Cargadores
Cargadores
A don Canuto
le dieron la oportunidad de trabajar descargando cajas de fruta en el mercado. Eso le dijeron ayer, pero hoy es ese mañana que anoche imaginó y es necesario que se levante ya, pues, si
llega tarde al mercado otros podrían ganarte el trabajo. Hace a un lado la
montaña de periódicos que lo cubre y al salir de su casucha sabe perfectamente
que el frío de afuera corresponde a las cinco de la mañana. Plash, plash, plash,
hacen sus viejos zapatones, que se hunden en los charcos en los que la lluvia de
ayer ha quedado prisionera.
Se va pensando: Ojalá
que haya harta carga y que yo alcance algo. Al llegar, un individuo está hablando con un
grupo de personas que parecen cargadores. Son cargadores, no hay duda. Él es el
encargado de contratarlos. Se le acerca don Canuto, unas pocas palabras con él
y ya está contratado, se ha convertido en cargador. Un peso por cada caja que descargues del
camión le ratificó. “Algo es algo” “Que no me
desmaye”. Piensa mientras va al
grifo por un trago de agua. Necesita el trabajo aunque se sienta débil eso lo
tiene claro, por eso saca fuerzas de muy dentro de él. El encargado de los cargadores, desde la parte
superior del camión, dirige las maniobras, con las manos en la cintura y con la
actitud despectiva de los que acostumbran mandar.
—¡Hágase a un lado, señora! ¿No ve que
estorba? Viene, viene, viene... ¡Apúrense, cabrones, que no les pago por hora
sino por caja!… —reclama.
Los cargadores, sudorosos y apresurados, van
descargando una tras otra las cajas de tunas, manzanas, lechugas, tomate, cebolla y chiles, compitiendo entre sí por ver quién descarga
más cajas. Parecen hormigas extraviadas descargando los alimentos que traen de las
bodegas del mercado de abastos de la ciudad al pueblo. Enseguida hay otro
camión, otros cargadores descargan plátanos, papas, carne, uvas, aguacates... todo
lo necesario para que los más de cincuenta mil habitantes del pueblo compren y
coman.
“Puf, puf,
puf. Ya sólo me faltan diez cajas para terminar. Duelen las piernas, la
cintura, los brazos, los hombros y la espalda. Puta madre, qué pesadas que
están estas pinches cajas. Casi ya no siento la espalda. Menos mal que ya
faltan cinco cajas para acabar” Piensa don
Canuto y recuerda que no ha comido en forma normal desde hace una semana. Y ese
dolor en el estómago que tiene lo sigue jodiendo. Empieza a ver lucecitas
multicolores. Las fuerzas lo abandonan y se le nubla la visión. Dos cajas más y
termina.
—¡Apúrense, hijos de la chingada, que los
camioneros tienen que irse!
—¡Ayyyy!, ¡aaaay, aayyyy! —gritan y corren espantadas unas mujeres.
Una rata, gorda como un obispo, sale disparada del
interior de un puesto. Sorpresa general, palabrotas. Se detiene la descarga.
Varios hombres persiguen a la rata, armados de escobas y largos palos.
—Pinche rata, ella sí que la pasa bien. No tiene que romperse el lomo para tragar. Su
vida es comer y luego escapar —exclama uno de los cargadores.
Los hombres regresan jadeantes y burlándose de sí
mismos. No lograron matar a la rata.
—!Dejen de andar haciéndose pendejos
persiguiendo ratas y terminen, carajo! —a gritos les ordenan.
“Parece que
el patrón está molesto. Menos mal que ya sólo me falta esta caja y termino” —cavila don Canuto y luego…—: Plamm, crash.
—!Chingada madre… ¿Quién fue el pendejo que
dejó caer esa caja?!
Los demás cargadores rodean y miran con compasión a
don Canuto. Era la última caja. La última y le fallaron las fuerzas, cayó torpemente
con todo y carga. La caja se rompió y algunos
tomates están apachurrados. Qué mala estrella.
Alza los ojos y escucha como en sueños que el encargado le dice con enojo, que le
hizo un favor al contratarlo, pero que nunca más les dará empleo a muertos de
hambre como él, que todos son unos inútiles y no saben trabajar, que se olvide
de la paga, pues echó a perder tomates y, que por el contrario sale debiéndole,
que mejor se largue de una vez. Una rabia sorda recorre todo su cuerpo. No es justo, Dios mío. Era la última caja,
parece clamar don Canuto mirando al cielo.
Se pone a recordar cómo se le murió por la madrugada
su amigo el Garbancito por hacerla de faquir. Luego pensó en la rata. Comer y
escapar. Sí, eso es. Comer y escapar, como hacen las ratas. Sólo que al revés:
escapar llevándose algo de comer. Y sin pensarlo dos veces, con la
determinación que da el hambre, se puso al hombro una caja de manzanas y, con
una energía desconocida para él, se lanzó a la carrera por el mismo camino que
había seguido la rata momentos antes. No se detuvo, siguió corriendo hasta que
ya no escuchó los gritos encabronados del encargado.
Llegó jadeante a la casucha y se desplomó. Cuando
recobró el aliento, se puso a devorar las manzanas con el deleite de un
gourmet. Después, cerró los ojos y sintió una tibia sensación de hartazgo en el
estómago. Y esa mañana, para él dejó de ser triste, gris y húmeda como las que
pasaba con su amigo El Garbancito.
Ansberto
Rangel Pérez.