El Garbancito

El Garbancito

La lluvia llegó fuerte, alocada, con vientos danzarines;  arrancamos para el kiosco en un afán de burlarnos de ella pero no nos valió de nada, con las ráfagas del viento parecía que llovía horizontalmente y  por todos lados nos mojaba, aunque a Hilarión menos porque se cubrió con una chamarra negra de hule con diseño raro que traía en la parrilla de su bicicleta, en cambio al Garbancito, a don Canuto, al Diablillo, hijo de Arturo el Diablo Grande y a mí nos mojaba hasta el alma.
Me explica Hilarión: El Garbancito es de El Garbanzo una comunidad de este municipio, por eso el sobrenombre. Y éste tiembla, se le dificulta el habla, pero no por el agua fría que nos moja sino más bien por la cruda  que se trae desde hace meses. Para él las mañanas son grises, tristes y húmedas, siempre parecidas unas a otras; apenas abre los ojos y siente una sensación de vacío en el estómago. A veces prefiere quedarse en el camastro hecho de hojas de periódico y cartón para mantenerse un poco caliente, pero no puede, su estómago vacío, poco a poco se le transforma en una bola de fuego que le muerde las entrañas y le exige bebida más que alimento. Dentro de todo, está preocupado porque sabe que la intimidad de su casucha será borrada por la corriente de agua que se forme con la lluvia y que pase por el arroyo. Ahí tiene dos láminas oxidadas y un muro semicircular de piedras que él mismo levantó. Se acerca al  Diablillo que es un  joven alto, bien parecido, como de diecinueve o veinte años, éste siente en su nariz el tufo asqueroso de la bebida rezagada y de la ropa sucia y mojada, pero no se inmuta, lo toma a broma, creo que hasta estima al garbancito, guasonamente lo considera la evolución del  Chicharito refiriéndose al jugador de moda en el futbol.

—¿Qué quieres suegro? —le pregunta en broma y a manera de aclaración comenta que así le dice porque tiene unas hijas muy bonitas.

Pero el Garbancito no puede ni hablar, hace gestos sin dejar de sonreír por eso se le nota la falta de dientes y los que tiene están sucios, no cepillados desde hace mucho y, vuelve a sentir la bola de fuego, pero esta vez acompañada de un intenso retortijón que lo hace ovillar como una serpiente, necesita algo de comer, algo que calme el monstruo hambriento en que se le ha convertido su estómago desde hace semanas, pero el ansia por el alcohol es superior. Saca de su desgastada chamarra de mezclilla, dos botellas de plástico una de refresco de cola de  seiscientos, la otra de doscientos cincuenta mililitros con alcohol de caña y temblando se las pasa al Diablillo, que cuando las toma, bromea,  también mueve sus manos y le dice:

—Mira ya me traspasaste la tembladera —el Garbancito no le hace caso.
            —¿Cuánto le pongo? —pregunta porque sabe que lo que le pide es la deplorable y fatídica mezcla de líquidos.
            —¡Échale la mita!  —desesperado suplica sin quitar los ojos de las botellas.

            —Brrr, ¡carajo! que frío hace. Y cuentan que es la cola de un huracán lo que causa estas lluvias —dice don Canuto otro alcohólico acompañante del Garbancito que se lamenta—. Y pensar que tan solo colgajos deshilachados de ropa tengo para cubrirme de las dentelladas del frio. Hambre y frío son las dos caras de mi moneda que se llama enfermedad y pobreza. ¿Verdad que esta vida duele amigo Hilarión?

            Hilarión con la experiencia vivida pero decidido a no volver a caer en el alcoholismo los entiende; por eso se abstiene de criticarlos, de burlarse, insultarlos, reprocharlos o reprenderlos; él aún no acaba de despojarse del desprestigio que la enfermedad le trajo y ya solo para seguir la conversación cita preguntas y puntos de vista que parecen nada tener que ver con el tema.

—¿Y todavía crees que la Virgen de Guadalupe ayuda a los pobres y jode a los ricos? ¿Sí? ¡No te queda de otra! La vida parece menos miserable si se tiene la esperanza de un futuro un poco diferente a las realidades del presente.  
Luego dirigiéndose al Garbancito, le comenta:

—Tú desde hace una semana no has probado bocado, tienes hambre, tienes que salir a buscar un trabajo que te dé para comer que te aliviane la debilidad, mira, tus piernas apenas te sostienen y te vale madre. En serio Garbancito, consigue trabajo que dé  dinero aunque sea para un taco.  Necesitas comer ¡Debes comer! Estás asustado Garbancito, crees que te vas a morir.

—Sí Hilarión, está asustado por lo que le sucedió anoche —interviene don Canuto—. Los retortijones que sentía en la panza eran tan fuertes que casi no pudo dormir. Se levantó y fue al basural para hacer del cuerpo y… por más que pujaba no le salía nada;  se quejaba de que el dolor era cada vez más intenso y no le cesaba, luego se agarró de unos matorrales y le dije que pujara con toda su alma, hasta unas lágrimas saltaron de sus ojos. Entonces sí;  algo cayó en la tierra fangosa. Encendí un cerillo.  Era un mojón sanguinolento, lo vi con estos ojos que no mienten. Por eso ya me quiero quitar de “teporocho”, basta de degradación,  quiero hacer como le hiciste tú, quitarme de esta vida que he llevado desde que me abandonó mi mujer para irse con un policía a San Luis Potosí. Ya no quiero pedir limosna en las cantinas para seguir bebiendo y pasármela sin comer por varios días, por eso estamos así de flacos. Tengo miedo que se muera el Garbancito. Ahora lo ando cuidando pero yo ya no beberé, no dejaré que el ansia me venza. Quiero que se me quite lo pendejo.  Mañana voy a ir al mercado a buscar trabajo de cargador de fruta.  Esta idea la traigo dando vuelta en mi mente desde en la mañana que nos venimos el Garbancito y yo de su covacha que está allá debajo del puente.

El Diablillo entre bromas había mezclado las bebidas pero… “de una vez ponle todo a la pinche botella” le había pedido el Garbancito y ahora la bebía a tragos; cada trago un gesto, luego ya ni gestos, ahora se veía más placido pero más atontado. Al poco rato, la lluvia amainó, el sueño lo venció y entonces soñó que una alondra le apagaba su sed con cristalina agua de las montañas. Don Canuto se aleja. Plash, plash, plash, hace con sus viejos zapatos hundiéndolos en los charcos que la lluvia ha dejado, dijo que iba a hablar con el encargado de descargar las cajas de fruta y que paga un peso por cada caja. Aunque se siente débil, espera no desmayarse porque necesita el trabajo. Mientras, el Garbancito… tristemente continúa afianzando su muerte.

Ansberto Rangel Pérez.



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