Cuevas de Sierra Mojada
Cuevas
de Sierra Mojada
A falta
de casas que los albergaran, en el margen de lo que fuera un arroyo, habían
sido cavadas más de cincuenta cuevas por gente venida de lejos atraídas por el
trabajo bien pagado de las minas de ese pueblo de Sierra Mojada. Eran cálidas
por las fogatas que se prendían en el interior durante el día, con troncos
secos de pinos caídos que recogían en la sierra. No obstante esa noche el frío
no dejaba dormir a nadie. Para evitar latrocinios, asesinatos y violaciones,
entre todos se habían organizado para vigilarse unos a otros mientras dormían. Se
habían impuesto jornadas de cinco horas. Don Jesús López y don Roque eran
quienes ese día estaban de guardia y ya les era indiferente ser relevados o no.
Sabían que el frío realmente comienza cuando uno se da cuenta que ninguna
vestimenta es capaz de combatirlo. Esa noche don Roque sintió que su viejo
abrigo se había convertido en un estorbo inútil, que le daba lo mismo tenerlo
puesto o no. Don Jesús López, insistía en sacar la última gota de mezcal a esa
botella delgada, redonda y transparente para calentarse los intestinos. Don
Juan Ríos era el encargado de cuidar veinte cuevas del lado oeste, caminaba de
un lado a otro como fiera enjaulada tratando de espantar la helada, caminaba y flexionaba
el cuerpo para desentumecer las agarrotadas piernas. Llevaban más de tres horas
de guardia. El frío y el hambre eran una mala combinación que cada uno tenía
que combatir por cuenta propia en las últimas horas que le quedaban al turno.
Lo peor con ese tiempo era dormir. La muerte por congelamiento comenzaba con un
sueño agradable, alucinante y maravilloso. Don Juan Ríos vino corriendo.
Resoplaba a través del pasamontañas y traía al descubierto su arma.
—¡Tapa
esa arma!... ¿Cómo la traes así? —habló fuerte don Jesús López.
Don
Juan Ríos, se quitó el pasamontañas, cogió una bufanda y envolvió la metralleta
como si fuera un niño. La depositó junto a unos bultos sobre los cuales pensaba
dormir aunque fuera solamente diez minutos.
—Ya
no te duermas Juan, ya amanece. Mejor pónganse a recoger sus cosas ya casi nos
vamos, revisen sus armas para que las entreguemos a los que nos van relevar.
—¿A
quiénes les toca? —preguntó Roque.
—¿A don
Santos Haro, Faustino Robles y a Severo? —contestó don Jesús López.
—¿A Severo
grande o chico?
—Severo
hijo—puntualizó.
—Ah…
Don
Roque era duro. Podía soportar días sin comer y sin dormir. Por eso sonriente los
observaba desde su puesto, como burlándose. Los dientes incompletos bajo el
sombrero esmirriado hacían más expresiva su sonrisa burlona.
—Lo
que pasa es que Roque es hijo de brujo. Por eso es que no le hace nada el frío
y usted compañerito ¡parece niñito de universidá —le dijo don Jesús López a
Juan Ríos.
—¡Déjense
de joder, carajo! Aquí nadie es mejor que nadie. Ya vienen nuestros relevos
apúrense para irnos a descansar —dijo Roque como otras veces que había impuesto
su autoridad en líos menores.
Los
relevados, una vez que entregaron las armas y que informaron que no había
habido novedad, comenzaron la retirada cada quien a su covacha. Avanzaban con
paso corto y equilibrado para no rodar. A la distancia, los cactus parecían
personas desgarbadas que elevaban sus brazos al limpio cielo. Mientras,
Faustino terminaba de comentar los incidentes con don Juan Ríos y recibía de
éste el encargo de que vigilara bien porque aún se escuchaban conversaciones en
algunas cuevas.
—Chispas... —susurró don Roque al perder
el equilibrio, vencido por el cansancio. Don Jesús López lo aferró de un brazo
evitando una tragedia. Rodaron algunas piedras.
Al
siguiente día era domingo y los hombres que iban a misa, lucían sus sombreros
nuevos en un ambiente de feria. Las mujeres recién bañadas, con trenzas tejidas
con listones de colores, sus chamorros con tanta brillantina brillaban con el
sol de las once. Desde las alturas un gavilán que sobrevolaba la pequeña
plazuela de techos rojos, chilló sobre sus cabezas como un mal presagio. Las
pocas casas construidas que se veían desde las cuevas, eran un atentado grave
contra la simetría, podía notarse que sus constructores no usaron plomada ni
nivel. Era sólo un caserío formando dos calles chuecas. Don Juan Ríos, había
sido obrero de construcción y notaba a lo lejos las imperfecciones de las
paredes y los techos, por eso exclamó:
—¡Chingao!...
¿Quién sería el maistro de obra que hizo esas casas? Habría que darle unas
clasecitas a esa bestia...
De
pronto, se escuchó un grito que venía de las cuevas.
—¡Compañeros,
traemos a un enloquecido y maniático demonio! La justicia del pueblo no se hará
esperar, así que hoy ¡habrá escarmiento!... —gritó Severo que venía sudando,
agitado con los ojos muy abiertos.
—¿Escarmiento?...
—interrogó una mujer asustada.
—Escarmiento...
—le murmuró Faustino Robles. Después, esa palabra tan temida corría de boca en
boca en toda Sierra Mojada.
Don
Santos Haro y Faustino Robles, traían codo con codo al desdichado de José
Castañeda de casi treinta años de edad, venía sin sombrero y con los pelos
despeinados, dejando como huellas sus pasos arrastrados, lloraba y gemía con la
cara al suelo y tratando de zafarse de sus captores. Lo encontraron infraganti,
había embriagado hasta la inconsciencia a Atanasio Guzmán su compañero de cueva
que era de Mazapil, Zacatecas y en ese estado de ebriedad, lo había estado
abusando sexualmente.
—¡Perdón,
papacitos, por mis hijitos, perdón, perdón, juro que no lo vuelvo a hacer!
Don
Roque, había sido despertado por los gritos de la gente y al enterarse del
motivo, una corriente de pavor le invadió
el espinazo al recordar la última vez que tuvieron que ejecutar a más de cinco.
Lo bueno que ahora era solo uno. Le molestaba la costumbre hecha Ley del
poblado porque no era proclive a las ejecuciones. A los sentenciados, los
liaban con una soga, los llevaban a un alto despeñadero de la sierra, después
lo empujaban para que se estampara y se despedazara entre los riscos y que las
aves de rapiña y coyotes se alimentaran de los restos del desdichado.
Don
Roque ya conocía el proceso, así que sin apuro extrajo de su morral la bandera roja que se usaba para decretar el veredicto.
Para hacer más solemne el ritual la fue desenvolviendo con lentitud y delicadeza
ante la multitud expectante...
—¡Muerte,
muerte, muerte! —sonó un grito unánime, cuando la bandera ondeó.
La
plaza se había llenado de gente, hasta
los inválidos estaban ahí. No hubo forma de que se apiadaran de él.
Con
sentencia de muerte, se deshicieron de
un perturbado más.
Luego
de la ejecución, son Roque se quedó pensando:
“Hummm, para evitar estas barbaridades, como
hacen falta putas o… de perdido unos mariquitas”
Ansberto Rangel Pérez.