Fidencio El Velador

                                                                       Fidencio El Velador

Los que van pasando y me ven, han de creer que estoy de flojo, nomás descansando en el palo del azadón, pero si se acercaran, se darían cuenta que estoy al pendiente de que el agua llene este almácigo, para cambiarla al siguiente y así que se rieguen todos, donde tengo sembrado chiles y tomates, eso es lo que hago. Se llena uno y enseguida voy a cambiar el curso del agua moviendo la tierra de un lado a otro y, hasta terminar. Claro que entre un almácigo y otro, me da tiempo de fumarme un cigarrito y ver pasar las parvadas de patos, gozar del canto de los pájaros buenos, aventarles piedras a los tordos que como fastidian, no me dejan elote bueno en los maíces que sembré a la orilla. También tengo chance de traer a mi mente mis recuerdos viejos para darles un retoque.  

Es poquito el pedazo de tierra que siembro. Lo bueno es que la cosecha toda es para mí aunque la tierra no sea de mi propiedad, sino de mi patrón Ramoncito, o de don David su papá. Bueno de quien sea, no me afecta, me tiene sin cuidado. Total, yo siembro y no les tengo que dar razón de qué siembro o qué cosecho. Pero, de todos modos de mí sale el llevarles recién cortado lo que aquí se da, para que se lo coman.  

Su “jale” no es éste. Ellos ¿Que van a saber de siembras? Ellos tienen una vulcanizadora, o revitalizadora como le dicen allá pa´l sur. Ellos quisieran que anduviera tirando clavos y pijas en las calles, para que se ponchen las llantas de los carros y así tener más clientes. Bueno… en realidad eso hacía, pero hace tiempo; para que ellos tuvieran trabajo y de paso también yo con ellos. Ahora ya no hay necesidad, porque ahora casi toda la gente del pueblo tiene carro, hay quien tiene hasta cuatro, cuando antes apenas unos cuantos tenían uno; así que hoy tienen trabajo de sobra. Yo estoy agusto con ellos por eso, y bueno, porque además no se meten conmigo. Tienen la costumbre de comprar terrenos aquí, allá y acullá y luego los venden cuando les salen compradores y han subido de precio, ese es otro negocio que les deja buenos centavos.

Doña Blanca esposa de Ramoncito, muy buena gente. Me da de comer de lo que ellos comen, nada de sobras. Sabe que estoy solo, desde que corrí a mi mujer… como no la iba a correr si la muy descarada en cuanto me iba de velador a la vulcanizadora, metía a otro en la casa para que la acompañara, mucho mas joven que nosotros dos. ¡Pos así hasta yo! Mi hijo, ya creció, hizo su vida, vive en Monterrey, me ha venido a ver como tres veces en trece años que trabajo aquí. Que Dios lo bendiga y a mí que no me olvide.

Me estoy acordando de aquella vez, la del año pasado, cuando coseché tantos jitomates que tuve que regalar unos y vender otros baratos para que no se echaran a perder. Estaba igual que ahorita, regando mis plantitas, después de haber descansado un rato de la velada.

Eran como las once de la mañana. Llegaron unas vecinas, de alguna casa que está en estos terrenos pegados al arroyo. Gente jodida igual que yo, muy jodida, que por la necesidad se arriesgan a levantar sus casas cerca del arroyo con el peligro de que una crecida del agua se las lleve. Mugres casas de techos y muros de cartón y lámina, que hacen que los inviernos sean muy crueles; sobre todo en las noches porque por cualquier agujero se cuelan los dedos del Señor Frio. Esos feroces dedos con uñas muy filosas de puro hielo que cuando lo tocan a uno le enfrían hasta los huesos y no dejan dormir.

Esas vecinas, eran dos muchachas, una como de diecinueve o veinte años la otra, su hermana como uno o dos años menor, ni gordas ni flacas, no altas, ni bajitas. Venían muy juntas como para animarse, yo las vi de reojo y me hice el disimulado, pensé que venían a pedirme que les cortara algunas yerbitas para sus marranos y gallinas, pero no. La más grande me dijo:

—¡Oiga! ¿Me da para comprarme unos zapatos?

Me sorprendió la pregunta, hasta me hizo reír, y le contesté:

—¿Cómo que quieres para unos zapatos? Y ¿Por qué?, es decir ¿Por qué me pides a mí? ¿Luego tú Tata o tú mama? ¿Por qué no les pides a ellos?

               —Es que no tienen… ¿verdad tú?

Le preguntó a su hermana, que respondió que no, moviendo la cabeza y poniéndose la mano en su boca, como apenada.

—Pero… pos es que yo no soy nada tuyo, como pa´ mantenerte de a gratis, bueno, no tanto como mantenerte, sino más bien, como para andarte dando para zapatos —le dije.}

—¡Ándele deme! —insistió.

Ya le iba a decir que no, pero no me dejó ni empezar. Enseguida agregó:

—Al cabo le doy “chance conmigo”.

—¿Cómo chance?, ¿qué quieres decir? —fingí inocencia.

Pregunté para que me aclarara totalmente lo que estaba diciendo. Me puse muy nervioso y disimuladamente voltié para los lados. Pensé que había escuchado mal y a lo mejor, me saldría un comentario torcido, digamos mal pensando y ¿si eso fuera? ¿A mi edad? Ya estoy viejo… ya le voy pisando a los setenta y siete, y estas muchachas con poquita suerte, podrían ser mis nietas. 

Se terminaba de llenar el almarcigo, así que avancé para cambiar el agua. Unos pájaros que bebían volaron asustados; di unos cuantos azadonazos, el agua tomó otro rumbo, arrastró algo de tierra que se hizo lodo y se la llevó de encuentro. Las muchachas me siguieron, dejaron que terminara, luego la mayor insistió:

—¿Entonces qué? ¿Si me va a dar para los zapatos? Al fin que, como le dije, le doy chance conmigo, allí en el cuartito donde guarda sus cosas.

Sí, ahora sí… al oírla no me quedó la menor duda de su propuesta. Y es que efectivamente, a lado de un pirúl grande, el terreno tiene un cuartito de adobes con un techado bajito, siempre tengo que entrar agachado y ya adentro, parado, mi cabeza topa con el techo, el piso es de tierra, mide como dos metros, por dos y medio, algo así. Es muy pequeño y sólo lo utilizo para guardar azadones, palas, el zapapico, un machete y otra herramienta de labranza.  Con eso que me dijo, me di cuenta que ya me habían tanteado. A lo mejor, ya hasta habían entrado. Pero…  

—Y ¿Cómo cuánto valen los zapatos que quieres? —pregunté.

—Allá en el centro vi unos que cuestan ochenta y cinco pesos —contestó.
—¡Uuuh!… pero no traigo tanto dinero —le alegué, pero continuó:

—De perdido deme unos sesenta, con sesenta ayúdeme, yo tengo veinte y los otros cinco se los pido a mi mama.

—Bueno… ´tonces vente, ¡vamos! Nomás deja cambio el agua —le dije alterado, nervioso y emocionado como un muchacho.

Me fui a cambiar el rumbo del agua, que se fuera a un pedazo grande que quedaba sin sembrar. A mi regreso, pasé junto a ellas con el azadón en mi hombro, mi mano en la bolsa acariciando el billete de a cincuenta y la moneda de diez, despidiéndome de ellos, sin remordimientos, sino más bien agradecido de que no se me hubieran perdido, de no haberlos gastado y pensando en la suerte tan buena del haberlos traído. Me imaginé ya con la muchacha. Ellas me siguieron, con pasos tambaleantes por los surcos y los terrones grandes que había. Al llegar al cuarto, le dije que pasara. Y antes de entrar yo, le dije a su hermana que se quedara afuera y que se hiciera un poco más pa´allá. El cuarto no tiene puerta y no quise que dia´l tiro nos viera. No supe ni sus nombres, ni en cual casa vivían. No fue necesario, tampoco sé si a esta fecha ellas saben como me llamo, o como me dicen, pero… ¿eso qué importa?  

Adentro… tendí un costal de ixtle, ella se quitó el vestido, lo puso encima, se quitó los calzones y se acostó. Sucedió lo que tenía que pasar, yo hice lo posible porque sucediera bonito para ella. Digamos, que la traté con sutileza. Esa palabra se la escuché hace poco a un señor que se veía educado y, como que quiere decir con suavidad, con delicadeza, o bueno… yo lo que quiero decir, es que no la traté nada mal. Ocurrió bonito, porque a la muchacha no le vi cara de dolor, ni gestos de asco hizo. Tampoco escuché que se quejara, me acuerdo que al contrario, como que le gustó, como que nos acomodamos bien… En fin… Cuando salimos, la hermana me dijo:

—¡Ora sigo yo, hágame lo que le hizo a ella!…

—¿Qué, qué? —me hizo preguntar de repente.

—Yo también quiero zapatos nuevos —dijo.

Le contesté sorprendido y turulato:

—¡Tas loca!... ¡Me quieres matar!… ¡Vente mañana!... ¡A ver si algo se junta!...

Ya luego, ni supe si se daría cuenta a que me refería.


Ansberto Rangel Pérez. 

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