Héroe anónimo

Romualdo no es muy alto sino más bien algo chaparro, de robusta constitución ósea, cuello corto, ojos saltones, pelo ensortijado, labios gruesos, rostro moreno, tosco, apariencia vulgar, viste pantalón de mezclilla y playeras de todos colores con dibujos y letras en español y en inglés, trabaja mucho, su piel tostada está curtida por el sol. Tiene carácter sencillo, es de risa a flor de labios, gusta de comer abundante, sin protocolos y las canciones de Rigo Tovar. Sin embargo, bajo esa simple apariencia hay un alma gentil, tierna, caritativa, refinada y sensible pero mi amigo no sabe transmitir sus tiernos sentimientos con palabras o gestos, no se lo enseñaron y tampoco lo ha aprendido. Tiene a sus padres, tres hermanos y cinco hermanas. Su papá con principios, valores y creencias muy firmes con ciertos rasgos de machismo como casi todos los de antes.

En esa casa la palabra de don Lorenzo es la que imperaba, si las cosas estaban bien o mal se hacían por su voluntad sin importar la de sus hijos, ellos solo tenían que obedecer. Los había educado en las creencias religiosas con valores exageradamente marcados. Respeto a los mayores; no hablar malas palabras delante de él; no fumar; mucho menos tomar bebidas alcohólicas. Para sus hijas había establecido que nada de andar de “locas”, si alguien las quería, tenía que venir a pedirlas y la respuesta dependería completamente de él. Permiso para platicar con el novio era muy arriesgado solicitárselo, muy atrevido, tendrían que ser mayores de edad, haber aprendido los quehaceres de la casa aparte de lo aprendido en la escuela. Era un asunto que por lo difícil y la forma de ser de don Lorenzo preferían no tocarlo. Por lo regular eso lo dejaban al novio, que él se acercara y tratara ese asunto y a ver como le iba.

Rosaura hermana menor de Romualdo, se había ido a trabajar a León, allá un galán y seductor de los que abundan consiguió de ella lo que debía entregarle pero ya casada y quedó embarazada. El irresponsable y cobarde galán luego de enterarse de la noticia se retiró de su vida dejándola con el problema. Rosaura pensaba: ¿Con qué le voy a salir a mi familia? ¿Cómo hacer saber lo sucedido a papá? La vergüenza de la familia para con la sociedad sería ella. Así que buscó solución pero, no se le ocurría ninguna y optó por lo fácil, primero no decirle nada a nadie, ni a sus compañeras de trabajo, luego investigaría quien le podía ayudar a deshacerse de ”ese ser” que solo le complicaba la vida. Pero… no contaba con que la naturaleza también tiene su intervención en todos los casos. En su trabajo, los síntomas la descubrieron, sus idas repentinas y constantes al baño hicieron que Estefana su vecina y amiga la siguiera y se diera cuenta de sus vómitos y mareos.

¡Estás embarazada! le dijo de pronto, no preguntando, sino aseverando con firmeza allí en el baño.

Ella con su pelo descompuesto y hacia delante por el esfuerzo al devolver el estomago y su rostro pálido no tuvo la oportunidad de negarlo, lo aceptó con un movimiento de cabeza, y luego que medio se repuso le pidió encarecidamente que le guardara el secreto porque si se enteraban en su casa sería el acabose para ella, eso le rogó y en eso quedaron.

Desde ese día Estefana estuvo al pendiente de la evolución del embarazo de Rosaura, le ayudaba a escoger ropa que disimulara su embarazo. Rosaura le contó los detalles del engaño de que había sido objeto por Raúl Acosta, sobrino del gerente de la empresa donde trabajaba. Estefana sabía que no era la primera engañada por ese tal Raúl que tenía la facilidad de convencer con palabras melosas y promesas que nunca cumplía a incautas e inexpertas para hacerlas suyas y luego desprenderse de ellas. Rosaura tenía la costumbre de visitar a sus padres y hermanos al menos una vez por mes, pero luego que calculó que no podía ocultar su estado de gravidez escaseo con pretextos las idas al pueblo.  

Se acercaba la fecha del alumbramiento y Rosaura le confesó a Estefana de una temeraria decisión que había tomado para evitarse problemas con su familia pero sobre todo con su papá. Estaba segura que si su papá se enteraba le iba a dar una soberana paliza y aparte la iba a correr de la casa. Sabía que eso era lo menos que le esperaba, a su papá le tenía un temor excesivo, más que aun temblor como los que describían en televisión porque era de un temperamento severo y terco. Le dijo además a Estefana que había encontrado a un medicucho borracho y drogadicto que sin remordimientos, ni principios, mucho menos valores arreglaba “esos asuntos” por cierta cantidad de dinero. Que no iba a tener ninguna complicación. Que ese “doctor” le había explicado que era cuestión de tenerla un medio día en su “clínica” que saldría caminando por su propio pie y que solo le faltaban mil pesos que si le hacía favor de prestárselos. Estefana estaba desconcertada por lo que le había escuchado decir a Rosaura. La veía de arriba abajo sin comprenderla y se preguntaba, ¿Como era posible que tan joven, bonita, de buena familia, con un trabajo estable, hubiera tomado esa determinación? Con palabras y  a su entender, intentó convencerla que eso no era correcto, que no era posible que por evitarse problemas con su familia se fuera a convertir en una asesina. Le insistía: Ese ser ya tiene vida, y ahora le vas a impedir nacer, sin saber cual sea su destino, a lo mejor es al que le toca verte cuando estés vieja, tal vez y a lo mejor hasta se convierta en el consentido de tu papá. Eso le decía Estefana a Rosaura para evitar que fuera a “Abortar”

Pero, Rosaura estaba decidida, eso ya no iba a cambiar por más que Estefana le opinara lo contrario.

Antes de la fecha programada para el aborto, Estefana se fue a Ocampo donde sabía que Romualdo hermano de Rosaura trabajaba como empleado del hospital de Salubridad. Ahí en tres horas le dijo detallándole todo lo que sabía de Rosaura, de su embarazo y de los planes para que no naciera el producto del engaño sufrido. Romualdo quedó aturdido con la noticia, recapacitó mucho sobre lo mismo y se propuso impedir la muerte de ese alguien que ni siquiera había nacido. No tuvo sentimiento de venganza contra el tal Raúl Acosta, eso no lo tenía en cuenta, era tan grande su preocupación por el no nacido y su hermana que lo demás no cabía en sus cavilaciones, lo importante era evitar que la idea de Rosaura tuviera éxito, eso era lo que había que atender de inmediato. 

El fin de semana próximo, en lugar de regresar a su pueblo se fue a León a visitar a su hermana Rosaura. Por casualidad llegó precisamente cuando ella estaba por salir y acudir a la cita con el “doctor” que se iba a encargar de asesinar al producto de sus entrañas.  Su hermana estaba recién bañada, ya casi terminaba de arreglarse el pelo y su rostro, Romualdo ahí en su recamara se le apareció de pronto.

¡Hermano! ¿Qué andas haciendo? le dijo Rosaura muy sorprendida.

Nada hermanita, solo que tenía ganas de verte y en lugar de ir a San Felipe me vine para acá, porque también quiero que me acompañes al centro a comprar unos zapatos.
Eso fue lo primero que se le ocurrió decir, Rosaura no se levantó, sabía que si lo hacía se iba a dar cuenta de su embarazo y ¿Cómo explicárselo? O mejor dicho, no tenía tiempo para hacerlo, el “doctor” la estaba esperando.   

¡Ay hermano! Que bueno, pero… tendrás que esperarme, porque ahorita tengo un compromiso urgente que atender. Ya casi son las diez, estoy segura que para antes de las tres regreso, mientras ve la tele, desayuna algo y cuando venga nos vamos al centro comemos y luego te compras los zapatos que quieras. Pero ahorita espérame por favor.

Y así diciendo, esquivando a Romualdo se encaminó para la puerta de la casa. Romualdo ágilmente llegó a la puerta antes que su hermana Rosaura y abriendo sus brazos impidió que saliera y casi en su cara decididamente le dijo:

¡Tú no vas a ninguna parte cabrona hija de la chingada!… te voy a llevar a San Felipe, allá en el hospital que las monjas te ayuden a parir ese niño.                    
A Rosaura se le llenaron los ojos de lagrimas, se puso roja de vergüenza, sus manos se posaron en su estomago como tratando de ocultar su embarazo, pero era inevitable, su hermano la había descubierto. Aunque de todas maneras no se amedrentó del todo y trató de defender su propósito.  

¡Es que tu no sabes hermano… Papá…, mamá…, todos ¿Que van a decir? Que no me he casado y… ni siquiera el que me embarazó quiso saber de mí!  Me van a castigar, a pegar y me van a correr de la casa; en cambio si no nace lo que traigo en mi panza, no voy a tener ningún problema, todo queda como si nada. Es lo mejor que puedo hacer, Por favor déjame pasar. Me están esperando.

¡¿Te están esperando para que lo eches fuera de tu vientre? ¿de esta vida? ¿qué derechos tienes? ¿No vas a darle chance de vivir?! ¿Qué no te duele eso hermanita?  ¿Acaso prefieres que tu hijo pierda la vida por tus miedos, los prejuicios y ofuscaciones de papá? ¿Qué te lo saquen en pedazos a tirones, quebrándole algunos de sus trescientos huesitos? Le pregunto ya más calmado y agregó—: No seas cobarde.

Pero… papá…  ¿Qué va a decir cuando yo tenga a este hijo sin padre?

Por papá no te preocupes, yo lo enfrento, yo le digo, yo me entiendo con él por ti, pero no vayas a hacer “esa pendejada”… ¡Vámonos a San Felipe!

No logró convencerla del todo sin embargo consiguió llevársela al pueblo. En efecto su papá puso el grito en el cielo, en la tierra, en las paredes de todos los cuartos de la casa, en el patio; se le podía escuchar a tres casas más allá,  afortunadamente solo al fondo esa casa tenía colindancia con otro vecino y por eso poca gente o nadie se enteró de la desgracia, de la deshonra de la familia, con voz estruendosa llena de coraje, odio e impotencia gritaba con terrible intensidad don Lorenzo: ¡A poco de ahora en adelante mis hijas me van  a mantener haciéndola de “putas”! esa era una de las expresiones más suaves que utilizó cuando le dieron la noticia.  

Los siguientes cinco días que duró recluida en su cuarto Rosaura mientras llegaba la fecha del alumbramiento, no tuvo visita de su papá ni le dirigió la palabra, estaba dolido porque una de sus hijas salió con su “domingo siete! Se emborrachó dos días seguidos cosa que nunca había hecho, primero porque no gustaba del alcohol y luego porque su físico no le daba para aguantar, el tercer día don Lorenzo se la pasó doliéndose y curándose la “cruda”

Era un sábado, Romualdo y Eva la hermana mayor de ambos, la llevaron como a las siete de la mañana en un carro de alquiler al hospital del pueblo, a él lo conocían porque continuamente llevaba enfermos de Ocampo a ese hospital, así que eso facilitó el ingreso y el trato para su hermana. Eran las once treinta y hacía rato que había nacido su sobrinito. Eso le informaron las monjas que ayudaban a los doctores que hacían labor altruista en ese nosocomio. Él estaba ansioso por ver a su hermana y al niño, así que no esperó más y con su bata de trabajador de hospital entró por la parte trasera al cuarto donde se encontraban, le habían traído al recién nacido a su hermana para que lo conociera y lo tuviera unos momentos en sus brazos, cuando Rosaura descubrió la presencia de su hermano, medio dolorida pero consiente le mostró gustosa a su hijo con la mirada y le dijo emocionada ¡Mira hermano! ¡Que hermoso mi hijo! Ahí estaba esa angelical criatura envuelta en unas blancas sabanitas,  agitándose, como luchando por su vida. A Romualdo esa escena le hizo nacer una gama de sentimientos encontrados que no podía exteriorizar y como desahogo le dijo a gritos a su hermana:

-¡Ahora sí… Hija de la chingada… tuércele el cuello, arráncale los bracitos, golpéale su pancita, tápale la boca, siéntate sobre él para que se ahogue, estréllalo contra el suelo! ¡¿Eso querías no?!

Dos religiosas que ahí se encontraban, se asustaron al escucharlo y se le abalanzaron para sacarlo de ahí, lo jalaban de sus brazos y hombros, pero él fuera de sí, con lágrimas en los ojos seguía gritándole improperios a su hermana. Rosaura lloró, sus lágrimas rodaban y caían sobre la ropita del niño y le respondía:

-¡No me digas eso hermanito! ¡Por favor cállate! ¡¿Como quieres que mate a mi hijo?! Cerrando los ojos decía ¡Dios y tú hermanito perdónenme! Por lo que iba a hacer. No lo voy a matar, ¡Pendeja de mi, no sabía lo que iba a hacer! Perdónameee!

A Romualdo, como pudieron las monjas lograron sacarlo del cuarto y se lo llevaron a la capillita para que se calmara, ahí se estuvo sentado cabizbajo llorando quedito y dándole gracias a Dios por el niño recién nacido, feliz por dentro de lo que había logrado. Ya tendría tiempo para reconciliarse con su hermana, el teatro que acababa de hacer era para recalcar de otra forma a su hermana que hubiera sido una estupidez abortar a su hijo; esa fue la única forma que encontró para regañarla y desahogarse del tumulto de angustias que había tenido.

De regreso a casa, la mayoría de sus hermanos se alegraron por el bebé que les llevaba Rosaura, sus papás nada dijeron. Don Lorenzo en casi tres meses que duró en casa mientras retornaba a León no vio al niño, su mamá por solidaridad con su marido solo a escondidas de éste los visitaba. De cualquier forma, sus hermanos y hermanas salieron adelante del duro trance que les representaba su papá. La vida siguió. Ella volvió a su trabajo les dejó al niño encargado, ella inspirada en su bebé, trabajó con más tesón; larga se le hacía la semana para regresarse y tenerlo en sus brazos. Romualdo se convirtió en un padre para ese niño, dejó su trabajo en Ocampo para regresarse a San Felipe y estar al cuidado de ese niño que lo enternecía tanto. Ayudó a su papá en el negocio de la construcción, lo acompañaba a comprar o a entregar material, pero se llevaba a Juan José con él. Así le pusieron al niño, el manejaba la camioneta, el niño en medio y su papá al otro lado. Si al niño se le caía el biberón, don Lorenzo no se lo daba, Romualdo tenía que parar el vehículo para recogerlo y dárselo mientras su papá hacía como que la Virgen le hablaba.

El niño fue creciendo, en el patio de la casa hacía de las suyas, todos lo toleraban y se alegraban de sus travesuras. Don Lorenzo lo ignoraba, pero un día en que Romualdo tuvo que ir a la cocina por algo, el niño quedó solo con su abuelo en el patio. Ese día, indeliberadamente escucho a su papá que a escondidas se dirigía a Juan José llamándolo cariñosamente y cuando lo tuvo cerca, el niño sonrió y él lo abrazó, lo tuvo así un instante le besó la frente, se levantó de su silla para irse a su cuarto, el niño regresó a sus juegos. Lorenzo pensó para si: !”Ya se chingó papá”! porque sus sentimientos dieron un grato giro. Lo demás fue fácil, porque Juan José era un niño que se daba a querer con todos. Don Lorenzo le dijo un día a Romualdo: 

Le deberías de decir a Rosaura que te de ese niño, pero con papeles y todo, para que se quede con nosotros.

No sucedió así, Rosaura se quedó con su hijo. Una oportunidad se le presentó de irse a los Estados Unidos, se lo llevó, se encontró un hombre que la aceptó con su hijo, se casó con él y tuvo otro hijo. Juan José tuvo la edad de prestar el servicio militar. Y pidió que “su papá” Romualdo fuera y en ceremonia lo entregara a la fuerza aérea de los Estados Unidos de Norteamérica, donde lo instruyeron y prepararon como soldado. Fue y vino de la guerra en Iraq. Su abuelo ya falleció. Romualdo “salió del closet” Pero a Juan José no le importa en lo más mínimo que su tío sea homosexual, para él sigue siendo su papá.  

Ansberto Rangel Pérez.


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