La Llorona de San Felipe


La Llorona de San Felipe

En casa alquilada allá por el barrio de la Tenería, Lucrecia vivía con su esposo, dos hijos y la mamá de ella doña Luz, que era una señora como de setenta años achacosa, que se ganaba la vida haciendo adivinaciones, vendiendo pócimas, yerbas medicinales y dando consejos a la gente que se lo creía. Hacían una vida discreta, eran serviciales pero respetuosos.

A Arturo le apodaban El Caballo desde chiquillo. En el pueblo chico que era no había mucho de que vivir así que, decidió como la mayoría de los hombres del lugar, irse a los Estados Unidos. Entre ambos, habían planeado que él allá trabajaría duro, mandaría lo más posible de lo que ganara, para regresar pronto, poner un negocio y juntos ver crecer a los niños, educarlos,  darles estudio y así pudieran vivir mejor que ellos. Ella lo encomendó al Señor San Miguelito, a la Virgen de Guadalupe y frente a un crucifijo le había dado la bendición, un morral con tacos,  pinole y dos botellas de a litro con agua, para que se hiciera atole en el camino; ya le había explicado como hacerlo y que como alimento le calmaría el hambre y la sed. Que se fijara al caminar, que no fuera a ser que una víbora le picara, y que si el río estaba crecido se cruzara por lo más tranquilo, por lo más bajito. Todo eso, y más. Se fue suspirando, conteniendo sus ganas de regresarse a besarla de nuevo; se encomendó a Dios y ella se quedó con el alma apretujada del dolor por verlo partir. Su suegra también le dijo adiós y lo puso en manos del Creador, rezando por lo bajo.

Mientras él andaba en busca de la vida en país extraño, Jorge empleado de la oficina Subalterna Federal de Hacienda, llevó a esa casa un requerimiento de pago de contribuciones, hacía años que el dueño no cumplía con esa obligación. Muy educado él, tocó, salió la mamá de Lucrecia y ella detrás; las dos lo atendieron.

—Pase usted joven, trae una silla para que se siente —le encargó doña Luz a Lucrecia.

Él dijo que no. Que no era necesario, que agradecía las atenciones, pero que solo iba a entregar un oficio para el dueño de la casa, que era todo. Que no era nada malo, les explicó que solo era un exhorto para que pagara como seis años que debía de impuestos prediales. Para entonces ya le habían traído un vaso con agua limonada y una silla. Jorge se sentó, se limpió el sudor que le causaba el calor de las dos de la tarde, pensó que podía tomar ese pequeño descanso y refrigerio, al fin con entregar ese exhorto había cumplido su jornada laboral del día. De soslayo miró a Lucrecia, señora muy joven, como de su edad con pelo castaño claro que le caía como cascada más debajo de los hombros, unos labios carnosos, bien delineados, grandes ojos cafés, tez blanca, y la forma de su cuerpo,  no alta, no bajita, ni flaca ni gorda; ella sonreía cuando lo escuchaba hablar. Pero hasta ahí. Ni de un lado ni del otro hubo nada más, solo eso…por el momento.

Pasaron los días y Jorge hubo de volver con otra notificación. En esa ocasión por casualidad salió Lucrecia sola, él con la cortesía y educación que poseía le saludo y le preguntó si habían entregado al dueño el aviso anterior. Lucrecia respondió que a lo mejor no, que en realidad no sabía, que tal vez su mamá, que le iba a preguntar cuando se desocupara, porque en ese momento estaba con una persona, y que no la podía interrumpir. Él con una afable sonrisa le dijo que estaba bien, que traía otro recordatorio para la misma persona. Que al igual que la anterior, le encargaba que lo hiciera llegar.

Los dos sintieron gozo de haberse encontrado solos,  por casualidad. Ahora estaban ahí frente a frente y la volvió a mirar y admirar, hasta su olor le agradaba, al entregar el escrito sus manos se rosaron. Los dos se cimbraron para sus adentros, confundidos, sin saber porque ni qué hacer ni decirse, él alcanzó a murmurar algo como despedida y se retiró apresuradamente. Ella se quedó un momento atónita, siguiéndolo con la mirada fija; luego que se recuperó, de inmediato entró en su casa; tuvo tiempo de reponerse totalmente de la inquietud que había sentido, antes de verse con su mamá.

Para ir al centro desde el barrio La Tenería, era paso obligado la calle Profesores por donde estaba la oficina donde trabajaba Jorge. La casualidad volvió a hacer de las suyas, Lucrecia iba al mercado y justo cuando pasaba por la oficina de Hacienda, Jorge iba saliendo de su trabajo. Se encontraron así…. de repente. De nuevo el destino los reunía. Después del saludo caminaron juntos por dos cuadras, platicando trivialidades pero, en el trayecto nerviosos y sutilmente emocionados antes de separarse Jorge para su casa y Lucrecia a comprar cosas para la comida, acordaron verse ya sin que el destino ni la casualidad se entrometieran, sino por su voluntad. Tratando de encubrir y disimular la agitación que le provocó ese encuentro, ella pensó que sería bonito platicar con alguien que no fuera su mamá, o sus hijos. Decirle que ansiaba que ya regresara su esposo, que lo extrañaba mucho, que le hacían falta sus abrazos, sus besos y lo que sucede entre maridos por la noche, eso… y más… La única condición que se pusieron fue discreción y cautela.

Y sucedió en las citas a escondidas, cuando el sol se ocultaba, cuando la mamá de Lucrecia estaba atendiendo alguna de sus clientas, y los niños jugando adentro o  dormidos, que ella salía disimuladamente para encontrarse con Jorge, que siempre la estaba esperando ahí medio escondido en la esquina, saliera o no saliera. Al menos una hora esperaba con paciencia y lleno de emoción e ilusión. Se sentaban a conversar en el quicio de la puerta de una casa abandonada, hombro con hombro, luego poco a poco, sus manos se estrecharon, siguieron abrazos, besos y, pasó lo que tenía que pasar. De alguna forma se acomodaron y ella quedó embarazada. Se dio cuenta justo cuando había recibido carta de su esposo; en esa misiva le avisaba que llegaría antes de la fiesta de San Miguelito, que lo esperara, que había comprado regalos para todos, que la extrañaba tanto, que la amaba más que nunca, que la distancia le había hecho entender eso. Que calculaba que con lo que había mandado y que traía consigo ya le era posible iniciar un negocio que ya lo había pensado mucho, que a lo mejor una zapatería, una tienda de ropa, o una de abarrotes. Pero… ¡Ay que calamidad¡… y ¿ahora que iría a pasar? ¿Cómo le explicaría lo que le ocurrió con Jorge? Acaso entendería que no era cosa de ella, sino del destino y de las casualidades que la empujaron a conocerlo y a enamorarse.

Con Jorge, no había platicado respecto a lo de su preñez. ¿Como platicar de eso? no había tiempo, no era posible, la alegría de estar juntos era superior a todo, pero era imprescindible, tendría que hablar con él. Platicarle todo, dejar para otro momento el enamoramiento.  Alguna solución tendría que existir, a su mamá no le platicaría nada ¿Cómo? si ella estaba muy contenta con que estuviera bien casada, con dos hijos, con un esposo tan responsable que los quería mucho, que había preferido sacrificarse yendo a trabajar a los Estados Unidos, con tal de que no les faltara nada, con la intensión de mejorar sus vidas y, ahora salirle con… !que contrariedad¡… ¿Cómo desencantarla? Y ocurrió que antes que hubiera otra oportunidad de verse con Jorge llegó su marido. Contento, feliz, con las manos y los hombros llenos de maletas que dejó caer cuando vio a Lucrecia y la abrazó con todo ese amor que había crecido con la ausencia y, ella, solamente se dejó abrazar; muy apenas correspondió al corazón enamorado de su esposo. Él, notó el cambio, la despistada indiferencia, pero de momento no hizo mucho caso. Emocionado le besó las mejillas, la frente, su nariz, la boca, toda la colmo de besos. Luego, preguntó por sus hijos. Que estaban bien. Le dijo. Que se habían ido a la escuela, que llegarían después de las doce. La suegra, al escucharlo salió a su encuentro y le dio un abrazo lleno de cariño y afecto sincero, ahí estaba ahora el hombre de la casa, eso la hacía sentir orgullosa y feliz, se le notaba en su rostro radiante y eso que era una persona poco expresiva.

Pero la vida siguió su curso y llegó el momento de contar lo sucedido, y se contó… de forma corta, concisa… no había mucho que agregar, el resultado saltaría a la vista, el engaño era obvio.

A pesar de esa traicionera noticia, El Caballo, no se portó agresivo, no respondió a lo bestia y aún con el corazón dolido y pesaroso tomó una determinación. Se llevaría a sus hijos. Él era bueno, no mal intencionado y pensó que dejándola libre, podría rehacer su vida, consideraba que estaba en su derecho. Él había sido victima de las circunstancias, de esas a las que todos están expuestos al irse por temporadas, dejando al garete a sus compañeras.  Así lo hizo, se llevó a sus hijos sin recapacitar el daño sentimental y moral tan grande que le propinaba a Lucrecia al dejarla sin sus hijos. Al siguiente día muy temprano se los llevó sin avisarle, sin decirle a donde se iría, solo así.  Algunas maletas quedaron sin abrirse.

Lucrecia, al darse cuenta de la ausencia de su esposo y sus hijos salió a buscarlos, por todo el pueblo, calle por calle, preguntando a toda la gente que se encontraba a su paso, un día, luego otro y otro, hasta que cayó agotada por el cansancio y la falta de alimento. Ahí con el corazón enfermo, quedó desmayada en el arroyito de agua limpia que emanaba por la barda posterior de la casa de don David Hernández. Los niños del callejón que atravesaban el río como atajo para llegar a la escuela la vieron; Los primos Rey, Bruno y Beto, se acercaron y se espantaron al verla. Parecía indigente, su vestido blanco se veía sucio, su pelo en desorden, demacrada, “tiene cara de gallina comprada” agregó Hilarión recién llegado. Avisaron que ahí estaba una señora caída. La gente acudió, la reanimaron, pero ella no se quiso levantar, solo lloraba por sus hijos, no quería saber nada más. Pedía que se los llevaran, para llevárselos a su casa y darles de comer, que a lo mejor tenían hambre, que ni siquiera habían ido a la escuela en días, decía llorando. Lo más que pudieron hacer los vecinos fue sentarla y llevarle algo de comer, pero ella no comió. Doña Luz no quiso saber nada de su hija, su conducta la había decepcionado, se sentía avergonzada. Cuando Jorge la fue a ver no la reconoció y es que realmente estaba irreconocible. Lo peor de todo es que ya no reaccionaba, sólo se le escuchaba pedir sus hijos con voz entristecida. Era turbador verla llorar.

 Alguien platicó que la había visto cortarse las venas con una botella quebrada, Con el corazón partido había decidido apagar su vida. Aún con las venas sangrando no dejaba de llorar, pero, no por el dolor físico sino por el sentimental y renegaba de la jugarreta que el amor le había hecho pasar. Su sangre emanaba de sus manos, de sus piernas y se confundida con el agua que corría. En las tinieblas de la noche encontró la muerte, era el resultado final deseado por ella. Era preferible eso que quedarse sin hijos. Ahí entre las piedras mojadas, lisas y resbalosas quedó su cuerpo decaído y funesto. Pero sucedió algo muy extraño: Nadie vio su cadáver. Por más que los vecinos auxiliados por dos o tres policías la buscaron, nunca la encontraron.

Desde ese día, comenzó la confusión y temor entre los habitantes del callejón. Reinaba una agitación permanente, se comenzaron a divulgar las visiones de un fantasma que después de las diez de la noche, hacía un recorrido iniciando en el rio cocinero pasando por la calle ancha, dando vuelta por el callejón y perderse en la calle Constitución. Los adultos y los niños antes de esa hora entraban a sus casas.  Dos  focos daban apenas su luz al callejón el que estaba frente a la casa de don León el Pollero y el que encendía frente a su tienda El Texano, eso hacían más tétrico el pasar de ese ser bañado en sudor sucio, con rostro agotado, algunos mechones caían por su cara, sus manos enflaquecidas, despedía un olor hediondo, su vestido blanco roto, sucio, manchado de sangre, su pelo desalineado, sus lágrimas con tierra y polvo la hacían parecer más repulsiva.; así como aparecía, desaparecía allá al dar vuelta por la calle Constitución, quedaban los ecos de sus estridentes gritos que ponían la carne de gallina.

!Aaay mis hijos... Aaay mis hijos¡ Al gritar la lengua le temblaba, las venas de su garganta se dilataban y se tornaban en un azul verdoso. Sus mejillas parecían arañadas, los ojos casi fuera de sus órbitas, veían para un lado y otro buscando sus hijos. La gente del barrio dedujo que era Lucrecia, pero nadie se atrevía a afirmarlo. Los perros aullaban, los gatos maullaban con angustia y huían despavoridos. En su transitar, con nada tropezaba, no hacía movimientos naturales de alguien que va caminando, más bien, flotaba. Como si únicamente fuera el alma con pelos y trapos sucios de aquella mujer que se llamaba Lucrecia. Todo eso lo vieron claramente, con muchos nervios, temblando de pies a cabeza Rigo, Juan, Hilarión, Filomeno, su  hermano Manuel, Bruno, Rey y Beto los más representativos de la pandilla del barrio La Feria Texas. Escondidos detrás de puertas y ventanas que apenas abrían para poder ver con ojos llenos de espanto y estar listos a dar el cerrón si fuera necesario.

Los vecinos, al escucharla con sus pavorosos quejidos, solo se reconfortaban persignándose y rezando dentro de sus casas. Los de la pandilla se revelaban. Estaban hartos de que les robara las noches de luna llena porque en esos días jugaban futbol hasta la media noche en la calle ancha. Así que durante el día estuvieron ideando como hacer para enfrentarla. Platicaron ocurrencias algunos dieron ideas, y por fin se convencieron que podían acabar con esa ánima en pena y volver a disponer de sus espacios, se habían agregado a la palomilla Inés, Pancho, Brigido y Álvaro.

Como parte de lo planeado, reunieron agua bendita entre los vecinos, les dio gusto que don Gumersindo les diera de la que él tenía, pues suponían que por ser la más antigua, sería la mejor, la más valiosa, de más efecto y fuerza para lo que la querían. Saldrían con valentía a enfrentar a la llorona cuando recorriera el callejón con su calmoso transitar. Sabían la ruta porque siempre era la misma.

Esa noche estaban en el zaguán de la casa de doña Andrea; todos traían agua bendita, de a poquita en jarros y vasos se la habían dividido, junto con unas velas encendidas; Inés no dejaba de rezar con sus ojos cerrados que solo de cuando en cuando abría para ver si todavía lo rodeaban los demás. Las nueve y cuarenta y cinco, anunciaron las campanas de la iglesia. En un momento más que pareció eterno, ella surgió como una sombra difusa. Venía de la calle ancha. Los de la pandilla se gritaban palabras alborotadoras para animarse y así a un tiempo salieron a su encuentro; a Juan de doña Carmen los nervios le pusieron tiesos los pies y se cayó dos veces, pero aguerrido continuó, Chive y Pancho se empujaban querían que uno fuera adelante del otro, Beto con los ojos casi cerrados caminaba  en medio de sus hermanos, Filomeno llevaba un crucifijo que ponía delante de él y gritaba con voz temblorosa “Cruz, cruz,  que se vaya el diablo y venga Jesús” Hilarión, envalentonado tiró el agua bendita, agarró piedras y lanzándolas gritaba: “Muere llorona cabrona no abuses de tu poder” Bruno y Rey se cubrían detrás de Manuel que era el más valiente, el más decidido, fue el que animó a todos a que le arrojaran el agua a la llorona con todas sus fuerzas. La llorona al verlos movió su cabeza como para apreciarlos mejor, pero eso no los intimidó y no le dieron tiempo a más. Cuando el líquido tocó el cuerpo fantasmal, rebotó, y salpicó las paredes viejas, descoloridas y cacarizas de la casa de doña Pachita. La Llorona cayó y, se levantaron nubes de humo y tierra, se escuchó el chirriar como cuando la carne se quema,  lanzó gruñidos, quejidos y alaridos de dolor, el ambiente se llenó de su pestilencia, parecía que el aire temblaba y se enfrió de pronto; los muchachos se cubrieron oídos, nariz y boca. Los gritos de la aparecida, se fueron desvaneciendo y escuchándose cada vez más lejos. La huella que quedó, fue algo así como escombros y basura regada. Los ganadores del encuentro se amontonaron a media calle, temblando estaban, el pecho les palpitaba como si su corazón se les quisiera salir, y seguían rezando unos, otros se negaban a abrir los ojos, Inés apenas alcanzó la puerta de la casa de doña Andrea y ahí estaba con su vaso de agua y sus pantalones orinados. Luego, casi a un tiempo, corrieron despavoridos para sus casas.

Desde aquél día, no se volvió a ver ni a escuchar “eso” que tanto espantaba, los días pasaron, se recobró la calma, ya en las noches se podía descansar serenamente y poco a poco los de la pandilla de la Feria Texas regresaron a sus juegos nocturnos a ser los dueños las calles y a hacer su vida de incansables niños juguetones.



Ansberto Rangel Pérez.

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