Crescencia
Crescencia
Se jubiló de vivir
luego de que murió su esposo y sus hijos se casaron. Había quedado sola en su
casa. Ya no pensaba en ella como corresponde; se negó a vivir para ella. Ahora
que estaba sola no quiso hacer vida de gente normal, se refugió en cosas de la
iglesia, se dedicó a hacer galletas y panecillos para vender los domingos a la
salida de las misas, luego de escuchar ella misma dos al menos, se le hizo común
vivir respirando incienso y ahumarse la ropa con las velas encendidas a tanto
santo que había en la parroquia, su pelo mal cuidado y mal peinado lo ocultaba
debajo de una negra pañoleta desteñida, rezaba muchos padre nuestros y ave
marías por los pecados de todos y para expiar sus propias culpas inventadas,
rezaba varios rosarios a la semana sin hacer caso al cura de que con eso solo
lograba aburrir al Creador. Se apuntó como voluntaria para cuidar viejitos
ajenos. Desgastaba el piso de la casa parroquial con su ir y venir con
cualquier pretexto. Tocaba puertas para pedir dinero y comprar alimento para
los pobres, vivía en una casucha con bardas cacarizas, desgastadas por el
granizo. el salitre y la humedad, pintada de un azul parduzco que más bien
parecía gris, una puerta desvencijada y dos ventanas que permanecían siempre
cerradas ubicada al lado del panteón. De los grifos, el que estaba en la cocina
y el del baño no funcionaban, no salía
agua, los tubos se habían bloqueado con el sarro; del que estaba en el jardín
de enfrente salía apenas un miserable chorro pero le bastaba; sus necesidades
habían disminuido como ella misma.
Doña
Domitila, persona abusiva, se aprovechaba de su nobleza, la inscribió en el
padrón de beneficiarias de los programas sociales del gobierno pero nunca le
entregaba los apoyos económicos, materiales ni las despensas que recogía en su
nombre.
Parecía
que así serían sus últimos días, pero un día camino a la casa parroquial tuvo
que detenerse porque le bloqueó el paso Javier, aquél que había sido
condiscípulo de ella en la primaria. Lo tenía enfrente, la miraba sonriente y
se veía bonito porque su sonrisa le disimulaba las arrugas, casi no tenía pelo
pero lo que le quedaba lo traía bien peinado, vestía un pantalón limpio igual
que su camisa, sus zapatos lucían recién boleados. De todo eso se dio cuenta
porque lo escaneó varias veces con su mirada como para estar segura de que al
que tenía enfrente era aquel joven que la atraía en sus años de escolapia. Él
sin dejar de sonreír la saludó.
¡Hola
Chencha! Me da gusto verte ¿Cómo te va? ¿A dónde te diriges? ¿A qué te dedicas?
A ella,
se le agolparon los recuerdos en su mente, sus emociones se multiplicaron. De
pronto, sentía gusto de volverlo a ver, pero le daba coraje que fuera en esas condiciones,
sobre todo sin ella estar arreglada y para acabarla de incomodar, sin bañarse. Había
adquirido la costumbre de bañarse solo tres veces por semana y ese día no le
había tocado, tampoco se había peinado solo medio se había acomodado el pelo
con sus manos y se había puesto la pañoleta y el chal encima, hacía tiempo que eso
no le importaba, porque nadie de los que se le acercaban le daba motivo para
hacerlo, pero ahora tenía a Javier enfrente, su corazón comenzó a palpitarle
más de prisa, como si se le quisiera salir, ella se puso las manos en el pecho intentando
calmarlo, no quería que descubriera que sus emociones y sentimientos se le
habían alborotado.
—¡Hola
Javier! A mí también me da gusto que me saludes, que te acuerdes de mí —dijo
balbuceante—. Estoy bien, bueno… pero
vieja… soy viuda, vivo de una pequeña pensión que me dejó mi marido que trabajó
en Obras Públicas, haciendo carreteras entre pueblos y ciudades. Voy a la
iglesia, a preguntarle al padre si va a haber misa este jueves, es que oí que se
murió Andrés y a lo mejor su familia le mandó decir una.
—¿Cuál
Andrés? ¿El que estaba con nosotros en la escuela?
—Ándale,
ese. El que se sentaba atrás con todos los revoltosos como “tú comprenderás” — sonriente le deslizó
la indirecta.
Javier
no se dio por aludido, más bien se apenó de la muerte de Andrés que aunque no
eran muy amigos, eran de la camada y habían convivido los años de la primaria.
—No
vayas con el padre, mejor vamos al mercado, te invito un jugo, o licuado lo que
prefieras, vamos con Coco el que vende ahí, para que nos dé detalles de lo que
sepa de esa noticia. ¿Cómo se le ocurrió morirse a Andrés? —murmuró apesadumbrado
y preguntó—: ¿Y sabes de qué murió?
—Pues
no. ¿Sabes? acepto tu invitación. Vamos, y ahí que nos informe Coco a ver que
sabe.
En
el camino recordaron a otros contemporáneos que ya habían muerto y que de vivir,
todos debían ser mayores a sesenta años. Disimuladamente Javier también escaneó
el cuerpo de Crescencia, no estaba mal. Si acaso, algo descuidada pero aún conservaba
su cara sin arrugas, la viveza en su mirada, sus labios tenían bonita forma,
caminaba recta, escuchaba bien, se expresaba lucidamente, así que era buena
compañía. En unos segundos trató de acomodar esa imagen a la que guardaba entre
sus recuerdos, aunque ahora el pelo le cayera en desorden sobre los hombros, los
ojos más negros, los gestos más acentuados;
aparte del chal y la pañoleta, llevaba una blusa beige, saco café oscuro
bordado con flores amarillas y anaranjadas por el frente y en los puños de las
mangas, una falda negra de algodón atada
a la cintura con una cinta café, parecía monja y así, seguía observándola con
socarronería, recordando cuantas cosas había compartido con ella. Los sueños
sexuales de adolescencia, las historias que le contaba inventadas más por
travesura que por vocación de mentirosa, las ilusiones que le había provocado y,
creía amarla desde el día que se acostaron en el pasto del jardín del pueblito
para mirar el paso de las nubes.
Javier
era un hombre inteligente y de éxito, manejaba su vida con osada pericia de
equilibrista. Había conseguido casi todo lo ambicionado, poseía un prestigio
que nunca había soñado, disponía de dinero, se conseguía mujeres sin temerle al
diablo, ni a su infierno, ni a las malas lenguas, o a algún embarazo
inoportuno, todo para él era un afiebrado deporte erótico. Se le facilitaba,
era buen mozo, galante, bailaba bien, sabía cocinar, podía tocar de oído varios
instrumentos y era dueño de dos grandes ferreterías en San Luis Potosí, otra
más en Aguascalientes y precisamente estaba en San Felipe donde había nacido y
donde tenía la intención de abrir otra más para dar empleo a dos de sus
sobrinas que no se ocupaban de nada. Pero no estaba tranquilo. Nadie sabía de la
angustia que pesaba en sus hombros como saco de piedras. Crescencia le había
dicho que era porque no sabía qué hacer, que era igual a alguien que estuviera
en la arena de una plaza de toros sin instinto de matador.
Pero
eso era antes. Ahora se sentía maduro y andaba detrás de algo enteramente
terrenal. Y sentía que lo tenía enfrente, ya en el negocio, de reojo veía como con
sus manos juntas se acercaba el vaso a la boca con el jugo de naranja. que le
había preparado Coco, quien inteligentemente los había dejado solos, pues
suponía conocer que siempre se habían gustado. El mercado, repleto de una
muchedumbre afanada en sus compras haciendo bullicio entre los pasillos. Mientras,
Javier recordaba que a muchas mujeres había llevado a la cama por puro afán
sexual, durante años eso lo tenía frustrado, después de cada coito le llegaba
la melancolía junto con un deseo frenético de retirarse inmediatamente del
lugar. Para justificarse pensaba “Las
mujeres son como serpientes devoradoras, si uno no se libra de ellas, nunca
podrá ser uno mismo” Tenía varios
nombres en su agenda y las llamaba regularmente pero ninguna de fijo y a
ninguna le hacía promesas.
Buscaba,
siempre buscaba con cual estar completamente a gusto. Pero ya se lo habían
pronosticado, era fuerte, testarudo y no tendría una vida fácil, le tocaría
aguantar muchas amarguras y desconsuelos. No había aprendido que el amor es
música y el sexo solo el instrumento. Perseguía el amor con tenacidad pero siempre
por caminos equivocados. Luego de salir del mercado, caminaron por ese callejón
angosto y curveado que va de la calle Madero a la de Belisario Domínguez y
sintiéndose poco observados, se abrazaron como niños perdidos, se buscaron la
boca y se besaron trémulos con la pasión que habían cultivado en sus años de
adolescentes.
Crescencia
se olvidó de las tareas planeadas para ese día y se concentró en Javier.
Buscaron con avidez un lugar donde hacer el amor. La urgencia era tal que no se
dieron tiempo para hablar de nada más. Necesitaban tocarse, explorarse y darse
cuenta que el otro era tal cual lo habían imaginado. Ella concluyó que no era
bueno compartir con sus vecinos el gusto del encuentro y pensó que eso, de
llevarlo a su casa sería inevitable por discretos que fueran. Así que sin
consultarlo, a un taxista pidió que los llevaran a un motel pobretón que estaba
a la salida del municipio vecino de Ocampo. Ventaja era la cercanía por lo
pequeño del pueblo; atolondrado Javier, pero congruente con su caballerosidad
rápido pagó el servicio. En el cuarto, se desnudaron atropelladamente y cayeron
en la cama aturdidos de ansiedad. El primer abrazo fue intenso y violento, se
embistieron sin preámbulos en sofocados besos, un tumulto de jadeos y
acariciándose a tropel, como locos, sin darse tregua hasta que, derrotados en
un sopor profundo durmieron durante algunos minutos. Crescencia despertó
primero y volteo para observar con detenimiento a Javier con quien había
crecido pero que ahora le parecía un extraño. Aún casada había soñado infinitas
veces con él y ahora lo tenía desnudo al alcance de su boca. Lo besó con
melancolía, había imaginado un encuentro muy diferente no esa especie de mutua
violación, esa batalla descarnada, no habían hecho el amor sino algo que la
dejó con sabor a pecado. Sospechó que él no estaba ahí, que había abrazado a
quien sabe que espíritu o fantasma de su pasado o de sus pesadillas; faltó ternura, complicidad, buen humor; no lo
escuchó murmurar su nombre, ni la miró a los ojos. Tampoco ella había estado en
su mejor día y no sabía en que había fallado. Javier había marcado el brusco ritmo
y ella se había dejado llevar sin pronunciar palabra y, surgía como de una
oscura jungla caliente, húmeda, un poco adolorida y triste. Los fracasos de sus
amores no le habían destruido la capacidad de ternura, pero en este acto, se
estrelló contra la insospechada resistencia de Javier a quien había esperado
desde la niñez. Se lo atribuyó a la clase de vida que en pedazos le habían
contado él y no perdió la esperanza de encontrar un resquicio por dónde
metérsele en el alma, despacio como la humedad. Se inclinó para besarlo otra
vez y él despertó sobresaltado, a la defensiva pero al reconocerla sonrió y por
primera vez se sintió relajado. La tomó por los hombros y la atrajo la abrazó
como se abraza a un amigo, a un familiar, o a un... No supo definir el
sentimiento.
—¡Eres
un tremendo peleador, vaquero! Como de película —le dijo ella completando su
diagnóstico cavilado.
—No
he montado un caballo en mi vida Crescencia, pero gracias por el piropo.
Le
volvieron como cascada los recuerdos que procuraba mantener a raya y sintió una
intensa amargura imposible de compartir con nadie, ni siquiera con ella en ese
instante de intimidad. En los Estados Unidos de Norteamérica había soportado
agresiones por el color de su piel, su raza, su nacionalidad, por no hablar
correctamente el inglés. Dividido siempre entre los llamados de un corazón
sentimental y esa fiebre combativa contra los brabucones de los barrios más
temerarios de Los Ángeles donde vivió. Una parte de él lo doblegaba ante las
buenas costumbres y la compasión y la otra lo impulsaba hacia el desorden y
libertinaje. Vivía siempre atrapado entre esos dos sentimientos tan opuestos
que lo partían en dos mitades irreconciliables. Pero ¿qué hacer ahora?… pensaba
muy a destiempo pues en el momento estaba con uno de sus amores platónicos y…
lo más triste es que no aceptaba el desencanto que le había ocasionado.
Por
su parte a Crescencia tampoco se le acomodaban sus reflexiones. ¿Por qué tan
rápido? ¿Qué fue lo que sucedió? Y las respuestas menos le gustaban, había
sucedido una gran locura, lo mejor era vestirse, y salir de ese cuarto de motel
a seguir invirtiendo su vida en sus actividades cotidianas, sin alterarlas, al
menos esa mortal rutina no la hacía sentirse avergonzada. Ya su cuerpo no era
de competencia, menos con otras personas que seguramente él tendría a placer
por su dinero.
Habían
cometido una locura, eso era inobjetable. Lo mejor sería que cada quien
siguiera su camino, y guardar la aventura como un agradable suceso en sus
vidas.
Javier, se vistió al mismo ritmo que
lo hacía ella, por celular pidió a su chofer que fuera por ellos, regresaron al
jardín del barrio, durante el trayecto trajeron nuevos recuerdos de la
primaria, de los condiscípulos, de quien había muerto, de cómo, de las
maestras. Pero de ellos nada. Ni hicieron planes para otro encuentro de ese
tipo. No supieron o no quisieron abordar el tema de los sentimientos tan
antagónicos que se provocaron.
Al principio ella sospechó que no le
caía bien y que se sentía incómodo. Creo que no estaba acostumbrado a las amantes que ya sabían cuál era su
verdadero problema. Él se ha construido un sistema de defensa antidepresivo:
bebida, pornografía, prostitutas, deporte, demasiado trabajo, demasiada comida.
Intenta no sentir. Y calculaba que la había buscado para reconstruirse o a
pedirle que lo mantuviera arriba en su amor propio en su hombría. Pero, al
parecer no había sucedido nada de lo esperado.
Mejor para ambos
continuar cada quien con lo suyo, él transformándose por la tecnología,
cuestiones económicas, y en los aspectos sentimentales continuaría con su
búsqueda permanente de su “alegría” pagando desde luego, al fin y al cabo
siempre hay personas dispuestas a venderse. Ella después del entusiasmo, el
desencanto y desaliento, intuía que con renovado entusiasmo quedaría lista para
otra circunstancia como esta.
Se despidieron
fingiendo que lo que había pasado no había hecho mella en sus vidas. Pero
preparados a decirse que sí, si se daba
otra eventual coincidencia. La vergüenza, el pudor, el miedo al pecado, al
infierno, la ansiedad, ni lo inmoral, serían un obstáculo. No eran de los que
se acobardaban en cuestión de sentirse seducidos y amados aunque fuera una
simple mentira.
Ansberto Rangel
Pérez.