Recuerdos fragmentados de mi pueblo
Recuerdos fragmentados de mi pueblo
—Oiga señor Ansberto y por qué habla tanto de
su pueblo, si hace cuarenta años que no vive allá. ¿En verdad se acuerda de los
detalles que nos narra o los inventa? —me pregunta un lector. Me alegro, porque a
todos nos gusta que se nos reconozca por algo, o por alguien.
—Las dos cosas —contesto.
En mi pueblo la gente se acostaba
temprano igual que las gallinas en sus casas pobres pero llenas de alegría,
pero antes que el sol saliera ya todos tenían los ojos abiertos y se
levantaban, porque ya no había más que hacer ahí acostado. Ya se había
convivido con la mujer, ya se habían atendido las gripas de los hijos y ya los
habían arrullado, además era la hora en que los quehaceres del hogar y de los
trabajos comenzaban.
Si se trataba de un domingo, el
primer ruido que sacudía la atmósfera matinal, era el paso de los burros que
llegaban de las comunidades cercanas del municipio. Traían leche, nopalitos,
tunas, aguamiel, quesos, dulces gorditas de horno, carbón, leña, para las
cocinas, piedras laja para la construcción de fachadas, zacatal para empacar
los productos de las alfarerías, gallinas atadas de las patas, huevos de las
mismas y de coconas y muchos productos más del campo. Se escuchaban el trotar
estrepitoso de sus cascos en el empedrado, los sonidos sordos en las calles de
tierra. Más tarde iniciaba el tañer de campanas convocando a los fieles a la
misa de cinco en el templo La Soledad, ese dulce tañido llegaba hasta nuestra
cama para darnos los buenos días. Las palomas volaban en círculo de la torre
como parte del matinal ritual. Ir a esa misa, era un orgullo. Después, durante
el día se podía presumir: “Yo fui, a la misa de cinco” Antes de las seis de la
mañana en la plaza principal enfrente de la tienda de don Lupe Ochoa, don Samuel
Ortiz, encendía el motor de su camión y gritaba a los pasajeros que se subieran
ya, porque iniciaba su viaje a la estación del ferrocarril. Una vez que
arrancaba ese camión iba despertando a su paso con su aturdido ruido a los
habitantes de la calle Allende.
Recuerdo a don Socorro un señor al que le fallaba
un ojo, tenía atrás de su oreja izquierda una protuberancia al tamaño de un
limón real, timboncito él, con un sombrero de detective, se paraba en la
esquina que forman la calle Miramar y el callejón de La Paz para atajar los
vendedores de las comunidades colindantes y comprarles sus productos que luego
revendía en su negocio de zapatero remendón. Ahí el vendedor iba descargando y
amontonando en la banqueta de enfrente las cargas de leña o de carbón que el
desconfiado de don Socorro contaba hasta dos veces antes de pagarlas.
Don Anselmo Acosta, tenía una fragua, entre semana él
solo encendía y avivaba el fuego para hacer herraduras y clavos de hierro para
los caballos, burros y mulas, los domingos se llenaba de esos animales la calle
Constitución desde la casa de don Pancho Rojas hasta la calle Belisario
Domínguez, sus hijos Jesús y Miguel, eran quienes se encargaban con mucha
valentía y destreza de herrar esos animales, no era fácil, con un martillo insertaban transversalmente seis clavos en las
pezuñas y sujetar la herradura,
yo me admiraba de cómo se acercaban a los equinos y luego de tranquilizarlos
con unas sobadas en sus ancas con los mismos martillos con los que hundían los
clavos, se les metían debajo por los costados les levantaban sus patas las
ponían entre sus piernas y les instalaban las herraduras, a uno, otro, otro y
muchos animales y nunca los vi o supe que los hayan pateado.
En el jardín del pueblito, (Plaza
Aquiles Serdán) era común ver a los hijos del doctor Myers florear la reata y
practicar diversas suertes para el domingo participar en la fiesta charra.
De las casas del centro, salían sus
habitantes, bañados, perfumados y bien peinados como don Emigdio Martínez,
Jesús Bueno, el señor Yfarraguerri, el doctor Myers, el doctor Torres,
Montelongo, don Trinidad Manteca y don Juan Rojas que se había ganado a pulso
la aceptación en ese círculo privilegiado de los principales del pueblo y otros
más. Se dirigían a sus negocios, a sus oficinas, a desayunos para relacionarse.
Las sirvientas de la casa llevaban la basura para botarla al rio cocinero.
Ningún otro ruido extraño turbaba la tranquilidad del pueblo. En seguida, era
tiempo de iniciar a revisar si los condimentos para la comida estaban
completos, encargar los faltantes y empezar su preparación para tenerla lista a
la una treinta.
Muchas, pero muchas veces atravesé
el río cocinero tomándolo como atajo para ir a la escuela Miguel Campusano, el
horario era de 09:00 a 12:00 y de 03:00 a 05:00 pm. También lo exploré caminando con dificultad,
aspirando malos olores, espantándome las moscas y enlodándome los zapatos, desde
más allá del mercado hasta Los Pinos, donde Hilarión y Manuel su hermano
cuidaban las vacas de su papá.
Mi pueblo era placido y quieto, las
abuelas tranquilas arrullaban y dormían en su regazo a sus nietos con golpecitos
de sus acariciadoras manos, manos que todo prodigaban sin reclamar nada, las
que por aliviarnos eran capaces de quitarnos las espinas y clavárselas ellas si
fueran necesario, manos maternales que perfumaban, acariciaban, mimaban y
borraban tristezas; en abril los vientos plenos de frescura llevaban en sus
alas notas de inocencia. Los paisanos, eran rectos, de trabajo honrado y
constante. Hasta yo vendía gelatinas por las mañanas y paletas de hielo al
medio día, otros niños como yo se ganaban la vida haciéndoles la competencia al
Tintan y el güero su compadre boleros profesionales.
Por la tarde empalideciéndose el
cielo venía la hora de la tertulia de las esposas de los señores importantes,
se reunían a tomar té o café y a jugar a “los tijeretazos” Era un deporte muy
apreciado que tenía muchas seguidoras. Si no venía a tiempo fulana o perengana
es que andaba de… coscolina de fulano o tal vez ya estuviera con perengano, la
cosa es que normalmente se hacían comentarios hirientes, productos de la
envidia, porque ¿a quién no le iba a gustar hacer lo que no era muy decente
digamos y encima de todo tener la suerte de que su marido la consecuentara o que
hiciera como que no se enteraba?
Cuando
entraba la noche, pasaba don Francisco Ibarra en su bicicleta y una garrocha
con un gancho en la punta para encender la luz, unos focos que mezquinamente
alumbraban las calles empedradas y llenas de hoyos. Aunque el pueblo alumbrado
de esa forma daba pie para la tranquilidad nocturna.
Encendidas
las farolas se podía acudir a la plaza principal que estaba sumida entre
penumbras de sus viejos pinabetes llenos de tordos que defecaban tranquilamente
sobre los paseantes. Era la plaza principal un delicioso bosquecillo con flores de esencias
embriagadoras que a uno lo hacían soñar,
su kiosco en domingo se engalanaba con la banda de los once viejos que tocaban
música de viento haciendo el deleite de sus paseantes, de su círculo y sus avenidas
llenas de perfumados aromas extrañando a los visitantes que sabían que la
cabecera municipal estaba en medio de un clima semiárido. En el mercado
Hidalgo, es obligado a visitar a mi amigo Coco, a comprar jugo de naranja,
zanahoria, licuados de plátano, jeréz con huevos de gallina o de codorniz.
Que ya no es igual. No sé,
ni quiero saber. Es más, cuando a mi pueblo voy de visita, no paso del barrio
San Miguel, de la Tenería, Esquipulas, el panteón, San Antonio y del Santuario, de los campos
cinco de mayo, del lienzo charro, del campo Esparta, tengo presente la estación
de tren, fui a la subida a los cerros de El Fraile, Tepeaca, lo demás… Me
deprimo cuando ya no puedo ir a los solares de los zapotes porque
desaparecieron ahora están llenos de casas donde vive gente que no conozco y
creo que tampoco ellos me conocen a mí, y donde además sorprendentemente me
pierdo entre sus calles, solo logro orientarme levantando mi vista en busca de
la torre de la iglesia principal.
Ahí quedaron y existen
recuerdos gratos de mis primeros amores. Entonces no contábamos los años. Ahora
vivo en una ciudad indiferente, en lugar de mi pueblo tan conocido, tan amado,
donde se encuentra parte de mi familia, donde el toque de campana saluda al
alba entre el coro de palomas y el canto agudo de los gallos que cuando lo hacen
pareciera que tragan sol, donde despiertan mis amigos exuberantes de vida y
embriagados de luz, en cambio aquí yo… rodando como piedra del suelo y
evaporándome como humo de chimenea me paso la vida envidiando y extrañando a la
legión de mis amigos.
Ansberto Rangel Pérez.