Me encanta tal cual es


Me encanta tal cual es

Sakno Anda en sus años cincuenta, ha entrado en la segunda mitad de su vida, aunque se siente que tiene el mismo empuje de sus veinte, el cuerpo correoso, ágil, flexible aún no le falla. Es de esas personas que resisten todos sus infortunios, desavenencias y reveses que la vida les da y continúan como si nada. Si alguien se atreve a llamarla vieja ha de ser de cariño, de lo que sí se puede dar uno cuenta cuando ella escucha esa palabra es que si le asusta un poco, pero nada más, y eso es porque para su consuelo, recuerda que tiene una prima que es un mujerón, alta, robusta, risueña, pero a la que si se le notan los años. En cambio a ella no le gusta vestir de negro como se acostumbra ver vestidas a las ancianas, ni se amarra pañuelo en la cabeza, ni se deja el mundano bigote a la vista, tampoco se ha retirado para consagrarse a los ritos piadosos, religiosos. Tampoco atiende nietos porque no los tiene…  Ella se ve saludable y contenta, posee unas pequeñas arrugas finas en las comisuras de sus ojos, pero son cicatrices de risas más que de llantos del pasado. No ha perdido mucho de su rizado y rojizo pelo. Aunque por teléfono me ha platicado que decidió cortárselo casi a rapa,  así que me imagino que parece muchacho joven o que continúa con su adicción a la moda europea.

Ni siquiera se ha preguntado cuanto más vivirá ni para qué. Tal vez yo si tenga una respuesta y veladamente se lo he dicho, pero como que no me lo toma muy en cuenta. Ha aprendido las ventajas del desprendimiento de la vanidad ya no compra vestidos ni zapatos como solía por manía hacerlo. A pesar de que le insisto, ella no escribe. Le he sugerido que lo haga en orden; respetando sus etapas del camino recorrido. Pero ella piensa diferente y debo respetarla, como respeté su idea de cortarse el pelo contraviniendo la costumbre de que la mujer tenga el pelo largo. Igual que a mí, a ella le gusta mucho la presencia de la soledad y del silencio, de los espíritus que siempre acompañan a las personas solas, ella no los molesta los deja que se acomoden cada uno en su lugar, que estén a gusto, o  que se vayan; para que igual, la dejen a ella estar en paz.

          Me contesta que por qué no escribo yo mi vida en vez de andar pidiendo a todos que escriban de ellos. Le he contestado, que yo escribo de cómo me gustaría que fuera mi vida y que en cada historia cuento algo de mí, pero nunca digo en que párrafo. Y sí, es lo que me ayuda a escribir, eso significa siempre un desahogo muy satisfactorio, como una terapia de psicólogo o de psiquiatra. Ahora que tampoco escribo de mi porque considero que mi vida no tiene nada de extraordinario, creo que mi existencia ha sido simple, superficial, banal, bueno hasta insípida. Por eso invento historias de aventuras, amores, alegrías, algunos eventos mezquinos del quehacer cotidiano, lo narro porque son cosas de la vida y siempre alguien en algún lugar se identifica como protagonista. En esta historia para mí, ella es la protagonista.  Yo no tengo muchas cosas que contar, de eso me doy cuenta cuando cierro mis ojos con la intensión de hacer un recuento de mi pasado y como no ha ocurrido nada trascendente es que escribo por y de los demás.  Cuando la recuerdo, pienso: ¿qué sucederá con tanto vacío que ahora tiene? ¿Qué sucederá cuando ya se le agote la ambición?  ¿Cuándo ya no cuente con algún proyecto?  Cuando ya no quiera seguir viva o muera por dentro.

        Se lo estoy diciendo en esta historia que voy a publicar. Sé que le gusta leer mis textos, así que cuando lo haga, planeará los años que le faltan. Deberá tener en cuenta que la vejez es otro nuevo comienzo,  con regresos a la infancia a ese tiempo mágico anterior al pensamiento lineal y a los prejuicios, cuando uno percibe el universo con las ambiciones y esperanzas exaltadas como un demente, cuando se es libre para creer lo increíble y explorar todo aunque se cometan errores al fin y al cabo que en la época de la razón todo eso desaparece o uno los hace desaparecer. Me ha dicho que ya nada tiene que perder, nada que defender, nada porque luchar. ¿Será eso la libertad? ¿Su libertad?  

Me encanta tal cual es.

La voy a visitar le diré que nos convirtamos en brujos protectores. Así como ella siempre ha pensado. Deberá convertirse en defensora de las mujeres más jóvenes, de los niños, de la comunidad y hasta de la naturaleza, lucharemos para que ya no se maltrate al planeta que ha sido víctima de tantas violaciones. Que se convierta en bruja y vuele en una escoba hasta el  bosque, donde otras brujas paganas bailan a la luz de la luna, donde invocan a las fuerzas de la tierra, del cosmos, del universo y la naturaleza. Juntos ensayaremos como ahuyentar  a los  antiguos encantamientos y secretos de sabios curanderos y aprenderemos  e inventaremos nuevos. 

Pretendo poco,  porque tengo la idea de que las hechiceras como los curanderos, son estrellas solitarias que brillan con luz propia, que no dependen de nada ni de nadie, que por lo mismo no tienen miedo de lanzarse a ciegas a cualquier abismo con la certeza de que en vez de estrellarse saldrán volando convertidos en aves de grandes vuelos de esos que ven el mundo desde arriba y aprenden, o quizá nos convirtamos en simples gusanos del fango de esos que ven la tierra por dentro. O quizá practicaremos para convertirnos en espíritus para vagar por otras dimensiones, otras galaxias; y navegaremos en océanos infinitos de conciencia y conocimiento.

Hasta que aparezca ante nuestros ojos un inacabable desierto de fastidio y soledad renunciaremos al raro amor heroico y a la pasión carnal. Lo enterraremos en el arenal del silencio.

Pero hasta entonces.

Porque antes, no nos hemos podido curar del vicio de pensar el uno en el otro; no lo hemos podido erradicar aún, eso sigue enterrado bajo metros de hielo polar y alejado por una enorme distancia. Ha de ser porque no estamos tan viejos como la gente cree o como nosotros mismos lo suponemos.

Ansberto Rangel Pérez.


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