La perra (pantufla)
La perra
(pantufla)
Ella había cumplido sus años de casada,
con sus dos hijas que ya estaban casadas y viviendo cada quien en su casa.
Ahora, Alicia viuda decidió guardar perenne luto por su esposo muerto, nunca jamás sería de otro hombre, viviría en
la vivienda que él le dejó, Y también, se había propuesto no envejecer. Le daba
pavor morir. Pero, eso no se lo decía a nadie. Su casa, aunque de interés
social le quedaba enorme y andaba por toda ella con la responsabilidad a
cuestas de mantenerla limpia y en orden. Muy de mañana se preparaba jugo de
naranja para que en invierno no le diera gripe. De eso se había enterado en un
programa de televisión. Después tomaba vitamina E contra la vejez, Omega Tres contra
la arteriosclerosis, la Lecitina de soya para el cerebro, té de tila con
manzanilla para los nervios, calce-tose para los huesos, Biotina para
fortalecer el cabello, jugo de zanahoria para la memoria, el ginseng como
energético para la fuerza, antioxidantes como auxiliares para reforzar su batalla
contra el envejecimiento, crema facial Matricyl para manchas y arrugas y,
terminaba tomándose un multivitamínico que le había comprado una amiga en los
Estados Unidos. Eso, por lo que se le pudiera haber olvidado atenderse. Para la
consolación del alma tenía una estampita en la cartera con la oración de la Magnífica,
un pequeño buda en su bolso de mano para la prosperidad y, para el mal de ojo,
el ojo de venado en un collar de cordel de lana. Había pintado las habitaciones
con colores tenues, en la puerta colgaba una trenza de ajo con un moño rojo,
prendía velas para ahuyentar los malos espíritus, ponía macetas de flores en
todos los rincones, quemaba inciensos de sándalo y canela para la serenidad. De
las paredes de su casa colgaban cuadros de San Martín de Porres, de San Judas
Tadeo el santo de los problemas difíciles, otros con famosas frases luminosas y
sabias que la animaban a pretender siempre lo mejor, a no dejarse derrotar, a
pensar siempre positivo y seguir la senda de la superación y de la juventud
eterna. Anhelaba estar bien presentable para cuando le llegara el turno de
tocar la puerta sagrada del cielo. Y porque había leído una torre de libros de
espiritualidad, estaba segura que en el más allá, se iba a encontrar con Martín
su difunto esposo, y no deseaba que le fuera a reclamar que algo de su
apariencia.
Tenía un terrible
miedo a la indecencia y la decrepitud, no soportaba las insolencias. El día en que esté muy vieja me mato. Le
había asegurado a doña Chita amiga mayor que ella y ésta se le había quedado
mirando con un poco de lástima y tristeza, mientras sorbía el café y mordía con
desgano la rebanada de pan que le había invitado. Ella por su parte merendaba
una ensalada de lechuga y otros vegetales para no engordar, yogurt natural para
mejorar la digestión y los 8 vasos de agua para conservar la piel lisa. A solas
acostumbraba ver televisión junto a su gorda
perra de nombre Pantufla de color gris con ocre que dormía a su lado, a la que
amaba tanto como a ella misma. Era su hija, su pasión, un extraño amor. A ella,
solo a su perra, le toleraba que le pegara con sus patas en el pelo precioso de
su melena pintada de rubio cenizo mediano que le hacía el estilista afeminado al
que le confiaba entre hipos y ayes sus penas mientras pasaba el secador por sus
cabellos húmedos y le incendiaba las orejas. A su perra, con cierto dejo de aflicción,
le contaba sus miedos y tristezas, los días en su trabajo como jefa de una
oficina; suponía que le habían ocurrido cosas por no haber salido siempre de la
cama con el pie derecho, las infamias de su difunto esposo, las mentiras y
pequeñas perfidias que le había tolerado; las insidias de sus amigas, las melancolías
de antiguos amores y especialmente su miedo, su terrible miedo por el futuro. Solo
a Pantufla, confiaba la vergüenza de sus libras de más, los rollitos que había
observado crecer alrededor de la cintura y la celulitis que avanzaba como
telaraña sobre sus bien torneadas piernas y glúteos. A ella le confesaba el pavor
que le tenía a la soledad y a la depresión que se elevaba como nube oscura
amenazando los días hábiles de la semana, cuando no la visitaban sus hijas. Por
eso no soportó, no pudo soportar el día en que mataron a su perra. Ese día por
la mañana, como de costumbre le puso croquetas en poca leche, mientras
acariciaba su brillante pelaje. Luego toleró que, mientras se ponía su traje
sastre color oscuro y apuraba la tacita de café con azúcar para diabéticos la perra
se recargara en sus piernas enfundadas en finas medias color carne. Notó algo
extraño en la actitud de la perra, normalmente cuando le servía, olfativa se
acercaba e indagaba un poco, como desconfiada, antes de consumir el contenido
del plato. Pero ahora parecía que deseaba estar un poco más cerca de ella, como
que sus grandes ojos acuosos querían expresarle algo, contarle algo inesperado
que no alcanzaba a comprender. Pero como estaba atrasada para asistir a un
convivio con sus antiguos compañeros de trabajo; la hizo a un lado, cerró cuidadosamente
la puerta de su casa, aseguró con doble llave la chapa y se fue.
A las tres de la
tarde durante la reunión, Alicia sintió una sofocación en el pecho y creyó que
le iba a dar un ataque al corazón. Pero el dolor del corazón se siente en el
brazo izquierdo, la tranquilizó una de sus amigas. Más tarde cuando fue a beber
un poco de agua, tuvo ganas de vomitar. A las cuatro y media, tomo pastillas
para el estrés y se puso a ver televisión. A medida que le iba aumentando el
dolor en la boca del estómago, un frío inusitado en las palmas de la mano la
angustió. El pecho, las sienes, le martillaban mientras y se sentía como si le
resucitaran sus antiguas jaquecas de los embarazos.
Un poco más tarde, se
extrañó de no escuchar un solo ladrido de su regordeta perra con que la recibía
cuando escuchaba el giro de la llave sobre la puerta. Aguantando sus propios
malestares, la empezó a llamar con palabras afables con que solía comunicarse;
a buscarla debajo de la cama, atrás del refrigerador, en todas las recamaras, en
el patio trasero por último, se le ocurrió mirar hacia el garaje. Ahí estaba
recargada en la llanta delantera del lado del copiloto, exactamente en el
ángulo en que un rayo del sol de la tarde entraba, su perra yacía larga y estirada,
con su cabeza hacia atrás casi pegando en su espalda, como un objeto estático,
con la rigidez de un animal disecado, sus grandes ojos antes vidriosos ahora
tenían la mirada opaca, mientras en su hocico aún quedaban restos de un vómito
verde y oscuro. Alicia, no supo qué hacer, creyó enloquecer, los ojos de su perra
parecían suplicar que la salvara de la muerte, ese animal parecía no comprender
el abismo que se le abría entre el hoy y el mañana.
Alicia no salió de su
casa el día siguiente, ni después, ni el otro. Cuando su amiga doña Chita la
visitó porque no respondía al teléfono, no la encontró a ella, sino a otra. A
una vieja de cabellos secos y quebradizos, ojeras profundas, piel arrugada y
marchita que le informó con voz inaudible y moqueando que hacía una semana, le
habían envenenado a su perra.
Y… que la estaba
velando.
Ansberto Rangel Pérez.