Amor de un militar
Amor
de un militar
Francisco Yfarraguerry hijo de familia acomodada, era Teniente de
caballería en el ejército. Ese día luego de bañarse a conciencia, se pulió las
uñas de las manos y pies, se arrancó los pelos largos que salían de sus narices
y de sus orejas, se pulió los dientes con triza de carbón, se vació una botella
de agua de colonia friccionándosela con ambas manos en el total de su cuerpo.
Su cita era más especial de lo habitual. Se trataba de un encuentro con Raquel,
joven que estaba a punto de cumplir los
veinte años apenas, y no quería que se desengañara de él como le pasó con Tita
Arredondo preciosa joven de atributos deseables, bello rostro, hermoseado aún más
con encantadores ojos cafés, descendiente de ranchero acaudalado.
Cuando se encontraron en la parte céntrica de la alameda
donde se habían citado, él se mostró
impecablemente vestido con su uniforme militar. Ella tomo ese detalle como un
halago más de los tantos que había recibido de otros galanes que enamorados de
su belleza le habían rendido. Este nuevo aspirante de su amor le doblaba la
edad, por eso ella tenía la esperanza que no fuera un timorato sino todo un
caballero que le cediera el paso, que le abriera puertas del coche, que le acercara
la silla, que le diera su lugar como la dama más hermosa que era; dicho esto
por amigos, conocidos, enamorados y familiares.
Francisco poseía una voz varonil de esas que mejoran en
las penumbras, eso atraía a la coqueta de Raquel. Escogieron la banca de un
lugar discreto, pero lo duro del metal pronto los cansó por eso decidieron ir a
recostarse en el pasto debajo de un enorme y frondoso árbol. Ella lo escuchaba
tendida boca arriba. Durante media hora se escucharon sus voces intercambiando
puntos de vista sobre costumbres, economía, proyectos, pretensiones, aspiraciones,
la sociedad y otras trivialidades. Después que sus miradas coincidieron,
siguieron las leves sonrisas, el acercamiento y los apasionados besos. A Raquel
no le importaba que la vieran, ella se exponía al escándalo público cuando
quería conquistar a un hombre; era hasta insensata, se atrevía a recibir y dar
besos aunque estuviera en medio de mucha gente. Él opuso algo de resistencia
pero fue vencido por la juventud, belleza y temeridad de Raquel dueña de un
cuerpo de sensuales formas que movía con el interés de incitar al pecado. Le
pidió a Francisco que sin compromiso se la llevara a su casa. Si el destino nos
tiene como pareja, las cosas se irán dando poco a poco, de lo contrario nada
hay de qué preocuparse, le dijo.
Francisco aceptó ¿quién se le podría resistir? La verdad es que nadie lo había
logrado.
Al llegar, lo primero que le pidió a su recién
conquistado fue que preparara la bañera, que le agregara los pétalos de las
rosas que tenía en el florero y gotas de alguna perfumada infusión. Entre tanto
comenzó a despojarse de sus ropas hasta quedar totalmente desnuda. Al verla
Francisco comenzó a temblar de emoción y alternando con ella se desprendió de
sus pantalones. Se dio cuenta que su desnudez era distinta, pues tenía su
cuerpo pálido, contrastante con el color bronceado por el sol de su rostro y
manos, algunos de sus rizos se estaban poniendo color ceniza como si la vejez
le estuviese llegando prematuramente. Ella se metió a la bañera teniendo
cuidado de agarrarse con firmeza de las asas para no caer, se sumergió y
emergió graciosamente y sonriendo invitó a Francisco para que se bañara con
ella. Planeaba jugar hasta excitarlo al máximo.
Francisco aceptó sin miedo; por su trabajo era un
profesional que siempre tuvo la muerte como un riesgo pero, de todas las líneas
de peligro siempre había salido sin sufrir ningún rasguño. Aunque
inexplicablemente, en ese momento no le podía llegar la serenidad y tenía un
leve temblor que no podía controlar. La presencia de Raquel lo hacía
vulnerable. No se acordó de lo que le había profetizado la comadrona y medio
bruja de su pueblo; que mirándolo fijamente a los ojos, le había advertido que
iba a morir desnudo.
De pronto, sin explicación alguna ni motivo aparente, lo
acometió un fuerte dolor en el pecho que lo estremeció tanto, le faltaba aire a
sus pulmones, sus ojos se agrandaron turbados, su corazón se quedó en suspenso
y cayó atravesado en la bañera. Raquel permaneció quieta, a la expectativa,
algo sorprendida pero sin intentar ayudarlo. Le pareció que estaba muerto y que
era inútil intervenir. Después de una leve crisis nerviosa que le pasó pronto y
de respirar profundo, salió de la bañera, se dirigió a donde había quedado su
ropa, se vistió y tuvo la frialdad para secarse el pelo y acomodárselo frente
al tocador. Después volteando hacia donde Francisco quedó, susurró unas
palabras, después cínicamente salió de esa casa como si nada hubiese ocurrido y
se desapareció del pueblo.
A los dos días, extrañando su presencia, unos militares
fueron en busca del Teniente Yfarraguerry. Lo encontraron tal como lo había
dejado Raquel, pero sin huellas de ella. Luego, aunque ordenaron su búsqueda no
la encontraron jamás.
La gente del pueblo, y amigos cercanos a la familia,
supusieron que habría emigrado al vecino país del norte, otros más agregaban
que allá casada con un joven de ascendencia rusa, había encontrado la
felicidad. En una visita años después al pueblo a un hijo de ella como de trece
años le preguntaron que como se llamaba y contestó:
—Me llamo Alfonso Sakno
Rodríguez.
Eso confirmó en parte de algunas de las leyendas que se
crearon en torno a la bella Raquel Rodríguez.
Ansberto Rangel Pérez.