Alicia y don Ceferino

Alicia y don Ceferino


—Oye Isidro ¿De quién es esa casa?     
—¿A poco no te acuerdas?  Era de un pariente tuyo de apellido Rangel, Don Ceferino así se llamaba, tenía un perro chaparro, peludo, pero muy bien amaestrado. Hacía lo que él le pedía, si le ordenaba ríete con el señor, el mugre perro le enseñaba a uno los dientes como gruñendo pero sin gruñir. Quien sabe como lograría enseñarlo a hacer esas gracias, le decía échate o siéntate y el perro obedecía.

Esa casa, tenía en el zaguán una banquita a lo largo del lado derecho y en el rincón que colindaba con el patio había un pozo con una tapa de madera muy bonita con agarradera que él mismo había fabricado a la medida, esa noria o pozo, tenía agua limpia y con ella regaba las decenas de macetas y un árbol muy grande que tenía en el patio, creo era una higuera, ah… sí ya recuerdo bien, era una higuera muy grande tanto que sus ramas eran más altas que los techos de los cuartos; cuando tenía higos siempre andaba don Ceferino regalándonos higos a todos los vecinos, decía que antes que se los terminaran los tordos, los chileros y otros pájaros que llegaban por bandadas a esa higuera incluyendo unos que les decíamos saltaparedes que casi nunca permanecían quietos. Así les llamaban porque parecía que escalaban las paredes. ¿Te acuerdas de cuales te digo?

—Sí, si me acuerdo.

Eso le digo a Isidro para que continúe con su plática. Él recargado en el mostrador de su tienda, entorna los ojos como para acordarse mejor del pasado. Busca en su mente, encuentra más recuerdos y sigue.

—En el patio tenía portales, la cocina era muy amplia, tenía decoradas las paredes con dibujos de unos indios pescando a la orilla de una laguna. Unos patos volando, unas indias con chiquigüite en su cabeza, atrás de ellas, agarrados de sus faldas unos niños encuerados, por el cielo azul, unas nubes blancas. Había una mesa al centro con cubierta de mosaico de colores, destacando un café muy claro que combinaba con las sillas de madera, respaldo labrado, tejido de mimbre de ese fino; el asiento de cuero. Bellas obras de arte incluyendo la mesa; por cierto, ya no he vuelto a ver de ese tipo de sillas.

A don Ceferino le gustaba mucho tomar café, comer carne asada con tortillas de maíz recién hechas por su mamá. Siempre vivió con su mamá, no se casó y eso que no era mal parecido, era blanco de esos que con el sol o los sentimientos alebrestados se ponen colorados, de muy agradable plática. Consideraba que las mujeres eran una mala influencia, que eran peligrosas y que lo más conveniente era mantenerlas a cierta distancia, para él, solo su mamá era buena. Tenía la idea que: “hombre en brazos de mujer es tan vulnerable como un niño recién nacido” Se vanagloriaba, asegurando que nunca había pasado una noche entera con ninguna.

Don Ceferino, era algo fantasioso; platicaba que en su casa por las noches escuchaba pasos, murmullos de gentes, niños llorando o resuellos de amantes atrás de los roperos, o como que mucha gente estaba rezando,  que clarito oía que con una pala levantaban piedras y las echaban a una carretilla. Decía ver sombras que pasaban rápido, que hacían que se le pusiera la piel de gallina, que de la cocina desaparecían cosas, comida, vasos con leche, que  las cucharas y cuchillos que guardan en el cajón amanecían removidos. Que aparecían flores puestas en un vaso al centro de la mesa, recién cortadas de las que se daban solas en el corral. Ese corral, daba hasta la calle de atrás ahí en pequeños gallineros criaban gallinas, conejos, tenía unos chiqueros para la cría de marranos y había árboles frutales.

De esas apariciones y detalles inexplicables, su mamá y él, se echaban la culpa como para conformarse. Era una casa muy grande para dos personas, no la alcanzaban a vigilar. Además, explicaba que cuando iba a revisar un cuarto donde se oían suspiros, no encontraba nada y que luego esos suspiros, se oían en el cuarto de enseguida. Insinuaba que su casa estaba embrujada, pero al parecer él nunca tuvo miedo o se adaptó a esos espíritus traviesos; porque ahí vivió hasta que murieron; primero su mamá y a los tres años él. 

Un poco antes de que muriera don Ceferino, el amor tocó a su puerta, ya se sabe que ese sentimiento no tiene hora, ni fecha en el calendario como dice la letra de una canción. Un día domingo conoció una joven de esbelto y blanco cuello, rostro hermoso, cuerpo con curvas bien delineadas, de elegante y presumido caminar, gran porte, de unos veinticinco años, cuando la vio por primera vez perdió el aliento, su corazón palpitó como caballo desbocado, se sintió impresionado como no se había sentido en muchos años. Ver esos ojos, su elegante pero saleroso caminar, la clase con que movía sus manos, todo le gustaba de ella. Él le llevaba más de cuarenta años de edad, claro que pensó en el escándalo que iba a provocar si la llegaba a conquistar, pero eso no lo desanimó ni tantito, al contrario le sirvió de acicate. Era un reto para la desbordada pasión que Alicia o Alicita, como él la llamaba, le había hecho nacer. Aunque el amor que le llegó a don Ceferino, lo tomó por sorpresa y por lo mismo, no sabía cómo reaccionar, pero… la naturaleza le devolvió la astucia y lo regresó a su juventud. 

Cuando ella se dio cuenta de cómo la miraba, se turbó y con cierto azoro no hizo o no pudo hacer nada por alejarse de él.  No se levantó esa noche de la banca donde estaba sentada frente al quiosco escuchando tocar música de viento a la banda popularmente llamada “De los once viejos“, en vez de eso,  por dentro deseaba que ese veterano se le acercara. Pero de pronto… se daba cuenta de su locura, luego reaccionaba y planeaba: Si se acerca me paro y me voy corriendo. ¿Qué más podía hacer? ¿Cómo hacer algún plan de novios con un vejete de cara arrugada, manchas de viejo que hasta caminaba vacilante y algo jorobado? 

En este punto de mi conversación con Isidro, yo no hago ni digo nada. Isidro está absorto platicándome sin escuchar a nadie, sus hijos le han preguntado donde está esto o aquello y que cuánto valen cosas de su tienda de abarrotes. Él los veía sin ver, apenas levantaba la mano y apuntaba para un lado y para otro como diciendo ahí está, ahí lo tienen, pero no les dirige la palabra, como no queriendo distraerse, para que no se le retiraran los recuerdos. A mí me sigue platicando de don Ceferino Rangel que no es mi familiar como lo dijo Isidro al principio. Me di cuenta que apenas le iba a expresar una pregunta y se callaba, me veía de reojo como a un enemigo y se cerraba, por eso ya no lo interrumpí y escarbando en sus memorias continuó.

—Alicia, siguió ahí sentada pensando e imaginándose que el viejuco añoso hasta debía oler feo, de soslayo lo veía y notaba que sus parpados ya cansados, le caían sobre sus ojos eso lo hacía verse peor y menos le gustaba.                                      

Don Ceferino por el contrario, abría con más interés sus ojos, intentando poner su mejor semblante para cortejar y conquistar a Alicia y ya la imaginaba de su propiedad. Pero don Ceferino tenía una complicación: no sabía cortejar a mujeres finas, elegantes, de clase. No había tenido necesidad de actuar delante de ninguna; cuando a él le llegaba la “urgencia” iba donde estaban las que cobraban por un rato de compañía; pagaba y listo. Por eso, ese domingo no se animó a acercársele y todo quedó en intento; cosa que le favoreció porque Alicia, ya estaba predispuesta a rechazarlo y como no, si a leguas se notaba que era un señor viejo, achacoso, decrépito y desvencijado, aspectos que groseramente contrastaban con ella.
Sin embargo el siguiente domingo, recién bañado, vestido con su mejor ropa: pantalón de casimir verde obscuro, camisa blanca almidonada, zapatos negros bien boleados, rasurado, peinado y hasta con unas cuantas gotas de una loción Yardley que había comprado en la botica de los Betancourt, se puso a esperarla cerca de la salida de su casa, cuando la vio se apresuró a alcanzarla y dos casas adelante la abordó y le dijo:

Con todo el respeto que se merece Alicita, permítame unas palabras, no me rechace, tenga en cuenta que desde hace años no me he relacionado con ninguna mujer. Permítame que la invite a tomarnos una nieve, un café, o un refresco lo que más apetezca, en un rincón del Café Jasso. Si me hace favor. Sólo quiero contemplarla, tocar sus manos, posar mi cabeza en su hombro cerca de su hermoso cuello, rosar su pelo, halagar su belleza y platicarle de cómo eran las cosas antes que usted naciera.

—Pero...  y… ¿qué dirán mis padres, mis hermanos, los conocidos, mis amigas? —dijo ella sorprendida, angustiada y asustada.

Sin embargo, una extraña y misteriosa ternura le impedía rechazarlo del todo.

Nadie existe… piense solo en usted y yo. Venga —le dijo persuasivo, como consumado seductor.

—Luego la tomó del brazo con sutileza y se la llevó. Quien sabe cuáles serían los motivos o razones que Alicia tuvo para dejarse cautivar tan fácilmente. Caminaron despacio las dos cuadras para llegar al jardín, iba ella como si llevara una venda en los ojos o como si fuera hipnotizada. Enfrente del jardín principal, estaba el Café Jasso. Un lugar muy bonito, donde se daban cita los enamorados de aquél tiempo, lugar discreto y acogedor, como mandado hacer, a la medida de las circunstancias. Se sentaron en una mesita pegada a la pared del fondo de lado izquierdo, donde había una ventana que permitía ver mejor de adentro hacia afuera que de afuera hacia adentro.

A don Ceferino, al principio se le enredaban las ideas y las palabras le salían con dificultad, pero con la ventaja de que cada palabra era tan bien escogida que impresionaba a Alicita. Le había hecho saber que durante toda la semana no la pudo apartar de su pensamiento, que se había hecho muchas ilusiones y que ahora esas ilusiones se habían desvanecido para convertirse en realidad, que estaba radiante de felicidad por tenerla enfrente. Que aprovechaba la ocasión para hacerle saber cuán importante era ella para él.

Sin que ella lo notara le tomó sus manos y continuo susurrándole palabras que salían de su corazón por eso tenía embelesada a Alicia. Circunstancia que aprovechaba Don Ceferino para continuar explayándose.

Mi corazón te necesita para vivir, aunque tú no sientas lo mismo por mí.  Yo sería muy feliz con poder ver todos los días el reflejo en tus lindos ojos, con escuchar el sonido de tu voz pronunciando mi nombre, con respirar el aire que tú respiras, abrazar tu cuerpo con toda la ternura que en el mundo exista. Con eso me conformaría y te aseguro que viviría alegre. Aun sabiendo que nunca me amarás como yo a ti.

Afuera la claridad de la tarde se fue desvaneciendo, llegó la oscuridad y el silencio del amor.

Sintiéndose dueño de la situación, don Ceferino galantemente, le susurró al oído:

Déjame amanecer contigo y verás cómo encuentro argumentos para que no te aburras ni te arrepientas.

Esa noche Alicia no volvió a su casa, ni al día siguiente. Tres días la buscaron por todos los barrios del pueblo removiendo hasta las piedras y no dieron con ella. Alguien dijo que el domingo la habían visto llevando a un viejito al jardín, que a lo mejor lo había llevado a la iglesia, pero que la habían visto. Otra persona aportó su recuerdo relacionado con esa noticia y dijo que se trataba de don Ceferino; Una de las  muchachas que trabajaba de mesera en el café, aseguraba que en la mesita del fondo, los había atendido y oído platicando lento, que el viejito acariciaba con su mirada a la joven bonita que lo acompañaba.

Luego de eso, se dieron órdenes al Comandante de Policía para que fuera a la casa de don Ceferino a buscarlo y para preguntarle por la joven Alicia. Cuando llegaron el Comandante y dos policías más, estuvieron tocando insistentemente y al no recibir respuesta optaron por forzar la puerta de la casa esa, por la que me preguntas, que ahora como te darás cuenta está como solar abandonado. Si te asomas por las rendijas verás que de todo eso que te platiqué nada queda.

A don Ceferino lo encontraron sobre su cama desnudo y muerto. Su rostro tenía una sonrisa leve y sosegada, pero olía a rayos, tuvieron que abrir la puerta del cuarto de par en par y esperar cerca de dos horas para que se fuera la pestilencia, para que mejorara el ambiente. A un lado, en una silla estaba su mejor ropa y en el buró la loción Yardley fuera de su caja, pero aún así parecía nueva.

Se especuló que el esfuerzo por hacer que su virilidad le respondiera o la vergüenza por no lograrlo; que acaso su amor no correspondido, o alguna humillación que le hubiera infringido Alicia fue la causa que le estallara el corazón. Otros aseguran que sí había logrado intimar con Alicita, que a ella la había vencido la lástima que le causaron las palabras y  los abrazos cariñosos de don Ceferino y que hasta  había colaborado pacientemente para que el viejito disfrutara y se complaciera como no lo había hecho nunca y que eso había arrojado el fatal desenlace. Trajeron al doctor Myers quien de inmediato como era él, confirmó la sospecha diciendo secamente “Le dio un infarto a este señor” ninguno refutó el veredicto y eso se puso en el acta de defunción. No lo reclamó nadie. Los propios vecinos nos organizamos para conseguir caja, flores, las velas para el velorio. En procesión fúnebre lo llevamos a su tumba, pero… lo enterramos en una fosa común.

De Alicia no se supo nada, dicen que después de ver muerto a don Ceferino se sintió libre, pero que la impresión la había vuelto loca, que se había escondido en esa casona que le había enseñado antes de morir su pretendiente. Que ella oculta en algún lugar había visto a los policías y a su Comandante cuando encontraron el cuerpo, pero que no les había querido hacer frente y que luego vivió clandestinamente dentro de la casa, recorriendo las habitaciones como una sombra, que se volvió cautelosa, que se ocultaba muy bien cuando la buscaban. Ella se figuró que nunca estaba sola, que muchos ojos la observaban, escuchaba los murmullos que don Ceferino oía. Al principio preguntaba quién o quiénes eran, que querían, pero luego de no tener respuesta los dejó por la paz, pensó que eran personas que como ella preferían no ser vistas, ni tener relación con nadie. Tampoco hacía caso cuando sentía en su cuello alientos tibios, murmullo de voces, o que le tocaban la espalda, no se asustaba, ni se alteraba, nada le perturbaba. Cuando su vestido se desgastó, busco, encontró y se puso otros antiguos que encontró en un ropero.

La maleza en el corral creció en forma selvática, las enredaderas en tiempos de agua se asemejaban a una red echada sobre los árboles, por todos lados corrían libres las lagartijas, ratones, gatos y ardillas y los animales domésticos a los que liberó de su encierro.  Los cuartos y muebles se llenaron de tierra y sus colores se destiñeron, las paredes del baño antiguo que tenía una tabla y agujeros para sentarse, estaba lleno de musgo, los dibujos de las paredes de la cocina se comenzaron a llenar de grietas y a oxidarse por culpa del agua que escurría de los techos; el techo del zaguán por dentro estaba lleno de nidos de golondrinas y el piso cubierto de su excremento. Alicia  vestida con ropa vieja vivió ahí feliz y apacible hasta que pudo. Primero se terminó lo que había en la alacena, latas de atún, de sardinas, frascos de fresas de Irapuato, cajas de galletas y más,  luego aprendió a cazar lo que se movía en toda la casa, supo cómo utilizar una vieja trampa para aves que encontró. Todo tipo de pájaro que cogía con el engaño se lo guisaba en una estufa de petróleo que había en lugar del fogón, luego hacía fuego con ramas secas de los árboles para guisar otros animales. El pelo se lo cortaba sola con unas tijeras oxidadas que encontró en el cajón de un buró. Su cabeza la adornaba con plumas que caían después que las aves se peleaban por los mejores nidos. 

Alicia, las plantas, los muebles, el pozo, el corral, los animales y sus árboles, se fueron sumiendo en una modorra a través de los años.

La Historia de don Ceferino y Alicia, luego de convertirse en chisme de comadres y leyenda se la ha tragado el tiempo. 

Lo bonito de la casa de esta historia, sólo queda como un espejismo en la memoria de Isidro.

Ansberto Rangel Pérez.


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