo les informaba que tú te harías cargo de la oficina que porque
él se iba de vacaciones. En un cajón
aparte se iba poniendo el dinero para que no se revolviera con el ya contado.
¿Voy bien?
––Sí. Vas bien.
––Juan Manuel le dio dinero
a su hijo para que nos trajera unos refrescos. Nos preguntó si ya habíamos
almorzado. Le dijimos que sí. Te preguntó, que si como siempre te podías aventar
el otro jale. Tu le preguntaste que
si se trataba de lo mismo, que si aún eran los mismos trabajadores, te contestó
que sí. Es más, llamó por teléfono a uno de sus trabajadores para informarle
que tú habías llegado y que a partir del siguiente día, te ibas a hacer cargo. Que
por la noche él, se arreglaba con todos y que les informaría que en su ausencia,
tú serías el que iba a estar a cargo del negocio.
Ahí sí, me quedé en blanco. No
supe de que hablaban. Luego te preguntó que donde te habías hospedado, le
dijiste que estábamos en la casa de Chón, y que ya le habías pedido que le
dijera a Doña Josefina (Doña Chepa), que fuera para que se encargara de la casa
y de la comida.
––Claro, claro, Beto, dijo y
agregó: Ya sabes, en eso no hay problema, hacemos lo mismo de siempre, te
llevas a tu amigo. ¿Como dijiste que te llamas? Preguntó Juan Manuel, dirigiéndose
a mí. Hilarión, Hilarión Armenta. Dije. Y
dijo: Caray, a lo mejor no me acuerdo de tu nombre pero ¿Que te parece si te
decimos Jilary? Todos se rieron y luego ya era yo Jilary. A los años, salieron con que así se llamaba la señora del
Presidente Clinton. Cuando se fue de la oficina Juan Manuel, te presumí: que
nombre tan chingón me puso ¿Verdad? ¡Claro Hilarión como acá en el norte!
Dijiste. Se fueron, Juan Manuel en un carro rojo, muy bonito, creo era un Ford
y el chavo en moto. Se despidieron muy amistosamente de ti. Un poco antes, el
chavo, me había preguntado si sabía manejar motocicleta, le dije que no. Qué lástima ––dijo, porque te iba a dejar
la mía. Era una moto grandota, negra con barbas en los manublios, dos como
valijas a los lados, niquelada de los rines, amortiguadores, del faro y del
escape, lo que sea de cada quien, se veía que el chavo le había metido feria a
esa moto. Pero yo le dije la verdad, no sabía manejar moto. Entonces, usas esa
bicicleta y apuntó a un rincón donde estaba una color verde con manubrios tipo
turismo. Le dije que sí, que ese era mi
mero mole. También me dio una bolsa de plástico en ella habían dos pantalones
grises y dos camisas blancas con un letrero en el lado izquierdo que decía:
¿Cómo decía? Telégrafos. No, no me acuerdo bien.
––Decía: Telenales, o lo que
es lo mismo Telégrafos Nacionales.
––¡Ándale así mero decía!
Chingao no me acordaba. Bueno pues después tú escribiste una carta, para
informar que yo trabajaría por vacaciones del Nacido para Perder, me lo leíste, lo ensobraste y me dijiste que lo
llevara al correo, que estaba al otro lado de Telégrafos, que con eso me debían
de pagar, que a lo mejor la orden de pago para mí se tardaba, pero que no me
preocupara, porque ya teníamos asegurada la comida y donde quedarnos...
–– Con todo lo que había
pasado, me sentí con mucha suerte. Haberte encontrado en la terminal de
camiones de Palau, cuando andaba yo más jodido que nada, y luego todo lo demás.
Ahora resultaba que ya hasta tenía chamba y no cualquier chamba, sino empleado
de Telégrafos, con bicicleta, la papa
asegurada y donde dormir.
––Hiciste otro escrito
dirigido a mí, donde me informabas en qué consistía mi chamba. Tenía que llegar
puntual, barrer, trapear, sacudir, ordenar las cosas, cambiarle la fecha a los
sellos, preparar papel carbón, poner formatos para telegramas y giros en el
mostrador. Ahí supe que quería decir destinatario
y en que rayita debía firmar la gente cuando iba a cobrar sus giros, supe como
doblar los telegramas y giros, meterlos a su sobre, apuntarlos en la libreta,
llevarlos a sus domicilios y pedirles que firmaran de recibido. Luego todo eso hacía y con esmero, puliéndome,
ni me cansaba, ni me daba pereza, hasta don Raúl, el que trabajaba enfrente, en
el Registro Civil, me felicitaba. Al otro día me di cuenta que enfrente de
todos los locales, estaba una iglesia y yo con tímidas pisadas entré para
decirle a Diosito: “Gracias por todo”
y de paso, le encargaba con mucha devoción que no dejara de voltear a verme,
bueno... tampoco a ti.
Esta aclaración la hizo
volteando a sus oyentes y luego a mí y prosiguió:
––Conocí gente muy amable,
no tan mal hablada, digamos con un poco más de educación. Pero lo que más me
admiraba era tu seguridad, y eso de que los ruiditos “tic tac” eran un
lenguaje, me lo explicaste y, que tú lo supieras, que lo hubieras aprendido,
que escribieras tan rápido en la máquina, ¡sin ver el teclado¡ eso si me dejaba
boquiabierto. Y sobre todo tu suerte. Mira que aparte de tener un sueldo,
cobrar para gastos, que ni gastabas, porque donde ibas, siempre tus compas, te ofrecían otras chambas, como
me platicaste, que allá en Minas de Barroterán, administrabas una línea de tráileres
de carga de carbón mineral, que hacían viajes a Monclova. Que ahí no te costaba
nada, la quedada, ni la comida. Cobrabas en telégrafos, y aparte te pagaban y, ahí
en Agujita, igual. No supe que negocios tenía Juan Manuel, nada me habías dicho
aún. Pero era lo de menos. Por teléfono, hablaste con Chón y le preguntaste:
¿Traes dinero Chón? Seguro te dijo que sí y cuánto. Con eso se completa. Dile a
Doña Chepa, que vaya a comprar lo que necesite para que haga la comida. Ah… y por
favor dile a Tito que nos mande dos cartones de cerveza a la casa para la
semana. Sí, sí, Chón, claro, tú no te preocupes. Ya sabes, como siempre. Tú ya
no vas a gastar nada. El dinero que le des a la doña, a la tarde te lo repongo.
Y seguiste diciendo: Consigue quien nos lave la ropa, acuérdate, somos tres. ¡Ora...
ya chingué pensé¡ hasta que se va a lavar mi ropa, porque yo estaba en la bola,
eso creí, y así fue.
––¡Qué suerte la tuya Beto! Te
la pasabas a todo dar, y luego te ganabas a toda la gente, con todos platicabas
muy a gusto. Conocías ya a algunas personas del lugar, porque recuerdo que
cuando le llegó un giro a doña Martina, la señora que vivía en la esquina de la
cuadra, me dijiste: “Llévale de una vez
el dinero, sacas del sobre el giro le pides que firme de recibido y le entregas
el dinero. Esa señora ya batalla mucho para caminar. Y sí, así era. Esa anciana
ya después a su paso, tranquila, nos llevaba refrescos y fruta como
agradecimiento. ¡No!... Si eras cabrón. Todo te lo ganabas muy bien. Yo te
aprendí mucho, ya yo también tenía amigas, unas muchachas de la secundaria que
iban dizque por formas para telegramas, pero luego nomas se la pasaban
coqueteando conmigo, y yo galán y empleado de gobierno me daba mi taco. ¿Verdad Beto?
––Sí y ya ni te ponías la cachucha.
Pero como dice el dicho: “El que ha nacido en petate siempre anda apestando a
tule”
Mi desagradable comentario,
del que me arrepentí al momento hizo que a Hilarión se le cortara la
inspiración y cambió el curso de su plática. Y exclamó
––¡Este pinche vicio me ha
jodido siempre… Pero, diles a estos cabrones que todo lo que estoy diciendo es
cierto!
––No hay necesidad… te están
creyendo. ¿Verdad señores?
––Sí, pos así sí —Contestó
uno.
––Todo tiene lógica. Se
relaciona bien, no hay exageraciones ––dijo
otro.
––A veces no le creemos a
Hilarión, porque desvaría y le agrega mucho, pero hoy… pues no, y menos si
usted lo confirma. Usted no es borracho y eso garantiza lo que Hilarión comenta.
Eso dijo otro de sus compas
que tenía una pierna más larga que otra, como que le había dado Polio.
––Entonces… Si fuiste
empleado de Telégrafos, ¡¿Por qué dejaste esa chamba, pendejo?¡ ––Le preguntó
otro abriendo mucho sus ojos y manoteando fuerte enfrente de Hilarión.
––¡Pos por eso¡… ¡Por
pendejo!... ––contestó Hilarión y agregó: También trabajé en Zaragoza y
Castaños. Luego les platico el jale
que hacía Beto ahí en Agujita, después de su chamba con lo que pagaba todo sin
gastar de su sueldo, ni de lo que le daban para gastos. Pero yo… reconozco… ¡Sí
me apendejé!… me apendejé gacho.
Hilarión pidió la botella
que se rolaba, se aventó un trago intenso,
agachó la cabeza. Se le nublaron los ojos, esbozo una abatida sonrisa, se sentó,
se quedó mirando al piso y alzó su mano para limpiarse una lágrima.
Al verlo, sentí tristeza y amargura.
Soy su amigo y me apena que aquellos sus sueños se le hayan desmayado. Debí
haberle dicho que no sufriera por lo pasado, pero que tampoco dejara que sus
errores se repitieran, que luchara por salir adelante, que no importaba cuantas
veces se equivocara o con que lentitud prosperara, que al fin seguiría estando
por delante de quienes ni lo intentan. Pero, no pude. Un nudo se me hizo en la
garganta. Me levanté, di media vuelta y me alejé callado, atrás de mí a nadie
escuché decir nada.
Ansberto Rangel Pérez.