Las casas de esta colonia              

Casa 248 de la calle cuatro.                 

Fueron adquiridas por empleados de las diversas dependencias del gobierno federal, telégrafos, correos, la reforma agraria, comisión nacional de zonas áridas, la forestal, hacienda, obras públicas, y un numeroso grupo de maestros, en abonos quincenales descontados de la nómina, hace más de cuarenta años. Con el correr del tiempo han quedado vivos algo así como el veinte por ciento de los dueños originales; viudas, viudos, separados por voluntad o divorciados, divorciadas y uno que otro matrimonio completo. Sus hijos, aquellos chiquillos que corrían como gamos por sus calles, ya no coexisten en este módulo de casas, se convirtieron en adultos, cambiaron de domicilio, los que heredaron las casas que tuvieron un estilo americano y que ahora algunas tienen fachadas de casas de pueblo por modificaciones asimétricas, deslucidas, que tendían a la seguridad más que a la estética las vendieron o las rentan, ellos ya viven en mejores colonias con su nueva generación. Y a esta colonia se le sigue llamando: la del “ISSSTE” nadie la menciona por su nombre original: Colonia de la paz, e hicieron bien en no llamarla así, en aquél entonces no había paz, había mucho jolgorio, el gobierno pagaba buenos sueldos, aunque siempre con dinero prestado de: Japón, Francia, Italia, Los Estados Unidos, y de otros países que confiaban en poder sacar de este tercermundista país un buen rédito por los préstamos en sí, lo primordial era tener contenta a la ciudadanía, dar la impresión de un buen gobierno, con pan y circo, ya luego vendrá la resaca económica. Los viernes y sábados por varias de sus callejuelas se percibía el olor a carne asada, se brindaba con vino, cerveza, se cantaban rancheras, románticas hasta se contrataban músicos para que amenizaran en vivo los eventos, se presumía de influencias se contaban chistes groseros, insolentes, hasta ofensivos; vecinas aficionadas había que por envidia se metían en cosas que no les incumbía, señores que para hacerse notar presumían platicando a gritos o generaban escándalos. Por fortuna los más, solo se ocupaban de lo suyo, vivir y dejar vivir.
Don Víctor compró residencia en mejor lugar, y la casa de esta colonia la mantuvo rentada. Burócrata jubilado se separó de su compañera, porque ya no soportó que a diario le dijera que era un cabrón prostituto, tampoco quiso seguir diciéndole mentalmente vieja pendeja, ya me tienes hasta la chingada. En una maleta puso algo de ropa, unas cuantas pertenencias más y se fue lejos a otro Estado, para evitarse la tentación volver. Alejado tuvo la oportunidad de reflexionar pausadamente y poner en balanza la conveniencia de volver a la rutina de discusiones y pleitos o disfrutar su autonomía, de más está decir que le encantó caminar de allá para acá, de este lado para el otro, dormirse a la hora que se sentía cansado y correr sin que nadie le dijera: avanza o detente, que nadie le enjuiciara por naderías como por comprarse unos aguacates, unos bolillos, hacerse unas tortas y bajárselas con tragos de agua del grifo.
De su separación han transcurrido más de tres años; ambos ya han aprendido a asimilar su distanciamiento. Víctor sigue solo y, se da cuenta que la independencia cuesta caro. Pero no se arrepiente porque ahora puede ir a pescar, a cazar, a caminar por el campo libremente, a echar desmadre todos los días si se le pega la gana, con amigos toma las cervezas que su cuerpo aguanta, juega dominó y a las cartas apostando los años vividos,  tiene sexo con amigas, viudas, divorciadas y con quien responda a sus coqueteos, come lo que cree que debe comer aunque se equivoque y los niveles de colesterol y triglicéridos se le disparen o que el calcio se le agote, deja que los trastes sucios que se le acumulen por días, luego un día pone discos de sus cantantes preferidos: Norah Jones, Creedence, Bonnie Tyler, Carlos Santana o a Kenny Rogers y, los lava de una vez al tiempo que canta y baila, ve el futbol los fines de semana y cuando juega la selección, nadie le reclama, a nadie rinde cuenta y, esas cosas de la presión y el cabrón cáncer no lo asustan porque la felicidad le alcanza para dominar todo.  A su regreso se metió a su casa de esta colonia que por suerte estaba recién desocupada de renteros.
            Pero… surgió un comprador que él no buscó, quien le ofreció el doble del valor real de su propiedad; pagar en efectivo y en dólares y, no aguantó la tentación de venderla. Entregará la casa en un mes. Necesita un lugar donde vivir. Ya pasó por la experiencia de comer en restaurantes de medio pelo cuando recién cobra la pensión, de irse a refugiar con antiguos compañeros, compañeras, con sus hermanos, maleta en mano anduvo a salto de mata por un tiempo, la nostalgia que le provocó el recuerdo de sus dos hijas, lo hizo tener el deseo de volver a la ciudad donde ya no encontró a algunos conocidos, se le adelantaron, yacen bajo tierra. Al que más echó de menos fue a Marco Antonio, de su muerte culparon a los doctores que lo atendieron; eso le platicaron y que no hubo reclamo; ya había vivido más de setenta años, como que por eso se conformó la familia, le sobreviven sus dos hijas y su viuda Adela. A ella la casa 120 de la misma calle donde él vive, se le hace grande, porque sus hijas se casaron y se fueron. Se le ocurrió dividir la casa para rentar una parte, no alcanzó a separar el patio trasero así que quien alquilara debía compartir ese espacio que servía para tender ropa lavada. Justo sucedió eso cuando Víctor buscaba lugar para echar a reposar su físico. Al pasar por la casa de su vecina vio el anuncio que ella misma había elaborado en un pedazo de cartón y con letra  de trazos leíbles, y sin pensarlo mucho tocó la puerta, ella salió, se saludaron como viejos vecinos conocidos, él preguntó por el espacio y el precio del alquiler, ella se lo mostró y presumió que lo rentaba amueblado, el mobiliario consistía en una pequeña mesa de plástico y dos sillas como comedor, una estufa, un refrigerador antiguo, un lavatrastos y un escurridor como cocina integral, unos  cuantos platos, cucharas y vasos, un box, un colchón y un par de almohadas sin fundas, sin sabanas ni sobrecama, un medio baño con una regadera adicional y, la renta mil quinientos pesos al mes, y que si le parecía el precio, se lo rentaba, pero… que tenía algunas condiciones  que precisaba dárselas a conocer para que luego no hubiera malos entendidos ni reclamos.

—No quiero que invite amigos a ingerir bebidas alcohólicas, tampoco que vea televisión ni escuche radio a volumen alto, que la casa no la emplee como hotel de paso y que la mantenga limpia.

Se le dijo muy seria, mirándolo de frente como para que quedara plenamente aclarado. Víctor hizo cálculos inmediatos, esas condiciones le parecieron exageradamente abstinentes, difíciles de cumplir hasta por un seminarista o un sacerdote, sin embargo, en definitiva la balanza se inclinó hacia la necesidad de contar con el espacio, ya no quería orinar por la mañana antes que sus anfitriones para no interferir con sus tiempos, de hacer las cosas con sigilo, de rasurarse a ciegas, de defecar con cautela, de no expedir gases sonoros ni silenciosos dentro de las casas, para que sus hospitalarios amigos o familiares se quejaran de él, categóricamente su estilo era no importunar ni molestar a nadie; eso, había aprendido desde sus tiempos en que trabajaba como burócrata; lavaba y planchaba su ropa, lustraba sus zapatos, a la hora de comer no tosía en la mesa, ni se limpiaba los dientes delante de los demás, escasamente utilizaba malas palabras solo las muy necesarias en la conversación y, siempre y cuando le hubieran dado la confianza para hacerlo;  con esas cualidades hacía más ligero su alojamiento en cualquier hogar. Así que, confiando en su adaptabilidad, cerró trato con Adela agregando para tranquilidad de ella, que lo que a él le gustaba era leer, escuchar la radio, pero a volumen moderado y escribir. Luego que ajustaron el trato, Fue al cajero automático del banco a traer dinero para pagar el costo mensual por adelantado y dejar otro tanto como depósito para cuando quisiera desocupar así lo habían convenido. Ella se quedó pensando que no había conocido a nadie que dijera que esos eran sus pasatiempos, leer y escribir ¿qué? Se preguntaba, pero ya se lo interrogaría más adelante, lo que le había emocionado es que el apartamento se le iba a rentar muy rápido y que sería Víctor el que iba a ser su rentero, a quien conocía desde hacía muchos años ya que su difunto esposo Marco Antonio y él habían sido compañeros en el trabajo y hasta en actividades de oficina, eso le había platicado. A Víctor le había fascinado rentar el espacio porque no se saldría de la colonia, y tendría la oportunidad de continuar en un ambiente totalmente conocido por él, donde el entorno era de tranquilidad y seguridad. Habría tiempo de más para platicar con la viuda, ya que estaba sola y, él en una situación similar. Además, de reojo cuando ella no se daba cuenta por enseñarle los espacios con los que contaba el apartamento, había admirado su porte y le había parecido hasta fino, a pesar de sus casi setenta años alta, pelo lacio y corto, blanca, bonita, piernas largas, grandes caderas redondas, hasta se las imaginó firmes y calientes, todo conjugaba cabalmente con el resto de su humanidad. La idea que se iba gestando en su mente era de… ¿conquista, seducción?

— ¿Pero ¿qué estoy pensando?  —se dijo Víctor.

En realidad representaba un reto difícil si pensaba cortejarla, y no se trataba de eso, sino de rentar un lugar donde mudar sus cosas y reposar su físico, pero estaba tan necesitado de que una hembra le hiciera compañía, tener con quien tomarse un café en una noche de invierno y conversar, ver una película, escuchar y comentar las noticias, tal vez por eso su mente divagaba y fantaseaba absúrdamente en algo más que convivir como simples vecinos. Ya se había fastidiado de las muchas conquistas, pensó en borrarlas de su agenda para no llamarlas como regularmente lo había hecho, ninguna era fija, tampoco a ninguna le había prometido nada, hacía con ellas un arreglo temporal porque eso le parecía cómodo pero esa táctica ya no le bastaba, su nueva meta sería no ir tras de otra más o menos interesante porque estaba convencido de que con el mismo ánimo que las tenía las dejaba luego. Por otra parte, tal vez por los años vividos Adela y él tendrían muchos temas interesantes de que platicar y eso le entusiasmaba. La conocía como persona íntegra, seria, de respeto, de una moralidad y espiritualidad como pocas, de esas que no se aventuran a comportarse con actitudes indignas para no andar de boca en boca. Se había refugiado en la cercanía del Creador y en concordancia con su religiosidad no cedía un ápice en sus principios de decencia, sin embargo… él no dejaba de pensar en ella, justificándose que estar en sus brazos les serviría a ambos hasta de remedio para librarse de la infame rutina. Ya juntos se olvidarían de cualquier experiencia negativa y de la malsana soledad. La conjetura de Víctor relacionado con una armoniosa relación iba tomando forma; su mente concebía una convivencia refinada, por lo mismo agradable, sin condiciones, con ventajas para ambos, y lo emocionante, en secreto, con discreción, una clandestina amistad con ciertos derechos para que ella no perdiera su prestigio ni reputación de persona intachable. Tal vez en una noche, allá por la madrugada, cuando todo estuviera en silencio, cuando nadie anduviera en las calles y para mayor seguridad con las luces apagadas, con decoro se tomarían ese café, conversarían de ambos, de sus hijas, de sus vecinos, de sus sueños, de sus vidas, sus metas, sentimientos y sin ataduras de otros temas que ambos quisieran abordar y… ¡ay que emoción! ni modo que no aceptara si amablemente y con cortesía se lo proponía. Divagaba.
Fue y regresó del banco, llamó de nuevo a la puerta, cuando salió Adela a Víctor le pareció más bella, su pelo peinado impecablemente, con un traje sastre color azul marino limpio y una blusa blanca bien planchada, unos aretes rojos y su boca pintada del mismo color, que lucían con obstinación en la blancura de su piel:

—Aquí le traigo el dinero Adela, por favor cuéntelo —dijo al tiempo que se lo entregaba.
—Sí Víctor.  Gracias. Ya lo conté, está completo, eres muy amable.

Lo tuteó sin pensar y se arrepintió de inmediato, él lo notó porque de pronto se generó una pausa leve que no permitió que el pormenor pasara desapercibido. Víctor esbozó una sonrisa discreta dando a entender que no había problema porque lo tuteara, al fin eran conocidos de años y estaba bien.

—¿Quiere que le dé un recibo? —preguntó.

—¿Sabe que Adela? —respondió con otra pregunta haciendo a un lado el tema del recibo—. Puede tutearme con toda confianza, le aseguro que no hay inconveniente y le pido a usted con todo respeto que me permita hacer lo mismo, eso facilitará de mejor manera nuestra convivencia. ¿Qué opina?

—Sí Víctor, tampoco tengo problema en que nos hablemos de tú. Aunque creo que se me va a hacer difícil al principio, pero… está bien —dijo en voz baja.
—En cuanto a la renta: yo… te pago y tú me extiendes un recibo, es lo acostumbrado. Si no tienes, en las papelerías se venden esos recibos. Si gustas yo los compro, voy y vengo. Además, si quieres también compro un formato de contrato de arrendamiento y te ayudo a llenarlo lo firmamos y, de ese modo queda formalizado el trato en beneficio de ambos y tal cual debe de ser. ¿Qué te parece?

—Ay Víctor, espero que el favor no te sea mucha molestia y te lo agradezco desde ya.

—Bueno, así quedamos y no me agradezcas, lo hago con todo gusto porque considero una suerte estupenda no irme de la colonia donde llevo años viviendo, bueno, con algunos intervalos —se despidieron con un saludo de mano y una sonrisa en sus rostros.

Adela estaba entusiasmada por la suerte del día. Apenas ayer había puesto el anuncio en la ventana de esa parte de su casa que planeaba rentar y ahora ya tenía inquilino. Sería su primera experiencia como rentera, conocería los recibos de renta y el formato de contrato de arrendamiento. Es más, la palabra “arrendamiento” ni la conocía, pero de inmediato supo de qué se trataba porque el tema era la renta.  Y el otro detalle que la impacto fue que había entablado una conversación por más de diez minutos con alguien del sexo opuesto que no era su difunto esposo, hasta le parecía raro, pero le gustó el diálogo y el interlocutor.  Se metió a su casa y se sentó tranquila y relajada en el sofá de la sala, esa agradable sensación que experimentaba hizo que ni siquiera pusiera atención a los tres mil pesos que tenía en su mano izquierda; hasta pasados tres minutos reaccionó, guardó el dinero en uno de los burós de su cama y volvió a sus quehaceres diarios sin que cambiara la alegría que la invadía.

Víctor se fue pensando en ella y en una probable relación desquiciada, para ella claro, porque él especulaba en positivo, en lo bonito que sería sentir su abrazo. Y se dijo: cuando esto avance, adiestraré mis manos para que naveguen por sobre todo su cuerpo sin dejar de acariciar cada espacio que se encuentren, primero suavemente, luego con algo de firmeza para que sienta mi entusiasmo y quiera Dios que en ella se despierte un interés semejante, lo haré con calma hasta que agarre confianza, le hablaré de mi ilusión al fin no es un insulto, ella ya no tiene compañero de vida, se murió, sus hijas Patricia y Andrea la mayor que vivía en la ciudad vecina a una hora de distancia, ya no viven con ella, se casaron y se fueron, de vez en cuando vienen a visitarla, la llevan de paseo, los nietos la quieren como se quiere a una abuela buena, sus hijas la admiran, veneran y la respetan, pero la  mayoría del tiempo está sola y eso desgasta, acelera la vejez, lo sé porque me pasa lo mismo que a ella. Tantos días de aislamiento y abstinencia de cariño laceran el físico y la mente. Para alguien como nosotros una conversación puede ser muy beneficiosa más si es encantadora, rara, original, graciosa, ocurrente, sugestiva, hasta con un sutil erotismo.   
Todo iba siendo fraguado en la mente de Víctor con imaginación, a conciencia, tomando en cuenta los atributos y cualidades de Adela. Nada debía quedar al ahí se va. Todas las particularidades deberían concordar para que no hubiera pifias ni provocar escándalo sino admiración a la hora de proponer el tema de un encuentro amatorio. Convenía utilizar sagazmente un lenguaje fino y delicado, aunque le tomara varios días y noches practicarlo, no había prisa, pero tendría que haber perseverancia porque tampoco había tiempo, la gente envejece, el encanto se pierde, la prioridad cambia y la vida acaba. No olvidaba que el éxito no llegaría fácil. Le argumentaría que tal vez las personas que los conocían reprocharían su relación por considerarla inapropiada, indecorosa, pecaminosa, inmoral, pero que más perjudicial e inhumano es pasar solos los fríos en invierno,  o dejar de aprovechar las agradables y perfumadas noches de verano con una interesante conversación y reír en lugar de renegar, cambiar momentos tristes por alegres, crearse motivos para vivir y no deseos de morir, la convencería de que esas eran actitudes de personas inteligentes. 

Luego de que se instaló en su nuevo hogar, cosa que solo le llevó horas, porque no tenía muebles, solo su ropa dos sillas y una mesa que habían dejado sus inquilinos, Víctor retomó sus hábitos; leía novelas, veía noticias, se interesaba en las historias de las personas que por diversas causas terminaban solas y que adquirían manías raras que les iban creciendo con el tiempo y que minaban sus mentes y almas viejas. Pero él no estaba dispuesto a continuar siendo víctima de la soledad ni llegar al abandono. Así que fue perfeccionando su plan. Se preparaba un café o un té y de vez en cuando bebía una cerveza o un tequila, sorbía de a poquito para inspirarse y escribir lo que pensaba decirle. Después se aprendía los diálogos con los que según él lograría cautivarla. Cada día que pasaba sin disfrutarla y hacerla sentir viva, lo consideraba como un desperdicio “No es de Dios”. No era bueno que las personas que quedaban viudas con tantos atributos aprovechables dejaran que el tiempo se los marchitara hasta transformarlos en inservibles.    
Adela por su parte con el paso de los días, se iba haciendo ilusiones, suspiraba porque Víctor la invitara a tomar café, quería platicar y se imaginaba que tal vez hasta se reirían de las ligeras picardías que se pudieran expresar. Cuando eso pensaba temblaba de nervios por los alocados y descaradas insolencias que se le venían a la mente y le trastornaba la idea de que llegaran a culminar. ¿Cómo hacerle algo así a mi difunto marido? Se preguntaba. Luego más le asustaba la justificación que le brotaba como erupción de volcán. Y con un desusado atrevimiento en ella se preguntaba: ¿Y por qué no? Al fin ya no va a venir a reclamarme, ya no oye, no siente, no ve, no puede opinar. Y si está en un lugar mejor que en este mundo, muy egoísta de su parte sería negarme un gusto, aunque no sea con él. Se imaginaba que le discutía un poco y que le argumentaba para convencerlo y, que al fin lograba que él le respondiera: “!Adelante, si encuentras a alguien que te atraiga, que te agrade que te convenza, vive, disfruta¡ No temas, no te censuro, mi relación contigo terminó el día que fallecí, y no tengas miedo a lo que nuestras hijas ni el resto de la familia, mucho menos lo que los vecinos opinen, malo para ellos si no están de acuerdo, tu goza, es probable que nuestras hijas por el momento no entiendan tu decisión y se enojen pero cuando tengan tu edad razonarán debidamente y más si se quedan viudas como tú. Aprovecha antes que se deforme tu cuerpo y tu mente, no pierdas la oportunidad de reinventarte” Su fantasía y optimismo la hacía creer que eso le escuchaba decir. Luego le volvía el ataque de nervios, se le agarrotaba la garganta por la aflicción que sentía al recordarlo, agitaba sus manos frente a su cara como si eso le ayudara a pasar el mal momento. Abría su boca como si se asfixiara y por momentos casi gritaba pidiendo auxilio.
Llegó el día. Por fin habían coincidido en el patio trasero cuando él recogía su ropa del tendedero y ella sacaba las bosas de basura para ponerlas en la esquina de la calle.

—Buenas tardes —la saludó cortésmente.

—Buenas tardes Víctor. ¿Te tocó lavar hoy? —le preguntó por decir algo, y con la esperanza de iniciar una conversación.

—Sí, y con este buen tiempo de calor y viento se me secó rápido la ropa. Ya la plancharé mañana. Y a usted ¿Cómo le ha ido? digo… y a ti ¿Cómo te ha ido? 

Y así inició el notable momento. Hubieron de pasar dos semanas y dos días para que surgiera ese armonizado encuentro.

—Bien, me ha ido bien, ayer me visitó mi hija Teresa, tuve la oportunidad de disfrutar a mis nietos, Joaquín y Angélica, así se llaman.

—¡Qué bien! Y ¿ya están grandes sus nietos?
—Sí, mi nieta ya está en segundo de secundaria y mi nieto termina este año la primaria.
A Víctor se le fue alborotando el sentimiento. Se sentía en la gloria. No debía desaprovechar la ocasión e hizo la osada invitación.

—¿Quieres que platiquemos un rato?

Y sin esperar respuesta, se apresuró a su departamento para sacar dos sillas. Ella se quedó como maniquí. Cuando lo vio de regreso con las sillas, le dijo:

—Voy a poner las bolsas de basura en la esquina, ahorita regreso.

Él la vio alejarse, vestía una falda negra que le llegaba un poco más debajo de las rodillas, una blusa azul rey y unos mocasines negros. Unos aretes azules que resaltaban en su cuello y un reloj que marcaba las 6:40. Mientras regresaba, fue apresurado a buscar en el refrigerador algo para ofrecerle, también puso agua a en la estufa por si prefería un café o té y se aseguró de tener las tazas limpias.

El sol aún no se ocultaba, pero como la casa tenía el frente hacia al poniente, la barda posterior proporcionaba una generosa sombra, y ahí en el patio recubierto de cemento, acomodó las sillas que previamente había limpiado de prisa; además, tuvo tiempo de sacar la mesa de plástico con publicidad de cerveza a la que le puso un albo mantel que había comprado en el tianguis que se ponía en la calle matamoros los fines de semana. Se frotó las manos, su mente y sus ojos trabajaban afanosamente en los pormenores para que la convivencia fuera un éxito y que la conversación diera frutos y que esos frutos fueran un avance en la conquista de Adela, en realidad solo faltaba hacer un repaso de lo planeado tantas veces en días pasados.

Ella por su parte, con su astucia de mujer, moldeaba también su trama. Ya de algunas vecinas había escuchado las recomendaciones para no envejecer entre las que estaba la de relacionarse con alguien del sexo opuesto y estaba convencida que debía estar atenta a abrir la puerta y dejar que entraran las oportunidades que se le presentaran. Sabía que diariamente se debía bañar, arreglar su apariencia para que al verla se alegraran los ojos de los demás y… para lo que se ofreciera. Se había convencido que los halagos y el reconocimiento de las personas son buenos alentadores para conservarse en forma. Que no debía encerrarse en sí misma, ni en la casa, menos quedarse en el sillón sentada viendo televisión. Que la vida está en la calle, en los cines, teatros, en el campo en los paseos y no quería desperdiciar su físico en casa, incluso le había escuchado decir a la vecina Dora que hacer el amor, era lo mismo que correr quince kilómetros y que eso era saludable. Ya había guardado duelo más de un año por la muerte de su esposo. Todo ese tiempo había andado agachada con recato, consternada, ya se había aislado lo suficiente; era tiempo de volver a vivir, ahora caminaría alegre, con firmeza y estaba dispuesta a darse el chance de sentirse mujer. Víctor era unos tres años menor que ella, pero como todos, ella estaba convencida que él se veía más acabado físicamente que ella y que así harían una pareja de la que nadie descubriría la diferencia de edades. Haría lo siguiente: Apenas advirtiera la más mínima señal de un coqueteo, insinuación o invitación de parte de él, y… no perdería la oportunidad de… envejecer con, alegría, acompañada, protegida y más… Volvió de dejar las bolsas de basura en la esquina, y entró en su casa pensando en arreglarse un poco antes de volver donde la esperaba Víctor. Así que se fue directamente al baño a lavarse los dientes, al tocador a retocar su peinado, dos rocíos más de su perfume en su cuello, se miró en el espejo de cuerpo entero para acomodarse la blusa, y… levantarse un poco la falda, unos cuantos centímetros bastarían, pensó. Antes de concluir, de nuevo se admiró en el espejo de frente, de perfil y volteándose de espaldas tornó su rostro para verse los glúteos y, para resaltarlos se cambió los zapatos de piso por unos de moderado tacón y… en una decisión abrupta se quitó el anillo de casada. Era una viuda que fácilmente perturbaba el sueño de cualquiera, porque su pecho era altivo, enérgico y su trasero grande bien formado, osado, y que con la motivación de la cita pensaba exhibir gustosa como parte de su estrategia para atraer su atención.  

Nerviosa abrió la puerta que daba al patio, ni oportunidad tuvo de arrepentirse, lo primero que vio fue el rostro alegre de Víctor. Por su pudor y los nervios le costó trabajo dar el paso que la pondría de lleno frente a él; el patio media nueve metros de largo por dos y medio de ancho, en un extremo estaba la lavadora, y el boiler de gas, una pequeña artesa de madera para lavar a mano regalo de su abuela. Unos tendederos enganchados a unas armellas de acero fijadas en la pared, ya Víctor los había desenganchado de un lado y haciéndolos rollo los había colocado en un extremo para que no estorbaran; frente a la puerta que daba acceso al patio estaban unas plantas tembleques en unas macetas de barro traídas de Tlaquepaque.

—Siéntate Adela por favor —le pidió, haciéndole un señalamiento con su mano diestra e inclinándose un poco.

A Adela le pareció que en el lenguaje corporal de Víctor había una clara expresión de: “Puedes hacer conmigo lo que quieras” Se cohibió, pero se sintió halagada y ese detalle estimuló su confianza y su creencia de que no se había equivocado al aceptar charlar con él. Apenas se había sentado en la silla cuando de inmediato él le preguntó:

—¿Te ofrezco alguna bebida en especial? Tengo calentando agua para café, o té, puedo servirte refresco de cola, hacer agua de frutas. Es más, ahora que recuerdo tengo nieve de vainilla que con este tiempo cálido se apetece. —dijo y esperó respuesta.

La miró a los ojos con tanta atención que la incomodó. Ella juntó sus labios, sus mejillas se sonrosaron, paseo su vista por la mesa, y por fin correspondió a su mirada y dijo:
—Creo que un poco de nieve, y más tarde podríamos tomar café con pan yo coopero, tengo en mi alacena unos que compré hace rato en la panadería.

—¡Estupendo! totalmente de acuerdo.

A Víctor el corazón le danzaba de alegría y en unas tasas de vidrio transparentes que afanoso volvió a limpiar con una toalla recién lavada sirvió la nieve. Nunca se había esmerado tanto en que todo le saliera bien y lo hizo de forma dinámica no quiso darle ocasión para que se arrepintiera de estar ahí con él en lo reservado, sin testigos. Solo ella y él, porque los vecinos de enfrente, de atrás, de al lado estaban en sus rutinarios afanes, incluso la mayoría ya viejos se estaban preparando para meterse a sus camas a dormir. Nada más que pedir, los acontecimientos se iban acoplando a sus planes y deseos.

Al regresar, ella estaba ahí, tratando de ocultar su emoción, se jalaba la falda para tapar un poco más sus rodillas, pero era todo lo que bajaba y ni a quien echarle la culpa, ella misma momentos antes se la había subido desde su cintura en un gesto de coquetería, solo una leve señal de arrepentimiento sentía. Aunque ahora que volvía Víctor sonriendo y con la nieve, ese sentimiento de arrepentimiento se le disipó en lo absoluto y le volvió el gusto, la tranquilidad y confianza. Lo que son las cosas, pensó: Ahora estoy conviviendo con un hombre en mi propia casa. ¿Qué dirán las?… De nuevo venía la tímida sensación de flaqueza, pero su reacción fue rápida ¡Que se vayan a la porra las vecinas! no me importa lo que digan. Al fin no vivo de ellas y, siguió pensando: Mis hijas no pueden darme lo que espero de… Víctor. Quiero deleitarme, gozar el momento, como si fuera mi fiesta, quiero echar las campanas al vuelo, desinhibirme porque… quiero. Total Víctor es buen mozo, persona amable, siempre ha sido educado con todos los vecinos y hoy… hoy que nos pasen cosas bonitas, de eso tengo ganas y… que el aburrimiento, mi miedo, el fastidio y la rutina se vayan… lejos, muy lejos y, si pueden que no regresen nunca.  

Luego, cuando cogió la tasa con nieve que él le ofreció, puso en su rostro una recatada sonrisa de ensueño y lo vio de frente para agradarle y le dijo gracias. Su coquetería iba en aumento. Ahora estaban sentados frente a frente y empezaron a deleitarse con la golosina haciendo triviales comentarios de la calidad, marca, sabor y hasta del costo; con esas conversaciones y actitudes solo hacían fintas, se estaban estudiando como lo hacen algunos boxeadores en el primer round. Víctor sintió que era el obligado a iniciar una solapada pero agresiva conversación y así lo hizo.  

—Pues sí que está rica la nieve, que afortunados por poder comprarla, compartirla y disfrutarla, pero bueno… eso lo digo por mí. ¿Sabes Adela? Quiero que sepas que estoy muy contento y agradecido con la vida que me ha tocado vivir, esta ciudad a dónde vine a dar por cuestión de trabajo, pero más estoy satisfecho por la coincidencia de estar en este momento, en este espacio de tu casa, y contigo. Estos detalles me hacen sentir dichoso tanto que hasta la envidia por los que tienen más que yo y los malos momentos que he vivido se me desaparecen. Es que… ¿sabes? no cualquiera tiene la suerte de estar con alguien como tú y no es…

—¡Ay qué cosas dices Víctor, ni que fuera para tanto —dijo sin dejarlo terminar y se ruborizó!

—Claro que es para tanto y para más. En realidad, estar aquí contigo es… maravilloso, mira lo siento aquí y acá —se tocó el pecho, la frente y siguió—. Creo que hasta mis sillas están contentas por no estar vacías.

Ella se extrañó al oír esa última frase, de pronto le pareció que no tenía sentido, pero al momento se dio cuenta que lo decía por ella que estaba sentada en una y por él que ocupaba la otra y paladeó la adulación junto con una cucharada de nieve. Hacía mucho tiempo que nadie le decía cosas así, tan románticas, pensaba. En el espacio de tiempo que se dio mientras él degustaba una cucharada más de nieve, se acordó que su marido nunca la aduló, ni le escuchó decir palabras como las que Víctor estaba diciéndole. Su difunto esposo era parco, seco, introvertido, nada sentimental, responsable sí, pero era todo, una o dos veces la había llevado al cine, al teatro nunca, a bailar menos. Le entró melancolía al recordarlo. Se le ensombreció el rostro, se le hizo un nudo en la garganta, a punto estuvo que le brotaran lágrimas y justo en ese momento sintió que él se había dado cuenta y ¿cómo no? Si estaba al pendiente de todo lo de ella incluyendo su estado de ánimo. Por eso, sutil se le acercó, le tocó suavemente el hombro, el brazo y le propuso que se tranquilizara. Ahora lo tenía a su lado cerca, muy cerca, no se movió por miedo a lo que pudiera seguir y lo que siguió fue un delicado abrazo. Al sentirse protegida y acompañada en su sentimiento, no pudo contenerse y refugió su rostro entre el pecho y el hombro de él y así pudo aspirar la seductora fragancia del perfume que usaba.

—No estés triste, no quiero que te pase nada —le dijo y continuó—: recárgate con toda confianza, verás que con eso no ocasionas ningún problema, que no te de pena ni vergüenza, nadie nos ve, no nos escuchan, recuerda estamos solos, nadie ha llegado ni va a llegar, no es día que te visiten tus hijas, a estas horas estarán preparándose, revisando las tareas de sus hijos para que cumplan y asistan puntuales mañana a sus escuelas. Si alguien toca la puerta, no abrimos, y si después reclaman, diremos que estábamos acá atrás en el patio y que nos disculpen porque no oímos. ¿No crees?

—Está bien, pero ya deja que me las arregle sola con mis congojas, es que de pronto recordé a mi esposo y… el dolor me deprimió. Pero ya voy a estar bien.

Después de esa tonta expresión defensiva que le salió por traición de su subconsciente se arrepintió y sintió temor que se paralizara el cauce que los sucesos iban tomando. Aunque para su fortuna no sucedió así.

—No qué va. No te voy a dejar sola, te acompañaré un momento más aquí cerca. Ahora que, si crees que te sentirás mejor adentro de tu casa, sentada en el sofá, permíteme llevarte y te preparo un té para que te lo tomes despacio y verás que te llegará la tranquilidad.

Ella como autómata respondió que por el momento prefería continuar ahí y ya calmada se sintió a gusto y segura porque Víctor estaba ahí con ella y en su terreno. Y… le tocaba hacer su disimulada emboscada con astucia, para que resultara grata y provechosa la tertulia. Y reflexionó que mientras más se detiene uno en las desgracias, mayor es su poder para hacer daño. Con el reposo tomó su segundo aire, le vino el optimismo y le creció la ilusión de sentirse mujer plena, como corresponde, como manda la naturaleza. Estaba decidido y ella pondría su esfuerzo para que sucediera.

—Me apena comentarte Víctor, pero… ¿sabes? desde hace meses me siento mal de mi pierna derecha, a veces me duele tanto que hasta tengo que utilizar un bastón; no lo he usado desde hace días porque me he sentido muy mejorada y el doctor me recomendó que dejara de usarlo poco a poco, pero ahorita, seguramente con la emoción, la depresión o no sé qué, se me bajaron las defensas hizo que volviera ese dolor, es mi rodilla la que me molesta un poco, justo aquí. Y se tocó la rodilla derecha y su alrededor.

—¿Y tomas pastillas o te untas alguna pomada para ese dolor que dices tener? —dijo aguantando una expresión de felicidad por haberla escuchado decir entre otras frases, que sentía emoción.

—Mis hijas me han comprado una que sirve para desinflamar y calmar el dolor. Por mi cuenta también tomo algunos analgésicos y así me la voy pasando.

—Tal cosa me has dicho Adela, permite que sea yo quien te aplique la pomada, desde luego, te pido que no desconfíes. Te la aplicaré con cuidado y con la firme esperanza que te alivies. ¿Dónde tienes esa pomada?

—Está en el cajón del peinador que está en mi recamara, que es la primera a la izquierda, se llama dolaren, en la caja dice que es anti inflamatorio y analgésico. Pero… me da pena causarte molestias, mejor luego me la aplico yo.
—No, no, nada, nada Adela, por favor no digas eso. De hecho, soy yo el agradecido por tener la oportunidad de servirte de algo y ¿sabes? de sentirme útil. Voy a buscar ese medicamento, con permiso.

         Y se encaminó a la recamara donde percibió un olor a limpio y el sutil aroma del agradable perfume que le había detectado, de reojo vio un crucifijo arriba de la cabecera de la cama, a poca distancia el cristalero del comedor, con figuras de porcelana, un ramo de novia que tal vez perteneció a alguna de sus hijas, copas de diferentes colores, una vajilla completa de cerámica con acabado fino, unas botellas de vino, tequila y whisky, unos tarros de vidrio grueso para cerveza y unos platos antiguos; en las paredes de la sala colgados estaban la fotografía de casados pintados los colores de estudio, el color de la piel de ambos con un rosa pálido, el pelo café,  bien parecido su difunto esposo, no se podía negar, una bonita pareja, pensó.  Los cuadros de agradecimiento de sus hijas por las carreras profesionales recibidas, un cuadro de unos ochenta centímetros con la última cena; muebles de terciopelo rojo tinto cubiertos con fundas de plástico, una televisión arrinconada, en la mesita de centro retratos de la familia, un comedor de caoba de seis sillas, limpieza y orden notó. Ya en la recamara con cuidado abrió el cajón del peinador, paseo la vista buscando la pomada, hurgó un poco con sus dedos y la encontró. De regreso iba abriendo el frasco, aspiró su olor, acercó su silla al lado de Adela y se dispuso a untarle el medicamento en la rodilla. Con delicadeza subió un poco la falda para no ensuciarla, ni siquiera tocó la piel, ella enrojeció, cerró sus puños y los ojos y abochornada volteó hacia la pared mientras Víctor hacía lo que le había ofrecido. Fue palpando cautelosamente para que no se fuera a escandalizar, le pidió total relajamiento y que se olvidara del recato y del bochorno, que ya eran adultos le recalcó; le sugirió que recargara la cabeza en la pared. Para facilitarse la aplicación de la pomada subió la pierna sobre las suyas, le quitó el zapato y, apareció su pie muy blanco con unos dedos pulcros, las uñas con un corte perfecto, recién pintadas con un esmalte transparente, por un instante, se le quedó viendo recreándose, iba a manifestarle su admiración, pero ella, adelantándose y a manera de aclaración le dijo que don Ramiro el podólogo que vivía en el 231 de la misma calle se encargaba de atenderla en esas tareas. Víctor primero se frotó las manos, y le explicó que con eso se generaba energía y que ayudaba a curar el dolor, ella entró en una especie de turbación al verse con su pierna a merced de su inquilino. Tensionada abría y cerraba los ojos, volteaba a los lados para que no la descubriera, para no se diera cuenta de sus cambios emocionales, pero era imposible porque él estaba escrupulosamente al pendiente de cada detalle, pero él no se inmutó, esperaba esa reacción. Sus manos con la pomada tocaron su rodilla y parte de su pierna tibia, suave, sin celulitis ni varices, deslizando sus manos de forma horizontal, luego vertical, también hizo círculos y líneas rectas tratando de que la pomada penetrara en su piel y le aplacara el dolor, el ambiente se llenó del olor agradable pero raro del medicamento. Sospechando que la traía inflamada, vio la otra e hizo la comparación y no se notaba diferencia, eran casi del mismo tamaño, forma y color. Después continuó embadurnándole la pierna, primero suavemente, luego gradualmente oprimió en la rodilla, enseguida hacia la pantorrilla y subió un poco hacia el muslo. Ella no protestó, mantenía su boca y sus ojos cerrados y sus manos quietas, conforme avanzaba el palpamiento, el gesto de su rostro iba transformándose de gestos de dolencia a gestos de calma, de deleite, para terminar en gozo y comentó:  

        —Que suave tienes tus manos Víctor, hasta parece que hubieras estudiado para eso de aplicar pomada. Siento como si se me estuviera adormilando la rodilla y solo me has puesto en una.

          —Por mí Adela, si gustas te unto también en la otra pierna.

          —Y ¿no te molesto? ¿No tienes otra cosa que hacer en tu casa?

       —Por supuesto que no Adela y si tuviera cualquier otra tarea por hacer, pasaría a segundo término, ahorita para mí, lo importante eres tú. Estoy feliz de que me hayas permitido hacer algo por ti.

          —Bueno, siendo así, frótame la otra rodilla, pero insisto, disculpa tanta molestia.

          —No, no. Por favor no digas eso Adela, al contrario, gracias por la confianza.

          Víctor tuvo el pretexto ideal para continuar regodeándose con palpar esas rodillas y, como anhelaba más, codicioso subió la falda mientras ella continuaba ya solo con un supuesto bochorno. Él agradecía al destino el placer de poder tener tan cerca esas piernas tan blancas, voluptuosas, sin celulitis ni varices y aunque no tenían la firmeza de una adolescente se palpaban refinadas, deleitables. Continuó el ritual, se frotó las manos y reanudó la aplicación, pero ya con más familiaridad, sus manos ya no solo untaban la pomada, sino que también mundanas manoseaban, mientras ella como hechizada gozaba el palpamiento y por supuesto, se estaba excitando, pero no quería perder la cordura, aunque le costaba trabajo. Víctor hizo un leve movimiento como dándole a entender a Adela que debía separar un poco sus piernas para untar mejor la pomada. Ella no perdió la oportunidad y fingiendo que no se daba cuenta, colocó una de sus manos sobre sus cerrados ojos y separó más, dando oportunidad a que a placer la contemplara. Era una clara señal de erótico coqueteo, así lo había fraguado ella y lo logró.  Ahora la frotación era más extensa tanto en la rodilla como en el muslo. La respiración de ella y la de él iban en aumento, aunque los dos trataban de enmascarar esa emocionante inquietud. La falda ya iba más arriba, pero… ya no subía más.  !Qué problema¡ pensó Víctor, lo ancho de sus caderas no lo permitían, había que bajar el cierre pero ella no iba a hacer eso en ese momento ni en ese lugar, se vería muy atrevida e indecente. Además, chocaría con su decoro y disfrazada estrategia. Pero de todas maneras propuso la solución. 

           —Me está oprimiendo mucho la falda, ya no sube más, será mejor que vaya a mi recámara a cambiármela por una bata ¿Qué te parece? —dijo como cuidando su decencia.

             —Buena idea —dijo Víctor.
Y le bajó la falda que llegó a las rodillas, la ayudó a levantarse, pero ella fingió que caía, él la sujetó del brazo y la acompañó a la recámara. Luego que la puso frente al guardarropa hizo el ademán de retirarse, pero ella lo atajó.

            —No Víctor no te vayas, quédate por si me mareo, no me siento segura, solo girarte para que no me veas, yo te digo cuando me haya puesto la bata.

            —Está bien. Aquí me quedo junto a la cama.

         No hubo más comentarios de momento. Pero Víctor la podía observar a través del espejo del tocador que estaba en el extremo opuesto y… enmudeció, ella fingió no darse cuenta, se quitó la blusa, luego la falda y quedó con una pequeña braga y sostén, así hurgó dentro del guardarropa hasta que encontró su flamante bata corta de dormir que había reservado por si algún día se ofrecía, estaba confeccionada de una tela tan delgada y transparente que más bien parecía negligé, calmadamente se la puso, abotonándola solo hasta un poco más debajo de su cintura. Cuando iba a voltearse, Víctor sin alejarse de ella, se recorrió nervioso al lado de la puerta para que no se diera cuenta que la había observado.

         —Víctor, no me siento segura con mis piernas, las siento adormecidas, y como que me tiemblan, como que me quiere dar un váguido, y temo que no me sostengan, por favor ayúdame a subir a la cama.

           —Sí claro. Apóyate de mis brazos y manos o de donde gustes, siéntete segura, yo te llevo.

          Despacio llegaron a la cama, se sentó primero, enseguida volteó para buscar su acomodo y suavemente se fue dejando caer, luego él ayudó a que subiera sus piernas, primero una, enseguida la otra y entre ese tiempo la vio más plena; le quedaron por completo de frente, la tuvo cerca y por un breve instante se deleitó mientras ella fingía no darse cuenta y, en realidad el dolor no era intenso, ni siquiera a remedo de dolor llegaba, era su argucia para sentirse atendida, contemplada, admirada y deseada, y sin perder el hilo de su intención, quiso que ese deseo fuera delirante, apasionado, ardiente. Eso satisfacía su ego de mujer y para eso recurría a su astucia natural.

             —¿Sigo aplicándote pomada? 

           —Si me haces favor ¿sabes? Me estoy sintiendo bien, está cediendo el malestar, casi ya no me duelen y me está llegando una sensación de alivio que me gusta.

         Había quedado a mitad de la cama, recostada totalmente con las manos en su abdomen. Se le podía admirar a placer, su bata daba toda esa ventaja y ella se aguantó el pudor, la vergüenza y el bochorno; esas angustias quedaron recluidas allá muy adentro de ella sin posibilidades de aparecer.  Cuando Víctor fue por la pomada pensaba: Qué emocionante se está poniendo la situación con Adela. Ahora que no hay prisa, si se me hace el sueño de tenerla entre mis brazos, la amaré de punta a punta, así como lo he imaginado, despacio, sin sobresaltos, en silencio me enredaré en su cuerpo. Cuando regresó, ella, siguiendo su táctica se había recorrido rápidamente hacia la pared, dejando espacio para él por si se atrevía.

             —A ver Adela, ya estoy aquí.

            Lo escuchó y al momento se reacomodó, quedando con su rostro al techo, con sus ojos cerrados, y maquinalmente de sus manos surgió un ademán fuera de lugar, parecía que llamaba a Víctor para sí. El subconsciente la traicionaba. Él se hizo el distraído, y despojándose de sus mocasines, subió a la cama porque desde abajo no la alcanzaba, con un breve empujón en el costado de ella que daba a la pared, le pidió que se hiciera al centro de la cama, ella obedeció ya no había porque negarse y él no tuvo otra opción más que con sus piernas abiertas montarla y literalmente así quedó sobre las de ella que se acomodó como conejo en su agujero. Solo unos pocos minutos más Víctor frotó pomada en esas rodillas, pantorrillas y muslos lo que le provocó una excitación hermosa difícil de dominar.  Ahora sus manos con el permiso otorgado de obra, no de palabra y ya sin pomada navegaban libres por las piernas, caderas, cintura, hombros y senos a los que se atrevió a besar; ella no lo evitó, sino que emocionada colaboraba moviendo su cuerpo hacía donde él quería con breves impulsos, su boca dejó besar, y como consecuencia lógica de tanta caricia y ternura sus piernas se separaron... En ambos el sexo maduraba con furor. El vértigo de una entrega ansiada los envolvió, los besos fueron subiendo de tono, y estrenaron gemidos de gozo, placer, felicidad. Sus emociones y acciones bailaron salvajes coqueteando con el erotismo. Los duendes libidinosos y obscenos se manifestaron con el sexo en ebullición. Ni tiempo de apagar la luz. Sobró la ropa, se despojaron de ella, la tiraron fuera de la cama, en diferentes direcciones y sin dejar de besarse, vehementes surgieron palabras idílicas, apasionadas que luego se elevaron buscando salida para dejar espacio a otras muchas más que emergieron desde sus corazones que excitados temblaban como tambores de guerra y del dolor de  rodillas no se volvieron a acordar; se dieron a plenitud, con completa conciencia de lo que hacían, sus vidas se complementaban sin escrúpulos, sin límites, se abandonaron a la felicidad que los abrazaba. Sin palabras sino con acciones reconocieron con beneplácito que era preciso por la vida de ambos disfrutar cada momento, cada movimiento, cada caricia, cada beso, aliento, gemido y hasta el rose de sus cabellos y, con el mismo delirio, todos los rescoldos de sus cuerpos eran agasajados. Estaban siendo cautivados por agradables sentimientos, continuaron emergiendo palabras dedicadas a halagarse, ninguna de reproche, ningún gesto de vergüenza, convencidos de que es imposible pasar por la vida sin compartir; preferible repartir aunque se cometan algunos desvaríos pecaminosos; hacía muchos, muchos minutos que la melancolía, pudor, recato, la vergüenza y hasta sus miedos se habían despedido de ellos, como no queriendo interrumpir, se fueron alejando lentamente sin que ellos hicieran nada por detenerlos o como si no se dieran cuenta que se estaban retirando. Se mostraban desnudos por vez primera, y ya luego los diálogos fueron disminuyendo. Las estrellas seguían su curso allá en el firmamento, pero ellos no se asomaron a ver, ellos se ocuparon en seguirse explorando en lo profundo de su intimidad, metiéndose cada uno en el cuerpo del otro de forma insaciable.

           Acababan de descubrir que el amor a pesar de sus años no era un concepto pasado de moda, sino por el contrario, era algo que ellos podían hacer renacer y vivir con voluntad, anhelo, sentimientos, pasiones y disposición sin fin.

           Sin ningún sinsabor habían terminado su enfiestada intimidad que llevaron a cabo con prodigiosa imaginación y templados en el mismo tono, sin importarles que Dios los pillara en pecado mortal, total, entregándose hasta el alma ellos habían logrado llegar a la gloria. Luego permanecieron dormidos, pero no por mucho tiempo, media hora más tarde se acometieron de nuevo, vibraron sus cuerpos, agregaron ternura, delicadeza, y con más ingenio se atiborraron de gozo hasta eructarlo. Después, quedaron acurrucados, suavemente vencidos uno junto al otro, como si fueran una pareja que había compartido mil noches juntos, durmieron despreocupados sin importarles donde ponían sus manos ni sus pies, no se notaba donde iniciaba uno y donde terminaba el otro, hasta sus sueños se confundieron, al amanecer no supieron quien los había soñado si ella o él, y cuando uno se movía bajo las sabanas el otro se acomodaba en el espacio que quedaba libre. Sin querer, dieron con la felicidad como una recompensa por haberla llamado con la intensidad de sus enmascaradas acciones. Y comenzaron a aprender que entre ellos había nuevas e inquietantes emociones. A partir de entonces quedaron ensartados en los palos afilados de sus propias trampas de amor

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