Es sábado
Es
sábado
Fui al centro a tomarme
una dosis de refrescos de cebada, la cantina estaba llena de parroquianos consuetudinarios, ocasionales y novatos, me senté en una
esquina y escuché la conversación de dos clientes que también bebían acodados
en la barra. Uno flacón, moreno, de piel
curtida por el sol con un sombrero una camisa amarilla con un pantalón negro.
El otro con cara de ayudante de albañil, gordo, risueño, rozagante, extrovertido y de hablar fuerte.
—Soy de un rancho
del municipio de General Cepeda —dice el flacón moreno—. Extraño mi casita, la
tranquilidad, el aire limpio, mis perros y el tiempo de elotes. No aguanto la
descortesía de la gente de aquí de la ciudad, no saludan, pasan a un lado y lo ignoran a uno como si uno no existiera. Vivo en una privada,
y lo que más me molesta son las paredes delgadas, las casitas de dos cuartos,
la sala chiquitita igual que la cocina donde apenas cabe mi vieja. Quiero
rentar otra casa aunque sea en una colonia retirada pero independiente y un poco más grande, donde
vivo todo se oye.
—No se apure compañero —dice el
extrovertido—. Yo también soy de campo y créame que entiendo su queja y su
nostalgia, ahora que, si usted tiene paciencia esas paredes delgadas tienen su
lado positivo.
—Pos no sé cual, por lo que a mí
respecta me producen úlcera, porque ni un pedo a gusto me puedo aventar.
—Mire amigo, le voy a contar
algo de mí. Cuando mi señora y yo llegamos a esta ciudad, la colonia donde
vivimos nos pareció horrible, porque ahí también son casas pequeñitas, pintadas
por dentro y por fuera color crema, azul, y verdes puros colores apastelados,
tristones, también con los inconvenientes que dice usted.
—Uf… ni me hable de esos colores
padecidos.
—Bueno. Al principio nos costó
adaptarnos. Pero un día, a la cuadra, al lado de mi casa llegó una pareja de jóvenes
recién casados. De esos enamorados, por la noche se empezó a oír el traqueteo
amoroso, los gemidos y gritos de placer. Escuchábamos muy bien los de al lado y
los de atrás. Nos contagió a todos, gracias a las paredes delgadas y patios
pequeños donde apenas cabe un tendedero. La noche siguiente esos ruidos de
encuentros amatorios se fueron generalizando y de nuestra cuadrita se pasó a la
otra y a la otra. Recuerdo que mi señora y yo hasta nos fuimos a la avenida por unas ricas enchiladas, refresco para ella y dos cervezas para mí y cenamos como en
nuestros primeros tiempos de casados y ya luego, siguiendo el ejemplo del joven matrimonio seguíamos el ritmo de
la melodía placentera de la entrega carnal. Mire, para no hacerle el cuento largo, a los días en esa colonia había paz, alegría y hasta amabilidad. Ya no
se escuchan tantas peleas al contrario el trato entre vecinos se convirtió en
amable. El de la casa atrás de la mía le faja a su señora con tanto entusiasmo
que parece que están aplaudiendo ¿me entiende?
—¿Y los que viven solos?
—En la colonia había cuatro personas solas, dos mujeres y dos
hombres. Una señora grande que le dicen Lucy y otra no tanto, que se llama Claudia.
Don Chuy y Raúl que viven en la cuadra de enfrente, bueno, pues al sábado de la
semana, don Chuy le mandó flores a doña Claudia y, Raúl visitó a Lucy llevándole
una caja de chocolates. Al siguiente día los periódicos que les llevan cada
ocho a esas damas, día estuvieron ahí tirados hasta como a las once de la
mañana. ¡Imagínese! Con decirle
que hasta llegan chavos que llevan flores por encargo.
Cualquier
reunión entre vecinos son ahora tranquilas, alegres y casi todos nos tratamos
con amabilidad. Creo que con “esas entregas pasionales” sobraron los libros de autoayuda, la
televisión ya poco se ve, la gente ya no tiene necesidad de ir a la gimnasia,
por las noches se hace suficiente ejercicio.
—¿Y los niños cómo están?
—Sanos y alegres, en la escuela les va bien ninguno reprueba
—¿Y las mascotas?
—Si se refiere a los perros y gatos, están saludables y contentos
igual que sus dueños y ya todos conocen a los vecinos. Bueno, hasta las macetas
están verdes y llenas de flores cuando antes hasta los cactus se secaban y las
flores de plástico se marchitaban. Por eso le digo amigo, aguántese un poco más
y verá que en cualquier momento pueden cambiar para bien las cosas para usted.
Y ahora discúlpeme, pero me tengo que ir. Es
sábado y es la hora de la siesta pero al rato la colonia empezará a
llenarse de runrunes apasionados, mi vieja me está
esperando y no quiero que se sienta sola, se me vaya a decepcionar.
Ansberto
Rangel Pérez.