Oye Hilarión
Oye
Hilarión
Estamos sentados en una
banca del jardín del pueblito esperando la llegada de El Fierros, ya casi es
mediodía y no aparece. Aunque hay que tener en cuenta que se desvela, su
negocio es vender alimentos procesados por la noche, tacos para ser más claro.
Pero, cuando veo a un señor que va pasando; un viejo grandote, ciego y pelón
que camina tentaleando el piso y su delante con un bastón, digo:
—Oye
Hilarión, y ¿Quién es ese viejo?
—¿A
poco no te acuerdas? Es un cabrón que años antes vendía aguamiel o miel de
maguey como algunos le dicen; ya para las siete de la mañana andaba tocando
puertas para entregar los litros que le compraban y ahí como lo ves, ya ha
matado dos cristianos.
—Ah…
con razón se me hizo conocido por esa su sonrisa vanidosa y perversa. Solo que
como mi memoria ya no da para tanto, por eso te pregunto —le digo.
—Siempre
andaba galanteando a las señoras que sabía que estaban solas porque sus maridos
se habían ido pa´l norte. Día tras día con malvada paciencia les lanzaba
piropos para engatusarlas y que luego le aceptaran las propuestas indecorosas
que les hacía, hasta que al fin lograba convencerlas, ya luego, cuando
terminaba sus diarias entregas de aguamiel, se iba a meter a la cama calientita de alguna de sus conquistas.
Pero un día, sin darse cuenta regresó el marido de una de ellas de los estados
unidos porque extrañaba la tibieza de la piel de su esposa y las caricias de
sus hijos. A la mañana siguiente ese descarado viejo, que antes estaba grandote
y fuerte, no como ahora que está todo jodido, ya ni mira, su cuerpo jorobado se
está achicando y hasta sordo está. Ese día que te digo, llegó y se metió a la
casa con confianza, se acercó al cuarto donde sabía que dormía su amante, pero
no tan tonto. No se metió de sopetón sino que desde afuera le avisó con su voz
seductora:
—Ya vine “doñita” aquí le traigo su entriego
de leche.
El
marido fue el que salió y le contestó:
—¿Cuál
leche cabrón? Pues ¿Qué no es aguamiel la que vendes?
—Así
se inició el pleito, cuerpo a cuerpo, se agarraron a trompadas, patadas y
mordidas. Era una pelea desigual ese viejo le sacaba ventaja en estatura y peso
y por si fuera poco, el muy ventajoso, de pronto, de entre sus ropas sacó un
verduguillo y picó varias veces en el pecho y en el abdomen al marido de su querida. Luego, cuando lo vio muerto huyó como un cobarde.
La
señora para que no la descubrieran como engañadora, se tuvo que aguantar de
decir quien había matado a su marido. Cuando le preguntaron, dijo que se habían
metido a robar su casa unos desconocidos, que su marido se levantó para
defender, y que habían sido los rateros los que lo mataron, que ella por miedo no había salido.
Al viejo no se le quitó la maña de “andar jugando contras”. En otra ocasión sucedió lo mismo, pero el
pleito fue acordado. El ofendido lo
retó, se citaron a las siete de la noche en el río cocinero atrás de donde
estaba la tienda del Texano, ahí había una explanada pequeña con pasto natural
originada por la humedad del agua que corría, pero el burlado lo esperó
escondido, lo atacó a traición con un cuchillo cebollero, y como fiera
sanguinaria le picó por la espalda pero solo le dio tres pinchazos dos en la
espalda y uno debajo de la nalga, Ese viejo ya herido se estuvo desangrando
casi hora y media pero, arrastrándose llegó hasta la calle Profesores y ahí alguien
que lo encontró le dio auxilio, lo llevó al hospital y allá lograron salvarle
la vida. Aunque… solo para su desgracia porque ahora ya no tiene quien lo vea,
vive de limosna, duerme en un cuartucho más allá del lienzo charro cubriéndose
del frio con cartones y mantas viejas. No sé exactamente donde, pero yo digo
que por allá, porque siempre que lo veo agarra pa´quel rumbo. Así que… no hay
que apendejarnos nosotros porque terminamos como él.
—¿Quieres
decir que ese anciano que pasa con el alma sofocada, como corriente de aire distraída
en un desierto estéril, que lucha contra su trastornada salud y la muerte, era
un viejo altivo, inescrupuloso, con mente rápida y lengua despiadada, exageradamente
inteligente y desprejuiciado que con facilidad conquistaba mujeres? ¿Un ave
rara de ese entonces, al que se le atribuye un oscuro pasado? ¿Con hijos
bastardos infiltrados por ahí entre los legítimos?
—!No
entiendo tu palabrerío florido y elegante! Ya te conté como era… y para mí: ¡era
solo un viejo cabrón¡… no me pidas exactitudes. Y mira, ahí viene el amigo Fierros
¿Qué?... Cómprate unas diez cervecitas pa´ amenizar la reunión ¿no?
—¡Ya
rugiste león! Pero luego no me andes diciendo tacaño culero…
Ansberto Rangel Pérez.