Kalimán
Kalimán
Hoy
quiero traer a la memoria de quien me lee a Kalimán, pero no aquél del turbante
y vestimenta blanca; ojos verdes, piel cobriza como gente de países árabes,
bien parecido, distinguido, de cuerpo atlético que tenía amoríos con las
mujeres más bellas del mundo, que fumaba cigarrillos turcos y que combatía a
maleantes, vampiros, piratas, momias y otro tipo de villanos en compañía de su
inseparable amigo Solín, a quien tenía fascinado con eso de "paciencia y
serenidad amigo Solín". No, de ese no, porque de ése ya se dijo mucho,
dizque era caballero con los hombres, galante con las mujeres, tierno con los
niños, implacable con los malvados, que siempre andaba en bronca con los
profanadores de tumbas, que peleaba contra El Conde Bartok, La Araña Negra, Dr.
Muerte, La Bruja Blanca, Karma, Kardo, Namilak, éste último era parecido
físicamente pero era lo contrario en intensiones y hasta en el mismo nombre,
sin no, léalo al revés y se dará cuenta. Decían de Kalimán que siempre ganaba,
resolvía hasta los casos más difíciles lo mismo en China que en las selvas
africanas o en las ruinas Incas. Era tan chingón que hasta le pusieron El
Hombre Increíble. Nos lo pusieron en la radio y en el cine como un gran
justiciero. No, de ese no quiero hablar sino de nuestro coterráneo Kalimán:
Rosario Sánchez Díaz, así se llamaba nuestro Kalimán,
así le apodaban a ese célebre personaje de los años cincuentas, que vivía por
la calle Rivapalacio. Era él, un joven moreno encorvado, de esmirriado físico,
pelo relamido, vestía como si fuera un indio y tenía ese tipo de facciones
hasta se parecía a Tizoc el indio aquél que caracterizó Pedro Infante en la
película del mismo nombre. Era fachoso, se enorgullecía de su apodo e intentaba
parecerlo. Gritaba y brincaba dando golpes al viento como si fuera un karateca.
Con un cuaderno bajo el brazo de esos de pastas rojas que tenían un niño
pintado, creo se llamaba Polito ese cuaderno; por una propina, ofrecía sus
servicios de promotor comercial. Ese cuaderno, mucha gente que ya lo conocía se
lo solicitaba para anunciarse o para comprar cosas. Alguien quería vender un
terreno, una casa, una bicicleta y todo, incluyendo elotes, perros, ahí también
con una letra muy bonita por cierto, se leía anunciada la tienda de abarrotes
que se llamaba "La Paz" de mi amigo Isidro Moreno y anunciaba hasta
encuentros íntimos.
No son mentiras yo también leí esos anuncios. Ahí en
su cuaderno, algunas mujeres atrevidas ponían: "Solicito joven guapo, sin
compromisos para que me acompañe una semana o de perdido unos tres días aunque
no tenga dinero, sólo necesito que me apapachen. Me encuentro en…" otros
agregaban su anuncio: "Busco muchacha para matrimonio que no pase de
treinta años, acabo de llegar del norte, traigo suficientes dólares para la
boda, si alguien se interesa comunicarse conmigo vivo en…" también se
anunciaban esas que vendían medias, digo… medias horas de placer. Si alguien
mostraba interés, el Kalimán le contaba de quien se trataba, la edad probable,
que físico tenía, dónde vivía, a qué hora se podían ver y otros detalles para
el contacto. Sí, aunque usted no lo crea. Representaba en el pueblo la sección
amarilla o la de anuncios clasificados de algún periódico. Es que… no había
periódico o bueno sólo "La voz de San Felipe" de don Alberto, pero
ese anunciaba detalles de política, o de eventos sociales de los ricos del
pueblo, la alfarería de los Morelos y otros negocios, pero nada que ver con el negocio de Kalimán.
Digamos que él, era más populachero y como siempre han sido más los pobres,
éste era mucho mas conocido. La mecánica era sencilla: Él caminaba por las
calles de todos los barrios, cuando la gente lo veía le hablaban para pedirle
ese cuaderno y leer los anuncios, se juntaban hasta tres o cuatro personas al
mismo tiempo para enterarse de las
ofertas y propuestas, al mismo tiempo si alguien tenía algo que comprar o que
vender ahí escribía su anuncio. Imagínense el alboroto que se formaba, desde
luego, ahora que lo pienso, Kalimán se divertía más que todos y se hinchaba de
orgullo porque él era el promotor de ese suceso.
Además, era supersticioso. Poseía creencias torcidas;
costumbre que no se ha podido erradicar entre algunas personas con decadencia
espiritual que les da lo mismo pedirle a Dios y al Diablo al mismo tiempo,
pensando en eso de que: Hombre prevenido vale por dos y que es mejor tener dos
velas encendidas por si alguna se apaga. Uno de esos días por la mañana,
Kalimán escuchó el aullar lúgubre, afligido y desconsolado de un perro a unas
cuadras de distancia y le comentó a mi prima Juanita:
—¡Oi nomás Juanita! El perro aúlla, alguien se va a
morir —y carcajeándose agregó: —A lo mejor soy yo, tal vez ya me toca colgar
los tenis.
—No te burles de la muerte, Kalimán, mejor tomate un
jarro de agua, déjame que te lo traiga para que te refresques y sigas tu
caminar —le dijo mi prima que es muy buena gente.
Kalimán tomó el agua, se limpió la que escurría de sus
labios, agradeció y bromeando siguió su camino, cuando iba de espaldas mi prima
le echó su bendición. Les digo que es muy buena gente, hagan de cuenta como mi
Tío Cornelio.
Pero casualmente o como si fuera una maldita
predicción, esa noche… sus familiares, vecinos y amigos lo estaban velando. A
la mañana siguiente las campanas de la torre repiqueteaban llamando a misa de
cuerpo presente. Kalimán pasó a mejor vida de forma súbita, misteriosa,
increíble. Por eso mi prima Juanita dice que nuestro Kalimán presintió y
pronosticó su propia muerte haciendo honor a su oficio de comunicar cosas.
Mexicano al fin, se carcajeaba de la parca; se refería
a ella con ironía, bromeaba para sí con la supuesta muerte que le anunciaba
aquel perro. Y era más hombre que el misterioso Kalimán de la revista,
radionovelas y películas, porque éste de nosotros, andaba sólo "no
necesitaba de vejigas para nadar" decía él. Combatía la vida intentando
ganarse el derecho de existir y se adaptó al mundo con su precaria cultura,
pero echándole inteligencia a su modesto trabajo. Era pues, a pesar de todo:
"Un hacha con mucho filo".
Ansberto Rangel Pérez.