La vecina Hortencia


La vecina Hortencia

Oye Hilarión nunca he sabido con quien te casaste. Porque si te casaste ¿verdad?

¡Claro que sí, yo también tengo mi corazoncito!, aunque te he de decir que a mí siempre me costó mucho trabajo intimar con la gente. Antes de casarme no había vivido con ninguna mujer, así que no tenía problema con echar de menos lo que no conocía. No era enamoradizo, ni lo soy. A mí me gustó el vino, las mujeres fáciles, pero aunque resulte difícil de creer, cuando estuve casado le fui fiel a mi mujer y eso que para mí bastaba la sombra de un vestido, la curva de una cintura y el contorno de una pierna femenina para que se me vinieran morbosas ideas a la cabeza, pero eran cosas que me pasaban sin entenderlo del todo. Ahora ya no. Ya estoy viejo parezco árbol torcido de eso estoy consciente y me miro al espejo para que no se me olvide.  Al principio, cuando me gustaba alguna joven, no me atrevía acercármele porque no se me ocurría que decirle, me daba vergüenza que por mis nervios me oyera tartamudear, que me rechazara. Mi orgullo era superior y por mi orgullo se me pasó la oportunidad de tener novias bonitas, porque ahora que lo pienso detenidamente me doy de cabezazos contra la pared pensando que tal vez  Hortensia la hermana de Jorge me hubiera dicho que sí.  ¿Tú te acuerdas de ella?

Sí, era la que vivía cerca de la casa de Benito.

—¡Ándale! Esa mera, ¿a poco no estaba bonita?

¡Claro! Tanto que también yo anduve tras de ella, pero igual que tú, no me atreví a declararle mis sentimientos. Yo me imaginé que lo más seguro sería que me dijera que no. Pero me quedó grabado en la memoria el momento exacto en que ella entró en mi vida. La vi al pasar y me robó el alma, iba con su hermana, llevaba un vestido azul pálido, y le quedaba; mejor dicho, todos los colores le quedaban, su pelo caía por su espalda, lo tenía algo ondulado. Ese pelo le enmarcaba la cara como un sombrero de fantasía, su porte era de hada y esa manera de caminar parecía que iba volando. Un día, pasó delante de mí sin verme y penetró flotando en mi alma. Creo que necesito verla de nuevo para saber si aún está ahí dentro de mi corazón. ¿Tú sabes dónde está?, ¿con quién se casó?

No supe. En ese tiempo yo andaba mal, siempre en la parranda, y por esa causa nos dejamos mi esposa y yo. Pero volviendo a Hortensia,  era como una aparición agradable para todos, en la plaza siempre provocaba un tumulto a su paso.

Ah… pues fue allí precisamente en la plaza, cuando fue a comprar dulces al estanquillo de don Agustín, cuando quedé estupefacto; mientras ella elegía cual comprar, reía, se echaba unos a la boca y le daba otros a su hermana. No fui el único hipnotizado por su belleza, como a veinte pasos estaba Jorge Urbina, también el Fierros. Al fierros se le caía la baba, creo hasta el Güero Medina, El Palomo Guzmán y otros muchos la rondaban, por eso se me ocurrió pensar que estaba muy lejos de ser yo su pretendiente ideal, yo no tenía nada que ofrecer, flaco, feo, greñudo, sin dinero, ni trabajo ni  prestigio y con futuro incierto.

—¡Oye!, ¿te estás describiendo?, o ¿me estas describiendo a mí?

No hombre, a ti no. Y claro que me estoy describiendo. Y no me cortes la inspiración, déjame seguir. Yo estaba deslumbrado y me puse a soñar, eso si nadie me lo podía impedir. Soñé que sería mi esposa, que la trataría como a una reina, que la cuidaría como a la niña de mis ojos, que trabajaría lo que fuera necesario para que en la vida nada le faltara.  Para continuar soñando, la seguí todo el camino de vuelta a su casa sin quitar la vista de su perfecto cuerpo, me quedé en la tienda “La Feria Texas” desde ahí la podía ver llegar a su casa. La vi alejarse hasta que abrió la puerta de su casa, se me detuvo el pulso cuando se deslizó por el pasillo y se esfumó.  Cuando me recuperé me fui a la mía. Desde ese día, me bañaba y me cambiaba con ropa de domingo, luego montaba guardia desde la tienda para verla salir, y pasar frente a mí, espiando siempre, bueno hasta tu hermana Cata se reía de mí y un día compadecida me dijo que si yo quería le mandara un recado o carta de amor, que ella se la entregaba.

Tomasa la hija de don Severiano era buena para hacer versos, a ella le pedí que me hiciera uno que dijera que me gustaba mucho y que la quería. Cuando tuve en mi mano ese papel, me atreví a acercármele, cuando la tuve al alcance de mi voz, no se me ocurrió nada, nadie me había aconsejado que decir o como desenvolverme en esos casos, no tuve padrinos para eso del noviazgo, por eso, solo estiré mi mano con el verso, y al mismo tiempo busque a mí alrededor un camino rápido para salir huyendo de mi propia osadía, lo demás lo dejaría a la suerte. Pero… no hubo tal. Quizá… hasta se rió de mí.

Oye ¿Y Estela Barraza?

Ya se había ido, se la había llevado su papá para un pueblo pegado al norte. Cuando vio mis intenciones, quiso que se apaciguara mi vocación por ella, decía que apenas éramos unos niños y era cierto, por eso nunca fuimos novios de modo oficial. Pero te confieso que por su asombrosa  belleza me costó mucho trabajo resignarme a no verla. Lo bueno es que no perdí la cabeza, ni morí por eso.

A mí me pasó lo mismo… con ella.

Qué, ¿qué?  ¡Mira que cabrón!...

Pos no te digo que yo también tengo mi corazoncito. ¡Y ya, vamos por los refrescos… de cebada! Pa´ seguir platicando.



Ansberto Rangel Pérez.


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