La Tormenta
La
tormenta
Raúl
era veloz, corría por las calles empedradas del barrio de El Pueblito y por las
del mercado o por las banquetas de cemento y nunca se quejaba de que las
plantas de los pies le dolieran. Había dejado los zapatos porque se le habían
desgastado tanto, tenían un gran agujero en las suelas que era casi igual andar
descalzo. Así que pudiera decirse que flotaba con su velocidad de niño. Todavía
tenía la oportunidad de jadear, de abrocharse en el pecho esas pelotas de aire
que se le atraviesan a uno cuando pretende llegar a un sitio sin detenerse.
Él
quería llegar pronto con su primera novia, iba pensando en el beso que le había
dado, de cuando la tomaba de la mano con suavidad como la de una ligera
llovizna o como el llegar de una brisa y Georgina su novia, le miraba los
labios, solo los labios abiertos le miraba, ansiosa de que se le dibujaran de
universo en los suyos. Tanto era aquél embeleso, como todos los embelesos que
se conocen en cualquier lado, por lo mismo no tomaban en cuenta el ruido de la
lluvia sobre la plancha metálica de los techos, que luego se convirtió en
aguacero y que se colaba como culebras resbaladizas, enfurecidas y transparentes entre las grietas
de los techos desgastados de empalizada y tierra aplanada.
Una
gigantesca gota de agua resbalada por entre el fleco de Georgina, y Raúl no
sabía si temblaba de frío por el vendaval que caía sobre sus trece años o por
la angustia de no poder besarla de nuevo, el escondite no era suficiente y le
avergonzaba que los mayores que él lo vieran. Fue en ese momento cuando fueron
a esconderse al lado de los muros de la fachada del mercado. Meditaba que nunca
había visto el agua con forma de cortina de hierro traslúcido que chocaba
contra sus parpados, nunca el agua le había borroneado la visibilidad a la
pared de enfrente hacia donde veía apenas que una figura lejana que le hacía
señas.
«Devuélvase
mijo» trataba de decirle su abuelo Narciso. «Ésa es una temprana aventura para
usted, no es hora que la despierte>>
Raúl
apenas vio una neblina que levantó señales parecidas a un brazo, al momento que
pasó un leve soplido perdido entre el inmenso rugir de aquel aguacero caído del
firmamento por sus orejas empapadas.
Ella, Georgina, lo jaló del brazo y lo hizo huir de esa percusión rítmica infinita que
provocaba la caída de agua. Lo llevó más allá, quiso llevarlo donde pudieran
darse más que un beso y adentrarse en los secretos difíciles de describir con
palabras. Como ya no eran gotas si no gran caída de agua, aquel sonido les
parecía la eternización del estallido orquestal de un tambor, cuya mano
armónica bajaba del cielo en la persona del propio Dios. Luego de una hora, la
lluvia disminuyó a un simple rocío que caía sobre sus desnudeces y daba
salpicada travesura a los chorretones de sudor que les cubría la piel. Sentían
dialectos benditos caer sobre sus oídos, en el bramar de aquel agua desconocida
que no había dado aviso a su llegada y parecía tampoco anunciar cuando
partiría. Estertor y amor se hicieron un mismo campanazo y el placer y la
entrega causó temblor en sus cuerpos. Miradas tensas se hicieron en Raúl y Georgina cuando la cama de metal y tablas de
madera bailaron la peligrosa danza amenazando con caer y sus pensamientos se
hicieron un vendaval.
Raúl
logró gritar la unión de sus nombres una y otra vez mientras vio el alud que se le vino
encima. Atisbó una sombra. El techo y la pared atrás de sus cabezas remojadas
por la lluvia cayeron encaramándose sobre sus frágiles cuerpos, mientras miraba
su mano extendida hacia una débil luz amarillenta que pudo ser el vestido de Georgina.
Comprendió Raúl que no podía evitar la desgracia, porque como suele suceder algunos avisos tardan en
llegar. Que toda esta agua debió venir de un lugar que no es el cielo, que los
caminos del barrio son más largos que sus propios cálculos, que no todas las
voces del pueblo se oyen en el gobierno a la convivencia, que todos sus
pensamientos se le devolvían con el vendaval donde el agua le perseguía y no se
había dado cuenta.
Apenas
lograron levantarse y ponerse las ropas. El estanque del señor Martínez partió
al rancho en dos y en alud se dirigió feroz por el río cocinero llevándose por
delante la casucha de la abuela de Gorgina. Un golpe del azar hizo que sus
cuerpos cayeran juntos sobre un planchón en forma de débil balsa que se formó con
la caída del techo. Se aferraron allí boca abajo, buscando juntarse las manos
sobre unos trozos de madera atados con alambres residuos de una anciana puerta.
Al
abuelo Narciso que había ido hasta la parte posterior del mercado, le pareció ver
por instantes la figura de unos niños subiendo la cuesta y que luego
desapareció entre la fuerza de la corriente; eso… le hizo pensar en su nieto Raúl que se había
conseguido la posibilidad de aquel encuentro con su novia, para darse la eventualidad
de su primer encuentro.
La
balsa improvisada se orilló con violencia y los despidió con la fuerza de la
bajada sobre una parte que ahora desconocían: ¿Fue en el puente de La Feria
Texas? ¿La parte trasera de la casa de don David? ¿El atajo que tomábamos para
ir a la escuela del Estado? ¿El recodo que se hacía donde iniciaba la calle
Jiménez? Ninguno de los dos sabía.
El
agua que abandonaba poco a poco su furor, había unificado los queridos lugares
en un solo manchón de tierra mojada, ahora vacíos de vivienda. Se abrazaron, Raúl lloró sobre los hombros de una Georgina
que clavó con ojos severos su mirada en el cielo como reprochándole la imprudencia.
No
habían pasado en vano esos trece años por la vida de Raúl. Con barro y sin
barrio; con pantano y sin lluvia, ese era su pueblo, esa era su novia. Pensaba mientras regresaban guiándose por la gran torre de la iglesia principal de San
Felipe y con la prisa por ponerse a resguardo, el barrio se le desaparecía de
sus sentidos y con la mirada trataba de detenerlo en la memoria. Tal vez lo puso
bien a salvo el hecho de que no se angustió, de que jamás desconoció su sitio,
a pesar del gran susto que el agua le regalaba, de que sintiera que su barrio,
por muy mojado que estuviese, por muy arrasado, empantanado y desaparecido que
estuviese, no le abandonaría, no le dejaría solo, menos ahora que estaba con su
querida Georgina.
Se
aguantaron en cuclillas sobre el primer promontorio que encontraron viendo
pasar pedazos de madera, basura, marranos ahogados, burros entripados, aun
bufando, pataleando con desesperación,
expulsando borbotones de agua por sus narices y abriendo los ojos tan
grandes como podían, demostrando
desesperación y miedo. Ahí estaban los infantes, hasta que el agua fue solo pequeños hilos
cansados de bajar sobre y del cerro El Fraile. Cuando llegó al primer sitio
concentrado de gente, Raúl enmudeció, se reconoció en compañía de los suyos, se
sintió salvado.
Su
mamá le abrazó y lo tupió de besos, le colocó un jarro de canela con café tibio en las
manos, un trapo medio seco sobre el cuello, y luego cuando vio a Georgina, se
quitó el rebozo y la cubrió hasta donde alcanzó y fueron a solidarizarse con
quienes se encontraban más afectados. Raúl, antes de unirse al socorro, sintió su
pequeño tesoro envuelto en un rollito de plástico dentro del bolsillo del
pantalón. Eran cinco monedas de a veinte centavos que su abuelo le había
regalado para que se comprara golosinas. Entonces, se dio cuenta de que
recuperó la memoria y además la voz. Y se hubiera quedado en una honda tristeza
y el llanto hubiera escapado de sus ojos como un segundo vendaval, de no ser
porque en ese momento, vio a Georgina abrazada de un hermano de ella.
Antes
de unirse a la cuadrilla que ayudaba, Raúl lavó el jarro, se secó el cabello y
el pecho, cambió de pantalón y guardó en uno de sus bolsillos las monedas para
más tarde, para otra ocasión, para una próxima emergencia, se sacudió las manos
y se unió a recomponer el barrio.
Ya
habría tiempo de gastar su fortuna con su amada Georgina.
Ansberto
Rangel Pérez.