Doña Beda

Doña Beda

Era una señora chaparrita, blanca, con arrugas en su rostro, patas de gallo en la comisura de sus ojos, arrugas en hasta en sus manos, y rechoncha. Vivía en el barrio de San Miguel. Le gustaba mucho el baile, y los hacía en su casa, el motivo más mínimo le bastaba organizar uno. Anunciaba sus festejos poniéndose una falda amplia con crinolinas abajo, un cinturón ancho que se ajustaba lo más que podía en su cintura para dar apariencia de tener bonito cuerpo, el busto se lo levantaba poniendo algodón en las partes bajas de su brassiere, blusa escotada, su pelo rojizo, con algunas canas, ondulado, casi chino se lo aplacaba y empujaba hacia atrás con diademas de llamativos colores y lo que parecía chusco era lo principal, unas tobilleras de niña que le cubrían un poco más arriba del tobillo. Iba al jardín principal, luego al mercado y remataba dando unas vueltas en el jardín del barrio El Pueblito. Sus conocidos sabían que cuando traía tobilleras, era el aviso de que por la tarde noche haría baile en su casa, con discos grandes de setenta y cinco revoluciones que tocaba en un tocadiscos que un amigo le había traído del vecino país del norte.

El corral de su casa era barrido y regado ni mucho ni poco sino lo suficiente para que no se levantara polvo ni se hiciera lodo la tierra. Allí mismo al fondo se acomodaban las bicicletas de los hombres que acudían de todos los barrios. Algunos llevaban sus propias bailadoras. Doña Beda, que cumplía años el veinticinco de mayo, no dejaba pasar ese día sin festejarse y echaba la casa por la ventana. Su ánimo contagiaba, y llegaban los invitados e invitadas con algo para brindar, cajas de cerveza, botellas de vino, tequila y brandi, cajas de refresco, cazuelas de arroz con mole,  órdenes de enchiladas con pollo y otros bocadillos para los amigos más íntimos.

El bailongo se hacía en grande, con corridos norteños, polkas, y chotices; al tocadiscos le adaptaban unas bocinas que colocaban en lo alto de cada esquina del mismo patio, sacaban extensiones para poner focos y todos disfrutaban de su alegría y hospitalidad. De la calle Congreso que corría paralela al arroyo de aguas negras, iba un muchacho que contrario a ella, no obstante ser joven daba la apariencia de ser un señor de sesenta y tantos años. Y la hacía de su pareja oficial con quien bailaba doña Beda que había nacido a principios del siglo pasado y ya se festejaban las Olimpiadas del sesenta y ocho.

Era, digamos, una viejita alegre, coqueta que rejuvenecía de noche. Sus manos artríticas, sus flácidos senos, caderas enjutas y rodillas endebles cobraban nueva vida, sus ojos brillaban y de ella emanaba un penetrante y seductor aroma de perfume raro.

Alguien le platicó a doña Beda de un misterioso señor que despertó en ella curiosidad. Se aseguraba que aquél señor, no era conocido por nadie porque a su paso no saludaba ni conversaba con alguien. Se concretaba a pasar por la calle Belisario Domínguez rumbo al panteón, pero se presumía que era un hombre rico porque su carruaje era vistoso, brillaba de nuevo y limpio; lo jalaban cuatro caballos gordos y briosos que hacían estallar estruendosos sus cascos en las piedras de la calle haciéndolas saltar chispas. Pasaba a la media noche de los martes y viernes procurando no encontrarse con nadie. Se pensaba que probablemente procedía de la Hacienda de Jaral de Berrio y que seguramente transportaba lingotes y monedas de oro a otra Hacienda que estaba al sur del Estado.

Doña Beda, urdió un plan para encontrarse con aquél hombre. Estaba segura que lo seduciría con sus encantos, a eso se atenía y le asistía la razón. Ella era una persona de día y otra muy hermosa por la noche, dejaba asombrados a todos con ese misterioso cambio.

Así pues, se atrevió a caminar por la Calle Belisario Domínguez en la banqueta del lado derecho yendo del centro a la orilla. Desde el río cocinero pensaba llegar hasta la Curva de Oro, así le llamaban a ese lugar de donde se salía definitivamente del pueblo. Esperaba encontrarse con aquél personaje conocido por ella sólo de oídas. En la serenidad de la noche el taconeo de sus zapatillas escandalizaba a su paso. Apenas iba a atravesar la calle de Arguelles cuando a sus espaldas escuchó un estridente ruido y al voltear vió aparecer en forma espectacular el carruaje que le habían descrito tirado por cuatro negros caballos de aspecto diabólico, que arrojaban espuma por sus hocicos; dando un aspecto repugnante, al acercarse penetró en las narices de doña Beda un olor a azufre. El Carretonero que lo guiaba, un hombre grande y flaco de ojos profundamente negros igual que su vestimenta y su capa.

Ella no se asustó, al contrario se acicaló el pelo, las cejas, sacó un pañuelo de su monedero y se dispersó como mejor pudo el tinte rojo que se ponía en las mejillas para parecer más coqueta y bonita. Al sentir la cercanía de esa extraña persona, levantó su pañuelo para saludar alegre al Carretonero. Este personaje, se detuvo. Más por instinto que por ganas, pues tenía una misión encomendada y le urgía cumplirla, pero... la tentación era mucha, se preguntaba ¿quién sería esa mujer? El Carretonero le temía a su patrón, desobedecerlo o fallarle sería tanto como hacer enojar a un batallón entero en su contra.

Al detenerse se escucharon desagradables chirridos de fierros, el hedor se volvió insoportable, del lomo de los caballos salía un ligero vaporcillo al condensarse el sudor que les producía la fatigosa carrera. Y de aquél carruaje bajó la tremenda figura pavorosa de El Carretonero, que no dejaba de ver a Beda. A ella le provocó escalofrío, hasta llegó a creer que esa figura era una ánima en pena.

Luego de un pequeño lapso de tiempo se abrazaron como amantes que se conocían de mucho tiempo. La cubrió con su amplia capa negra aterciopelada hasta hacerla desaparecer, sus siluetas se hicieron una. Su voz, como rumor parecía anunciar la muerte, provocaba temblores y sus ojos sátiros fulguraban con lujurioso deseo; la pobre mujer estaba completamente aterrada y quiso huir pero no pudo, sus piernas se negaron a moverse. Su cerebro había sido bloqueado y su cuerpo inmovilizado. De nada sirvieron sus conocimientos de hechicera y bruja. Su cuerpo sudaba como si hubiera corrido cinco kilómetros sin parar.  Ahora su parte de su pelo caía pesadamente como hojas de planta sin agua. El Carretonero le había tomado las manos y la había obligado a tocarle en la entrepierna eso que solamente los hombres se tocan cuando van al baño, ella levantaba sus manos intentando zafarse de aquél abrazo pero todo resultaba inútil, su fuerza no fue suficiente para lograrlo y ella seguía allí dentro de un obscuro caparazón. El hedor que El Carretonero despedía la asfixiaba.  En sus intentos por fugarse de aquél trance, alcanzó a ver en el carromato un gran perro negro que rabioso ladraba y aullaba, preparado para saltar y atacar a quien su amo le ordenara.

Ya de cerca, El Carretonero no parecía un ser de este mundo, en su cuello tenía unas protuberancias de las que salía pus, sus manos estaban frías como hielo.  Ella tenía que seguir aprisionada le gustara o no. No había gente, ni animales en la calle, la mayoría estaban escondidos en sus casas o madrigueras esperando que pronto pasara la noche. Tenían miedo a lo anormal, exótico, de mal agüero. Doña Beda gritaba e intentaba zafarse de la opresión  pero nada le valía, nadie la escuchaba y si la escuchaban nadie salió en su ayuda.

Su voz la asustaba, la puso al borde del pánico. La levantó en vilo y al voltear hacia la carreta con su mirada, hizo que el perro se hiciera a un lado, y como manso cordero con la vista y la cola agachada se dio media vuelta para encaminarse medroso a un rincón de la carreta y ahí se estuvo como un simple harapo, reducido a la más completa sumisión por el temor que le tenía a su dueño. Después, la recostó atrás de los asientos de donde se guiaba a los caballos. Ella quedó abatida, temblando, con cara de agotamiento, parte de su pelo cubría su rostro que  gemía y lloraba. Luego, él ágilmente tomó las riendas, aflojó el freno, levantó el látigo y sin esperar a que lo usara, los caballos espantados golpearon cruelmente el empedrado y avanzaron a toda prisa desapareciendo a lo lejos en esa negra noche, sin luces, ni estrellas, ni esplendores, ni luciérnagas, a pesar de que era primavera.

De aquella alegre señora de caprichoso nombre ya no se supo nada. Sus bailes los extrañaron más los Chulos que llevaban a sus putas a esa casa para beber, comer, bailar y divertirse hasta cansarse.


Ansberto Rangel Pérez.

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